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Día segundo de alergia. No sabría uno decir por qué adquiere la vida otro color cuando madruga. Mi jefe me había pedido que llegara al trabajo una hora antes, así que poco después del amanecer ya berreaba el despertador. Celebré la proeza de levantarme, rechazando el cálido y muelle abrazo del sueño embozado, con un desayuno castizo de café con porras en el bar de abajo. El camarero ya no me pregunta, pero busca una mirada de confirmación. Es marroquí, su aspecto de califa y el acento lo delatan. Lo acompaña tras la barra un chaval a todas luces sudamericano. Nadie es de Madrid hoy.

Aunque hacía frío en las calles y el sol remoloneaba todavía entre la bruma de polución de la ciudad, enfilaba uno con buen ánimo la Puerta del Sol. Te levantas temprano y las cosas parecen adoptar tonos más claros, sientes tu espíritu renovado, quizá por la sensación de cumplimiento con el deber impuesta por la educación, quizá por la tranquilidad que otorga el sacrificio propio. Sólo por ir a misa de ocho hay mucho miserable que duerme a pierna suelta por las noches.

A esas horas, la calle Preciados, habitualmente peatonal, se ve transitada por furgonetas que abastecen de mercancía el almacén de las tiendas. No hay rastro de músicos, mimos ni mendigos. Estos últimos aún duermen envueltos en cartones en algún rincón cercano, más al socaire, y seguirán haciéndolo mientras el sol no alcance su cenit. Otros, los que no pasan las noches al raso, estarán en otros asuntos. Los verdes tampoco han hecho acto de presencia todavía. De hecho, ya no la frecuentan tantos verdes. Ahora son azules. Los chicos de Greenpeace o la WWF han ido desapareciendo y últimamente menudean los acosadores callejeros de ACNUR. No sé si prefiero que me timen los unos o los otros, los verdes o los azules, los que salvan animales en peligro de extinción o refugiados en vías de lo mismo. El caso es que ya les he cogido un poco cariño, con alguno incluso llego a saludarme.

Al salir de trabajar había salido el sol, y ese bálsamo de luz que sólo tiene Madrid bañaba sus avenidas. La ropa de invierno se antojaba ya excesiva y necesitaba uno abrirse la chaqueta. Se respiraba el perfume de los campos de Castilla. Y te das cuenta de repente de que las chicas vuelven a dedicarte miradas furtivas al pasar. Tal vez sea ése el motivo por el que San Valentín se conmemore estos días, a mediados de febrero, cuando el viento invernal se confunde con la brisa de la primavera prematura. No creo que responda a casualidad que la onomástica del amor irrumpa en medio del invierno, justo en el momento en el que los pistilos de las flores se despliegan y segregan su néctar, cuando se desentumece la mirada helada de las muchachas. Los chicos, en cambio ―será que la naturaleza es sabia―, están ―estamos― en celo todo el año.

Llegué a casa a la hora del telediario, cosa que afianzó mi sensación de madurez y del trabajo bien hecho. Notaba cómo mis engranajes giraban encajados a la perfección en las ruedas dentadas del resto de la sociedad. Me preparé la comida con las noticias de la jornada en el televisor, y no concibo muestra de mayor circunspección que comer con el telediario del mediodía al volver del trabajo. Mi padre siempre lo hacía cuando yo era pequeño. Es lo que hacen todos los adultos. De modo que me recreé en mi escena solitaria de seriedad impostada y hasta comenté en voz alta lo que predecía el hombre del tiempo con una esposa imaginaria que me inventé. Y había motivo para tales tonterías. Después de todo, era un día de fiesta: un año más, me habían vuelto a mirar las chicas.

Alergia de Madrid

11 de febrero. Día primero de alergia. Anoche empezaron a irritárseme los ojos y hoy, en el transcurso de la mañana, las tuberías de mi nariz sufrían una fuga de mucosidades que iba cada vez a más. Resulta patético mantener una conversación en el trabajo cuando tienes un surtidor de fluidos transparentes encima del bigote.

Ya es primavera, pues; aunque el planeta esté a poco menos de la mitad del camino hacia su equinoccio. Lo que ocurra en las estrellas me trae sin cuidado. Me fío más del aroma de los brotes en las ramas de los árboles y de las flores en agraz, de la brisa fresca que prende las mejillas de las muchachas, del rumor de los gorriones en las plazas de la Villa, del fulgor del sol sobre los bulevares de la Castellana.

Las calles de Madrid se me antojan un lugar acogedor para vivir. Eso lo dice alguien que duerme bajo techo cada noche, aunque también alguien que ha dormido más de una vez al raso y que ha pasado alguna madrugada lluviosa al amparo de los soportales de las plazas. Puedo asegurar que los riñones sufren igual tras un sueño desvelado sobre un lecho de cemento desnudo que de mármol pulido. Y, en verdad, para uno, que a fuerza de algunos años de recorrer las mismas calles diariamente conoce a los habitantes de las aceras, las esquinas y los bajos de los edificios, su mera presencia supone un destello de la calidez del hogar.

El mundo gira sin freno. Otra vuelta más, pero quienes surcamos sus calles seguimos siendo los mismos, como si Madrid fuese el eje de giro y no le afectara su impulso centrífugo. Quienes antes mendigaban en las escaleras de los cines, ahora acostumbran hacerlo en la calle del Carmen, cerca de donde un músico viejo cimbrea la tarde al contacto de su arco con el chelo. A otros los veo, cuando paso a su lado, leyendo The Sun con sumo interés, y me pregunto de dónde lo habrán sacado. Los trileros se turnan con los magos para hacer desaparecer billetes de veinte euros ante el asombro de los viandantes curiosos de Preciados; junto a ellos, los músicos agitanados del Este se menean al compás frenético de un número de swing, mientras, en una bocacalle aledaña, un padre y su hijo afinan sus dulcémeles para la jornada que comienza cuando las sombras se alargan.

Verlos todas las tardes en el mismo lugar, año tras año, ejerce en uno cierta sensación de arraigo y solidez de la realidad. Como si necesitara uno la presencia de ciertos pilares rutinarios y esenciales bajo los que cobijarse cuando todo a su alrededor se derrumba. Que estos mendigos, magos y músicos callejeros existan es la única prueba que tiene uno de que la medida del tiempo es igual para todos, de que pertenecemos a la misma realidad. Sus barrigas engordan, les crecen las guedejas y se reúnen entre ellos, conspirando tramas oscuras, creando frágiles alianzas. Contemplar sus devenires día tras día es contemplar la propia existencia desde la perspectiva ajena. A mí al menos me sirve para convencerme de que no vivo en un sueño, de que la vida corre igual para todos.

Son pensamientos que me obsesionan desde niño. Nuestras vidas, las suyas y la mía, se exponen brevemente a los ojos del otro en los segundos que emplea uno en doblar la esquina cada día y se antojan independientes unas de otras. Si para mí representan la vida de la calle como una metáfora del tiempo real, para ellos yo no seré más que ese tipo que pasa por allí al atardecer siempre sobre la misma hora. Estoy seguro de que, si algún día me decidiera a acercarme y saludar a cualquiera de ellos, no harían falta presentaciones, pues todos los que poblamos el centro de Madrid nos conocemos ya de sobra. Uno de los violinistas, sirva de ejemplo, el único que nunca falta a la cita vespertina en la calle Preciados, es húngaro. Lo sé porque una vez le eché unas monedas en la funda del violín y aproveché para intercambiar un par de frases con él. Se llama Stefan, y me sorprendió que apenas chapurreara el español, porque en ocasiones lo he visto charlar con sus colegas. Esa breve conversación sólo sirvió para acicatear mi curiosidad. Un atrayente halo de misterio lo envuelve, y a veces me pregunto qué le habrá traído tan lejos de Hungría. Un verde de éstos que acosan a los peatones de Preciados me contó una vez que circulaba la leyenda de que había sido el violín solista de la Orquesta Filarmónica Nacional Húngara. Nadie sabe muy bien qué hace aquí entonces, tocando al relente cada tarde, solo o acompañado del cuarteto de cuerda, el mismo repertorio de cinco o seis piezas tristes en la calle. Tal vez huyó del yugo comunista. O quizá fuese una mujer quien alentara su periplo. Sería un buen personaje de novela, en cualquier caso.


Chus Lago al lado de la estaca que marca la posición 90° 0’ 0’’: el Polo Sur Geográfico

Hoy estaba melancólico y me he acordado de una noticia que vi en un telediario nocturno hace unos días mientras cenaba. Se trataba de Chus Lago, la tercera mujer del mundo en subir al Everest sin oxígeno. También había coronado con éxito los picos más altos de la Unión Soviética. Sin embargo, aquéllos no eran más que logros pasados, ahora acababa de llegar del Polo Sur, donde en el transcurso de dos meses había atravesado 1100 kilómetros andando en solitario, sin trineo ni perros ni ayudas externas. Lo verdaderamente desolador fueron sus palabras. Contaba que, después de atravesar la Antártida y llegar a la posición 90° 0’ 0’’, el Polo Sur Geográfico, descubrió, con absoluto asombro, que tras la estaca de bronce que señala el kilómetro cero de todos los meridianos, se levanta una inmensa ciudad industrial. En contra de la idea que uno pueda formarse del último confín de aquel vasto desierto blanco, lo cierto es que allí abajo el ruido de máquinas y la actividad humana ensordece el silencio eterno de los hielos. Otra mujer, al parecer una trabajadora de aquel monstruo de acero que emergía de la nieve, la descubrió vagando desorientada por entre las naves y le informó de dónde debía acampar.

Muy atrás quedaban las hazañas de Amundsen y Scott. Este último escribió dos de las páginas más trágicas de la exploración geográfica en los viejos tiempos de los descubridores del XIX. Sus esfuerzos y su férrea voluntad sólo le permitieron llegar tarde a su cita con la gloria. Cuando la brújula no podía marcar una dirección más al sur, avistó una tienda de campaña en medio de la nada blanca, que se apoyaba sobre un estandarte en el que ondeaba la bandera de Noruega. Puede uno imaginarse a aquel hombre llorar amargamente, presa de la frustración, leyendo la carta que Amundsen, líder de la expedición noruega, le había dejado al pie de la estaca.

“Querido comandante Scott: Como usted será probablemente el primero en llegar aquí después de nosotros, ¿puedo pedirle que envíe la carta adjunta al rey Haakon VII? Si los equipos que hemos dejado en la tienda pueden serle de alguna utilidad, no dude en tomarlos. Con mis mejores votos, le deseo un feliz regreso. Sinceramente suyo. Roald Amundsen.”

La carta estaba fechada sólo un mes antes.

El regreso del equipo de Scott al campamento base se tornó imposible a cada jornada. Derrotados por el frío, el hambre y el desánimo del fracaso, asediados por las congelaciones, las gangrenas y la muerte de uno de ellos por una caída, los héroes se vieron prisioneros de la inclemencia del temporal que los envolvía. Scott escribió en sus últimas horas una carta a su esposa en las páginas de su diario.

“Viernes, 29 de marzo. Afuera, delante de la puerta de la tienda, todo el paisaje es una terrible ventisca. Resistiremos hasta el final. La muerte ya no puede estar lejos. Es una lástima, pero no creo poder seguir escribiendo. […] Querida, no es fácil escribir por el frío (setenta grados bajo cero y únicamente el resguardo que nuestra tienda nos ofrece). Sabes que te he amado, sabes que mis pensamientos han estado siempre dedicados a ti y, oh querida, debes saber que lo peor de esta situación es pensar que no volveré a verte. […] Qué de cosas podría contarte de este viaje. No sabes cuánto mejor ha sido tener que renunciar a tu hermoso rostro (cuántas aventuras que contar a nuestro hijo, pero, oh, a qué precio) que quedarse en casa cómodamente en el sofá. […] Dios te bendiga, cariño. Intentaré escribir más tarde.”

Más tarde sólo pudo tachar una palabra. Donde previamente había escrito “envíen este diario a mi esposa”, lo sustituyó por “mi viuda”. Quien escribía aquellas líneas postreras no era ya Scott, sino el albor de un mito, un hombre que con su gesta trascendía su propia existencia. Era Ulises susurrando a los dioses del viento las últimas palabras de aliento para Penélope y su único vástago, Telémaco. La vida lo había vencido, la eternidad aguardaba en los versos de las baladas de los poetas.

Al año siguiente, en la primavera de 1912, otra expedición halló sus cadáveres. Se encontraban a escasos kilómetros de uno de los depósitos de alimentos con los que debían abastecerse a la vuelta.

De vuelta en España, Chus Lago declaraba en el aeropuerto a los medios que, cuando contempló aquella colosal base en el Polo Sur, tras haber cruzado la Antártida durante dos meses a solas con la inmensidad y el vacío de la tierra de los hielos, tuvo la sensación de llegar un siglo tarde.

Descorazonador, pero cierto. Es una reflexión que me ha asaltado en muchas ocasiones en distintos lugares. Llegar tarde. Llegar cuando las luces se apagan, en palabras de Mauricio Wiesenthal. Lejos, y muertos, quedaron en la marea del tiempo aquellos buscadores de lo desconocido con alma de poetas. Un tiempo glorioso y trágico a la vez que, por desgracia, murió con ellos.


La imagen de la desolación: la bandera noruega ondeaba ya cuando Scott llegó al Polo Sur

Era uno de esos sábados por la tarde en los que uno desayuna a la hora de comer. Privilegios de vivir solo, o, en mi caso, en compañía de cuatro individuos que no te piden cuentas. Me había acostado tarde escribiendo y amanecía más tarde todavía. Si no me daba prisa, el sol echaría el cierre. Me abrigué bien. Este invierno, que muchos prometían cálido, ha dejado nevadas que han paralizado Madrid varios días. Tanto heló que un día el reloj del ayuntamiento de Pozoblanco amaneció congelado, el pobre sólo pudo aguantar hasta la una y cinco de la madrugada. Y es que las heladas de la sierra calan hasta las tripas del tuétano.

Ya en la calle, vi que un tipo con los hábitos de acólito rojillo se me acercaba haciéndome señas a diez metros. Hasta que no estuvo a poca distancia no le escuché preguntar si tenía uno papel. Me disculpé, más por mis pintas, que a todos los hippies induce a error, que por no llevar papel. Llevar el pelo largo parece sinónimo de fumar porros, o al menos de tener con qué fabricarlos. Fumar fuma hoy día todo el mundo, por pijo o señorita que se sea, pero son sólo los hippies quienes lo hacen a diario. El resto acepta un par de caladas del canuto cuando rula. De ahí que si buscas papel no lo vas pidiendo a quien sabes que fuma esporádicamente, sino al que aparenta fumarse a Dios por los pies todos los días. Antes les decía que no, que no fumaba, y me miraban perplejos, como si se les hubiera aparecido el Che delante. Ahora, para que no caigan de hinojos frente a mí, simplemente les digo que no, que no me queda, y así se quedan más tranquilos.

Después del encuentro con aquel espontáneo, según me dirigía hacia el centro, me llegó el aroma de la marihuana. Se trataba de un olor que no se desvanecía. Toda la calle apestaba a la hierba feliz, como si estuvieran quemando una cosecha entera de cannabis a la vuelta de la esquina. Aquella ocurrencia me pareció bastante divertida, y me estuve riendo hasta llegar a la altura de Carretas. Desde allí divisé el hervidero de Sol de los sábados. Resulta que éstos son el día oficial de la semana para manifestarse. Y ése tocaba protestar por los ataques israelíes a la zona de Gaza.

Toda la extensión del kilómetro cero se encontraba atestada de jóvenes con las ropas raídas y pañuelos palestinos al cuello que coreaban ripios que venían a justificar otros holocaustos, entre otras barbaridades. Banderas palestinas ondeaban al relente, incluso pancartas en árabe sostenidas por ilustres actores de nuestro cine nacional, ellos siempre al quite. Tal vez el tufo a marihuana proviniera de allí. Justo en el momento en que me mezclaba con las demás obreras del hormiguero, un zángano se encaramaba como una garrapata a las patas del caballo de Carlos III y desplegaba un cartel que acusaba de asesino a Israel. Pobre muchacho, casi se mata subiéndose ahí arriba. Algo hay que hacer cuando se es joven y no se tiene nada por lo que luchar. Hay quien necesita de consignas colectivas para lavar su conciencia. Habría sido el primer mártir no palestino de la causa.

Lo que no sospecha ese muchacho es que los oprimidos y los pobres son dignos de compasión, pero poco más, del mismo modo que los poderosos y los ricos son dignos de admiración, pero poco más. Uno puede patalear hasta hartarse porque no le gusta el mundo en el que ha nacido, pero de poco le sirve esa rabieta a los que les llueven las bombas en los tejados. Los perdedores de las guerras no son los buenos, ni los vencedores los malos. Las guerras no las gana la maldad, sino los más fuertes y mejor preparados. Aquí en España aún seguimos sangrando por esa herida, mal que nos pese. Y es que, desde el preciso momento en el que uno de los contendientes empuña un arma para zanjar una disputa, el motivo de la discusión se banaliza, pierde su sentido, porque cualquier estúpido sabe apretar un gatillo y quitarse de en medio a todo aquél que le lleve la contraria. Ambos pueblos, palestinos e israelíes, llevan tantos siglos guerreando entre sí que han olvidado ya por qué aquellos desiertos merecen tantos cadáveres jóvenes. Son las gentes que habitan estos días entre escombros, humo y metralla quienes me inspiran lástima, de la misma manera que me la inspiran los civiles israelíes muertos en atentados suicidas palestinos. ¿Impedirá que sigan las matanzas si uno enarbola una pancarta y grita al compás de la multitud en la Puerta del Sol? ¿Evitará así que los generales y sus manos armadas diezmen una población que de muy antiguo riega aquella tierra baldía con sangre de niños?

Lo dejo por hoy. Escribir sobre estos asuntos es tinta derramada inútilmente. Me volví a casa. Curioso que aún permaneciera ese extraño rastro de marihuana en el ambiente.

Siempre he sentido fascinación por las paradojas, y experimento cierto regocijo al descubrirlas en el comportamiento de las personas, incluso en uno mismo. Son tristes, especialmente para quienes no tienen niños cerca, las dos semanas que transcurren entre el solsticio de invierno y el advenimiento de los magos. A pesar de todo, algunos encuentran la felicidad en la adoración del becerro de oro a largo de las fiestas navideñas. Llueven los millones y se descorchan botellas de champán barato en la televisión, la gente se echa a la calle a la caza de regalos, los políticos prometen dinero que no hay y las rebajas se adelantan por si les cae alguna migaja más del pastel.

A medida que pasa el tiempo la Navidad va perdiendo para uno su escaso significado. Poco importan ya las cenas de Nochebuena o de Nochevieja. Se han convertido en una cena más, una noche más, un año más. Los silencios, eso sí, son más ensordecedores. Incluso pueden escucharse los susurros de los espectros del pasado. Los muertos vuelven a sentarse a la mesa cada año la misma noche de invierno, mientras los comensales fingen felicidades que se ven enturbiadas por el recuerdo de los ausentes.

Para aquéllos que hemos dejado de ser niños y todavía no hemos concebido descendencia la navidad es cosa del pasado. Si existe ésta, aparte de para vender videojuegos a los ancianos, es para representar ante los niños la pantomima de que el mundo es tal cual lo leen en los cuentos. Creer en su propia inmortalidad los hará felices en tanto no sospechen que la amarga realidad es que nadie se descuelga por la chimenea ni se bebe la leche de los camellos en esas noches mágicas. Un niño descubre que va a morir en el preciso instante en el que desenmascara a unos reyes magos de maquillaje corredizo y barbas postizas, como todo el decorado que sus padres han dispuesto para sostener sus frágiles ilusiones infantiles. Es entonces cuando la niñez deja de ser pura, cuando las manijas del reloj de la muerte comienzan su pálpito irrefrenable.

Estoy pasando las fiestas en el pueblo, entre familiares, amigos y turrones, alejado durante unas semanas de mi vida de la capital, como el ermitaño que elige temporalmente una vida más retirada. Me gustaría volver a escribir con asiduidad, tal como solía hace unos meses, y seguir componiendo canciones, una vieja dedicación de juventud que he retomado en estos últimos tiempos. Sorprende cómo la vida adquiere tintes más claros cuando uno se sienta al piano, todo acaba simplificándose entre sus acordes.

Temía, por otra parte, la Nochevieja. Siempre que he podido me he escapado de ese trance. Supongo que no seré el único que se deprima ante la perspectiva de pasar la noche de san Silvestre en cualquier discoteca asaltando la barra libre. Por mucho que uno intente resistirse siempre acaba asilvestrado y a gatas por las esquinas. De sobra es sabido que lo mejor de la Nochevieja es el día de año nuevo, cuando, reunidos los amigos en el bar, resaca mediante, se intentan poner en común los pedazos perdidos de la crónica de la noche anterior. Suele ocurrir que el alcohol desborda las lagunas de la memoria de algunos. Me echaba a temblar sólo de pensarlo. Sobrevolaba mis pensamientos la idea de marcharme de viaje esos últimos días del año para quitarme de en medio y ahorrarme los detalles escabrosos. Al final me quedé y me sometí a la prueba del cotillón de fin de año en la misma discoteca de siempre. Trasnoché, acusé la tentación de mil y un licores, me cegaron con haces de luz brillante, me gasearon con humo e interminables horas de ruido me atronaron los oídos como taladros. Además, me cobraron esa cantidad abusiva que hacen pagar a la parroquia por hacer esa noche lo mismo que cada fin de semana. Aun así, pintado tan feo, terminé jugando al dominó en un bar de viejos con los últimos borrachos que buscaban churros con los ojos inyectados en sangre a las diez de la mañana. ¿Que por qué aguanté hasta tan tarde? Por la simple aventura. Cuando amanece los vampiros se conducen con una impredecibilidad pasmosa.

Comportamiento paradójico, decía al principio. Todo el mundo celebra nacimientos en estas fechas. Acaso soy el único que vea las largas noches de diciembre vestidas de un luto fúnebre y la nieve ―que nunca cae― envolver la ciudad helada como el sudario de los cadáveres. Para uno, las navidades suponen un período de dulce letargo, el de una muerte lenta, cálida e indolora. El brasero, los anuarios de la televisión, los villancicos enlatados de la megafonía en la calle, los carteles de cotillones, los alumbrados, los árboles, los adornos,… todo invita a cerrar los ojos, taparse las orejas y acurrucarse en el regazo del sofá, con el embozo bajo la nariz, a la espera de la caricia glacial de la Parca. Algo muere en el interior de uno cuando tañen las campanas de la Misa del Gallo. Doblan por las ilusiones perdidas, por los sueños rotos, por las oportunidades desperdiciadas. El tiempo se agota y quienes me rodean se impacientan. Se desvanece el aliento en el eco de las campanas de la madrugada.

Las cosas siguen donde estaban, donde siempre han estado. El joven rubicundo con los brazos amputados a la altura de la clavícula berrea haciendo tintinear monedas en un vaso de plástico que utiliza como cepillo, la vieja del pañuelo negro, con la espalda quebrada, sostiene en vilo la tapa de una caja de zapatos, junto a la calderilla una caja de Gelocatil. Me cruzo con el mendigo nórdico del Cine Callao. La mirada azul se le hunde entre las greñas grasientas y las facciones abotagadas de vikingo ebrio. Trae una bolsa de basura negra y una lata de cerveza en sendas manos. Va solo, sin aquella chica, también indigente, que venía acompañándolo desde hacía meses al pie de las escaleras del cine. Unos pasos más adelante reconozco entre los transeúntes al mago argentino que de vez en cuando hace desaparecer billetes de veinte euros en la parte baja de Preciados. No lleva maquillaje ni el pañuelo en la cabeza. Tampoco el traje verde de lentejuelas. Ahora viste camisa de lino clara. Se conoce que le va mejor que al vikingo. Al menos la magia le da para librar en días de guardar.

Hileras de sábanas blancas se extienden a lo largo de toda la calle Preciados hasta donde la vista alcanza, cada una acechada por un africano de negritud brillante y alerta, con el cabo de una cuerda tenso en una de las manos, mientras que con la otra coloca y ordena la mercancía en exposición. La multitud pulula alrededor de las sábanas sucias, desplegadas sobre el pavimento, los ojos dirigidos con suficiencia y desinterés hacia el suelo. He visitado muchos países en el último mes, y en ningún lugar me he topado con tanta gente junta. Tampoco he visto vender música, películas ni artículos de imitación sobre los adoquines de las calles, y puedo asegurar que no vengo de países florecientes donde no se mercadee en puestos callejeros, aunque jamás con semejante insolencia, en pleno centro de la ciudad, bajo las narices de la policía. Algo parecido ocurre en la calle Montera, donde las chicas de saldo y esquina pasean con arrogancia el género frente a la puerta de la comisaría. Sólo a quien no tiene nada que perder le quedan los redaños suficientes para exponerse tanto.

Hablo como un viejo, y sin siquiera peinar canas todavía. Tal vez por eso se me sigue esponjando el corazón cuando escucho el sonido amortiguado de los violines del Invierno de Vivaldi flotando entre las cabezas del gentío. Ahí están, como cada día, a media altura de Preciados, los músicos de siempre, interpretando el mismo repertorio año tras año. Apenas han cambiado desde que los descubrí por primera vez una noche en la calle del Carmen, y a pesar de ello el influjo que consigue subyugarle a uno sigue teniendo el mismo impulso instintivo, imperioso. Oyéndolos el espíritu reposa tranquilo al fin, porque se sabe de nuevo en donde pertenece, reconfortado por tonadas antiguas.

Uno de los violinistas es húngaro, y sorprende verdaderamente que los elementos que conforman los cimientos de la vida diaria de uno sean en su mayoría extranjeros. Sin ir más lejos, tengo trato frecuente en el trabajo con dos japonesas y una ucraniana, convivo además con un alemán, un mejicano y una rusa, y los pisos en donde vivo están habitados por ecuatorianos, norteamericanos y otras nacionalidades que sólo puedo llegar a adivinar cuando los oigo vociferar a través de las ventanas o al cruzarme con ellos en las escaleras del portal.

Tales pensamientos ocupaban mi mente aquella tarde, y con eso tuve que conformarme, porque el sol caía tras el Capitol de Schweppes cuando me di por vencido y abandoné mi búsqueda infructífera de un bar en el centro de Madrid en el que quedaran porras. Tendría que esperar a la mañana siguiente para disfrutar del tan anhelado desayuno madrileño en el bar debajo de mi casa. Mientras daba cuenta del objeto de mis sueños en la barra, un chino se sentó a mi lado, alzó la mano hacia el camarero y pidió: «un café con porras, por favor». Lo hizo con toda naturalidad, como cuando pides un rollito de primavera en La Gran Muralla de tu barrio. El círculo se cerraba. Será verdad aquello de que los tiempos están cambiando. O no.

Llego a Madrid y me encuentro la casa sola, envuelta en un silencio sepulcral. Mi habitación está tal como la dejé, los objetos cubiertos con una finísima capa de polvo y un olor familiar encerrado en el tiempo, la esencia de lo que uno fue escapándose por la puerta entreabierta. Dejo caer la mochila al suelo y, aliviado por deshacerme de su peso sobre los hombros, me doy de bruces, tras un mes de ausencia, con la desoladora certeza de no saber qué hacer en mi propia casa.

Nunca había reparado en lo desnudas que resultan las paredes blancas. Sentado sobre la cama, mirando a mi alrededor, la habitación me devuelve ecos vacíos. Entonces recuerdo que llevo dos noches sin dormir en una cama, y ahora que la tengo tan cerca apenas me siento cansado. Es más, la calle me llama. Necesito salir a dar una vuelta. Supongo que será por la inercia de los viajes. Es cierto: sucede algo extraño durante estos periplos a los que se lanza uno. Se llega en ellos a un punto en el que no se siente agotamiento, sino que la fatiga es asimilada por el cuerpo como un estado normal y éste termina sometiéndose, sin apenas quejarse, a las órdenes de la mente. Más bien al contrario, el organismo, durante estos viajes, se ve extrañamente imbuido de una energía extraordinaria e irreal. Será que hay barcos que sólo navegan bien a la deriva.

De modo que el síndrome de abstinencia acciona los resortes oportunos para hacerme levantar de la cama y de un salto ganar la puerta. En menos de un minuto estoy en pleno centro de Madrid, aspirando con fruición el aire turbio de la ciudad.

Como está cuesta abajo, me dejo caer hasta la Puerta del Sol, como siempre. Allí me encuentro, también como suele ocurrir, el panal de muchedumbre de los fines de semana. Parece como si no existiera otro sitio adonde ir un domingo, y todo Madrid se concentra entre Callao, la Gran Vía y el reloj. Esta vez, sin embargo, desde la lejanía observo que la caterva no está en movimiento, no hormiguea como acostumbra, lo cual me intriga. Me acerco a la plaza y compruebo con espanto que hay una carrera de maratón ―organizada, según sabría más tarde, por una entidad internacional en quince países simultáneamente― que corta Madrid por la mitad, desde la calle Atocha hasta perderse en el horizonte de la calle Mayor. Genial, ahora no puedo cruzar hasta el centro. Imposible rodear la carrera sin adentrarme en la M-30. Durante unos minutos espero a pie de acera, por ver si se aclara un poco el chorreo de corredores y puede uno cruzar la calle, pero basta con que uno se lo proponga para que el caudal maratoniano se adense. Los momentos se eternizan, las sombras se alargan y afluyen en mi mente ideas de derrota, de volver a casa con el mono entre las piernas, todo por no ser capaz de atravesar una maldita corriente humana.

Recuerdo entonces la entrada de metro que queda a escasos metros de donde estoy, y en un arrebato de desesperación y españolía ―después de todo fuimos nosotros quienes hicimos de la picaresca un género literario― baja uno las escaleras, se interna en las tripas del asfalto saltándose el torno, mientras se justifica ante sí mismo que lo hace porque le están negando sus libertades más fundamentales. Tampoco necesita uno tanta moralina para colarse en el metro, la verdad. Busco la salida por Preciados, vuelvo a traspasar los tornos, veo la luz menguante del exterior, giro la vista y me consuela confirmar que la riada queda ya detrás de mí.

Acabo de volver de las tierras desconocidas del este de Europa. En poco más de un mes ha pisado uno los caminos de catorce países diferentes, quince si contamos aquellas casas ucranianas que parecían florecer entre la exuberancia de los robledales ondulados en la otra orilla del río Tisa, más allá del paso fronterizo. Traigo conmigo la nostalgia del que regresa de donde quiere estar, la tristeza en los ojos del caído, los zapatos polvorientos por la grava de antiguos senderos, la fragancia de los campos, el recuerdo de conversaciones fugaces en remotos caravasares, la promesa de los reencuentros, la ebriedad de quien camina solo, la belleza grabada en las retinas, las cicatrices cerradas, la mirada lejana, la cabeza fría, la felicidad de los locos, la suciedad adherida a la piel del alma del que se ha mezclado con la gente, unas cien cuartillas manuscritas a vuelapluma al borde de los caminos, la barba crecida de los vagabundos y algún kilo de menos en la barriga.

Me bajo del tren en la estación de Sants de Barcelona. Arrastro dos noches de sueño atrasado desde que hace dos días me encaramara al estribo del convoy de regreso del paraíso y viera diluirse su espejismo, mientras me alejaba de aquel andén de Liubliana y se cernía la oscuridad sobre el vagón, en el vapor denso e imaginario de la locomotora. Desde luego, no presento buen aspecto ni el mejor de los ánimos. Me dirijo a sacar un billete para el siguiente tren a Madrid, cuando tres hombres me rodean. Uno de ellos saca una cartera y me muestra una placa de policía. Pues sí que traigo mala pinta, pienso. Uno de los agentes de paisano desaparece. No se preocupe, es un control rutinario, me explica el de la placa. Bienvenido a España, me digo. Huelga decir que nada de esto me ha ocurrido durante mi viaje. Me piden la documentación y hablan por el móvil mientras comprueban que no soy quien buscan. Rezo para que no me registren la mochila, porque temo no tener fuerzas para volver a empaquetarlo todo. Antes preferiría abandonarla así, destripada, en medio de la estación. No lo hacen, menos mal, y me devuelven el pasaporte, disculpándose por las molestias y deseándome buen viaje.

El siguiente tren hacia Madrid sale en tres horas y tengo antojo de café con porras desde hace tiempo. Miro el reloj y son las diez de la mañana. La hora perfecta. Encuentro la salida de la estación, huyendo de todas esas cafeterías de diseño para turistas y esquivando sus fotografías de capuccinos y cafés prefabricados. Ha tenido uno bastante de todo esto en Europa, ahora me muero por un café de bar, en vaso de caña, con leche sin crema ni espuma, y un par de porras, aunque sean de plástico. Las porras hace tiempo que las traen congeladas, nada que ver con las que tomaba uno los domingos cuando chico, pero el café sigue siendo el genuino. Me alejo de la estación por la calle más estrecha que encuentro. Nada de avenidas y grandes restaurantes, busco un bar de barrio, algo castizo, el cuerpo me pide españolidad en vaso largo.

No es necesario ir lejos, y entro en el primero que encuentro. Nada más traspasar el umbral el aroma a café y fritura me envuelve, y en ese instante sabe uno que ha vuelto a casa. Me giro hacia el camarero de la barra y descubro, estupefacto, que es chino. A su lado, una joven china despacha tapas y cerveza a otros clientes, transportistas rumanos o ucranianos por lo que pude observar. El barman me pregunta qué voy a tomar y, la verdad, me quedo en blanco. Mis neuronas habían cogido carrerilla hacia ese café con porras idealizado y de repente visualizo cómo se precipitan sin remedio al abismo en el interior de mi cabeza. No es que uno subestime la capacidad del pueblo chino para hacer cafés, más bien al contrario. De sobra es sabido que a lo que un chino se ponga superará con creces al original. Lo malo es que lo que yo esperaba beberme era el producto de la desidia de un camarero español, de un filtro sacudido con cachaza ibérica y de una leche racaneada y medida a ojo de buen cubero para no echar una gota de más. La cosa, evidentemente, no empezaba bien, porque además no tenían porras, de modo que me conformaría con el café. Me senté y ojeé el periódico sin demasiada convicción. El camarero me puso el café, lo probé y mis temores se confirmaron. Aquello era un remedo. Tal vez se tratara de la leche, que no te extrañe que fuese de soja, y bien puede ser la más saludable, pero cuando uno vuelve del extranjero lo hace justamente para eso mismo. Para volver.

Hay libros que parecen escritos cuando la tarde tiñe de vino la línea del horizonte. Libros que son grito silente y amargo de los leones heridos, de los héroes cansados que los dioses del mar condenaron a vagar eternamente en pos del recuerdo de Penélope. Sergio Berrocal es uno de esos condenados, y sólo hay que verlo hablar unos segundos para reparar enseguida en su semblante de perro viejo y apaleado por las embestidas de la travesía vital. Los ojos de Sergio Berrocal son el espejo en el que se mira la melancolía. Él mismo se pregunta en alguna ocasión si no habrá que resignarse a vivir como un mero espectro, seco ya el licor de la copa de las ilusiones, sin futuro ni amaneceres, sólo arrastrando hasta la hora última el peso de mucho, acaso demasiado, pasado a cuestas. A veces la carga de la memoria, de tan abrumadora, le obliga a uno a detenerse en medio del camino, sentarse al margen y esperar, desistiendo así de los intentos de burlar a la muerte.

Leer Último vuelo para Manaus es leer el desenlace de la crónica de un exorcismo, el de los demonios que persiguen al autor desde que una tarde de lluvia fina e insistente se le arrebatara un ángel de ojos verdes. Dicen que si el arte no sirve para curar, no es arte, sino simple artificio. Y en Último vuelo para Manaus se observa el último episodio de una terapia dividida en cuatro partes, cada cual separada de la anterior el tiempo justo para su correcta maduración, cuatro etapas de su particular bajada a los ínferos, como cuatro son los pasos necesarios para elaborar un buen güisqui on the rocks. Ojos verdes, En el nombre del padre y de los hijos y Bye, bye, Brasilia supusieron los cubos de hielo simétricos, el vaso largo de cristal de Murano y el chorreón de Johnnie Walker dos minutos después. Último vuelo para Manaus viene a completar el brebaje a la manera del agua Perrier en botella verde, importada especialmente desde Francia, otros dos minutos más tarde, y representa la catarsis de recibo a toda tragedia.

Aquellos ojos verdes, los mismos que en el primer volumen de la tetralogía abrían los abismos bañados por las aguas oscuras de la laguna Estigia, afloran por doquier en Último vuelo para Manaus. Son la obsesión de su autor, que confiesa que con este último volumen ha cumplido por fin, ha cerrado el último círculo infernal.

En verdad, toda la novela destila la tristeza de quien ve la existencia diluirse como el hielo en un güisqui aguado. Puede uno haberse curado de la angustia de haber perdido lo que más amaba, pero el desencanto parece aguardar a quienes jugaron demasiado fuerte a los dados contra el destino.

El último vuelo para Manaus es el que nunca se toma. Es el vuelo de los renunciantes, el de los que anhelan escapar de todo, el de los que sienten que la vida sigue porque no hay más remedio, el de los que se sientan al borde del camino, o del mar, a esperar a la Parca viviendo un tiempo añadido que se les antoja regalado, tal vez innecesario. Me imagino a Sergio Berrocal sentado en la terraza de esa playa de Andalucía en la que dice que se halla hoy varado, contemplando los crepúsculos a través del cristal tallado de su vaso de güisqui, los ojos velados por la marea del pasado. Quizá sólo le quede convertir la sangre que le mana del alma en tinta cruda que plasme su nostalgia inconsolable. Así, su protagonista, que es él mismo, lo último que observa antes de que el libro acabe son unas flores amarillas y verdes, amarillas como el güisqui crepuscular frente al océano, verdes como aquellos ojos que tal vez sean lo último que vea antes de cerrarlos para siempre.

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Alguna vez había hablado en este cuaderno de una vieja encorvada de garrote, velo y ropas enlutadas y añejas que pide silente la voluntad en la calle Preciados, en la esquina con la Puerta del Sol. Su espalda arqueada forma un ángulo recto con las piernas de chamizo que se adivinan bajo el faldón raído. Bajo su hombro izquierdo, un viejo bastón apuntala su cuerpo vendido y sesgado, y le encalla la espalda contra la cristalera de un centro comercial, como si pudiera sujetar en su interior el escaso hálito de vida que palpita bajo la corteza de un pecho tan reseco. Su mano, sin embargo, sostiene con firmeza la tapa de una caja de zapatos que hace las veces de cepillo para las limosnas. Parece salida de otra época, rodeada de las bolsas de plástico blancas que los ancianos utilizan para guardarlo todo, vestida en pleno julio con la misma ropa oscura de invierno que lleva todo el año, zapatillas de felpa, rebeca y el velo de luto calado hasta unos ojos velados y acuosos que sólo pueden mirar las losas del bulevar.

La ha visto uno siempre ahí, en ese mismo lugar, en los días gélidos de diciembre y en los más calurosos de agosto, cuando el sol de Madrid se derrite como plomo fundido sobre la cabeza. Pero ella nunca se mueve, ni siquiera parece respirar, allí clavada en su estaca de madera como un árbol añoso y moribundo, a merced de la intemperie, que ha dejado de sentir ya el paso del tiempo.

Paseaba hoy, a esa hora en la que las tardes usan el cielo de la ciudad para componer los más hermosos crepúsculos del mundo, cuando, a la altura de la bocacalle de Preciados donde siempre mendiga la anciana, vi que un individuo se postraba delante de ella y, a escasos centímetros de su rostro, le hacía fotografías con el móvil. Me quedé perplejo. Observé que su presencia incomodaba a la anciana, que trataba de zafarse del individuo volviendo la cara. El extraño, sin duda turista, pertinaz, no cejaba en su empeño y, con apabullante descaro, metiéndose bajo las faldas de la mujer casi, se tomaba todo su tiempo para encuadrar primeros planos de su semblante ajado, que le parecería una curiosa atracción de feria, dispuesta ahí en exclusiva para él, como los gorilas en los zoológicos.

Pasé de largo. Tenía prisa. Pero la indignación se me subió a la cabeza y tuve que volverme. Llegué al lugar de autos y entré en escena sin reparo. Extraje mi móvil, me coloqué junto a la anciana y también me tomé todo mi tiempo para sacar unas buenas fotografías de aquel infeliz. Se conoce que los objetos de interés difieren sustancialmente en función del punto de vista de cada cual. Sin pretenderlo, su desvergüenza me había devuelto la sangre al cuerpo y la venganza me martilleaba las sienes. Su delito quedaría expuesto en el foro, a la vista de todos.

Odio a los turistas, aquí en España, en la India o en la Cochinchina. Son una plaga. Seres estúpidos que, totalmente exentos de respeto, se pasean a sus anchas por el mundo como quien visita un parque temático. Creen que todo les está permitido, y haber pagado por ello les legitima a fotografiar cualquier cosa en su campo de visión, deseosos de amortizar el gasto. Sólo buscan curiosidades para almacenarlas en sus cámaras fotográficas y enseñarlas luego a la vuelta a sus colegas de la oficina. Fotos y más fotos, es lo que le interesa al turista. Fotos que luego irán a un cajón para siempre. Debe de ser triste echar la vista atrás y sólo encontrar en tu memoria recuerdos detenidos sobre una pantalla LCD. Supongo que ésa se suma a la infinidad de diferencias que se imponen entre el turista y el viajero: uno de ellos vive, contempla, palpa, siente, mientras que el otro ve la vida a través de un cristal.

Tomé mis fotografías sin inmutarme ni ver la reacción de aquel pobre hombre ―al contrario que él, aún guarda uno cierto pudor cuando invade la intimidad ajena, aunque ese individuo no lo mereciera―, y me marché, preguntándome dónde ha quedado nuestra dignidad. Una instantánea más para mi álbum de la infamia.

Una instantánea más para su álbum del olvido.

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