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El lenguaje de los pájaros

Sobre Troppo vero, de Andrés Trapiello

No muy a menudo encontramos un autor que nos proporcione momentos de lectura de un placer sereno y sosegado. No es frecuente descubrir escritores como Andrés Trapiello, que lo consigue con cada línea de sus libros. De él se ha dicho que es un buen novelista, ensayista y poeta; no en vano atesora premios como el Nadal o el Nacional de Crítica que así lo acreditan. Sin embargo, y acaso a su pesar, parece que la cima de su literatura la obtiene de un género menor, el de los diarios, publicados por Pre-Textos bajo el título genérico de Salón de pasos perdidos, que estos días celebran su vigésimo aniversario desde que en 1990 apareciera su primer volumen.

Troppo vero pertenece a esta colección de diarios de Trapiello, de la cual hace el número dieciséis, el último hasta la fecha. En ellos, el autor retrata una rutina humilde, la del escritor encerrado día tras día en su piso del centro de Madrid, trabajando incansable, volcado en sus escritos, hilvanando pensamientos y palabras que nacen entre las sombras y el vacío de cuatro paredes blancas y solitarias, tapizadas de libros viejos. Una rutina que, como todas las rutinas, está carente de sucesos extraordinarios. Es más, lo que relata Trapiello en sus diarios son retazos de una vida gris y a veces insípida en apariencia, de eterno escritor de culto que nunca acaba de despegar, bañada por una fina película de desengaño y autocompasión, de tristeza y felicidad austera al mismo tiempo.

Lo extraordinario es que Trapiello esboza esta vida rutinaria con un esmero sin ambages, cargado de un spleen tan doloroso como balsámico para el lector, que siente que esa existencia plomiza que se describe es como la de uno. Leer Troppo vero provoca esa extraña sensación benéfica, la de reconocer a quién sostiene la pluma detrás de las palabras, que no es más que un fiel reflejo de nosotros mismos aferrándonos al triste consuelo de no encontrarnos solos. Resulta imposible, a poco que se sea sensible a la buena literatura, que la lectura de estos diarios deje a nadie indiferente, porque la belleza se puede expresar con más adornos, pero no mucho mejor de como lo hace Trapiello. Es la lírica de los tiempos muertos, de los paseos por el bulevar, de ver las gotas de lluvia rodar por el cristal de la ventana, de esas horas interminables de los días en los que no pasa gran cosa, días vacíos que en sí mismos no son nada, pero que plasmados en el papel unos seguidos de los otros van conformando eso que él mismo llama vida, una novela en marcha.

Si por algo se caracterizan estos diarios es por el uso de las X para designar a los personajes conocidos que se cuelan por sus páginas en lugar de escribir su nombre completo. Bajo esta coartada, Trapiello habla abiertamente de su escasa y siempre reticente vida literaria con una franqueza que, por serlo demasiado, molesta en las más de las ocasiones a las personas aludidas, en su mayoría escritores. Este recurso velado le ha valido no pocas críticas al hilo de estos veinte años, y cabe imaginar que le habrá supuesto otros tantos obstáculos en su carrera literaria. Es inevitable pensar que la publicación de estos diarios le haya cerrado puertas en el mundo de la literatura, y el lector a veces llega a plantearse si en verdad merece la pena el sacrificio, pero ni el propio Trapiello, después de dieciséis volúmenes y miles de páginas escritas, parece capaz de darse una respuesta válida al plantearse la cuestión, pues simplemente acude al diario por necesidad, en busca de refugio cuando la vida, de tan abrumadora, no alcanza a expresar la propia vida.

En ocasiones, a lo largo del libro, el autor nos sorprende con confesiones verdaderamente sinceras, pero devastadoras por el dolor que de ellas emana, capaces de traspasar las páginas del libro y helarnos el corazón. No tiene por qué hablar de grandes cosas, pero su tono reflexivo, no exento de cierto cinismo, dulce, casi hipnotizador, y su estilo, sencillo y sutil, afianzado en la contemplación, tejido en los silencios, posee esa rara capacidad de prestar atención al ruido del mundo, de ver lo que normalmente escapa al ojo descuidado y distraído por el velo de lo mundano, como quien entiende el lenguaje de los pájaros, y de separar sus frecuencias, modulándolas, amplificando las que nadie más escucha hasta hacerlas audibles. Estaba en lo cierto aquél que decía que a un escritor le basta con tener vista y oído. Ése es el secreto de los poetas. Hay a quienes la naturaleza no concedió esos talentos y, pese a todo, se dedican a la literatura. Sin más remedio que tratar de ocultar sus carencias, porfían por envolver sus escritos en la farfolla que conforma el ensordecedor ruido del mundo, contribuyendo así a cubrir aún más esas frecuencias amortiguadas y secretas, ultrasónicas, y con ellas a quienes son capaces, como Trapiello, de descubrirlas, comprenderlas y contarlas.

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Artículo publicado en la Revista Mu, febrero 2010, 86, pp. 10-11.

Cada día me siento más cercano a las posiciones estéticas como justificación del arte. Mientras que la ética es sometida a constante discusión, y en ocasiones dictada por la autoridad máxima de un juez para zanjar el debate, la voluntad estética es indiscutible, irreprochable.

Hace poco he escrito un largo reportaje sobre Lady GaGa, del que me siento particularmente satisfecho. Todavía permanece inédito, espero que por poco tiempo. En él analizo con detalle aspectos de la cantante que me parecen genuinos y en los que nadie parece haber reparado. Su inmenso talento es inspirador, estimulante, y ella tiene buena parte de culpa, al igual que Wilde, de que mi sentido de la ética se bata poco a poco en retirada.

Los papeles del calabozo

Lástima que cuando uno rodea el mausoleo de Wilde se dé de bruces con una larga inscripción en la parte trasera que da la espalda a la avenida. Allí puede leerse, enmarcada en la losa que aplasta la tumba sobre la tierra, una profusa biografía de Wilde en la que resaltan, como dos puñaladas hendidas en la piedra, explícitamente, esta vez sí, los años de nacimiento y defunción. Sigue un versículo del Libro de Job que ensalza su elocuencia y su encanto personal: «Tras mi palabra no replicaban, y mi razón destilaba sobre ellos».

Y debajo, unos versos de La balada de la cárcel de Reading:

Y por él lágrimas ajenas llenarán la urna de la piedad,
rota desde hace tiempo,
pues quienes le guarden duelo serán los parias,
y los parias siempre están de luto.

A la vista de esa estrofa, que Wilde dedicó a un preso ahorcado en la prisión de Reading, parece como si recitara su propio réquiem, esperando que la muerte fuese a visitarle a su celda, temeroso de que sólo los presos asistieran a su entierro y de yacer para siempre en la tumba de un patio penitenciario.

La inquisición victoriana lo acusó de «indecencia grave» por sus devaneos homosexuales y su falta de decoro a la hora de soterrarlos en sociedad, y la corona tuvo que aplicarle la pena máxima, pues el caso tomó una magnitud tan desorbitada en la prensa que la simple sospecha de que al escritor se le diera trato de favor habría supuesto un peligroso problema de Estado. De este modo, la imprudencia del esteta le valió una condena de dos años de encierro y trabajos forzados que le minaron la salud y el alma, pero de la cual surgieron sus obras más elevadas y desgarradoras: La balada de la cárcel de Reading y De profundis.

El escritor apenas sobrevivió tres años a la cárcel, pero nunca perdió su vena sarcástica, incluso en el abismo. Buscó refugio en Francia bajo el nombre de Sebastian Melmoth, como el oscuro y desgraciado protagonista de la novela gótica de su tío abuelo, Charles Maturin, y finalmente recaló en París, alojándose en la habitación 16 del Hôtel d’Alsace, un edificio suntuoso en el Barrio de Saint Germain des Prés donde Wilde, durante sus últimos meses, estuvo muriendo por encima de sus posibilidades.

Hacia el final de sus días podía vérsele caminar solo por los bulevares parisinos, ebrio en ocasiones, buscando bajo las farolas, tras las esquinas, sobre los puentes, la alegría perdida que antaño solía bastar para prender el fuego creador de la literatura.

Poco después llegó la agonía, y el tálamo se volvió lecho de muerte.

Fue Robert Ross, amigo fiel y el primero entre sus amantes masculinos, quien pagó todas las deudas de Wilde y se hizo cargo de la construcción de su mausoleo en el cementerio del Père Lechaise. Mandó hacer, en su interior, un compartimento en el que reposaran sus propias cenizas junto a las del escritor inmortal cuando muriera. También de su autoría es la inscripción en la cara oculta de la tumba, que resulta ampulosa y excesiva, aunque bien pensado, a fin de cuentas, así era Wilde.

Tal vez Ross fuese la única persona que jamás lo traicionó, que supo amar al esteta más allá de sus poses estéticas, y acaso Wilde reconociera en esos ojos el brillo adamantino del amor verdadero. Por eso le hizo entrega de los manuscritos que con tanto celo había conservado durante sus años de encierro. Como único ruego, a sus carceleros de Reading les había pedido mantener consigo en todo momento, como una segunda piel, los papeles escritos en la penumbra del calabozo, a sabiendas de que serían quizá las últimas palabras que legaría a la leyenda que había despertado la imaginación de su siglo.

Y así fue.

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Texto extraído del libro “Las ciudades de la luz. De París a la India con billete de vuelta”, de próxima aparición

Decía Oscar Wilde que «el único amor consecuente, fiel, comprensivo, que todo lo perdona, que nunca nos defrauda, y que nos acompaña hasta la muerte es el amor propio». Quizá por eso su lápida en Père Lachaise esté cubierta de besos. Y pese al buen concepto que de sí mismo tenía, los besos no son suyos, sino de las mujeres parisinas que al hilo de más de cien años han velado su letargo y lo han amado a escondidas, ya que a él le era más grata la compañía masculina, dejando un rastro de carmín sobre la inmensa losa que aplasta su tumba contra la tierra. También aseguró, poniéndolo en otros labios, los de Salomé, tan legendarios como letales, tan hermosos como funestos, en una escena de su obra de teatro ante Herodes Antipas, que «el misterio del amor es mayor que el misterio de la muerte». Wilde disfrutó con opulencia de las mieles de Eros y bebió los vinos de su juventud como pocos, y si descubrió su secreto en sus últimos años de exilio en París tal vez Thanatos adelantara el final del hilo de las Moiras de manera que no pudiese participar de su hallazgo por escrito al resto de los mortales.

A los ingleses les gusta, por tradición, atribuir citas ingeniosas a Wilde, aunque el irlandés no las pronunciara nunca. Incluso la frase que abre este capítulo podría ser falsa. Quién sabe. He buscado una referencia bibliográfica y no he podido encontrarla. Con todo, se non è vero, è ben trovato. Y no sólo sus afirmaciones: la inscripción de su tumba también ha sido objeto de mistificación. Del mismo modo que el célebre «Perdonen que no me levante» de la tumba de Groucho Marx, los epitafios falsos adjudicados a Wilde, siempre de una grandilocuencia excesiva, han proliferado a lo largo de los años. Destacan, entre ellos, algunos extractos bíblicos del Antiguo Testamento, también greguerías pomposas que evidencian su fama de ególatra, otros absurdos, la mayoría divertidos.

En el mausoleo del escritor, sin embargo, bajo la esfinge de perfil antiguo esculpida en pleno vuelo, sólo aparecen dos palabras labradas, «Oscar Wilde», diluidas en una concupiscencia de labios femeninos.

Me reconforta contemplar la forma con que su tumba guarda silencio como respuesta a todo el ruido que el mundo generó en torno a su vida, todo ese ruido que luego ha continuado después de muerto, distorsionando su legado. Constituye el último desplante, eterno en tanto póstumo, de un esteta que vivió según los cánones del arte y escribió según los de la vida, haciendo de su existencia su obra más ambiciosa.

Ni siquiera figuran las dos fechas que delimitaron su paso por la época que le tocó vivir, como si la esfinge que concibió en su cuento nos escamoteara cualquier pista de los días de su autor para que su enigma permanezca sin despejar. Dos incógnitas que pueden hallarse en los libros de texto, pero que, grabadas sobre la piedra, adquieren escasa trascendencia, como si su omisión manifestara la inutilidad de medir el tiempo terreno cuando se ha alcanzado la inmortalidad mediante la literatura.

Texto extraído del libro “Las ciudades de la luz. De París a la India con billete de vuelta”, de próxima aparición

La vida a través de una lente

Me gusta la palabra espectáculo. Viene del latín spectaculum, apelativo nominal del verbo spectare, que significa mirar, contemplar, observar atentamente, y comparte origen con su análogo griego, salvo que éste invirtió las consonantes de la raíz indoeuropea spek, transformándose en skep, vocablo del que proceden, por ejemplo, escéptico y escopo. Del mismo germen latino provienen también espía, espectro, espejo y especular, que son voces más ambiguas, volátiles e irreales. Lástima que la lente no se inventara cuando las lenguas primigenias lanzaban sus primeros vagidos. Aunque ya se conocían algunas propiedades parecidas en ciertos cristales de mineral en la Hélade de los sabios, no sería hasta la Edad Media cuando se desarrollara la técnica de las lentes. Tal es el motivo por el que, tanto en latín, lens, lentis, como en castellano, lente, su nombre no surgió como identidad, sino como copia, haciendo referencia a su similitud con una lenteja. Carta de nacimiento demasiado vulgar para un hallazgo que, tanto filosófica como pragmáticamente, se destacaría entre sus semejantes por su trascendencia a lo largo de los siglos venideros. Más elegante me parece su derivación inglesa, que tomó del latín su spectacle para referirse al espectáculo, y el plural, spectacles, para nombrar las lentes, las gafas y los anteojos, mediante la cual el término ha logrado la perfección.

Ésa es la acepción que yo prefiero, aunque únicamente se trate de una visión interesada que no acepta el diccionario. Pensar en el espectáculo como la vida observada a través de una lente, como un fluido estudiado mediante un microscopio o con un telescopio mirar las estrellas, donde todo, lo hermoso y lo grotesco, se magnifica, donde cada detalle tiene entidad en sí mismo y no pasa desapercibido, donde lo accidental alcanza categoría de esencial, donde lo inexplicable en apariencia de súbito adquiere sentido, conectado a otros elementos del escenario vital por hilos sutiles, invisibles a simple vista cuando cae el telón.

Visto así, mi concepto de espectáculo se antoja cercano a la definición de arte. Es precisamente el arte el medio del que nos valemos para explicar aquellas parcelas de la vida que su propia vivencia no basta para abarcar la totalidad de su significado. El arte sólo es la realidad corregida a voluntad, del mismo modo que la vista se gradúa con una lente adaptada a nuestras necesidades. Por eso acudimos al arte, para satisfacer la carencia de belleza, orden y bondad que no hallamos en nuestro entorno, pues la naturaleza es imperfecta. De ahí que ésta, en sus momentos más elevados, no haga otra cosa que imitar al arte.

Milán. Ciudad de paso

Después de tantos años de recorrer Europa en tren, conozco la Estación Central de ferrocarril de Milán como si fuese milanés. Ejerce de válvula de paso entre el oeste, el sur y el este del continente, y es trasbordo obligatorio para quienes, como yo, procedentes de Europa Occidental, viajan por tierra y se dirigen hacia los países mediterráneos o Europa del Este.

Me sé de memoria su bóveda semicilíndrica con visillos translúcidos, de aspecto como de otro siglo, las molduras de sus muros ocres, sus baldosas grisáceas, sus lámparas antiguas, sus bares caros, sus paninis de bacon, sus puestos de cambio de divisas, sus escaleras de mármol lustrado, su salida en la planta baja, el resplandor del día a través de las cristaleras y, al final, la inmensidad de la Piazza Duca d’Aosta.

Lo más relevante de Milán puede verse a lo largo de una distancia de menos de mil metros. En las inmediaciones de la Plaza del Duomo se encierra toda la esencia de la capital lombarda. Nótese que duomo significa catedral, de manera que cada gran ciudad italiana tiene la suya, catedral y plaza. Los escaparates de las Galerías de Víctor Manuel II, por cuyo armazón abovedado de acero y vidrio se filtra la luz natural como una neblina azul, comunican la Piazza della Scala con la Plaza de la Catedral. En el centro de la plaza, una estatua de Leonardo da Vinci contempla desde la altura de su peana de granito el afamado Teatro de la Scala, meca de melómanos y relicario de compositores ilustres. A su espalda, el Palacio Marino, una obra maestra arquitectónica del dieciséis, antaño residencia palaciega de la familia Marino, sirve hoy de sede al ayuntamiento de la ciudad. Ocultos en su interior, casi en secreto, compartiendo el espacio con ventanillas de funcionarios y despachos de concejales, hay patios de una riqueza difícilmente comparable, y grandes salones con frescos, esculturas, bajorrelieves, bustos y estucos con representaciones de las grandes epopeyas helénicas de los más notables artistas del Renacimiento. Bueno, también en la Basílica del Vaticano se celebran misas rutinariamente y a ningún santo se le han caído hasta ahora las potencias.

A la salida de las Galerías de Víctor Manuel II se despliega la Piazza del Duomo en una extensión pétrea abierta al cielo, circundada por los edificios y los soportales propios de las plazas mayores. No falta la predecible estatua ecuestre del rey, en este caso otra vez el inevitable Víctor Manuel II, primer monarca de la Italia unificada, tirando de las bridas de su caballo en una frenada eterna, como deteniéndose asustado ante la presencia repentina de la Gorgona.

Y allí, en el extremo izquierdo de la plaza, la Catedral, magnífica, oscura, gótica como pocas, un erizo gigantesco de espinas que apuntan al cielo. Ese contorno crispado inquieta. Tal vez por eso me atrae tanto. Pese a su construcción con materiales de tonos suaves, recubierta de mármol rosado, el conjunto ha adoptado con el transcurrir de los siglos un matiz funéreo. Alzo la vista desde mi insignificancia, a pie de obra, y me parece que posee algo de demoníaco, una majestuosidad diabólica. Y esto tal vez responda a la peculiaridad de que resulta imposible fotografiarla desde otra parte que no sea la frontal, de tan encajonada como se encuentra en los edificios traseros y laterales. Adosados a la catedral, además, hay puestos de recuerdos y otras golosinas para el turista, que devoran más si cabe la angostura de la calle. Por eso las fotografías del lado oculto a la plaza sólo pueden realizarse en contrapicado, acentuando la monstruosidad de la catedral. Ésa es al menos la impresión cuando camino en torno a sus ventanales alargados, examinando una a una sus miles de púas recargadas, rematadas por filigranas, rizos y flores. Cada apéndice sirve de pedestal a un santo, y compruebo, tan de primera mano como me permite la miopía, que no hay ninguno igual a otro. Así, el tejado es un bosque de pináculos y chapiteles afilados, y no es de extrañar que a Berlusconi le partieran la cara con una réplica metálica de la catedral de ésas que venden en los puestos de souvenirs. Lo raro es que no le ensartaran un ojo con ella.

Y poco más, aunque lo dicho no es ni mucho menos poco. El resto es de sobra conocido: la moda, los uniformes de policía diseñados por Armani, las enormes gafas de sol intercambiables entre hombres y mujeres, la inaccesible Última cena de Leonardo en el convento de Santa Maria delle Grazie, el fútbol, la pizza y la pasta. Suficiente para una ciudad que es, al fin y al cabo, de paso.

Breve execración del vuelo

Los aviones sirven para moverse, no para viajar. No me entra en la cabeza que uno esté en su casa y, al cabo de dos horas, aterrice en París, por poner un ejemplo. El viaje requiere sosiego, sensación de movimiento, recorrido del terreno, cambio de paisajes, encrucijadas, pasos fronterizos, puentes, raíles, carretera, tierra, mar, horizonte. Si el viaje no se interioriza, previa asimilación del movimiento que le es consanguíneo, no es más que mero traslado de un lugar a otro, puesto que no sólo se trata de una disposición de ánimo, sino que el viaje debe concebirse asimismo en términos fisiológicos. No por casualidad el metabolismo y los ciclos corporales se modifican en el trance del viaje, por relajado que éste sea. Cuánto más si se expone el organismo a los saltos caóticos de husos horarios en tan breve lapso como el trayecto en un avión. El jet lag y los problemas circulatorios del «síndrome de la clase turista» no son más que señales claras de emergencia que el cuerpo lanza cuando se le maltrata.

«Despegar» y «aterrizar», además, me han resultado siempre palabras violentas, descarnadas. «Despegar» significa separar lo que de natural está unido, implica perder nuestra naturaleza bípeda, aquello que nos distingue de los demás seres de la creación. Se deshace así quien vuela del contacto con el entorno, de la visión de la realidad, del aroma de cuanto nos rodea, del sonido del mundo, del tacto de lo material, que es precisamente aquello de lo que no deseo desprenderme. En cambio, todo eso que los sentidos perciben como verdadero se desvanece al encerrarse en una cápsula que vuela, y la anulación de los sentidos no es otra cosa que enajenación, aislamiento, ebriedad, letargo. Todo se uniforma en su interior, mientras en el exterior, sobre un suelo de nubes, se extiende infinito el limbo. Son falsos el aspecto de la tripulación, la disposición en hileras de los pasajeros, que deben permanecer sentados contra natura durante todo el viaje, el sabor de la comida plastificada, los oídos taponados por los cambios de presión y el zumbido de los motores, el olor a cerrado y ambientador.

«Despegar» se parece demasiado a otra palabra, «desapego», peligrosa por dar pie a equívocos frecuentes. El viaje pierde su carta de naturaleza si no lo acompaña el apego al paisaje, si ignora a las gentes del camino, si no aprende a chapurrear las lenguas autóctonas, si no come la comida de la tierra, si no desgasta las suelas de los zapatos.

«Aterrizar», sin embargo, viene a poner fin a los padecimientos, pues no hay mayor alivio que sentir el golpe brusco del tren de aterrizaje sobre la pista de asfalto. El mal sueño ha terminado.

Y no es eso lo que busco cuando viajo.

Cartografía del laberinto femenino

Sorprende encontrar un libro como el de Laila Escartín. La portada, en la que se adivina una mujer desnuda tumbada sobre sábanas blancas, ya anticipa la confesión. Sin embargo, la mujer oculta su rostro entre el pelo y los brazos extendidos. Las sábanas envuelven el espacio en la fotografía como una mortaja, como si la portada manifestase sin palabras que el lector va a destapar, al abrir el libro, un cadáver embalsamado, detenido en la eternidad en tipografía de imprenta, pero muerto. Y aunque la apreciación sea posterior a la lectura del libro y ayude a anudar los flecos del tapiz, así es.

Primer volumen de la trilogía Cartas a Verónica, Desvío retrata con crudeza visceral el largo proceso emocional de separación de una mujer del entorno que la rodea. En la superficie, esta separación implica únicamente la fractura de la relación de la protagonista y narradora con el padre de su hija, pero el juicio psicoanalítico a la que la propia autora somete a su personaje escarba a más profundidad, hundiendo sus manos desnudas en la turbera de las viejas culpas paternas, el espejismo sexual, la evasión de la responsabilidad, el papel de madre, la relación de pareja, la pugna violenta por la libertad, la frustración y los impulsos de suicidio.

Y sorprende, como decía, por la ausencia de pudor con que lo hace. Desde las primeras páginas, uno empieza a hacer conexiones. Los pensamientos de la protagonista coinciden peligrosamente con los datos sobre Laila Escartín que pueden leerse en la solapa. Incluso el personaje que narra se llama Lili. De ahí la frágil desnudez de la mujer de la portada. ¿Y si la fotografía fuese en realidad el reflejo sobre el azogue de un espejo?

Desvío es uno de esos libros nebulosos en su estructura narrativa. De capítulos breves, a la manera de la poesía esencialista europea y los haikus japoneses, la obra se desarrolla mediante una secuencia epistolar siguiendo parámetros musicales, como una sinfonía de seis movimientos, como un réquiem catártico acabado en un esperanzador allegro. Y es que Desvío es la crónica de una bajada a los infiernos en pos de las estatuas de sal que dejamos atrás, olvidadas al borde del camino. Tarde o temprano hemos de volver sobre nuestros pasos, mirar de frente al monstruo, darle muerte y escapar con la llave que guarda en sus entrañas. Sin esa llave no es posible resolver el acertijo de nuestra propia existencia, sin ella la única puerta que nos permite escapar de la muerte permanecerá cerrada para siempre, y nosotros a merced del ángel de la destrucción. Es ése el desvío al que alude el título del libro. Un desvío que no es tal, porque nadie dijo que el camino de la existencia fuese un trayecto plano, rectilíneo. Para conocerse a uno mismo se debe aprender primero a lamerse las heridas.

De eso trata Desvío, de la consumición del propio ser en las tripas de su crisálida antes de renacer al mundo luminoso del resto de nuestras vidas. Este libro es la prueba escrita, y argumentada con una deslumbrante estructura racional que recuerda al psicoanálisis de Freud y Jung, del sufrimiento y el dolor físico que entraña la soledad de quienes fueron maldecidos con la claridad y el entendimiento, la desazón que trae consigo la inteligencia, la incomprensión de todo el que rodea a quien probó del fruto del árbol prohibido.

No es frecuente que una mujer posea la capacidad de traducir sus traumas íntimos a letras de molde, ordenarlos y hacerlos inteligibles a la mente de los hombres ―incapaces de entender ni de padecer ese tipo de trasiego psicológico―, incluso a la del resto de mujeres. La mujer es un ser complejo, inexplicable, veleidoso. Un mapa en blanco, en mi opinión. Desvío, sin embargo, dota al laberinto femenino de latitud y longitud, cartografía sus simas más abisales y representa en el papel el retrato de una mujer que transforma los despojos de su crisálida en la hermosa seda de esas sábanas de la fotografía de portada que servirán de mortaja a la mujer que un día fue.

En el camino

Hoy, como si hubiera leído lo que escribí anoche en este cuaderno, la bibliotecaria me asignó un pupitre más cercano al mostrador, en mitad de la sala de lectura más o menos. En verdad lo pensé, y barajé con rapidez la posibilidad de haberme delatado sin necesidad, sopesando cómo habrían dado con este blog y sus potenciales consecuencias. Sin trascendencia, por supuesto. Lo más grave, en cualquier caso, es que me puse colorado. Espié tímidamente en los ademanes de la bibliotecaria, por si asomaba la sombra de un reproche, pero su corrección profesional levantaba un muro de hielo detrás del mostrador.

El otro día me crucé con Ian Gibson en la biblioteca. Aunque no es el primer escritor con el que me topo allí. En otra ocasión saludé a Carlos Romero por los pasillos de granito y mármol de la planta baja. Era sobre esto de lo que pretendía hablar ayer, antes de terminar por hacerlo sobre Kafka, las bibliotecarias y su capacidad para diluir las tardes a costa de la paciencia de los investigadores. En su defensa, sin embargo, puedo alegar que alguna de ellas, entre las más jóvenes, es corruptible. Uno tampoco es que sea feo, y si encuentra signos fugaces de tímido coqueteo femenino bajo la solapa de una bata blanca de funcionaria, no deja escapar la oportunidad de sacarle cierto partido, haciendo trampas con la entrega de las fichas y la devolución de los préstamos. Así ganamos tiempo y entretenemos la espera jugando a los ojos furtivos.

Fue durante uno de esos paseos de los cien metros lisos a los que aludía la otra vez, cuando me di de bruces con Ian Gibson. Venía él de la sala de prensa informatizada, tal vez atesorando información para otro de sus libros sobre los poetas del período de entreguerras, iba yo papando moscas, envuelto en el eco de mis pasos de goma, tras entregar otra ficha. De otro modo no habría reparado en su presencia. Sostenía en la mano derecha, en vilo, a la altura del pecho, un folio, quizá una fotocopia o una impresión del documento que necesitaba para sus indagaciones, pero sus pupilas enfocaban la lejanía. En ese instante preciso en el que se escruta al contrario cuando se le tiene a un palmo de distancia, nos sostuvimos las miradas. Hasta entonces, yo no resultaba para él más que un figurante del decorado. Ahora, a escasos centímetros, reparó en mí, materializándome tal vez en una amenaza agazapada para él. Leí en sus ojos la desconfianza instintiva, y en sus músculos tensos, puestos en guardia por el temor inconsciente. Él me observó con su cara de perro viejo irlandés, yo con mi gesto de perro apaleado. Él desde la altura de su complexión nórdica y sus numerosos libros escritos, yo desde la insignificancia de mi estatura mediterránea y mis libros sin publicar.

Y sin embargo, pese a todo lo que nos repelía al uno del otro, como dos polos de un imán enfrentados por el mismo signo, en ese lapso de apenas un segundo coincidimos estrechamente en el espacio y en el tiempo, y pude darme cuenta de que aquel hombre, despojado del aura del escritor de éxito y el marco de los stands de firmas en las ferias del libro, era un hombre modesto que trabajaba. La apreciación parece banal, pero al tener la realidad frente a mis ojos adquirió un significado más amplio, más complejo y al tiempo más claro, plural, surcado de matices.

Ambos, el senior y el alevín, salvando los casi cincuenta años y más de veinticinco libros de distancia, nos encontrábamos en aquel lugar con el mismo objetivo: buscar los cabos con los que trenzar nuestros libros en el telar.

Lo que me impactó es que fuese él quien, justamente, se rebajara a compartir una misma actividad con un escritor ágrafo y sin experiencia. Con sus setenta años a la espalda todavía rastrea pistas desvaídas por la bruma del tiempo y las guerras, en lugar de sentarse a su mesa de trabajo, al calor del hogar, tirar de secretarios que desempolven volúmenes de depósito, y escribir obras de evocación, tal vez sus memorias, libres de la tiranía del rigor y los datos de hemeroteca. Y esa cercanía, saberme consanguíneo de su trabajo, tanto en la forma como en el fondo, me infundió ánimos. Quizás es ahora cuando más los necesita uno, cuando todas las puertas permanecen cerradas. Coincidir con él allí me hizo ver que al menos está uno en el camino.

Ese aire kafkiano

Sigo yendo a la Biblioteca Nacional casi todos los días, a la hemeroteca, en busca de datos minúsculos con los que tapar algunos agujeros del libro que preparo sobre la obra de Dragó. Cuando acepté escribirlo no sabía dónde me iba a meter. Llevo casi un año dedicado a su redacción, a investigar y hacer escrutinio de referencias bibliográficas. Es una labor infinita, inasequible, como reconstruir tesela a tesela un gigantesco mosaico antiguo al que eres consciente de antemano que faltan partes, como tratar de explotar hasta la más mínima veta de una mina de oro a la que todos los trabajadores han dado ya por agotada. Podría clausurar la entrada de esa mina si no supiera que todavía quedan por succionar venas, que no son grandes, palpitando bajo la roca fría. El libro apenas se vería mermado por la ausencia de unos cuantos de esos detalles, de tan ínfimos como resultan, pero siento pudor ante la tentación de rematar en chapuza el escrupuloso trabajo de un año.

Acaso ocurra porque las distancias y el tiempo se alargan cuando uno divisa ya la meta, pero cada tarde el sistema de peticiones en la sala de lectura de prensa y revistas, que es el ámbito en el que yo me muevo sobre todo, se convierte en un suplicio particular. Para pedir una revista que no haya sido informatizada ni pasada a microfilm, sino que sólo tengan disponible el ejemplar original, tiene que resignarse uno a ascender el monte Calvario con la cruz a cuestas. El proceso es el siguiente: primero buscamos en uno de los ordenadores la revista de nuestro interés dentro del catálogo de la biblioteca; localizada la publicación, tomamos nota de su signatura; luego rellenamos una ficha con nuestros datos personales, número de carnet, hora exacta de la petición y demás; acto seguido nos dirigimos al mostrador de la bibliotecaria, le entregamos la ficha y ella nos devuelve una tarjeta que muestra el número del pupitre donde debemos sentarnos a esperar nuestro ejemplar de la revista. No sé cómo se las apañan, pero siempre me dan el pupitre más alejado, en el otro extremo de la sala. La espera suele ser de unos diez o quince minutos, porque durante ese tiempo otra bibliotecaria ha bajado al depósito a rescatar del olvido el objeto de nuestra investigación. Así que en el ínterin se queda uno mirando las musarañas, mientras recorre los cien metros que distan del mostrador al último pupitre. Al rato aparece en un panel electrónico colgado en la pared nuestro número, y pega uno un respingo, presa de la emoción. Vuelve a atravesar los cien metros de biblioteca, recoge su ejemplar y otra vez deshace sus pasos hasta el pupitre asignado (¿al azar?). Con suerte, la revista que le han proporcionado contiene información útil para uno, pero su anotación apenas le lleva un minuto, dos a lo sumo, tras lo cual desandamos otros cien metros, devolvemos la revista, nos sentamos de nuevo ante el ordenador, consultamos la referencia de la siguiente publicación que necesitamos examinar, apuntamos la referencia, cumplimentamos la ficha, la depositamos en el mostrador y a esperar otro cuarto de hora.

Y así con cada referencia bibliográfica que haya que corregir o completar en el libro que me afano en armar. El primer día que me vi sometido a semejante tortura argüí y redargüí motivos para saltarme el protocolo, busqué mil y una trampas en el proceso, pero no había fisuras. Y a este respecto la barbilla de la bibliotecaria se alzaba firme e intransigente. Las peticiones había que realizarlas de una en una, nada de hacerlas todas a la vez, ni siquiera por turnos cuando, una vez entregado el tomo, y mientras uno lo hojeaba, las bibliotecarias, con ese aire kafkiano que caracteriza a la mayoría de los funcionarios, se quedaban sentadas haciéndose las uñas en lugar de ganar tiempo buscando la siguiente publicación que iba uno a solicitar. Así las cosas, las tardes se van una detrás de la otra y apenas he consignado ocho o diez entradas bibliográficas al final de la jornada, cuando el guarda de seguridad me avisa de que están cerrando.

Sin embargo, es en estos momentos, al borde de la hora de cierre, cuando experimento cierto placer mezquino e infantil en retrasar la entrega del ejemplar que tengo entre manos. Mientras no lo devuelva, las bibliotecarias no pueden marcharse a casa, pues son responsables de su préstamo. Así que cuando, finalmente, recojo mi impedimenta y, bajo la mirada admonitoria del guarda de seguridad, atravieso con parsimonia los cien metros de estancia, mis pasos resonando en los rincones de la sala de lectura, para entregar la revista, las bibliotecarias se han desembarazado ya de sus batas blancas y aparecen ante mí de paisanas. Ahora vienen ellas a quitarme el ejemplar de las manos. Ahora parece que tienen más prisa que hace cuatro horas, cuando les propuse entregar todas las fichas juntas a fin de economizar tiempo. Bibliotecarias.

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