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Pero Benarés no son sólo ghats y templos prohibidos. Toda una ciudad se extiende en la orilla oeste del Ganges hacia el interior. Detrás de los siniestros callejones mediante los cuales se accede a las márgenes del río, la Benarés turística y céntrica, polvorienta y bulliciosa, comercial y poluta, se abre ante los ojos del viajero como una flor de loto en mitad de una laguna negra.

Existe una calle sin nombre que ni siquiera aparece en los mapas de Benarés, sin embargo se encuentra entre sus arterias más transitadas por peregrinos y viajeros, curiosos y falsarios, creyentes e infieles. Se trata de una vía peatonal y empedrada, flanqueada por toda clase de vendedores con la mercancía expuesta en puestos y trapos, desde los sempiternos inciensos, polvos de colores y guirnaldas aromáticas para las ofrendas hasta verduras, frutas, hortalizas y comistrajos, pasando por sedas, ropa y complementos, imagen y sonido, fotografía, libros, perfumes, artesanía, figuritas de dioses y demás merchandising sacro, que conduce desde los escalones del Dasaswamedh Ghat hasta el centro urbano, desde el que se llega, tras unos minutos de caminata hacia el noroeste, a la mítica Grand Trunk Road, que conduce hasta Kabul, en Afganistán.

En el centro confluye todo el tráfico de la ciudad. Riadas de vehículos se agolpan alrededor de dos rotondas, separadas unos escasos cien metros de distancia entre sí, rodeándolas constantemente, como un torbellino ensordecedor de taxis, rickshaws, graznidos, tuk-tuks, bicicletas, mugidos, peatones, cláxones, timbres, gritos y ladridos. Uno no puede cruzar la calle sin temer por su vida.

Como es norma en la India, no hay semáforos, éstos han sido suplantados en el centro de Benarés por un guarda de circulación en cada glorieta. Pero poco o nada puede hacer un guarda de tráfico contra las fuerzas desatadas de la naturaleza. Por aquí y por allá se ven algunos agentes de policía uniformados que observan la vorágine con expresión de aburrimiento y desaire. Uno se acerca a ellos en busca de orientación en los círculos infernales y obtiene monosílabos, gestos ambiguos, síes que se antojan noes y noes que aparentan ser síes por toda respuesta. Pregúntale a un indio y te contestará que la policía es mala hierba, que está corrupta, que tenerlos cerca sólo trae problemas.

Si el Ganges se antoja la laguna Estigia, el límite último del Hades, el centro de Benarés se encuentra entonces del lado del infierno. No sopla un hilo de aire, un sol brutal y cegador oprime la cabeza, el ruido confunde a los sentidos y uno cree por momentos respirar efluvios de azufre en lugar de aguas fecales, orines, humo, polvo, flores, fritanga, basura y sudor.

Las fachadas de los edificios a ambos lados tienen ese aire decimonónico y decadente de las construcciones de las colonias. Lástima que no las hayan tocado en todo este tiempo. Sorprende que se hayan mantenido en pie hasta hoy por sí solas, sosteniendo sobre sus tejados el peso de los años. Dondequiera que uno mire encuentra casas que amenazan ruina, muros descascarillados y paredes ennegrecidas y mugrientas.

La polvareda y las moscas envuelven todo el escenario y dejan en la piel una fina película de polvo que se mete en los ojos y empaña las gafas, lo que unido al sudor por el calor ambiente produce una masilla inmunda y grasienta en la cara que escuece los ojos y puede, en ocasiones, incluso llegar a formar costra. No son pocos los viajeros que se llevan a casa de recuerdo una conjuntivitis o una faringitis seca de su visita a Benarés.

Buscábamos la iglesia de Santa María, la única representación cristiana entre los santuarios de la ciudad. Me atraía la perspectiva de visitar el último reducto de la fe de Cristo en la ciudad infiel más fervorosa del mundo.

Ubicada en el barrio de Cantonment, su torre gótica de aguja, rematada por una cruz, sobresalía entre el caos de las calles como un elemento extraño del decorado que no terminaba de casar con su entorno. Nos acercamos a la verja de acceso a la iglesia, pero fue en vano. Estaba cerrada. Colgaba de la cerradura un viejo candado de grandes dimensiones asegurado con gruesas cadenas que daban vueltas alrededor de los barrotes. Sus eslabones estaban manchados de óxido y mugre, y el candado parecía a punto de deshacerse con sólo tocarlo. La verja no presentaba mejor aspecto.

Adentro, la vegetación se había comido la fachada blanca de la capilla, que ahora se veía surcada de enredaderas, manchas de verdina y regueros de humedad. La naturaleza, cuando se le suelta cuerda, no pierde la oportunidad de extender sus dominios. Así, jaras, matorrales y florecillas silvestres ocupaban hoy lo que en tiempos había sido la senda que conducía a las puertas de la iglesia. Sin duda, aquélla no había abierto las suyas en años. La madera se veía descascarillada por las inclemencias del clima indio. Al fondo del patio, las cruces y lápidas de un antiguo cementerio decimonónico se distinguían entre musgo y buganvillas. En esto había quedado el legado de San Francisco Javier, el Apóstol de las Indias. Aquel templo era un elefante muerto en soledad lejos del cementerio de elefantes, un pecio varado en medio de ninguna parte, en un mar caótico cuyas aguas embestían con fuerza sobre su mascarón de proa crucificado, carcomido por la nostalgia de un padre que, esta vez sí, lo había abandonado definitivamente.

El silencio cayó como si la vida hubiera tocado a su fin. Se apagó la música en ese instante de la noche en el que se escucha el aullido de perros solitarios en la distancia. Concluida la ceremonia de la Ganga Aarti, los espectadores y los fieles volvían a sus hogares y sus hoteles entre sombras furtivas y fantasmales. Cuando los cinco pujaris terminan su danza sagrada la «ciudad de la luz» se torna oscuridad, Benarés muere bajo el peso implacable del tridente de Shiva.

La luna rielaba sobre las ondas de la superficie del Ganges. Sólo se escuchaba, en la inmensidad de la noche, el crujido monótono de los remos al alzarse y luego hundirse en el río. Parecíamos navegar sobre el abismo, como si surcáramos las aguas de la laguna Estigia, que engullían a todo aquél que osara atravesarlas. Únicamente la barca de Caronte flotaba sobre la laguna, y subir a bordo tenía un precio. Cuentan también que cuando la barca se mecía hacia su destino en la tierra de los muertos, las almas en pena de quienes no habían logrado cruzar el río en el pasado emergían de las aguas y se encaramaban a la cubierta implorando su salvación. Debía de ser aquélla una imagen aterradora… si no estuviera uno ya muerto para entonces.

Parecida sensación era la que te invadía aquella noche, en mitad del Ganges, el gran río de la muerte por antonomasia, en cuyas márgenes decenas de cremaciones tienen lugar a diario. Los restos de cuerpos a medio quemar y las cenizas de los muertos han sido arrojados a sus fauces durante milenios. Ha contemplado a generaciones y generaciones de primogénitos prender la pira funeraria de su progenitor con el fuego eterno de Shiva. No podías verlos, pero conocías de sobra las historias de los cadáveres sin incinerar que son arrojados al río atados a una piedra de gran peso, y también que muchos de ellos, cuando se pudren los correajes que los encadenan a las profundidades del río fuliginoso, afloran a la superficie en avanzado estado de descomposición para escalofrío de los turistas y burla de los niños.

A pesar de lo que narren las fábulas de la Hélade, la laguna Estigia no se interna en las tripas de la tierra a la altura de Rusia, en el territorio que la separa de Ucrania, sino que el curso que sigue hacia los ínferos es el del Ganges, y la puerta del Hades, al fin, se encuentra al este de la India.

Así, temía uno que en cualquier momento una mano apareciera en medio de aquella marea negra y le arrastrara con una fuerza sobrenatural hasta sus simas abisales. El mero contacto con el agua, aunque sólo fuese una gota, inspiraba pavor, como si de una sustancia corrosiva e infernal se tratara.

No es de extrañar que Mark Twain asegurara que ni las bacterias consiguen sobrevivir en las aguas del Ganges, y no andaba el escritor norteamericano descaminado, pues en los últimos tiempos algunos experimentos han arrojado datos de que el nivel de bacterias fecales en una muestra de agua del río es tres mil veces superior al considerado para aguas inocuas. De hecho, tal es su insalubridad que se ha comprobado que una bacteria de cólera sólo sobrevive tres horas en el caldo de cultivo de la Madre Ganga, mientras que en condiciones normales aguantaría veinticuatro horas con vida.

Por si fuese poco, existen junto al Ganges gran número de industrias peleteras que desvían a sus entrañas desechos y vertidos de cromo, entre otros metales pesados.

Por eso uno sentía deslizarse entre las aguas siniestras de un río no ya de la muerte, como en tiempos lo fue, sino de un río muerto, con la mirada vacía y el gesto desencajado, que flota sobre la corriente a la deriva.

      

      

En el crucero nos acompañaba una pareja israelí que se alojaba en nuestro mismo hotel. No intercambiamos palabra alguna durante todo el viaje, aparte de los saludos formales, hasta el trayecto de vuelta.

Eran de Tel Aviv, y el hecho de que fueran israelíes llevó la conversación hacia la política interior y exterior de nuestros respectivos países, sin pasar por alto cuestiones tan peliagudas como el conflicto entre Israel y Palestina, el terrorismo nacionalista y el islámico y la guerra de Irak. Él se llamaba Alon, y por sus palabras demostraba poseer una perspectiva muy ancha de la política mundial y unas buenas nociones de cuanto se cocía en España desde los infames atentados en los trenes.

Sentí un caudal de hermandad entre nosotros. Algo nos unía. Ambos habíamos olido el rastro de la Parca cerca en alguna ocasión, se leía en el brillo de los ojos.

       ―¿Eres judío? ―le pregunté en un momento dado.

       ―Sí.

       ―¿Y cómo es la vida en Tel Aviv para un judío?

       ―Procuramos sobrevivir.

India (XXXIII): Eklingji

A unos veinte kilómetros de Udaipur existe un gran complejo de templos de gran antigüedad que sirve de culto a la deidad del viejo estado de Mewar, Eklingji, una de las múltiples representaciones del dios Shiva. La construcción del recinto, que contiene entre sus muros ciento ocho templos, comenzó en el año 971, durante el reinado de la dinastía Sesodia de Mewar. Como curiosidad, en su interior se levanta el único templo de culto de la secta Lakulish en toda la India, con más de mil años de antigüedad.

Este complejo de templos no figura en las guías de viaje. Sólo los conductores como Gurupal saben de su paradero. Fue cruzar el umbral de su puerta principal y respirar el ambiente de solemnidad reinante. Al vernos, un guarda de seguridad se acercó a nosotros y nos lo dejó muy claro: nada de fotografías, la cámara a consigna. Era la primera vez que se nos prohibía tajantemente introducir una cámara fotográfica en un templo, como mucho, en otros, había que pagar una tasa extra por la posibilidad de realizar fotos. Además, no sólo había que entrar sin calzado, sino también sin calcetines. Asombroso. Entrar en un recinto al que también acceden miles de fieles descalzos al día suele dejar el suelo cuajado de suciedad, uno no sabe lo que puede llegar a pisar, así que unos calcetines resultan de gran alivio a la hora de pasar por tales trances. Hasta ese día. O entrabas con los pies desnudos o media vuelta.

Desembarazados ya de cámaras, zapatos y calcetines, caminando sobre flores aplastadas, restos de comida, excrementos de pájaros y ratas y demás inmundicia, la piel nívea de nuestros pies deslumbraba a los ojos y delataba, desafiante, nuestra presencia. Al complejo se accedía a través de un largo pasillo donde una decena de mujeres vendían guirnaldas de flores anaranjadas que servirían de ofrendas en el templo. Deambulamos por los alrededores, siempre en el sentido de las agujas del reloj, con el mayor respeto posible hacia los devotos. Había gran número de ashrams, pequeños santuarios, generalmente de piedra, donde ascetas, gurús y saddhus se sientan a orar y meditar, aunque todos vacíos salvo uno. Un saddhu, en la posición del loto y ataviado con el hábito de los hombres santos, ocupaba el principal ashram, frente al templo más importante del complejo. Su semblante exudaba serenidad. Los rasgos relajados y el pecho inmóvil hacían dudar si no se habría quedado tieso en esa posición.

Un guardia de seguridad vino a llamarnos la atención, ya que no estábamos respetando el sentido de la esvástica, el de las agujas del reloj, en nuestras idas y venidas por el perímetro. Si bien habíamos seguido la dirección correcta al principio de la visita, la verdad era que se nos había pasado por alto poco después. Me disculpé ante el guarda y le prometí que no volvería a suceder.

Reconstruido hacia el siglo XV a partir de las ruinas del original, el templo principal, consagrado a Meera, está realizado de mármol y granito, con una bóveda piramidal de cuatro caras, en cada una de las cuales está representado un rostro distinto de Shiva en mármol negro. Bajo la bóveda se abre una gran estancia de pilares con minúsculas molduras y paredes de granito desnudo adornadas con flores. En su interior, mucha gente, tanto hombres como mujeres, recorría en círculo y en fila el perímetro del templo con paso lento, portando en las manos la ofrenda floral y entregándosela al sacerdote en el centro de la estancia al llegar a su altura. Mientras tanto, otro grupo de personas, sentadas en el suelo en el centro, entonaba cánticos y plegarias, y otro sacerdote, de edad avanzada, calvo y de barba canosa, se movía entre ellos dándoles a comulgar.

En esto, un hombre que en ese momento terminaba su recorrido oferente y se retiraba de la fila, tropezó con un escalón justo delante de mí. Hice el ademán de sujetarlo, pero recuperó rápidamente el equilibrio sin mi ayuda. Me sonrió y me dedicó un gesto de agradecimiento con la cabeza. Al poco volvió aquel mismo hombre para ofrecerme unos pequeños frutos, parecidos a uvas, aunque más alargados. Aquello era, creo, con lo que comulgaban. Le agradecí el detalle esbozando la mejor de mis sonrisas, junté las manos y le repliqué con un dhanyavaad (gracias) y una leve reverencia.

Durante más de tres mil años, el sistema de castas ha existido en el subcontinente. Se trata de un sistema hereditario de estratificación social en el que las clases sociales se definen por un número de grupos endogámicos conocidos varnas. Las castas se multiplicaron debido a cambios introducidos en la ley brahmánica y a diversidades regionales que establecieron profusas subdivisiones denominadas jāti (familia). Las castas nacen, como todo en la India, de la religión: el hinduismo enseña que los seres humanos fueron creados de las diferentes partes del cuerpo del dios de la creación, Brahma. En función de la parte del cuerpo de Brahma de la que surgió cada hombre se distinguen cuatro castas básicas, que definen su estrato social y la clase de trabajos al que puede dedicarse.

Las cuatro castas principales o varnas, procedentes cada una de ellas de una parte del cuerpo del dios creador, son: los brahmanes (sacerdotes), la casta más alta, nacida de la boca de Brahma; los chatrias (políticos y militares), de los hombros; los vaisias (comerciantes, artesanos, agricultores y ganaderos), a partir de las caderas; y los sudras (esclavos), provenientes de los pies de Brahma. Apartada del sistema de castas, se encuentran los llamados intocables, los parias (dalits), gentes sin casta a quienes se les trata con infinita menor consideración que a los esclavos. Los hindúes consideran a los dalits tan bajos como los excrementos, algo fuera del cuerpo de Brahma.

La fe hinduista promulga la creencia en la reencarnación, por la cual la esencia o alma individual (atman) de cada ser vivo permanece inmutable cuando el cuerpo muere y vuelve a encarnarse en el interior de otro cuerpo cuando éste es concebido. Los actos de cada cual a lo largo de su vida serán juzgados al final de su existencia; si sus acciones han sido nobles, se reencarnará en un ser superior, de lo contrario lo hará en un ser de rango más bajo, incluida la posibilidad de reencarnarse en un animal. El proceso de reencarnaciones, que puede ser eterno, tiene como objetivo romper la rueda del samsara, alcanzar la iluminación, disolver la propia individualidad en la colectividad, unirse al Todo y pasar a formar parte del Uno, de la Luz Divina que emana de Brahma.

Es aquí donde entran en escena el sistema de castas y dos términos esenciales en la vida hindú: karma y dharma. El karma representa el juicio de las almas, y es inapelable e inevitable: cualquier acción realizada en esta existencia tendrá sus consecuencias en las vidas futuras; del mismo modo, la existencia actual de uno es resultado de los actos de vidas anteriores. Producto de nuestro karma, surge el concepto de dharma: el deber ético y religioso con el que cada cual, prefijado por la situación en la que ha nacido, ha de pechar durante toda su vida. De ahí el origen del sistema de castas. Si un hindú cumple correctamente con el dharma que le ha correspondido por nacer en el seno de una determinada casta, en su siguiente reencarnación volverá a ver la luz del sol como miembro de una casta superior.

Dado el determinismo feroz de tales creencias, no es de extrañar que la sociedad hindú se ahogue en su resignación. No existe la posibilidad de medrar, porque hacerlo iría en contra de los preceptos que le corresponde a uno cumplir como miembro de su casta. Debe conformarse uno con ejercer el trabajo que le ha tocado en suerte al nacer y realizarlo lo mejor posible, aun a disgusto, de lo contrario perjudicaría su karma y repercutiría negativamente en su próxima reencarnación. Asimismo, sólo podrá casarse con otro miembro de su casta. Según las sagradas Leyes de Manu, este orden es sagrado y nadie puede aspirar a pasar de una casta a otra en el transcurso de su vida.

A pesar de que algunos dirigentes indios han tratado de abolir el sistema de castas, la sociedad rechaza todo cambio. Religiosidad, tradición, analfabetismo, ruralismo, pobreza, una extensión de más de tres millones de kilómetros cuadrados y casi mil cien millones de habitantes impiden cualquier modificación en un país que en poco se diferencia del que era hace quinientos años. Aunque los miembros de las clases más altas ya no consideran a los pertenecientes a las clases más bajas como impuros, los matrimonios entre castas, aunque no son ilegales, no son reconocidos todavía. El sistema de intocabilidad, sin embargo, fue oficialmente prohibido por la ley, aunque en la práctica no haya sido erradicado por completo debido a la lealtad de clases, sobre todo en las zonas rurales.

Ante un panorama tan desolador, el indianito que viene al mundo no tiene más alternativa que practicar la resignación para la que le han educado, acatar las normas propias de su casta y encomendar su alma a los dioses para que en su próxima vida pueda disfrutar de cierta libertad y felicidad. Al final la pescadilla termina mordiéndose la cola y el círculo vicioso de sistema de castas y espiritualidad se sustenta en la paradoja. ¿Está el sistema de castas cimentado sobre la famosa espiritualidad india? Parece lo más sensato pensar de ese modo, pero ¿no es más cierto que es precisamente la excesiva opresión del sistema de castas lo que conduce al hindú a una espiritualidad exacerbada como mera vía de escape? La promesa de una vida mejor en lugar de mejorar la presente. El conformismo determinista que ata al hindú de pies y manos, que lo ancla en su estatus social y en su condición, le hace sumergirse en la espiritualidad como único consuelo, puestos los ojos en la próxima vida, ya que ésta que le ha tocado vivir es un trámite, un valle de lágrimas hacia la próxima reencarnación, que de seguro será dichosa. Esta obsesiva religiosidad, a su vez, les exime de prestar excesiva atención a los asuntos terrenos, para qué si la bonanza les vendrá dada en su próxima existencia. Así las cosas, ¿cómo puede avanzar un país como la India hacia el futuro?

Alí nos condujo hacia el fuerte en primer lugar. Nos movimos entre sus callejuelas, entre vacas y perros, tenderetes y capazos de hortalizas y legumbres, inciensos y especias, telas y suvenires, bares y cibercafés para occidentales. Accedimos a los templos jainistas de Chandraprabhu y de Rikhabdev, y pudimos admirar desde su interior las havelis de varias mansiones repartidas por toda la ciudad. Merced al salvoconducto del que disfruta por contratar a un cicerone autóctono, uno puede penetrar en las principales residencias de antiguos mercaderes de fortuna y primeros ministros del colonialismo, tales como la Patwon-ki-Haveli, la Salim Singh-ki-Haveli y la Nathmalji-ki-Haveli. Desde la altura de sus azoteas el viento cálido de las dunas susurra al oído cantos de antaño, lamentos de tiempos heroicos, y se divisa la ciudad de Jaisalmer en todo su esplendor, tal como la vislumbraron los hombres que defendieron sus murallas durante siete largos años de muerte y sitio continuo por las huestes del emperador Ala-ud-din Khilji, como un manto de reflejos dorados de casas de planta cuadrada y materiales exiguos y toscos que se extendiera sobre las arenas de los desiertos infinitos.

De un tiempo a esta parte estaba teniendo problemas con las pilas de mi cámara fotográfica, así que le pregunté a Alí dónde podría hacerme con un cargador. Nos llevó por entre callejones empinados de pavimento sepia y desmenuzado que subían y bajaban hasta la tienda de fotografía de un comerciante que él conocía. Éste, en vista de que andábamos necesitados y seguro de que aquel día haría negocio, activó los ventiladores del techo y nos invitó a sentarnos en su pequeño local a tomar un té mientras se cargaban las pilas con el cargador que le íbamos a comprar. Se disculpó por ausentarse mientras esperábamos a que volviera con los tés. Cuando desapareció, Alí nos confesó que aquél era el comerciante más rico de Jaisalmer. Era muy inteligente, y había utilizado su capacidad para amasar su fortuna. Es el único que tiene tantas cámaras fotográficas digitales y recambios en Jaisalmer, afirmaba Alí.

Se estaba en la gloria allí sentados, al fresco de los ventiladores. A Alí se le veía un muchacho afable, honesto, de sonrisa pura y cristalina. Habida cuenta de la zona fronteriza donde nos encontrábamos, había reparado en que su nombre tenía más de musulmán que de otra cosa, y así se lo remarqué. En efecto, me respondió, profesaba la fe de Mahoma. Tenía veintiséis años, esposa y un niño de tres años, y se ganaba la vida como guía en varios idiomas, además de trabajar cuando le era posible en la tienda de artesanía de su hermano. Le pregunté qué tal se vivía en Jaisalmer, con tantos soldados armados recorriendo calles y carreteras. No había ningún problema, dijo, los militares estaban allí porque existe una base militar localizada en las afueras de la ciudad, cosa comprensible si tenemos en cuenta que Jaisalmer se encuentra a unos escasos cien kilómetros de la frontera con Pakistán.

Siempre ha habido tiranteces políticas entre la India y Pakistán debido en gran parte a hostilidades ancestrales y a la demanda de Pakistán de la zona de Cachemira, estado que pasó a formar parte de la India tras su independencia del Raj británico y que los pakistaníes reclaman como propio, pues lo habitan una mayoría musulmana. El territorio pakistaní actual formaba parte de la India originariamente, pero la independencia india trajo consigo la separación motu proprio de los territorios de Pakistán del Este (hoy Bangladesh) y Pakistán del Oeste (actual Pakistán), ambos de población musulmana mayoritaria, como estados soberanos. El conflicto entre estos dos países ha provocado ya dos guerras por el territorio, en 1965 y 1971, y a punto estuvieron en 1998 de desatar una confrontación nuclear, por no mencionar los cientos de atentados terroristas perpetrados por su causa. Así las cosas, no parece desmesurada la presencia militar, que obedece a la preservación de la seguridad de la población y de la frontera ante posibles ataques del enemigo secular.

También contaba Alí que en Jaisalmer, a pesar de encontrarse tan próxima a Pakistán, no había ningún tipo de fricción social ni religiosa entre hindúes y musulmanes. Como muestra puso el ejemplo del vendedor de aquella tienda de fotografía, que justo en ese momento hacía de nuevo aparición en escena con tres vasitos de té con leche hirviendo: el comerciante era hindú, mientras que el propio Alí era musulmán, y ambos tenían una relación cordial de amistad y respeto mutuo. Y de asociación, hubiera añadido uno, sin maldad, eso sí. En la India nada funciona sin comisiones. Si Alí iba a porcentaje con el vendedor, saldaría aquella jornada con un buen pellizco, porque el cargador de pilas no lo vendía barato. El dinero, como la guerra, engendra extrañas alianzas. Bendito sea el vil metal si es capaz de unir lo que Dios ha separado durante siglos. A esto, el comerciante, como si hubiera escuchado mis pensamientos, sonrió entre dientes y, tras un ademán de brindis, dio un sorbo a su vaso de té que debió dejarle la lengua escaldada.

Antes de partir de Bikaner, Gurupal, nuestro conductor, nos llevó a las afueras de la ciudad a visitar un templo pequeño y solitario. Se trataba de un santuario jainista conocido como templo de Bhandasar.

El jainismo representa en la actualidad una ínfima parte de la feligresía india. Es una religión muy minoritaria, dispersa en núcleos de escasa envergadura sobre territorios aislados al oeste, en el centro y en el sur del subcontinente. Se estiman unos cuatro millones de fieles jainas en todo el país. Estadísticamente, ocupa el séptimo puesto entre las distintas religiones que se profesan en la India en número de devotos, muy por detrás de las más populares: hindúes (a la cual se adhiere casi la totalidad de la población), musulmanes suníes, musulmanes chiíes, cristianos, sijs y budistas.

La fe jainista, heredera y derivada de la hindú, se fundó en el siglo VI a. C. por Mahāvīra, vigesimocuarto Tirthankar (constructor de fuertes). Es una religión ateísta, que no reconoce la autoridad de las sagradas escrituras de los Vedas ni de los brahmines (casta superior india, la correspondiente a los sacerdotes). Para los jainas, el mundo es eterno y no tiene principio. No existe una divinidad personal, y todos los posibles dioses —las almas de los arhat (divinidades humanas), por ejemplo— se agrupan en la Unidad, el Todo, el Absoluto. Sostienen que toda la realidad es vida. El universo está vivo, como una totalidad, y por ello todo ser posee un alma que forma parte de la totalidad. De manera que todos los seres que habitan el universo son dignos de respeto. Para el jainismo, el mayor pecado es causar daño a un ser vivo, por lo que practican la no violencia, el ayuno y la mortificación del propio cuerpo, con la intención última de descargar su alma del peso del karma, quebrar la rueda del samsara y evitar posteriores reencarnaciones.

Éramos los únicos visitantes del recinto en aquel momento. En lo alto de la escalinata de acceso nos esperaba el sacerdote a cargo del templo. Nos saludó efusivamente, tomándonos las manos entre las suyas, con una gran sonrisa de labios afilados que le rajaban la cara. Nos pidió que le siguiéramos al interior del edificio. Los templos jainistas se caracterizan por el abigarramiento y profusión de minúsculos ornamentos en paredes y columnas, y aquél, dedicado al decimotercer Tirthankar, no era una excepción. Nos condujo a través de unas escaleras de caracol hasta su cúspide. Desde allí podía contemplarse una hermosa vista de Bikaner, con el fuerte de Junagarh dominando el horizonte.

He de decir que la amabilidad y el ademán melindroso del sacerdote me sedujo, y al bajar le propuse que me mostrara cómo hacer yo mismo una ofrenda al templo. Sonrió. Entonces me explicó que ellos no veneran a ningún dios, pues carecen de divinidades, sino que elevan sus plegarias a su profeta, fundador de la fe jaimista, Mahāvīra. Encendió una varilla de incienso y me la tendió para que ejecutara el ritual imitando sus movimientos: la mano izquierda sujeta el codo del brazo derecho, que está alzado, mientras la mano derecha describe con la varilla de incienso círculos de humo en el aire en el sentido de las agujas del reloj, nunca al contrario, siguiendo el movimiento de la esvástica.

Desde que el mundo es mundo, y desde que recuerda la Historia, la cruz ha sido el símbolo primigenio mediante el cual los hombres han manifestado su noción de la trascendencia, de la divinidad y de la impermanencia humana en el tiempo. Al igual que la cristiandad tomó la cruz como símbolo de su fe, en la India, desde tiempos inmemoriales, se utiliza el signo de la esvástica, o cruz gamada —cuya significación pervirtió el Tercer Reich en el siglo XX—, para simbolizar los cuatro elementos básicos del universo. Se dice que surgió como un medio primitivo y espontáneo de explicar el movimiento del sol, de ahí las estelas hacia la derecha que nacen de cada uno de los extremos de la cruz. Otros, más escépticos acerca de la visión trascendental en una época tan temprana de la Historia de la Humanidad, sostienen que la esvástica se originó como reflejo del surco que dejaban en la arena los palos de madera que los hombres utilizaban para hacer fuego.

Sea como fuere, terminé mi ofrenda a Mahāvīra depositando la varilla de incienso sobre un cuenco donde reposaban varillas de anteriores plegarias acompañadas de algunos billetes. Miré al sacerdote y éste me devolvió una cabezada sonriente de confirmación, así que me vi en la obligación de dejar allí un billete de cien rupias. Acto seguido nos condujo al recinto más sagrado del templo, que se ocultaba en un hueco en la parte central del santuario, tras una puerta de doble hoja. Abrió la puerta y descubrió una enorme escultura informe de mármol blanco con infinidad de filigranas y miniaturas. El sacerdote me contó que varias veces al día celebraba una ceremonia en la que bañaba la escultura con leche, manteca clarificada, jugo de coco y guirnaldas de flores. Y doy fe de que aquello ocurría como decía, porque en su parte inferior la escultura se veía rodeada de un enorme mortero, también de mármol, que recogía el líquido blancuzco, cuajado de pétalos, sobrante de otras ceremonias.

A la salida nos esperaba Gurupal, que cambió un par de palabras con el sacerdote que no llegué a comprender. Sobre el cobro de su comisión, supongo. De las cien rupias que introduje en aquel cuenco, ¿cuántas le corresponderían a Gurupal?

A Joan Manuel Gisbert,
escritor de sueños inmortales,
por alimentar mis fantasías infantiles.

El chico, Kajal, nos esperaba a la salida. Nos condujo hacia otra casa, a la que accedimos con la consabida patente de corso. Aquélla no recordaba demasiado a las otras viviendas que albergaban havelis (frescos) en sus patios, era oscura, de techos muy bajos, como la casa del viejo pintor de sedas. Tampoco había ventanas, y la disposición de las habitaciones, que atravesábamos pisándole los talones a Kajal, era tan laberíntica que pronto perdí la orientación en la oscuridad casi total. Aquello empezó a olerme a chamusquina, pero no había vuelta atrás, sabía que no podría encontrar el camino de vuelta. Sólo quedaba seguir a cierta distancia el rumor de pasos de Kajal, que se movía como un gato entre las sombras.

Bajamos lo que se me antojaron unos escalones y penetramos en un sótano en penumbra repleto de estantes polvorientos. De un golpe de vista me percaté de que contenían infinidad de objetos de gran antigüedad, piezas viejas de hierro, cobre y bronce que parecían sacadas de un museo o de la tumba de algún maharajá. Una gruesa capa de polvo cubría documentos decimonónicos, libros acartonados por la humedad, vasijas de barro, vajilla de cerámica y metal renegrido, relojes de bolsillo con el cristal velado de rayones que aún funcionaban si se les daba cuerda, relojes de muñeca parados, relojes de cuco, figuritas de dioses de metal, viejos carteles publicitarios de otro tiempo, alfombras de todos los tamaños enrolladas sobre la pared, cofres recubiertos de óxido, lámparas de aceite, botellas, probetas, alambiques, barajas de cartas, piezas de desguace, herramientas, llaves, tuercas, destornilladores, martillos, sierras, cuchillos, puñales, espadas cortas, cimitarras… Aquello parecía el laboratorio de un alquimista, la armería de un sultán o el estudio de un hechicero, acaso todas esas cosas a la vez. Aquel sótano materializaba los sueños de cualquier niño que en verdad lo hubiera sido. No pude evitar emocionarme. Cuántas veces había fantaseado de niño con perderme en una cueva de las maravillas como aquélla, donde poder encontrar cualquier cosa, un lugar que sólo había existido en mi imaginación y en los cuentos de Las mil y una noches. Y ahora lo tenía frente a mí, era real. Si se buscaba con cuidado, tal vez pudiera uno toparse con una lámpara maravillosa que cobijara el sueño de un genio, o empuñar una espada mágica de fuego, o descubrir una pócima de invisibilidad olvidada en un tubo de ensayo, o abrir un cofre lleno de joyas y piedras preciosas, o activar un reloj capaz de detener el tiempo, o pisar sin querer una alfombra que empezara a levitar de repente, haciendo realidad el vuelo de tantas fantasías infantiles.

Aquel sótano me tenía cautivado. Súbitamente, uno volvía a meterse, después de tanto tiempo, en la piel de los héroes que poblaron las fantasías de su infancia, de Aladino frotando la lámpara del genio, de Alí Babá gritando «¡Ábrete, Sésamo!» frente a la cueva de los cuarenta ladrones, del ladrón de Bagdad surcando los cielos sobre la alfombra mágica y los mares a bordo de la nave de Simbad el Marino. No recuerdo cuánto tiempo pasé desempolvando recuerdos, recorriendo con la mirada humedecida sus alfombras mágicas, sus relojes del tiempo, sus cofres del tesoro, sus recipientes alquímicos, sus armas ígneas y sus lámparas maravillosas. Perdí la noción del tiempo, me encontraba en otra época, tan lejos de aquel lugar, hacía tantos años…

Cuando los ojos se acostumbraron a la oscuridad, un hombre emergió de entre las sombras. Era el vendedor de todos aquellos sueños. No dijo nada, simplemente se limitó a observarme, expectante, sentado con los brazos cruzados en un escabel. Al saberme observado, la magia de mis fantasías desapareció como un velo que cae, se evaporó en forma de humo blanco y denso, ése que utilizan los magos para desaparecer. Lo que veía ahora no eran más que chatarra y baratijas. En cualquier vertedero habría trastos viejos más valiosos que aquéllos.

Vi a Kajal a mi lado y le aseguré que no compraría nada, aunque me había gustado aquel lugar. Me dirigí al vendedor y le agradecí su hospitalidad. Se abrió una puerta y la claridad deslumbrante del desierto se adueñó de la estancia, bañando aquel museo de sueños con la refulgente luz del sol, que es cruel con las ilusiones, porque las delata, ridiculizándolas.

Es lo malo de los sueños: cuando se diluyen en el crisol de la realidad, los objetos que los evocaron se marchitan, yacen muertos ante nuestros ojos como cascarones vacíos, carentes del espíritu que los alentó.

Para cuando quise darme cuenta, el corazón de la India profunda me había engullido. Fue de improviso, de repente me vi en una callejuela sucia y angosta que ascendía en pendiente suave. La estrechez de la calle proyectaba una sombra balsámica, y el sol, que momentos antes pesaba como una losa sobre la cerviz, se escudaba oblicuo tras las fachadas. Entonces reparé en la gente. Hombres, mujeres, ancianos y niños nos observaban pasmados, expectantes, como si no hubieran visto a un occidental en su vida.

El olor me llegó como un derechazo en las narices. Era un hedor acre, sofocante, corrosivo, abrumador, que parecía adherirse a la piel y cegar los sentidos. Olía a inciensos, a putrefacción, a orines y aguas fecales, todo sincopado en una mezcla inmunda. No pude reprimir una mueca de repugnancia. Aquella emanación pestilente a todas luces provenía de los fluidos que humedecían y compactaban la tierra, y que se unían en un fino cauce en el centro de la calzada, fluyendo calle abajo, como un arroyuelo de aguas oscuras e irisadas.

Aquélla fue la primera vez que supe con certeza que habíamos errado el camino. Jamás un hombre blanco había pisado aquel lugar, eran las palabras que se traducían de los rostros que nos escrutaban. Todas las viviendas parecían chabolas hechas de adobe a punto de derrumbarse, las fachadas rociadas de podredumbre. Enjambres de moscas lo inundaban todo. Basura y despojos de toda índole invadían las calles. Las vacas pastaban inmundicia de las esquinas y a los perros, alimentados de excrementos de vaca, les tenía el cuerpo carcomido la sarna. Era una visión desoladora.

Envueltos en semblantes enjutos, tallados a cincel por penurias y necesidades, los ojos pétreos de aquellas personas, que miraban sin recato alguno, estudiaban nuestros movimientos. Quizá se cuestionaran nuestras intenciones, tal vez se preguntaran por el motivo que nos habría conducido hasta allí. Podría ser incluso que no pensaran en nada, que sus pensamientos yacieran congelados en simas tan profundas como sus miradas. No hay mirada capaz de desarmarle a uno el alma como la mirada de la pobreza. Es una mirada de una severidad terrible, animada por reproches silenciosos que atruenan los oídos de la conciencia. Una mirada reseca y enrojecida que te sostiene la tuya sin pudor, una mirada corroída por las moscas que no parpadea ante tu presencia, que no te esquiva los ojos, una mirada con un matiz desafiante y carente por completo de temor, porque nada tiene que perder quien lo ha perdido todo, o quien nunca lo tuvo.

Uno no había venido a la India a ver pobreza, a comprobar de primera mano que las imágenes de los documentales de televisión eran fidedignas, que se correspondían con la realidad; tampoco pretendía evitarla, sino que esperaba que la vida, con sus luces y sus sombras, le saliera a uno al encuentro. Y si bien esperaba este encuentro en todo momento, no significaba que no pudieran turbarme ciertas escenas. Nadie sale incólume de un enfrentamiento con la realidad a ras de suelo, lejos de la altura de las torres de marfil, hormigón y cristal.

Y lo cierto era que yo no sabía qué hacía en aquel lugar, perdido en medio ninguna parte. ¿Turismo? Me horrorizaba pensar que me tomaran por turista. Había llegado hasta ese pueblo por equivocación, me había extraviado, en modo alguno pretendía introducirme en sus vidas como un estúpido turista que, carente de respeto, pasea entre la pobreza que le rodea como quien visita un parque temático o, peor todavía, un zoológico. Al turista todo le parece curioso y quizá llegue a compadecerse desde su posición acomodada; luego echa la foto y se va tan contento. Para alguien como uno, su propia presencia allí, sin objeto, era bochornosa. No se trataba de que aquella escena infecta me provocara rechazo, al menos no se trataba de un rechazo de procedencia externa, sino que nacía en el seno de la propia conciencia. No te puedes entrometer en la vida de otros si no existe una razón de peso para hacerlo. Merodear, contemplar a estos hombres y mujeres en su pobreza, como a través del cristal de un escaparate, sin que sus penalidades nos influyan, sin que nos traspasen la piel, es denigrante, para ellos y, tanto más, para uno mismo. Entraban ganas de salir corriendo, huir de sus miradas acusadoras.

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PD: La fotografía de las niñas que campea sobre el texto no se hizo en la aldea a la que se refiere éste, pero el espíritu que la alienta es idéntico al que se respiraba en aquel lugar. Comprenderá el lector que no sacara la cámara fotográfica allí.

Cuando se hizo de noche tomamos nuestro primer ciclo-rickshaw en la India. La primera vez que se monta en uno resulta una experiencia divertida, por novedosa y exótica, aunque uno recele un poco ante la aparente inestabilidad del vehículo. Plantado allí, el ciclo-rickshaw apenas se componía de una bicicleta con un par de ruedas traseras, sobre las que se asentaba un pequeño cubículo encapotado con escaso espacio para dos personas.

Lo primero es acordar el precio con el conductor (rickshawalla), incluso antes de subir al vehículo. El viajero debería saber que, por mucho que regatee, el coste de la carrera siempre será más del triple de lo que el rickshawalla cobraría por el mismo trayecto a un indio al que acompañaran cuatro o cinco o más familiares encaramados al rickshaw. Es el precio que hay que pagar por ser extranjero en estos países.

La mirada joven de aquel hombre parecía benévola, un poco ingenua, falta por completo de la picardía y la astucia que las calles indias dan de mamar a sus niños. Sus facciones relajadas le delataban. Ni siquiera sabía nada de inglés. Apenas hubo regateo, pero lo poco que hubo fue en hindi y por señas, porque ni los números conocía el infeliz en inglés. Me pidió treinta rupias. Veinte, le revoqué, como quien se tira el farol en una partida de póquer. La vida encuentra situaciones increíblemente análogas a cualquier juego de azar. El conductor, con gesto serio, aceptó sin más miramientos.

El momento más incómodo, cuando a uno más se le encoge el corazón por el hombre flaco y de piel cuarteada que empuña el manillar, es verlo arrancar el rickshaw. Las fibras de los gemelos de esas piernas espigadas, como dos palos clavados en el tronco, se crispan, tanto que parecen estar a punto de rasgar la piel oscura, la espalda se arquea por el esfuerzo, poniendo de relieve los costillares y el contorno de la columna vertebral bajo la camisa, y el hombre, de pie sobre los pedales, descarga todo el peso de su cuerpo, que no es mucho, sobre uno de ellos, mientras el sudor le corre por la cara y los brazos, intentando hacer girar la rueda que tirará del vehículo. Era penoso verlo, daban ganas de bajarse del rickshaw y empujarlo para ayudarle a arrancar. Pero no fue necesario, se le escuchó resoplar y, con un gemido vigoroso, el pedal cedió trabajosamente. Nos movíamos. Acto seguido, el rickshawalla se inclinó hacia el lado contrario y de esta forma consiguió la cadencia adecuada para emprender la carrera. Las calles no están asfaltadas, y si lo están se encuentran en un estado deplorable, por lo que el rickshaw iba dando bandazos, circulaba entre traqueteos y botaba al caer y remontar los baches del pavimento, cosa que no facilitaba la labor de nuestro pobre conductor, que sudaba copiosamente. En cierto modo, temía que se nos desmayara encima del sillín. Menos mal que estábamos en la capital de la India, no me quería ni imaginar otras calzadas cuando nos internáramos en las profundidades del país.

Las calles estaban tranquilas a esa hora de la noche, al contrario de lo que suelen bajo la luz del día. Le había entregado la tarjeta con la dirección del hotel al rickshawalla, pero entonces no sabía que las calles no tienen nombre en la India, o al menos éstos resultan poco menos que una entelequia. La India es un país sin señalizaciones, sin semáforos, sin carteles informativos, sin placas con el nombre de las calles, sin nada que le ayude a uno a orientarse en cualquier ciudad. No sé cómo se apañarán los indios, pero la única herramienta en la que confié para desenvolverme en los laberintos de callejuelas de los pueblos de la India fue la de mi propia orientación, con mi instinto y con el sol y sus sombras como principales aliados.

Y por lo que pude observar, un ciudadano local, y no sólo local, sino alguien que se dedicaba a transportar gente de un sitio a otro y cobraba por ello, no sabía mucho más de aquellas calles que lo que podía saber yo sin haberlas pisado jamás. Empecé a percatarme cuando el rickshawalla pasó dos veces por la misma calle, una en un sentido y la otra deshaciendo sus pedaladas, y en cada bocacalle escrutaba el horizonte en penumbra en un sentido y en otro, cosa rara en un conductor indio, que primero mete el morro de su vehículo en la vorágine del tráfico y luego mira para que no lo arrollen. Estaba el pobre perdido, y eso que no le habíamos dado una dirección de la otra punta de la ciudad, sino de la misma manzana. Se apeó del rickshaw y fue a preguntar a un tendero que cerraba en ese momento su caseta, de donde volvió con una sonrisa luminosa de triunfo, aunque yo ya temía el momento en el que tuviera que poner en marcha de nuevo el vehículo. Esta vez, sin embargo, fue un poco más listo: empujó el rickshaw antes de montarse y aprovechó así la inercia para arrancar en carrera. Gajes y trucos del oficio.

Tuvo que bajarse una vez más para preguntar, hasta descubrir que en realidad estábamos justo al lado. A la hora de pagar le di las treinta rupias que me había pedido primeramente, por las molestias, también por su ineptitud. Mientras lo veía partir, ligero, liberado del lastre de nuestro peso, con el rickshaw desvencijado dando tumbos por los socavones de la calzada, pensé que en realidad tal vez le hubiera pagado sus treinta rupias por compasión, que es uno de los sentimientos más crueles nacidos del corazón de los hombres, y me preguntaba cómo un indio con tan escasas luces podía haber sobrevivido hasta entonces. No apostaría ni una rupia por él en aquella jungla.

Hace ya muchos días que no escribo en este cuaderno de bitácora. Otros cuadernos ocupan ahora mi atención, especialemente de viajes. He retomado la redacción de mi libro sobre mi viaje a la India, que me tiene absolutamente embebido. La cosa comenzó hace apenas un mes, cuando cumplí veintiséis años el veintiséis de febrero: primera señal. Segunda: hacía, además, un año justo que había dado comienzo mi viaje a la India. Y tercera señal: me apetecía hacerlo, sobre todo porque uno debe empezar a tomarse en serio a sí mismo, no se puede navegar toda la vida al pairo del ser aún demasiado joven para escribir en serio. Saltada ya la barrera del medio siglo parece como si estuviera uno más desnudo, más indefenso ante el porvenir. De modo que izo las velas al viento de las musas y que éstas dirijan la proa de mi nave adonde gusten. Sólo pido a la Señora de los Náufragos no desfallecer.

PD: Y mientras tanto, iré publicando algún pasaje de lo que escriba, que alternaré con mis historias madrileñas, que son al fin y al cabo crónicas de viajes de un nómada sedentario.

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