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Humo

Qué curioso que todo el mundo busque la verdad entre líneas de lo que uno escribe, la realidad bajo la hojarasca de la ficción literaria, lo autobiográfico, el lapsus que pone al descubierto los secretos del autor, y luego, cuando uno se confiesa abiertamente, se le acuse de naíf y se le mire con ternura. En estos tiempos de plena exposición y celebración de lo frívolo, parece que la sinceridad tiene mala prensa, y eso creo que delata nuestra actitud ante los demás. ¿Somos sólo humo? Y si es así, ¿es por eso que la curiosidad morbosa tiene hoy en día más razón de ser que nunca?

Estados Unidos

Después de tantos viajes, la memoria de los lugares sobreviene cargada de cierta fascinación. Estados Unidos, sin embargo, es el único país que siempre recuerdo con nostalgia.


A caballo a través de Monument Valley (Frontera Utah-Arizona)

En balde

Por mucho que lo intente, no puede uno actuar según lo que cree bueno para los demás. Hay personas que simplemente no desean ser salvadas. La decepción está en el ojo del que mira, de quien se pone en el lugar del otro en balde.

Caos y orden

Encuentro cierto sosiego en la vida rutinaria, en la dedicación ordenada y en la aplicación al trabajo cuando éstas sobrevienen desafiando momentáneamente a la improvisación, al desorden y a la levedad.

Sociología amateur

Asombra comprobar cómo un grupo humano, por pequeño que sea, exento de un líder fuerte es incapaz de mantenerse unido ante un objetivo común. Una jerarquía vacilante está condenada a la guillotina. Quizá la humanidad sólo pueda ir hacia delante sometida a un tirano.

Intelectuales

Un intelectual es una persona que de joven habla como un viejo y de viejo habla como un niño.


Chopin

Asombra verdaderamente la capacidad de atracción que la capital francesa ha poseído siempre para los melancólicos que notaban cómo la muerte les iba carcomiendo el alma. Uno de los monumentos más delicados de Père Lachaise es el mausoleo de Chopin, formado por un medallón con su perfil en relieve y una ninfa de mármol pálido que parece haberse quedado dormida en pleno llanto. Es célebre su relación tormentosa con la escritora George Sand, nom de plume de Aurore Dudevant, y la inestabilidad emocional que provocó en la vida del compositor. Príncipe del spleen, hacia el final de sus días había huido de la influencia insana de su musa para refugiarse en una gira inútil por el Reino Unido que minó su de por sí quebradiza salud y su voluntad de sobrevivir por mucho más tiempo. Tomó la decisión de regresar a de Londres a París por no morir en una ciudad tan triste, con tanta bruma y polvo de carbón. Cuando Sand fue a visitarle en su agonía, Ludowika, la hermana de Chopin, entendió el gesto como una perfidia obscena y no le permitió la entrada. Así, el pianista murió a los treinta y nueve años sin despedirse de la mujer que durante tanto tiempo le había clavado la daga en el pecho mientras le besaba la frente, acunándolo en su regazo. Justo antes de enterrarlo, alguien sustrajo el corazón de Chopin, y dicen que se guarda en la actualidad en el interior de un pilar de la Iglesia de Santa Cruz de Varsovia, cerca del pueblo que vio nacer al músico. Sin embargo, creo yo que tal vez habría que buscar ese corazón robado no en el interior de un templo de la capital polaca, sino en Francia, en la tumba de aquella mujer que se hacía llamar George Sand, bajo el jardín de su casa en la aldea de Nohant-Vic.

Cerca del mausoleo de Chopin, a una altura intermedia en la bajada de la colina, permanecen aún los sarcófagos originales de Molière, La Fontaine, Abelardo y Eloísa, rodeados de criptas blancas. En el caso de Molière, éste de Père Lachaise es el tercer destino en el que han reposado sus huesos. Antes lo hicieron en Saint Joseph, en la zona reservada a los suicidas y a los niños paganos, y más tarde en el Museo de los Monumentos Franceses. La legislación no permitía entonces, en la Francia de finales del siglo XVII, que los actores recibieran sepultura en la tierra santa de un cementerio. Días antes, la enfermedad de Molière concebida en letra impresa adquirió de súbito tintes de realidad en escena mientras representaba El enfermo imaginario, y a duras penas, entre toses que manchaban de rojo su camisón amarillo, pudo terminar su actuación vespertina. Mientras se cerraba el telón, sin embargo, el auditorio ya había contemplado el rostro de la muerte esbozado en los rasgos del escritor, que sucumbiría bajo su gélido abrazo escasas horas después. Prohibido su funeral por ley, su cuerpo permaneció insepulto tres días hasta que el arzobispo de París, por complacer al Rey Sol, admirador confeso de Molière, permitió el enterramiento. El funeral, no obstante, se llevó a cabo a las nueve de la noche y sin aparato ninguno por orden del arzobispado. Entre los asistentes figuraban amistades del dramaturgo como Mignard, Boileau y La Fontaine, quien sin saberlo acabaría de reclamo funerario y vecino en Père Lachaise del amigo cuyo ataúd llevaba a hombros en aquel momento.

No hay seguridad de que los restos en el interior sean auténticos en sepulturas tan antiguas y asendereadas. Durante la Revolución, algunos sabios republicanos decidieron fundir los huesos de los prohombres franceses muertos con la intención de fabricar copas consagradas a las honras populares. En el Museo de Cluny, valga el ejemplo, se conserva, entre los pocos despojos que pudieron salvarse de la locura revolucionaria, una mandíbula etiquetada como perteneciente a La Fontaine, quizá la única reliquia entre las suyas que ha sobrevivido.

Poco importa, en cualquier caso, pues en el transcurso de las sucesivas exhumaciones los cuerpos poco a poco habrán ido volviéndose ceniza que lleva el viento.

Ambas sepulturas, las de Molière y La Fontaine, viejos amigos en vida y en la perennidad de la piedra, reposan sobre una terraza que recibe la luz mortecina entre las ramas desnudas de los sauces. Las dos descansan en alto sobre columnatas, flanqueándose la una a la otra, separadas del abrigo de la tierra en un estado de provisionalidad perpetua, como dispuestas para otro traslado repentino si a París le surgiera la necesidad.

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Artículo publicado en la Revista Mu, junio 2010, 90, pp. 6-8. Incluido en el libro Las ciudades de la luz, de próxima aparición.

El del Père Lachaise es el cementerio más popular, nutrido y extenso de París. También ostenta el título del más visitado del mundo, y sólo de pensarlo dan ganas de salir corriendo en dirección contraria. Allí descansan los restos de todo aquél que haya sido alguien en la intelectualidad francesa de los últimos dos siglos. Dicho de otro modo, de no encontrarse enterrado en el Panteón parisino, a cualquier muerto ilustre galo sólo cabe buscarlo en Père Lachaise.

Cuando se inauguró, en los albores del siglo XIX, nadie recordaba ya por qué se llamaba así. Nadie sabía que antes que camposanto había sido viña, y que hasta allí peregrinaban todos los obispos de París para abastecerse de vino para las comuniones. Con el tiempo la finca les sería donada a los jesuitas, y su administrador más célebre, el Padre François d’Aix de la Chaize, confesor de Luis XIV durante treinta y cuatro años, terminó utilizándola de picadero. Las correrías y los lances amatorios del Padre Lachaise son proverbiales, y quién sabe si hoy su fama no estaría a la altura de la de Casanova si hubiera empleado su vejez en escribir la historia de su vida, como más tarde haría el aventurero italiano.

Los privilegios con que los reyes del Ancien Régime compraban la complicidad del clero mantuvieron la loma virgen, fresca y roturada hasta que la turba arrasó Versalles. No sólo se conformaron los revolucionarios con sembrar los palacios reales de devastación, sino que aniquilaron también los cementerios de la nobleza, que se perdieron bajo la ceniza y las ruinas de su esplendor de antaño, y con la tierra removida las cabezas de los grandes nombres que un día habitaran las estancias de las casas señoriales, separadas para siempre de sus cuerpos en fosas comunes anónimas. Fue entonces cuando se pensó en aquella vieja hacienda de retiro a las afueras de París como ubicación óptima para el nuevo Cementerio del Este. Así, sin pretender la metáfora siquiera, el nuevo orden saqueaba las mansiones del antiguo para rendir su botín ante dioses de reciente cuño con pies de barro, y cubría su memoria del pasado bajo paladas de tierra sin epitafio.

Sin embargo, Père Lachaise quedaba un poco retirado del núcleo urbano de entonces, por lo que los ciudadanos de París evitaban dar sepultura a sus muertos en aquella colina apartada. No tardó demasiado en empezar a concentrarse un excedente de tumbas en Montmartre, Montparnasse y Passy, mientras que la falda del viejo viñedo al este de la ciudad permanecía inmaculada. Las autoridades, de ese modo, se vieron obligadas a tomar una determinación. No se les ocurrió disparate mayor que exhumar los mausoleos de dos ilustres peanas del santoral francés como Molière y La Fontaine, y trasladarlos a Père Lachaise, con la convicción de que de esta manera atraerían el interés de la gente hasta allí para enterrarse junto al dramaturgo y el fabulista. Y acertaron. Cuando los tiempos han perdido la cabeza, las apuestas absurdas siempre obtienen premio. Hicieron lo mismo con el sarcófago del sabio Abelardo y Eloísa, los Romeo y Julieta parisinos, para así captar también los amores fatales de las parejas románticas. Luego Balzac ambientaría una escena clave de su novela Papá Goriot en el nuevo camposanto y terminó de redondear la jugada.

De la noche a la mañana comenzaron a menudear los funerales y pronto podrían verse a diario, a lo largo de toda la extensión que la altura de Père Lachaise dominaba, largas hileras negras de dolientes andar el camino que ascendía desde París hasta el cementerio. Todo el mundo quería su tumba en Père Lachaise ahora. Entre tanto, las parras eran sustituidas por criptas y se levantaban árboles de granito. Cumplido su propósito, los administradores subieron los precios de las parcelas de tierra, y el viñedo del Antiguo Régimen volvió a ser lo que en tiempos era: un lugar de retiro exclusivo para las clases altas. Sólo que esta vez el retiro era eterno, aunque en algunos casos no del todo definitivo.

También el nombre de Balzac, que había introducido el enclave en el territorio imaginario del pueblo, terminó figurando entre las piedras grabadas de Père Lachaise, sobre el frontal de un monumento rematado por un imponente busto del escritor. Hubo un tiempo en que desde allí, junto a su efigie, podían verse los tejados, las buhardillas y los viejos mercados de París cuando la ciudad se extendía a lo largo y ancho del panorama como una ensoñación concebida en la mente de Renoir, antes de que el tiempo de los modernistas alzara las plantas de los edificios para ocultar la luz de La Ville Lumière que había inspirado al impresionismo.

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Artículo publicado en la Revista Mu, junio 2010, 90, pp. 6-8. Incluido en el libro Las ciudades de la luz, de próxima aparición.

Troppo vero, de Andrés Trapiello

No es frecuente descubrir escritores como Andrés Trapiello, que proporcionen momentos de lectura tan placenteros y sosegados. Novelista, ensayista y poeta, quizá la cima de su literatura la alcanza con sus diarios, publicados por Pre-Textos bajo el título genérico de Salón de pasos perdidos, de los que Troppo vero es su decimosexta entrega. En ellos, el autor retrata una rutina humilde, la del escritor encerrado en su piso del centro de Madrid, trabajando incansable día tras día volcado en sus escritos, hilvanando pensamientos y palabras que nacen entre las sombras y el vacío de cuatro paredes blancas y solitarias, tapizadas de libros viejos.

Lo extraordinario es que Trapiello esboza esa vida cotidiana con un esmero sin ambages, cargado de un spleen tan doloroso como balsámico para el lector, que siente que esa existencia plomiza que se describe es como la de uno, un reflejo fiel de nosotros mismos aferrándonos al triste consuelo de no encontrarnos solos. A poco que se sea sensible a la buena literatura, la lectura de estos diarios no puede dejar a nadie indiferente, porque la belleza se puede expresar con más adornos, pero no mucho mejor de como lo hace Trapiello. Es la lírica de los tiempos muertos, de los paseos por el bulevar, de esas horas interminables de los días en los que no pasa gran cosa, días vacíos que en sí mismos no son nada, pero que plasmados en el papel unos seguidos de los otros van conformando eso que él mismo llama vida, una novela en marcha.

Y no tiene por qué hablar de grandes cosas ni manejar conceptos complejos, pero su tono reflexivo, casi hipnotizador, y su estilo, sencillo y sutil, afianzado en la contemplación, tejido en los silencios, posee esa rara capacidad de prestar atención al ruido del mundo, de ver lo que normalmente escapa al ojo distraído por el velo de lo mundano, como quien entiende el lenguaje de los pájaros, y de separar sus frecuencias, modulándolas, amplificando las que nadie más escucha hasta hacerlas audibles. Estaba en lo cierto aquél que decía que a un escritor le basta con tener vista y oído. Ése es el secreto de los poetas. Hay escritores a quienes la naturaleza no concedió esos talentos y porfían por envolver sus textos en la farfolla que conforma el ensordecedor ruido del mundo, contribuyendo así a cubrir aún más esas frecuencias amortiguadas y secretas, ultrasónicas, y con ellas a quienes son capaces, como Trapiello, de descubrirlas, comprenderlas y contarlas.

(Aparecido en Cuadernos del Sur, suplemento literario de Diario Córdoba, 12 junio 2010, p. 6)

Las extrañas circunstancias que envolvieron su muerte han dado pábulo a todo tipo de interrogantes y especulaciones sobre lo que en realidad pudo haber pasado en aquella habitación de hotel. Tal vez obedezca a esa incertidumbre el hecho de que la tumba de Jim Morrison sea el enclave más visitado de Père Lachaise, adonde sus seguidores acuden a rendirle homenaje y acercarse lo más posible al enigma del hombre, aunque sólo sea físicamente.

También se caracteriza por tratarse del único lugar vigilado del cementerio. Dos guardas de seguridad velan por la integridad de la sepultura del músico al otro lado de las vallas de aluminio durante el día y, por la noche, varias cámaras de infrarrojos se encargan de que sólo los gatos merodeen por los alrededores. En el pasado, la tumba fue objeto de varios intentos de exhumación por fanáticos de lo esotérico y el misticismo procedentes de las cuatro esquinas del mundo, que saltaban los muros del perímetro para celebrar misas satánicas, comulgar con drogas, culminar los ritos con orgías y llevarse de recuerdo todo aquello susceptible de arrancarse o ser desenterrado. A la mañana siguiente la tumba devenía en vertedero, el paisaje tras una batalla. Los guardas se encontraban el lugar cubierto de basura, botellas de licor, agujas, jeringuillas y graffiti, y para evitar males mayores, la administración del cementerio decidió colocar una plancha maciza de granito sobre el enterramiento. De este modo, por vez primera, el nombre de Jim Morrison figuró grabado sobre una piedra en Père Lachaise.

La plancha fue robada al poco tiempo, y más tarde también desapareció, después de sufrir continuos ultrajes, un busto esculpido por un artista croata que conmemoraba el décimo aniversario de su tránsito. Hoy sólo queda allí una pesada losa con una placa metálica, cuya inscripción, obra del padre de Morrison y discutida a lo largo de las décadas, reza en griego mayúsculo algo así: «Fiel a su propio daimon». Mientras que algunos han visto connotaciones satánicas al epitafio, otros achacan a aquellos demonios interiores la causa de que hoy yazca bajo esas palabras de bronce. Quizás esos demonios adoptaran la silueta alboreada de aquellos indios que había visto tirados en la autopista cuando era pequeño. El coche de sus padres pasó de largo, pero la instantánea quedó registrada como una sombra indeleble en la retina del niño. Constituyó un trauma que lo acompañó toda su vida y lo marcó hasta la madrugada que ésta se le licuó por las fosas nasales. Ya había aludido a ese episodio con anterioridad en varias de sus canciones:


Indians scattered on dawn’s highway bleeding.
Ghosts crowd the young child’s fragile eggshell mind.

«Indios desangrándose, esparcidos sobre la carretera del alba. / Los fantasmas hostigan la mente del niño, frágil como un cascarón».

Tiene sentido. Pero lo más sensato, a mi juicio, es pensar en la denotación socrática del término, en la que el daimon encarna la voz de la conciencia, el imperativo del propio destino, la voz de un dios invisible que susurra al oído, la fidelidad a uno mismo, a ser quien se es en realidad. Supongo que el padre sospechaba que su hijo se había dejado la vida tirada en el camino que desde aquella mañana de su infancia se sentía llamado a recorrer.

El de Père Lachaise, sin embargo, no es su lugar de reposo definitivo. Eso tiene en común también con Molière, La Fontaine y Wilde, a quienes trasegaron las sepulturas por capricho. No falta mucho para que la concesión de la parcela de Morrison en Père Lachaise prescriba, y la administración del cementerio no ve el momento de expulsar de su paraíso la tumba que más quebraderos de cabeza le ha provocado al hilo de treinta años. Así, los ramos de flores, las cartas, los poemas, los discos de vinilo, los cigarrillos, las botellas de whisky y los preservativos que actualmente recubren la memoria terrosa de Jim Morrison volarán con lo que quede de sus huesos de nuevo a América, a la ciudad de Melbourne, en Florida, y abandonarán su largo exilio para volver a casa, disolviéndose junto a los túmulos de sus padres junto a un árbol solitario en la tierra de sus antepasados, la misma tierra humedecida por la sangre de aquellos indios esparcidos sobre el asfalto, la misma sangre del seno materno que cobijó su cuerpo cada vez más frío en sus últimos espasmos con un abrazo inmortal.

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Artículo publicado en la Revista Mu, mayo 2010, 89, pp. 11-13. Incluido en el libro Las ciudades de la luz, de próxima aparición.

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