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Decía Oscar Wilde que «el único amor consecuente, fiel, comprensivo, que todo lo perdona, que nunca nos defrauda, y que nos acompaña hasta la muerte es el amor propio». Quizá por eso su lápida en Père Lachaise esté cubierta de besos. Y pese al buen concepto que de sí mismo tenía, los besos no son suyos, sino de las mujeres parisinas que al hilo de más de cien años han velado su letargo y lo han amado a escondidas, ya que a él le era más grata la compañía masculina, dejando un rastro de carmín sobre la inmensa losa que aplasta su tumba contra la tierra. También aseguró, poniéndolo en otros labios, los de Salomé, tan legendarios como letales, tan hermosos como funestos, en una escena de su obra de teatro ante Herodes Antipas, que «el misterio del amor es mayor que el misterio de la muerte». Wilde disfrutó con opulencia de las mieles de Eros y bebió los vinos de su juventud como pocos, y si descubrió su secreto en sus últimos años de exilio en París tal vez Thanatos adelantara el final del hilo de las Moiras de manera que no pudiese participar de su hallazgo por escrito al resto de los mortales.

A los ingleses les gusta, por tradición, atribuir citas ingeniosas a Wilde, aunque el irlandés no las pronunciara nunca. Incluso la frase que abre este capítulo podría ser falsa. Quién sabe. He buscado una referencia bibliográfica y no he podido encontrarla. Con todo, se non è vero, è ben trovato. Y no sólo sus afirmaciones: la inscripción de su tumba también ha sido objeto de mistificación. Del mismo modo que el célebre «Perdonen que no me levante» de la tumba de Groucho Marx, los epitafios falsos adjudicados a Wilde, siempre de una grandilocuencia excesiva, han proliferado a lo largo de los años. Destacan, entre ellos, algunos extractos bíblicos del Antiguo Testamento, también greguerías pomposas que evidencian su fama de ególatra, otros absurdos, la mayoría divertidos.

En el mausoleo del escritor, sin embargo, bajo la esfinge de perfil antiguo esculpida en pleno vuelo, sólo aparecen dos palabras labradas, «Oscar Wilde», diluidas en una concupiscencia de labios femeninos.

Me reconforta contemplar la forma con que su tumba guarda silencio como respuesta a todo el ruido que el mundo generó en torno a su vida, todo ese ruido que luego ha continuado después de muerto, distorsionando su legado. Constituye el último desplante, eterno en tanto póstumo, de un esteta que vivió según los cánones del arte y escribió según los de la vida, haciendo de su existencia su obra más ambiciosa.

Ni siquiera figuran las dos fechas que delimitaron su paso por la época que le tocó vivir, como si la esfinge que concibió en su cuento nos escamoteara cualquier pista de los días de su autor para que su enigma permanezca sin despejar. Dos incógnitas que pueden hallarse en los libros de texto, pero que, grabadas sobre la piedra, adquieren escasa trascendencia, como si su omisión manifestara la inutilidad de medir el tiempo terreno cuando se ha alcanzado la inmortalidad mediante la literatura.

Texto extraído del libro “Las ciudades de la luz. De París a la India con billete de vuelta”, de próxima aparición

La vida a través de una lente

Me gusta la palabra espectáculo. Viene del latín spectaculum, apelativo nominal del verbo spectare, que significa mirar, contemplar, observar atentamente, y comparte origen con su análogo griego, salvo que éste invirtió las consonantes de la raíz indoeuropea spek, transformándose en skep, vocablo del que proceden, por ejemplo, escéptico y escopo. Del mismo germen latino provienen también espía, espectro, espejo y especular, que son voces más ambiguas, volátiles e irreales. Lástima que la lente no se inventara cuando las lenguas primigenias lanzaban sus primeros vagidos. Aunque ya se conocían algunas propiedades parecidas en ciertos cristales de mineral en la Hélade de los sabios, no sería hasta la Edad Media cuando se desarrollara la técnica de las lentes. Tal es el motivo por el que, tanto en latín, lens, lentis, como en castellano, lente, su nombre no surgió como identidad, sino como copia, haciendo referencia a su similitud con una lenteja. Carta de nacimiento demasiado vulgar para un hallazgo que, tanto filosófica como pragmáticamente, se destacaría entre sus semejantes por su trascendencia a lo largo de los siglos venideros. Más elegante me parece su derivación inglesa, que tomó del latín su spectacle para referirse al espectáculo, y el plural, spectacles, para nombrar las lentes, las gafas y los anteojos, mediante la cual el término ha logrado la perfección.

Ésa es la acepción que yo prefiero, aunque únicamente se trate de una visión interesada que no acepta el diccionario. Pensar en el espectáculo como la vida observada a través de una lente, como un fluido estudiado mediante un microscopio o con un telescopio mirar las estrellas, donde todo, lo hermoso y lo grotesco, se magnifica, donde cada detalle tiene entidad en sí mismo y no pasa desapercibido, donde lo accidental alcanza categoría de esencial, donde lo inexplicable en apariencia de súbito adquiere sentido, conectado a otros elementos del escenario vital por hilos sutiles, invisibles a simple vista cuando cae el telón.

Visto así, mi concepto de espectáculo se antoja cercano a la definición de arte. Es precisamente el arte el medio del que nos valemos para explicar aquellas parcelas de la vida que su propia vivencia no basta para abarcar la totalidad de su significado. El arte sólo es la realidad corregida a voluntad, del mismo modo que la vista se gradúa con una lente adaptada a nuestras necesidades. Por eso acudimos al arte, para satisfacer la carencia de belleza, orden y bondad que no hallamos en nuestro entorno, pues la naturaleza es imperfecta. De ahí que ésta, en sus momentos más elevados, no haga otra cosa que imitar al arte.

Milán. Ciudad de paso

Después de tantos años de recorrer Europa en tren, conozco la Estación Central de ferrocarril de Milán como si fuese milanés. Ejerce de válvula de paso entre el oeste, el sur y el este del continente, y es trasbordo obligatorio para quienes, como yo, procedentes de Europa Occidental, viajan por tierra y se dirigen hacia los países mediterráneos o Europa del Este.

Me sé de memoria su bóveda semicilíndrica con visillos translúcidos, de aspecto como de otro siglo, las molduras de sus muros ocres, sus baldosas grisáceas, sus lámparas antiguas, sus bares caros, sus paninis de bacon, sus puestos de cambio de divisas, sus escaleras de mármol lustrado, su salida en la planta baja, el resplandor del día a través de las cristaleras y, al final, la inmensidad de la Piazza Duca d’Aosta.

Lo más relevante de Milán puede verse a lo largo de una distancia de menos de mil metros. En las inmediaciones de la Plaza del Duomo se encierra toda la esencia de la capital lombarda. Nótese que duomo significa catedral, de manera que cada gran ciudad italiana tiene la suya, catedral y plaza. Los escaparates de las Galerías de Víctor Manuel II, por cuyo armazón abovedado de acero y vidrio se filtra la luz natural como una neblina azul, comunican la Piazza della Scala con la Plaza de la Catedral. En el centro de la plaza, una estatua de Leonardo da Vinci contempla desde la altura de su peana de granito el afamado Teatro de la Scala, meca de melómanos y relicario de compositores ilustres. A su espalda, el Palacio Marino, una obra maestra arquitectónica del dieciséis, antaño residencia palaciega de la familia Marino, sirve hoy de sede al ayuntamiento de la ciudad. Ocultos en su interior, casi en secreto, compartiendo el espacio con ventanillas de funcionarios y despachos de concejales, hay patios de una riqueza difícilmente comparable, y grandes salones con frescos, esculturas, bajorrelieves, bustos y estucos con representaciones de las grandes epopeyas helénicas de los más notables artistas del Renacimiento. Bueno, también en la Basílica del Vaticano se celebran misas rutinariamente y a ningún santo se le han caído hasta ahora las potencias.

A la salida de las Galerías de Víctor Manuel II se despliega la Piazza del Duomo en una extensión pétrea abierta al cielo, circundada por los edificios y los soportales propios de las plazas mayores. No falta la predecible estatua ecuestre del rey, en este caso otra vez el inevitable Víctor Manuel II, primer monarca de la Italia unificada, tirando de las bridas de su caballo en una frenada eterna, como deteniéndose asustado ante la presencia repentina de la Gorgona.

Y allí, en el extremo izquierdo de la plaza, la Catedral, magnífica, oscura, gótica como pocas, un erizo gigantesco de espinas que apuntan al cielo. Ese contorno crispado inquieta. Tal vez por eso me atrae tanto. Pese a su construcción con materiales de tonos suaves, recubierta de mármol rosado, el conjunto ha adoptado con el transcurrir de los siglos un matiz funéreo. Alzo la vista desde mi insignificancia, a pie de obra, y me parece que posee algo de demoníaco, una majestuosidad diabólica. Y esto tal vez responda a la peculiaridad de que resulta imposible fotografiarla desde otra parte que no sea la frontal, de tan encajonada como se encuentra en los edificios traseros y laterales. Adosados a la catedral, además, hay puestos de recuerdos y otras golosinas para el turista, que devoran más si cabe la angostura de la calle. Por eso las fotografías del lado oculto a la plaza sólo pueden realizarse en contrapicado, acentuando la monstruosidad de la catedral. Ésa es al menos la impresión cuando camino en torno a sus ventanales alargados, examinando una a una sus miles de púas recargadas, rematadas por filigranas, rizos y flores. Cada apéndice sirve de pedestal a un santo, y compruebo, tan de primera mano como me permite la miopía, que no hay ninguno igual a otro. Así, el tejado es un bosque de pináculos y chapiteles afilados, y no es de extrañar que a Berlusconi le partieran la cara con una réplica metálica de la catedral de ésas que venden en los puestos de souvenirs. Lo raro es que no le ensartaran un ojo con ella.

Y poco más, aunque lo dicho no es ni mucho menos poco. El resto es de sobra conocido: la moda, los uniformes de policía diseñados por Armani, las enormes gafas de sol intercambiables entre hombres y mujeres, la inaccesible Última cena de Leonardo en el convento de Santa Maria delle Grazie, el fútbol, la pizza y la pasta. Suficiente para una ciudad que es, al fin y al cabo, de paso.

Breve execración del vuelo

Los aviones sirven para moverse, no para viajar. No me entra en la cabeza que uno esté en su casa y, al cabo de dos horas, aterrice en París, por poner un ejemplo. El viaje requiere sosiego, sensación de movimiento, recorrido del terreno, cambio de paisajes, encrucijadas, pasos fronterizos, puentes, raíles, carretera, tierra, mar, horizonte. Si el viaje no se interioriza, previa asimilación del movimiento que le es consanguíneo, no es más que mero traslado de un lugar a otro, puesto que no sólo se trata de una disposición de ánimo, sino que el viaje debe concebirse asimismo en términos fisiológicos. No por casualidad el metabolismo y los ciclos corporales se modifican en el trance del viaje, por relajado que éste sea. Cuánto más si se expone el organismo a los saltos caóticos de husos horarios en tan breve lapso como el trayecto en un avión. El jet lag y los problemas circulatorios del «síndrome de la clase turista» no son más que señales claras de emergencia que el cuerpo lanza cuando se le maltrata.

«Despegar» y «aterrizar», además, me han resultado siempre palabras violentas, descarnadas. «Despegar» significa separar lo que de natural está unido, implica perder nuestra naturaleza bípeda, aquello que nos distingue de los demás seres de la creación. Se deshace así quien vuela del contacto con el entorno, de la visión de la realidad, del aroma de cuanto nos rodea, del sonido del mundo, del tacto de lo material, que es precisamente aquello de lo que no deseo desprenderme. En cambio, todo eso que los sentidos perciben como verdadero se desvanece al encerrarse en una cápsula que vuela, y la anulación de los sentidos no es otra cosa que enajenación, aislamiento, ebriedad, letargo. Todo se uniforma en su interior, mientras en el exterior, sobre un suelo de nubes, se extiende infinito el limbo. Son falsos el aspecto de la tripulación, la disposición en hileras de los pasajeros, que deben permanecer sentados contra natura durante todo el viaje, el sabor de la comida plastificada, los oídos taponados por los cambios de presión y el zumbido de los motores, el olor a cerrado y ambientador.

«Despegar» se parece demasiado a otra palabra, «desapego», peligrosa por dar pie a equívocos frecuentes. El viaje pierde su carta de naturaleza si no lo acompaña el apego al paisaje, si ignora a las gentes del camino, si no aprende a chapurrear las lenguas autóctonas, si no come la comida de la tierra, si no desgasta las suelas de los zapatos.

«Aterrizar», sin embargo, viene a poner fin a los padecimientos, pues no hay mayor alivio que sentir el golpe brusco del tren de aterrizaje sobre la pista de asfalto. El mal sueño ha terminado.

Y no es eso lo que busco cuando viajo.

Cartografía del laberinto femenino

Sorprende encontrar un libro como el de Laila Escartín. La portada, en la que se adivina una mujer desnuda tumbada sobre sábanas blancas, ya anticipa la confesión. Sin embargo, la mujer oculta su rostro entre el pelo y los brazos extendidos. Las sábanas envuelven el espacio en la fotografía como una mortaja, como si la portada manifestase sin palabras que el lector va a destapar, al abrir el libro, un cadáver embalsamado, detenido en la eternidad en tipografía de imprenta, pero muerto. Y aunque la apreciación sea posterior a la lectura del libro y ayude a anudar los flecos del tapiz, así es.

Primer volumen de la trilogía Cartas a Verónica, Desvío retrata con crudeza visceral el largo proceso emocional de separación de una mujer del entorno que la rodea. En la superficie, esta separación implica únicamente la fractura de la relación de la protagonista y narradora con el padre de su hija, pero el juicio psicoanalítico a la que la propia autora somete a su personaje escarba a más profundidad, hundiendo sus manos desnudas en la turbera de las viejas culpas paternas, el espejismo sexual, la evasión de la responsabilidad, el papel de madre, la relación de pareja, la pugna violenta por la libertad, la frustración y los impulsos de suicidio.

Y sorprende, como decía, por la ausencia de pudor con que lo hace. Desde las primeras páginas, uno empieza a hacer conexiones. Los pensamientos de la protagonista coinciden peligrosamente con los datos sobre Laila Escartín que pueden leerse en la solapa. Incluso el personaje que narra se llama Lili. De ahí la frágil desnudez de la mujer de la portada. ¿Y si la fotografía fuese en realidad el reflejo sobre el azogue de un espejo?

Desvío es uno de esos libros nebulosos en su estructura narrativa. De capítulos breves, a la manera de la poesía esencialista europea y los haikus japoneses, la obra se desarrolla mediante una secuencia epistolar siguiendo parámetros musicales, como una sinfonía de seis movimientos, como un réquiem catártico acabado en un esperanzador allegro. Y es que Desvío es la crónica de una bajada a los infiernos en pos de las estatuas de sal que dejamos atrás, olvidadas al borde del camino. Tarde o temprano hemos de volver sobre nuestros pasos, mirar de frente al monstruo, darle muerte y escapar con la llave que guarda en sus entrañas. Sin esa llave no es posible resolver el acertijo de nuestra propia existencia, sin ella la única puerta que nos permite escapar de la muerte permanecerá cerrada para siempre, y nosotros a merced del ángel de la destrucción. Es ése el desvío al que alude el título del libro. Un desvío que no es tal, porque nadie dijo que el camino de la existencia fuese un trayecto plano, rectilíneo. Para conocerse a uno mismo se debe aprender primero a lamerse las heridas.

De eso trata Desvío, de la consumición del propio ser en las tripas de su crisálida antes de renacer al mundo luminoso del resto de nuestras vidas. Este libro es la prueba escrita, y argumentada con una deslumbrante estructura racional que recuerda al psicoanálisis de Freud y Jung, del sufrimiento y el dolor físico que entraña la soledad de quienes fueron maldecidos con la claridad y el entendimiento, la desazón que trae consigo la inteligencia, la incomprensión de todo el que rodea a quien probó del fruto del árbol prohibido.

No es frecuente que una mujer posea la capacidad de traducir sus traumas íntimos a letras de molde, ordenarlos y hacerlos inteligibles a la mente de los hombres ―incapaces de entender ni de padecer ese tipo de trasiego psicológico―, incluso a la del resto de mujeres. La mujer es un ser complejo, inexplicable, veleidoso. Un mapa en blanco, en mi opinión. Desvío, sin embargo, dota al laberinto femenino de latitud y longitud, cartografía sus simas más abisales y representa en el papel el retrato de una mujer que transforma los despojos de su crisálida en la hermosa seda de esas sábanas de la fotografía de portada que servirán de mortaja a la mujer que un día fue.

En el camino

Hoy, como si hubiera leído lo que escribí anoche en este cuaderno, la bibliotecaria me asignó un pupitre más cercano al mostrador, en mitad de la sala de lectura más o menos. En verdad lo pensé, y barajé con rapidez la posibilidad de haberme delatado sin necesidad, sopesando cómo habrían dado con este blog y sus potenciales consecuencias. Sin trascendencia, por supuesto. Lo más grave, en cualquier caso, es que me puse colorado. Espié tímidamente en los ademanes de la bibliotecaria, por si asomaba la sombra de un reproche, pero su corrección profesional levantaba un muro de hielo detrás del mostrador.

El otro día me crucé con Ian Gibson en la biblioteca. Aunque no es el primer escritor con el que me topo allí. En otra ocasión saludé a Carlos Romero por los pasillos de granito y mármol de la planta baja. Era sobre esto de lo que pretendía hablar ayer, antes de terminar por hacerlo sobre Kafka, las bibliotecarias y su capacidad para diluir las tardes a costa de la paciencia de los investigadores. En su defensa, sin embargo, puedo alegar que alguna de ellas, entre las más jóvenes, es corruptible. Uno tampoco es que sea feo, y si encuentra signos fugaces de tímido coqueteo femenino bajo la solapa de una bata blanca de funcionaria, no deja escapar la oportunidad de sacarle cierto partido, haciendo trampas con la entrega de las fichas y la devolución de los préstamos. Así ganamos tiempo y entretenemos la espera jugando a los ojos furtivos.

Fue durante uno de esos paseos de los cien metros lisos a los que aludía la otra vez, cuando me di de bruces con Ian Gibson. Venía él de la sala de prensa informatizada, tal vez atesorando información para otro de sus libros sobre los poetas del período de entreguerras, iba yo papando moscas, envuelto en el eco de mis pasos de goma, tras entregar otra ficha. De otro modo no habría reparado en su presencia. Sostenía en la mano derecha, en vilo, a la altura del pecho, un folio, quizá una fotocopia o una impresión del documento que necesitaba para sus indagaciones, pero sus pupilas enfocaban la lejanía. En ese instante preciso en el que se escruta al contrario cuando se le tiene a un palmo de distancia, nos sostuvimos las miradas. Hasta entonces, yo no resultaba para él más que un figurante del decorado. Ahora, a escasos centímetros, reparó en mí, materializándome tal vez en una amenaza agazapada para él. Leí en sus ojos la desconfianza instintiva, y en sus músculos tensos, puestos en guardia por el temor inconsciente. Él me observó con su cara de perro viejo irlandés, yo con mi gesto de perro apaleado. Él desde la altura de su complexión nórdica y sus numerosos libros escritos, yo desde la insignificancia de mi estatura mediterránea y mis libros sin publicar.

Y sin embargo, pese a todo lo que nos repelía al uno del otro, como dos polos de un imán enfrentados por el mismo signo, en ese lapso de apenas un segundo coincidimos estrechamente en el espacio y en el tiempo, y pude darme cuenta de que aquel hombre, despojado del aura del escritor de éxito y el marco de los stands de firmas en las ferias del libro, era un hombre modesto que trabajaba. La apreciación parece banal, pero al tener la realidad frente a mis ojos adquirió un significado más amplio, más complejo y al tiempo más claro, plural, surcado de matices.

Ambos, el senior y el alevín, salvando los casi cincuenta años y más de veinticinco libros de distancia, nos encontrábamos en aquel lugar con el mismo objetivo: buscar los cabos con los que trenzar nuestros libros en el telar.

Lo que me impactó es que fuese él quien, justamente, se rebajara a compartir una misma actividad con un escritor ágrafo y sin experiencia. Con sus setenta años a la espalda todavía rastrea pistas desvaídas por la bruma del tiempo y las guerras, en lugar de sentarse a su mesa de trabajo, al calor del hogar, tirar de secretarios que desempolven volúmenes de depósito, y escribir obras de evocación, tal vez sus memorias, libres de la tiranía del rigor y los datos de hemeroteca. Y esa cercanía, saberme consanguíneo de su trabajo, tanto en la forma como en el fondo, me infundió ánimos. Quizás es ahora cuando más los necesita uno, cuando todas las puertas permanecen cerradas. Coincidir con él allí me hizo ver que al menos está uno en el camino.

Ese aire kafkiano

Sigo yendo a la Biblioteca Nacional casi todos los días, a la hemeroteca, en busca de datos minúsculos con los que tapar algunos agujeros del libro que preparo sobre la obra de Dragó. Cuando acepté escribirlo no sabía dónde me iba a meter. Llevo casi un año dedicado a su redacción, a investigar y hacer escrutinio de referencias bibliográficas. Es una labor infinita, inasequible, como reconstruir tesela a tesela un gigantesco mosaico antiguo al que eres consciente de antemano que faltan partes, como tratar de explotar hasta la más mínima veta de una mina de oro a la que todos los trabajadores han dado ya por agotada. Podría clausurar la entrada de esa mina si no supiera que todavía quedan por succionar venas, que no son grandes, palpitando bajo la roca fría. El libro apenas se vería mermado por la ausencia de unos cuantos de esos detalles, de tan ínfimos como resultan, pero siento pudor ante la tentación de rematar en chapuza el escrupuloso trabajo de un año.

Acaso ocurra porque las distancias y el tiempo se alargan cuando uno divisa ya la meta, pero cada tarde el sistema de peticiones en la sala de lectura de prensa y revistas, que es el ámbito en el que yo me muevo sobre todo, se convierte en un suplicio particular. Para pedir una revista que no haya sido informatizada ni pasada a microfilm, sino que sólo tengan disponible el ejemplar original, tiene que resignarse uno a ascender el monte Calvario con la cruz a cuestas. El proceso es el siguiente: primero buscamos en uno de los ordenadores la revista de nuestro interés dentro del catálogo de la biblioteca; localizada la publicación, tomamos nota de su signatura; luego rellenamos una ficha con nuestros datos personales, número de carnet, hora exacta de la petición y demás; acto seguido nos dirigimos al mostrador de la bibliotecaria, le entregamos la ficha y ella nos devuelve una tarjeta que muestra el número del pupitre donde debemos sentarnos a esperar nuestro ejemplar de la revista. No sé cómo se las apañan, pero siempre me dan el pupitre más alejado, en el otro extremo de la sala. La espera suele ser de unos diez o quince minutos, porque durante ese tiempo otra bibliotecaria ha bajado al depósito a rescatar del olvido el objeto de nuestra investigación. Así que en el ínterin se queda uno mirando las musarañas, mientras recorre los cien metros que distan del mostrador al último pupitre. Al rato aparece en un panel electrónico colgado en la pared nuestro número, y pega uno un respingo, presa de la emoción. Vuelve a atravesar los cien metros de biblioteca, recoge su ejemplar y otra vez deshace sus pasos hasta el pupitre asignado (¿al azar?). Con suerte, la revista que le han proporcionado contiene información útil para uno, pero su anotación apenas le lleva un minuto, dos a lo sumo, tras lo cual desandamos otros cien metros, devolvemos la revista, nos sentamos de nuevo ante el ordenador, consultamos la referencia de la siguiente publicación que necesitamos examinar, apuntamos la referencia, cumplimentamos la ficha, la depositamos en el mostrador y a esperar otro cuarto de hora.

Y así con cada referencia bibliográfica que haya que corregir o completar en el libro que me afano en armar. El primer día que me vi sometido a semejante tortura argüí y redargüí motivos para saltarme el protocolo, busqué mil y una trampas en el proceso, pero no había fisuras. Y a este respecto la barbilla de la bibliotecaria se alzaba firme e intransigente. Las peticiones había que realizarlas de una en una, nada de hacerlas todas a la vez, ni siquiera por turnos cuando, una vez entregado el tomo, y mientras uno lo hojeaba, las bibliotecarias, con ese aire kafkiano que caracteriza a la mayoría de los funcionarios, se quedaban sentadas haciéndose las uñas en lugar de ganar tiempo buscando la siguiente publicación que iba uno a solicitar. Así las cosas, las tardes se van una detrás de la otra y apenas he consignado ocho o diez entradas bibliográficas al final de la jornada, cuando el guarda de seguridad me avisa de que están cerrando.

Sin embargo, es en estos momentos, al borde de la hora de cierre, cuando experimento cierto placer mezquino e infantil en retrasar la entrega del ejemplar que tengo entre manos. Mientras no lo devuelva, las bibliotecarias no pueden marcharse a casa, pues son responsables de su préstamo. Así que cuando, finalmente, recojo mi impedimenta y, bajo la mirada admonitoria del guarda de seguridad, atravieso con parsimonia los cien metros de estancia, mis pasos resonando en los rincones de la sala de lectura, para entregar la revista, las bibliotecarias se han desembarazado ya de sus batas blancas y aparecen ante mí de paisanas. Ahora vienen ellas a quitarme el ejemplar de las manos. Ahora parece que tienen más prisa que hace cuatro horas, cuando les propuse entregar todas las fichas juntas a fin de economizar tiempo. Bibliotecarias.

Brindis de secretos compartidos

Fin de semana en Pozoblanco. Tiempo dedicado a la familia, a recorrer con los ojos y la yema de los dedos los objetos que dejé abandonados en mi habitación cuando me marché a Madrid, a encogerme bajo el calor del mismo embozo que acunó mis sueños de niño, envuelto en la fragancia infantil que aún lo impregna, que permanece intacta todavía. Reencuentros con los amigos de siempre. Tardes de cafés, futbolines y risas en el bar; noches de copas, pubs y charla bajo el calvario de la música, el humo y los haces de luz cegadora.

Por las tardes, cuando bajo temprano por la calle empedrada camino del bar, el cielo nuboso ya tiñe de púrpura sus volúmenes sobre los tejados y envuelve el campanario de la iglesia de Santa Catalina durante esos instantes en los que la luz mortecina ensucia con algodones usados y moratones el lienzo, anticipando la llegada del invierno a deshoras.

La otra noche, mientras el ruido de la música enmudecía las palabras, un buen amigo me confió un secreto. No me conminó a guardarlo antes de contármelo, tampoco después de haberlo hecho, y eso dice mucho más de él que de uno. Que depositara su confianza en mí me halagó, más tratándose de un secreto de tal calibre, aunque me dejó en el paladar la sensación de no ser merecedor de su complicidad a tenor de nuestra relación, ensombrecida en los últimos años por mis largas ausencias y mi nula dedicación. Sentí, de este modo, que su revelación era gratuita, acaso las rentas de lo sembrado tiempo atrás. Hay amistades que ya no le piden a uno nada a cambio, sino que su fidelidad estriba en la pureza de sus intenciones, en la nitidez de sus intereses, en la inexistencia de sus objetivos. Me parecen éstas la forma más cercana al amor verdadero, incondicional y desprendido. Aquella noche era la desembocadura de varias semanas sin vernos y de años sin que las confidencias protagonizaran nuestras conversaciones. Y no fue parco en detalles, sino que se recreó en la anécdota, paladeando cada matiz del regalo que nos ofrecía a mí y otro buen amigo más, que ya había sido hecho partícipe mucho antes. Las risas y las ocurrencias se ocuparon de quitarle hierro al asunto, que, sin ser grave ni acarrear consecuencias, constituía un hito de importancia en su vida. Y, mientras tanto, notaba cómo se robustecían de nuevo los pilares de nuestra amistad con cada paso de su relato. En ese momento estábamos los tres, y me di cuenta de que éramos los de antes, los de siempre.

Entonces reconoció que, a partir de ese momento, éramos sólo nosotros tres quienes conocíamos el secreto. Todo había ocurrido meses antes, durante el verano, y sin embargo ellos dos se lo habían callado hasta aquella noche. Quién sabe si jamás habría uno tenido noticia del suceso de no haberse dado la coincidencia de encontrarnos los tres solos, sin más compañía de otros amigos, en aquel pub.

Le agradecí sinceramente la confianza, aunque lamenté no poder corresponderle con otra confesión que rayara a su misma altura. Lástima que no posea uno secretos que deba ocultar a los confidentes habituales. Con gusto le habría abierto allí mismo mi pecho y lo habría volcado ante sus ojos, si no fuese de cristal, transparente. Me sentí inferior por carecer de esa inocencia que en él es consustancial, por haber perdido la capacidad de asombro de los niños. Me sentía inferior precisamente por sentir esas cosas en aquel momento, en lugar de disfrutar con él de su solaz. Pese a todo, busqué, mientras la conversación languidecía bajo la estridencia ambiente, algún vago recuerdo compensatorio, una especie de brindis de secretos compartidos, pero su secreto era de vino y, en comparación, de agua del grifo el mío, tanto que apenas dio juego y acabó diluyéndose entre las nubes de humo de colores punzantes.

Episodios magdalenienses


Marcel Proust

Estos episodios magdalenienses se conoce que deben pertenecer a uno de esos incontables lugares comunes de los que se nutre la literatura. Sólo faltaba que alguien con el suficiente genio como para describir el fenómeno con el acierto y la profundidad que diferencia a los inmortales de los demás estableciera sus bases. Anoche, mientras veía una entrevista a Modesto Roldán, pintor de feminidades, en la televisión, me sorprendió ―como a Marta Rivera de la Cruz― que evocara un episodio de este tipo, cuando, sentado en un tablao flamenco, el paladar de una botella de Albagnac le devolvió a la orilla del mar de su infancia onubense. Pero Proust llegó antes que todos nosotros, modeló limpiamente el arquetipo y condenó a las demás generaciones de escritores a jugar al corro en torno a una magdalena.

Días antes, mientras veíamos la tele mi madre y yo en el salón, pasaron el vídeo doméstico de un niño que se movía al ritmo de una canción de Beyoncé, obnubilado ante la pantalla del televisor, que proyectaba las imágenes del videoclip.

Entre la música y los movimientos anfibios del rorro se traslucía el regocijo de los padres, fuera de plano, que asistían divertidos a las monerías de su hijo. Mi madre, supongo que transportada más de veinte años atrás, también sonrió, aunque la suya figuraba más una sonrisa nostálgica. A mí se me vino entonces a las mientes otro videoclip, desdibujado por la distancia que interpone el olvido entre las épocas felices, que compartía cierto parecido con aquél que embelesaba al niño.

Desde que uno era pequeño, siempre ha habido un vídeo en casa. A mi padre siempre le han encantado los aparatos electrónicos, y gracias a eso eché los dientes entre videojuegos informáticos cuando ninguno de mis amigos había visto nunca una maquinita electrónica. Así que de chico tomé aquel vídeo como un juguete más. Solía grabar, ver, borrar y volver a grabar, ver, borrar y grabar otra vez, en el bucle infinito de la cinta de VHS, dibujos animados y cualquier cosa que se me antojara. Recuerdo bien aquel videoclip de Bad, de Michael Jackson, escoltado por una caterva de navajeros de barrio, cantando y bailando en un aparcamiento subterráneo. Lo veía continuamente, reproduciéndolo, rebobinando la cinta y volviendo a verlo. Pasaba tardes enteras sin hacer otra cosa. Cada fotograma de ese videoclip, cada frase de la canción, cada paso de la coreografía, cada golpe de melena, cada gesto de Jackson lo tengo incrustado en el cerebro, como si se tratara de una memoria primordial, cromosómica, antepasada, no vivida. Hace poco, cuando murió víctima del peso de su propio cadáver, pese a la náusea que su aspecto producía en los últimos diez años, me di cuenta de que formaba parte del imaginario de mi niñez, como el olor a plastilina y a goma de borrar, como los versos de Machado.

Volví mi atención hacia la criatura que se movía espasmódicamente en aquel vídeo casero, hipnotizado por el baile de Beyoncé. Para los padres, aquella escena no suponía más que una gracia enternecedora que guardar en vídeo para rescatarla en el futuro de una caja de zapatos una tarde de domingo. Lo que no podían imaginar es que, en ese preciso instante, a cada segundo que transcurría frente a aquel televisor, presenciaban, sin saberlo, la construcción de los cimientos del subconsciente de su hijo. Dentro de veinte años, el adulto que llegará a ser contemplará por accidente ese mismo videoclip y en su cabeza se arremolinarán imágenes difusas de ese panel de plasma, recortado sobre la luz tamizada entre los árboles del ventanal, y rememorará el tacto de la madera de la mesa sobre la que se apoyaba para mantenerse de pie, y el del suelo tibio y gris que sostenía su danza de potrillo recién nacido, y oirá de nuevo las risas de sus padres entreveradas con la voz de Beyoncé y la percusión que una vez hizo cobrar a sus miembros vida propia.

El subconsciente urde extraños lazos en el tapiz del subconsciente. Más de veinte años distan entre el videoclip de Michael Jackson y el de Beyoncé, los mismos años que nos separan a ese niño y a mí.

Una esquina del recuerdo

Al día siguiente de haber anotado lo anterior me topé con este texto en el Do fuir de Trapiello:

«Hoy estuve en Moncloa. Parecía estar esperándole a uno el mundo de 1970. […] Al pasar junto a la boca de Isaac Peral, y si hubiese sido un héroe romántico me habría dado un mareo y habría tenido que agarrarme a un árbol para no caer al suelo fulminado por los recuerdos, pareció surgir de aquella profundidad hedionda aquel mundo que yo creía completamente olvidado. Los recuerdos llegaron en tropel, como hijos de un espasmo imprevisto. [...] Estos recuerdos fueron los que sacudieron durante unos instantes a aquel hombre que súbitamente volvía a tener sus doloridos diecisiete años, sólo por el hecho de pasar delante de una boca de metro.»

Y luego, cuando comenzaba la lectura de Niños de tiza, de David Torres, este otro casi al principio del libro:

«Normalmente sabía cómo guardar la distancia, mantener alejados los fantasmas, pero aquella mañana algo removió en mi interior los recuerdos, como una repentina tormenta de nieve en una bola de cristal. Probablemente fue el olor de las calderas, la neblina, el frío invernal, el espíritu del aceite caliente de los churros flotando en la esquina del mercado. La grasa empapaba el papel marrón igual que la memoria el tiempo.»

Lo curioso de todo esto no es que la lectura de unos versos, la visión de una boca de metro o el olor del aceite caliente en una mañana gélida puedan abrir el escotillón de la memoria a un túnel del tiempo que desemboca en algún lugar ignoto de la infancia. Tenemos el antecedente de Proust y su conocida magdalena en Por el camino de Swann, que sentó cátedra y creó escuela:

«Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo.»

Lo verdaderamente insólito es que todas estas lecturas, todas estas caídas del caballo a las puertas de la niñez, confluyeran en tan breve lapso, apenas un par de días, como casualidades agazapadas al doblar una esquina del recuerdo. A veces el pasado aguarda a estas tardes de lluvia y paraguas rotos, ese momento de mayor desaliento, para castigarnos el hígado a traición, irrumpiendo con fuerza en el presente, como el agua a través de una brecha en el casco de un barco que se hunde.

Quizá el hombre sólo posea un hogar al que regresar en épocas de zozobra, un lugar luminoso y solaz en las más de las ocasiones, la nostalgia cálida de los primeros años. Tal vez por eso los escritores viejos, vencidos ya por el lastre de cuanto han contemplado sus ojos cansados, terminan por rematar su legado volviendo la vista atrás a su edad de la inocencia, esmaltada por la ausencia de miedo, la única forma de felicidad. La única forma de afrontar la muerte.

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