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Chopin

Asombra verdaderamente la capacidad de atracción que la capital francesa ha poseído siempre para los melancólicos que notaban cómo la muerte les iba carcomiendo el alma. Uno de los monumentos más delicados de Père Lachaise es el mausoleo de Chopin, formado por un medallón con su perfil en relieve y una ninfa de mármol pálido que parece haberse quedado dormida en pleno llanto. Es célebre su relación tormentosa con la escritora George Sand, nom de plume de Aurore Dudevant, y la inestabilidad emocional que provocó en la vida del compositor. Príncipe del spleen, hacia el final de sus días había huido de la influencia insana de su musa para refugiarse en una gira inútil por el Reino Unido que minó su de por sí quebradiza salud y su voluntad de sobrevivir por mucho más tiempo. Tomó la decisión de regresar a de Londres a París por no morir en una ciudad tan triste, con tanta bruma y polvo de carbón. Cuando Sand fue a visitarle en su agonía, Ludowika, la hermana de Chopin, entendió el gesto como una perfidia obscena y no le permitió la entrada. Así, el pianista murió a los treinta y nueve años sin despedirse de la mujer que durante tanto tiempo le había clavado la daga en el pecho mientras le besaba la frente, acunándolo en su regazo. Justo antes de enterrarlo, alguien sustrajo el corazón de Chopin, y dicen que se guarda en la actualidad en el interior de un pilar de la Iglesia de Santa Cruz de Varsovia, cerca del pueblo que vio nacer al músico. Sin embargo, creo yo que tal vez habría que buscar ese corazón robado no en el interior de un templo de la capital polaca, sino en Francia, en la tumba de aquella mujer que se hacía llamar George Sand, bajo el jardín de su casa en la aldea de Nohant-Vic.

Cerca del mausoleo de Chopin, a una altura intermedia en la bajada de la colina, permanecen aún los sarcófagos originales de Molière, La Fontaine, Abelardo y Eloísa, rodeados de criptas blancas. En el caso de Molière, éste de Père Lachaise es el tercer destino en el que han reposado sus huesos. Antes lo hicieron en Saint Joseph, en la zona reservada a los suicidas y a los niños paganos, y más tarde en el Museo de los Monumentos Franceses. La legislación no permitía entonces, en la Francia de finales del siglo XVII, que los actores recibieran sepultura en la tierra santa de un cementerio. Días antes, la enfermedad de Molière concebida en letra impresa adquirió de súbito tintes de realidad en escena mientras representaba El enfermo imaginario, y a duras penas, entre toses que manchaban de rojo su camisón amarillo, pudo terminar su actuación vespertina. Mientras se cerraba el telón, sin embargo, el auditorio ya había contemplado el rostro de la muerte esbozado en los rasgos del escritor, que sucumbiría bajo su gélido abrazo escasas horas después. Prohibido su funeral por ley, su cuerpo permaneció insepulto tres días hasta que el arzobispo de París, por complacer al Rey Sol, admirador confeso de Molière, permitió el enterramiento. El funeral, no obstante, se llevó a cabo a las nueve de la noche y sin aparato ninguno por orden del arzobispado. Entre los asistentes figuraban amistades del dramaturgo como Mignard, Boileau y La Fontaine, quien sin saberlo acabaría de reclamo funerario y vecino en Père Lachaise del amigo cuyo ataúd llevaba a hombros en aquel momento.

No hay seguridad de que los restos en el interior sean auténticos en sepulturas tan antiguas y asendereadas. Durante la Revolución, algunos sabios republicanos decidieron fundir los huesos de los prohombres franceses muertos con la intención de fabricar copas consagradas a las honras populares. En el Museo de Cluny, valga el ejemplo, se conserva, entre los pocos despojos que pudieron salvarse de la locura revolucionaria, una mandíbula etiquetada como perteneciente a La Fontaine, quizá la única reliquia entre las suyas que ha sobrevivido.

Poco importa, en cualquier caso, pues en el transcurso de las sucesivas exhumaciones los cuerpos poco a poco habrán ido volviéndose ceniza que lleva el viento.

Ambas sepulturas, las de Molière y La Fontaine, viejos amigos en vida y en la perennidad de la piedra, reposan sobre una terraza que recibe la luz mortecina entre las ramas desnudas de los sauces. Las dos descansan en alto sobre columnatas, flanqueándose la una a la otra, separadas del abrigo de la tierra en un estado de provisionalidad perpetua, como dispuestas para otro traslado repentino si a París le surgiera la necesidad.

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Artículo publicado en la Revista Mu, junio 2010, 90, pp. 6-8. Incluido en el libro Las ciudades de la luz, de próxima aparición.

El del Père Lachaise es el cementerio más popular, nutrido y extenso de París. También ostenta el título del más visitado del mundo, y sólo de pensarlo dan ganas de salir corriendo en dirección contraria. Allí descansan los restos de todo aquél que haya sido alguien en la intelectualidad francesa de los últimos dos siglos. Dicho de otro modo, de no encontrarse enterrado en el Panteón parisino, a cualquier muerto ilustre galo sólo cabe buscarlo en Père Lachaise.

Cuando se inauguró, en los albores del siglo XIX, nadie recordaba ya por qué se llamaba así. Nadie sabía que antes que camposanto había sido viña, y que hasta allí peregrinaban todos los obispos de París para abastecerse de vino para las comuniones. Con el tiempo la finca les sería donada a los jesuitas, y su administrador más célebre, el Padre François d’Aix de la Chaize, confesor de Luis XIV durante treinta y cuatro años, terminó utilizándola de picadero. Las correrías y los lances amatorios del Padre Lachaise son proverbiales, y quién sabe si hoy su fama no estaría a la altura de la de Casanova si hubiera empleado su vejez en escribir la historia de su vida, como más tarde haría el aventurero italiano.

Los privilegios con que los reyes del Ancien Régime compraban la complicidad del clero mantuvieron la loma virgen, fresca y roturada hasta que la turba arrasó Versalles. No sólo se conformaron los revolucionarios con sembrar los palacios reales de devastación, sino que aniquilaron también los cementerios de la nobleza, que se perdieron bajo la ceniza y las ruinas de su esplendor de antaño, y con la tierra removida las cabezas de los grandes nombres que un día habitaran las estancias de las casas señoriales, separadas para siempre de sus cuerpos en fosas comunes anónimas. Fue entonces cuando se pensó en aquella vieja hacienda de retiro a las afueras de París como ubicación óptima para el nuevo Cementerio del Este. Así, sin pretender la metáfora siquiera, el nuevo orden saqueaba las mansiones del antiguo para rendir su botín ante dioses de reciente cuño con pies de barro, y cubría su memoria del pasado bajo paladas de tierra sin epitafio.

Sin embargo, Père Lachaise quedaba un poco retirado del núcleo urbano de entonces, por lo que los ciudadanos de París evitaban dar sepultura a sus muertos en aquella colina apartada. No tardó demasiado en empezar a concentrarse un excedente de tumbas en Montmartre, Montparnasse y Passy, mientras que la falda del viejo viñedo al este de la ciudad permanecía inmaculada. Las autoridades, de ese modo, se vieron obligadas a tomar una determinación. No se les ocurrió disparate mayor que exhumar los mausoleos de dos ilustres peanas del santoral francés como Molière y La Fontaine, y trasladarlos a Père Lachaise, con la convicción de que de esta manera atraerían el interés de la gente hasta allí para enterrarse junto al dramaturgo y el fabulista. Y acertaron. Cuando los tiempos han perdido la cabeza, las apuestas absurdas siempre obtienen premio. Hicieron lo mismo con el sarcófago del sabio Abelardo y Eloísa, los Romeo y Julieta parisinos, para así captar también los amores fatales de las parejas románticas. Luego Balzac ambientaría una escena clave de su novela Papá Goriot en el nuevo camposanto y terminó de redondear la jugada.

De la noche a la mañana comenzaron a menudear los funerales y pronto podrían verse a diario, a lo largo de toda la extensión que la altura de Père Lachaise dominaba, largas hileras negras de dolientes andar el camino que ascendía desde París hasta el cementerio. Todo el mundo quería su tumba en Père Lachaise ahora. Entre tanto, las parras eran sustituidas por criptas y se levantaban árboles de granito. Cumplido su propósito, los administradores subieron los precios de las parcelas de tierra, y el viñedo del Antiguo Régimen volvió a ser lo que en tiempos era: un lugar de retiro exclusivo para las clases altas. Sólo que esta vez el retiro era eterno, aunque en algunos casos no del todo definitivo.

También el nombre de Balzac, que había introducido el enclave en el territorio imaginario del pueblo, terminó figurando entre las piedras grabadas de Père Lachaise, sobre el frontal de un monumento rematado por un imponente busto del escritor. Hubo un tiempo en que desde allí, junto a su efigie, podían verse los tejados, las buhardillas y los viejos mercados de París cuando la ciudad se extendía a lo largo y ancho del panorama como una ensoñación concebida en la mente de Renoir, antes de que el tiempo de los modernistas alzara las plantas de los edificios para ocultar la luz de La Ville Lumière que había inspirado al impresionismo.

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Artículo publicado en la Revista Mu, junio 2010, 90, pp. 6-8. Incluido en el libro Las ciudades de la luz, de próxima aparición.

Troppo vero, de Andrés Trapiello

No es frecuente descubrir escritores como Andrés Trapiello, que proporcionen momentos de lectura tan placenteros y sosegados. Novelista, ensayista y poeta, quizá la cima de su literatura la alcanza con sus diarios, publicados por Pre-Textos bajo el título genérico de Salón de pasos perdidos, de los que Troppo vero es su decimosexta entrega. En ellos, el autor retrata una rutina humilde, la del escritor encerrado en su piso del centro de Madrid, trabajando incansable día tras día volcado en sus escritos, hilvanando pensamientos y palabras que nacen entre las sombras y el vacío de cuatro paredes blancas y solitarias, tapizadas de libros viejos.

Lo extraordinario es que Trapiello esboza esa vida cotidiana con un esmero sin ambages, cargado de un spleen tan doloroso como balsámico para el lector, que siente que esa existencia plomiza que se describe es como la de uno, un reflejo fiel de nosotros mismos aferrándonos al triste consuelo de no encontrarnos solos. A poco que se sea sensible a la buena literatura, la lectura de estos diarios no puede dejar a nadie indiferente, porque la belleza se puede expresar con más adornos, pero no mucho mejor de como lo hace Trapiello. Es la lírica de los tiempos muertos, de los paseos por el bulevar, de esas horas interminables de los días en los que no pasa gran cosa, días vacíos que en sí mismos no son nada, pero que plasmados en el papel unos seguidos de los otros van conformando eso que él mismo llama vida, una novela en marcha.

Y no tiene por qué hablar de grandes cosas ni manejar conceptos complejos, pero su tono reflexivo, casi hipnotizador, y su estilo, sencillo y sutil, afianzado en la contemplación, tejido en los silencios, posee esa rara capacidad de prestar atención al ruido del mundo, de ver lo que normalmente escapa al ojo distraído por el velo de lo mundano, como quien entiende el lenguaje de los pájaros, y de separar sus frecuencias, modulándolas, amplificando las que nadie más escucha hasta hacerlas audibles. Estaba en lo cierto aquél que decía que a un escritor le basta con tener vista y oído. Ése es el secreto de los poetas. Hay escritores a quienes la naturaleza no concedió esos talentos y porfían por envolver sus textos en la farfolla que conforma el ensordecedor ruido del mundo, contribuyendo así a cubrir aún más esas frecuencias amortiguadas y secretas, ultrasónicas, y con ellas a quienes son capaces, como Trapiello, de descubrirlas, comprenderlas y contarlas.

(Aparecido en Cuadernos del Sur, suplemento literario de Diario Córdoba, 12 junio 2010, p. 6)

Las extrañas circunstancias que envolvieron su muerte han dado pábulo a todo tipo de interrogantes y especulaciones sobre lo que en realidad pudo haber pasado en aquella habitación de hotel. Tal vez obedezca a esa incertidumbre el hecho de que la tumba de Jim Morrison sea el enclave más visitado de Père Lachaise, adonde sus seguidores acuden a rendirle homenaje y acercarse lo más posible al enigma del hombre, aunque sólo sea físicamente.

También se caracteriza por tratarse del único lugar vigilado del cementerio. Dos guardas de seguridad velan por la integridad de la sepultura del músico al otro lado de las vallas de aluminio durante el día y, por la noche, varias cámaras de infrarrojos se encargan de que sólo los gatos merodeen por los alrededores. En el pasado, la tumba fue objeto de varios intentos de exhumación por fanáticos de lo esotérico y el misticismo procedentes de las cuatro esquinas del mundo, que saltaban los muros del perímetro para celebrar misas satánicas, comulgar con drogas, culminar los ritos con orgías y llevarse de recuerdo todo aquello susceptible de arrancarse o ser desenterrado. A la mañana siguiente la tumba devenía en vertedero, el paisaje tras una batalla. Los guardas se encontraban el lugar cubierto de basura, botellas de licor, agujas, jeringuillas y graffiti, y para evitar males mayores, la administración del cementerio decidió colocar una plancha maciza de granito sobre el enterramiento. De este modo, por vez primera, el nombre de Jim Morrison figuró grabado sobre una piedra en Père Lachaise.

La plancha fue robada al poco tiempo, y más tarde también desapareció, después de sufrir continuos ultrajes, un busto esculpido por un artista croata que conmemoraba el décimo aniversario de su tránsito. Hoy sólo queda allí una pesada losa con una placa metálica, cuya inscripción, obra del padre de Morrison y discutida a lo largo de las décadas, reza en griego mayúsculo algo así: «Fiel a su propio daimon». Mientras que algunos han visto connotaciones satánicas al epitafio, otros achacan a aquellos demonios interiores la causa de que hoy yazca bajo esas palabras de bronce. Quizás esos demonios adoptaran la silueta alboreada de aquellos indios que había visto tirados en la autopista cuando era pequeño. El coche de sus padres pasó de largo, pero la instantánea quedó registrada como una sombra indeleble en la retina del niño. Constituyó un trauma que lo acompañó toda su vida y lo marcó hasta la madrugada que ésta se le licuó por las fosas nasales. Ya había aludido a ese episodio con anterioridad en varias de sus canciones:


Indians scattered on dawn’s highway bleeding.
Ghosts crowd the young child’s fragile eggshell mind.

«Indios desangrándose, esparcidos sobre la carretera del alba. / Los fantasmas hostigan la mente del niño, frágil como un cascarón».

Tiene sentido. Pero lo más sensato, a mi juicio, es pensar en la denotación socrática del término, en la que el daimon encarna la voz de la conciencia, el imperativo del propio destino, la voz de un dios invisible que susurra al oído, la fidelidad a uno mismo, a ser quien se es en realidad. Supongo que el padre sospechaba que su hijo se había dejado la vida tirada en el camino que desde aquella mañana de su infancia se sentía llamado a recorrer.

El de Père Lachaise, sin embargo, no es su lugar de reposo definitivo. Eso tiene en común también con Molière, La Fontaine y Wilde, a quienes trasegaron las sepulturas por capricho. No falta mucho para que la concesión de la parcela de Morrison en Père Lachaise prescriba, y la administración del cementerio no ve el momento de expulsar de su paraíso la tumba que más quebraderos de cabeza le ha provocado al hilo de treinta años. Así, los ramos de flores, las cartas, los poemas, los discos de vinilo, los cigarrillos, las botellas de whisky y los preservativos que actualmente recubren la memoria terrosa de Jim Morrison volarán con lo que quede de sus huesos de nuevo a América, a la ciudad de Melbourne, en Florida, y abandonarán su largo exilio para volver a casa, disolviéndose junto a los túmulos de sus padres junto a un árbol solitario en la tierra de sus antepasados, la misma tierra humedecida por la sangre de aquellos indios esparcidos sobre el asfalto, la misma sangre del seno materno que cobijó su cuerpo cada vez más frío en sus últimos espasmos con un abrazo inmortal.

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Artículo publicado en la Revista Mu, mayo 2010, 89, pp. 11-13. Incluido en el libro Las ciudades de la luz, de próxima aparición.

De ese modo los pasos pretéritos de Wilde habían conducido a Morrison y a Borges hasta París, a la misma habitación estrecha y decorada con tan mal gusto en la que el escritor irlandés vivió su agonía. A esas alturas de su vida, a Borges le sería imposible apreciar el espantoso papel floreado que tapizaba las paredes, al que Wilde, en un arranque sarcástico en mitad de su delirio final, achacó la causa de su muerte próxima. No así a Morrison, del que cuentan que un día se cayó por la ventana, acaso intentando atrapar una musa esquiva entre las flores pintadas en el tabique. Y es que debía tratarse de un empapelado verdaderamente feo, porque casi se lleva por delante no sólo a Wilde, sino también a Morrison. La Rue des Beaux Arts es una calle recoleta y tranquila, donde el tráfico resuena entre sus esquinas como un rumor lejano. No sorprende, pues, que la caída de una estrella ―ésta de veintisiete puntas― en mitad de la acera se convirtiese en el acontecimiento de la jornada. Suerte que el techo de un automóvil amortiguó el golpe, porque, apenas recuperado del susto inicial, se sacudió el polvo de la chaqueta y los pantalones, y se marchó ileso a deambular por París ante la mirada atónita de los transeúntes.

El delirio anticipa siempre el filo de la guadaña, tal vez como reacción fisiológica de evasión instintiva ante la mirada de la muerte. Y en el caso de Morrison, su ensoñación intermitente terminaría conduciéndolo, como un baile ceñido a la cintura de la amante letal, hasta el abrigo de un baño caliente de líquido amniótico, al mismo lugar adonde todo el que se dispone a morir desea volver.

Pamela Courson, su compañera y musa, quien según parece le había proporcionado la heroína disfrazada que le reventó la nariz, a duras penas le organizó un funeral de oficio y sin pompa que recordaba, involuntariamente, al de Molière. Ni siquiera se le realizó una autopsia. Un médico retirado firmó su acta de defunción por paro cardíaco, que es lo mismo que no decir nada, y para cuando la noticia de su fallecimiento llegó a los demás miembros de los Doors, el cadáver de Morrison descansaba ya bajo dos metros de tierra sin lápida, en el féretro más barato que Pamela había podido encontrar. Una viuda colocada no es lo más aconsejable para los mitos, pero si lo que pretendía era sembrar su muerte de misterio, no podía haber elegido Morrison una más adecuada. Después de todo, no eran más que dos yonkis que sólo se tenían el uno a la otra. La droga tiene mucho de ruleta rusa, y tres años después la sobredosis le acabaría tocando a ella, también a los veintisiete.

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Artículo publicado en la Revista Mu, mayo 2010, 89, pp. 11-13. Incluido en el libro Las ciudades de la luz, de próxima aparición.

Si se continúa por los caminos empedrados hacia el sur, aparece la parte más antigua de Père Lachaise, un laberinto de sendas mezcladas y ensortijadas por entre lápidas y criptas. Allí, lejos de las grandes avenidas del cementerio, ocupando el centro de un gran círculo en el que no hay más muertos de renombre, se halla el lugar donde descansa Jim Morrison, líder y solista de los Doors, el único grupo estadounidense de los sesenta capaz de plantar cara al éxito transatlántico Beatle.

Y descansa, verdaderamente, porque en vida nunca encontró reposo. Se trata de otro caído más en la historia del rock. Junto a Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin y Kurt Kobain, forma parte del denominado Club de los 27, ese grupo de jóvenes leyendas ahogadas en su propio vómito a los veintisiete años de edad, consumidos por la estela de la heroína como las estrellas fugaces, como el fósforo de una cerilla.

Había huido de Estados Unidos al ver cernirse sobre él la amenaza de una condena de cárcel por escándalo público durante un concierto. Viéndose entre rejas, hizo lo que tal vez debería haber hecho Wilde tiempo atrás si la suficiencia de los genios no le hubiera nublado la claridad, el equipaje. Así pues, tomó el siguiente vuelo al exilio, dejó abandonados a sus compañeros de grupo y se plantó en Europa para dedicarse a escribir poemas bajo la luz inspiradora del París de las algaradas estudiantiles.

Como a Molière, a Chopin y a Wilde, su mala salud le había traído hasta la capital francesa para morir. Tosía toses tuberculosas sin padecer la enfermedad, como el personaje del dramaturgo, y arrastraba por las mismas callejuelas parisinas que el escritor irlandés setenta años antes las ascuas humeantes de los creadores cuando el fuego se apaga. Que confundiera la cocaína con la heroína a la hora de meterse una raya no fue sino una forma más entre las posibles de correr el telón. Murió por una hemorragia nasal en un apartamento de la Rue Beautreillis 17, en el Barrio del Marais, sedado en la calidez de una bañera de sangre.

Apenas una semana antes él mismo había paseado por entre las tumbas de los artistas de Père Lachaise, y le había manifestado a un amigo su gusto por ser enterrado allí llegada la hora. Ese día, a finales de junio, el sol brillaba con la tibieza de los resplandores de La Ville Lumière, filtrándose entre la espesura de los limeros, como oro a través de un tamiz sobre las barrigas de los gatos del cementerio. Poeta y aprendiz de los maestros, no hacía mucho se había alojado en la habitación del hotel que vio morir a Wilde, en la Rue des Beaux Arts 13.

Allí también pasó sus noches parisinas Jorge Luis Borges entre 1977 y 1984. Así lo indica la placa que flanquea, junto a la dedicada a Wilde, la entrada principal del viejo Hôtel d’Alsace. A Borges le fascinaban la evocación literaria y el lujo de sus interiores, que siempre le parecieron fruto del trabajo minucioso de un ebanista. Como a todos los demás moribundos ilustres que le precedieron en sus respectivos exilios, París se le antojaba el enclave adecuado para batir las alas hacia la posteridad, y la habitación que solía ocupar en L’Hôtel, el nombre con que se lo conoce hoy, la materialización de su lecho de muerte. Así lo había expresado alguna vez, de pie con su bastón sobre la estrella de veinte puntas en el centro del vestíbulo circular, tal como aparece en una de sus fotografías más célebres, elevando sus ojos nublados, al igual que un día hicieran Wilde y Morrison antes que él, hacia la luminosidad de la claraboya allá en lo alto de las cinco plantas del edificio, cuya arquitectura se asemeja a una escalera de caracol al Parnaso. Sin embargo, la última visita al hotel nunca llegaría a hacerla, porque sólo dos años más tarde lo sorprendió el puerto definitivo en Ginebra, «la ciudad más propicia a la felicidad», aseguraba, adonde había regresado en pos de la luz temprana de su memoria de adolescencia.

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Artículo publicado en la Revista Mu, mayo 2010, 89, pp. 11-13. Incluido en el libro Las ciudades de la luz, de próxima aparición.

Primer volumen de la trilogía Cartas a Verónica, Desvío retrata con crudeza el largo proceso emocional de separación de una mujer del entorno que la rodea. En la superficie, esta separación implica únicamente la fractura de la relación de la protagonista y narradora con el padre de su hija, pero el juicio psicoanalítico al que Laila Escartín somete a su personaje escarba a más profundidad, hundiendo sus manos desnudas en la turbera de las viejas culpas paternas, el espejismo sexual, la evasión de la responsabilidad, el papel de madre, la relación de pareja, la frustración y la pugna violenta por ser libre.

Y es que Desvío es la crónica de una bajada a los infiernos en pos de las estatuas de sal que hemos dejado olvidadas al borde del camino. Tarde o temprano hemos de volver sobre nuestros pasos, mirar de frente al monstruo, darle muerte y escapar con la llave que guarda en sus entrañas. Sin esa llave no es posible resolver el acertijo de nuestra identidad. Es ése el desvío al que alude el título del libro. Un desvío que no es tal, porque nadie dijo que el camino de la existencia fuese un trayecto plano, rectilíneo. Para conocerse a uno mismo se debe aprender primero a lamerse las heridas.

De eso trata Desvío, de la consumición del propio ser en las tripas de su crisálida antes de renacer al mundo luminoso del resto de nuestras vidas. Este libro es la prueba escrita del sufrimiento y el dolor físico que entraña la soledad de quienes fueron maldecidos con la claridad y el entendimiento, la desazón que trae consigo la inteligencia, la incomprensión de todo el que rodea a quien probó del fruto del árbol prohibido.

No es frecuente que una mujer posea la capacidad de traducir sus traumas íntimos a letras de molde, ordenarlos y hacerlos inteligibles a la mente de los hombres ―incapaces de entender ni de padecer ese tipo de trasiego psicológico―, incluso a la del resto de mujeres. La mujer es un ser complejo, inexplicable, veleidoso. Un mapa en blanco, en mi opinión. Desvío, sin embargo, dota al laberinto femenino de latitud y longitud, cartografía sus simas más abisales y representa en el papel el retrato de una mujer que transforma los despojos de su crisálida en la hermosa seda de esas sábanas de la fotografía de portada que servirán de mortaja a la mujer que un día fue.

(Aparecido en Cuadernos del Sur, suplemento literario de Diario Córdoba, 15 mayo 2010, p. 7)

Una inédita Guerra Civil

Sobre Antes de decirte adiós, de Guillermo Galván


¡Otra maldita novela sobre la Guerra Civil!
, ironizaba un par de años atrás un Isaac Rosa tan joven como desafiante en el título de la suya. Hay quien asegura que la Guerra Civil es nuestro mito fundacional contemporáneo, como lo es la conquista del Salvaje Oeste para Estados Unidos. En cualquier caso, el argumento no es más que la carcasa de cualquier historia, porque la guerra en la literatura ha sido la misma desde Homero hasta nuestros días, del mismo modo que el amor y la muerte, los eternos Eros y Thanatos, polos magnéticos indivisibles de la escritura, han sido su tema primordial desde que en Oriente Medio se empezó a marcar tablas de arcilla con cuñas. De manera que si escribe sobre la Guerra Civil, el autor lo está haciendo asimismo sobre el dilema universal de la vida y la muerte, de la supervivencia en un escenario hostil, de la gloria y la derrota, del honor y la vergüenza, de lo absurdo, de la barbarie de los hombres, del valor, de la renuncia, de los héroes.

Sobre eso, precisamente, habla Guillermo Galván en su último libro: Antes de decirte adiós. Su novela, otra más cuyo marco encierra los acontecimientos durante la Guerra Civil, aporta algo nuevo por cuanto su planteamiento se revela inédito hasta ahora. Y además lo hace con soltura, con un léxico exquisito, con una prosa elegante y efectiva. Salta a la vista, desde la primera página de la novela, la innegable voluntad de estilo de Galván, que se desmarca de todas esas otras novelas con afán de best-seller que copan las vitrinas de novedades. Las descripciones, tanto físicas como del entorno, son gráficas y detalladas, las imágenes bien elegidas y el lenguaje lírico sabiamente repartido para ensalzar los demás matices literarios. De ahí que no sea una novela más sobre la Guerra Civil, sino una obra seria y ambiciosa que trasciende géneros y vitolas, de un autor no tan reconocido como debiera.

Su título alude al instante preciso de los adioses entre quienes se aman, que en guerra siempre se producen como un desgarrón descarnado. En tales circunstancias, y quién sabe si no en todas las demás, antes de decir adiós nunca se dice la verdad, de modo que el otro pueda elegir con libertad sus propios pasos en mitad del cataclismo. Por eso Antes de decirte adiós no es una novela más sobre la Guerra Civil, sino una novela menos en el camino hacia el discernimiento de la condición humana.

(Aparecido en Cuadernos del Sur, suplemento literario de Diario Córdoba, 24 abril 2010, p. 7)


Guillermo Galván

Desde lo alto de una columna de casi cincuenta metros, la escultura del arcángel Miguel dirige su mano al cielo mientras observa con mirada de granito el cadáver del diablo, encarnado en la serpiente, aplastado a sus pies bajo el peso de la cruz de Cristo. Su figura terrible domina toda la Plaza del Palacio, una colosal explanada de cinco hectáreas de pavimento gris que dobla en extensión a la Plaza Roja moscovita. Su perímetro lo limitan las fachadas dieciochescas de un prodigioso complejo de edificios, 360 grados de salas de mármol y malaquita cuyos muros albergan más de tres millones de piezas de arte, una de las colecciones de arte más completas del mundo. Muerto el diablo, causante de la separación entre el hombre y el paraíso, esto es, de su fugacidad, a la humanidad sólo le queda redimirse buscando su inmortalidad en el Arte, en la permanencia de las huellas de su paso sobre la tierra. Bienvenidos al Museo del Hermitage, en San Petersburgo.

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El Hermitage atesora obras de todas las épocas. Si sólo dispones de un par de días, dedícalos a su pinacoteca.

No te marches sin celebrar la Nochevieja en cualquier época del año en el Purga Bar (calle Fontanka). Buena comida todo el día y campanadas cada noche.

Respira paz entre las fuentes y estatuas campestres del Jardín de Verano, que rivalizan en belleza con la exuberancia versallesca.

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Publicado en la revista Viajeros Barceló 2010 en marzo de 2010.

El lenguaje de los pájaros

Sobre Troppo vero, de Andrés Trapiello

No muy a menudo encontramos un autor que nos proporcione momentos de lectura de un placer sereno y sosegado. No es frecuente descubrir escritores como Andrés Trapiello, que lo consigue con cada línea de sus libros. De él se ha dicho que es un buen novelista, ensayista y poeta; no en vano atesora premios como el Nadal o el Nacional de Crítica que así lo acreditan. Sin embargo, y acaso a su pesar, parece que la cima de su literatura la obtiene de un género menor, el de los diarios, publicados por Pre-Textos bajo el título genérico de Salón de pasos perdidos, que estos días celebran su vigésimo aniversario desde que en 1990 apareciera su primer volumen.

Troppo vero pertenece a esta colección de diarios de Trapiello, de la cual hace el número dieciséis, el último hasta la fecha. En ellos, el autor retrata una rutina humilde, la del escritor encerrado día tras día en su piso del centro de Madrid, trabajando incansable, volcado en sus escritos, hilvanando pensamientos y palabras que nacen entre las sombras y el vacío de cuatro paredes blancas y solitarias, tapizadas de libros viejos. Una rutina que, como todas las rutinas, está carente de sucesos extraordinarios. Es más, lo que relata Trapiello en sus diarios son retazos de una vida gris y a veces insípida en apariencia, de eterno escritor de culto que nunca acaba de despegar, bañada por una fina película de desengaño y autocompasión, de tristeza y felicidad austera al mismo tiempo.

Lo extraordinario es que Trapiello esboza esta vida rutinaria con un esmero sin ambages, cargado de un spleen tan doloroso como balsámico para el lector, que siente que esa existencia plomiza que se describe es como la de uno. Leer Troppo vero provoca esa extraña sensación benéfica, la de reconocer a quién sostiene la pluma detrás de las palabras, que no es más que un fiel reflejo de nosotros mismos aferrándonos al triste consuelo de no encontrarnos solos. Resulta imposible, a poco que se sea sensible a la buena literatura, que la lectura de estos diarios deje a nadie indiferente, porque la belleza se puede expresar con más adornos, pero no mucho mejor de como lo hace Trapiello. Es la lírica de los tiempos muertos, de los paseos por el bulevar, de ver las gotas de lluvia rodar por el cristal de la ventana, de esas horas interminables de los días en los que no pasa gran cosa, días vacíos que en sí mismos no son nada, pero que plasmados en el papel unos seguidos de los otros van conformando eso que él mismo llama vida, una novela en marcha.

Si por algo se caracterizan estos diarios es por el uso de las X para designar a los personajes conocidos que se cuelan por sus páginas en lugar de escribir su nombre completo. Bajo esta coartada, Trapiello habla abiertamente de su escasa y siempre reticente vida literaria con una franqueza que, por serlo demasiado, molesta en las más de las ocasiones a las personas aludidas, en su mayoría escritores. Este recurso velado le ha valido no pocas críticas al hilo de estos veinte años, y cabe imaginar que le habrá supuesto otros tantos obstáculos en su carrera literaria. Es inevitable pensar que la publicación de estos diarios le haya cerrado puertas en el mundo de la literatura, y el lector a veces llega a plantearse si en verdad merece la pena el sacrificio, pero ni el propio Trapiello, después de dieciséis volúmenes y miles de páginas escritas, parece capaz de darse una respuesta válida al plantearse la cuestión, pues simplemente acude al diario por necesidad, en busca de refugio cuando la vida, de tan abrumadora, no alcanza a expresar la propia vida.

En ocasiones, a lo largo del libro, el autor nos sorprende con confesiones verdaderamente sinceras, pero devastadoras por el dolor que de ellas emana, capaces de traspasar las páginas del libro y helarnos el corazón. No tiene por qué hablar de grandes cosas, pero su tono reflexivo, no exento de cierto cinismo, dulce, casi hipnotizador, y su estilo, sencillo y sutil, afianzado en la contemplación, tejido en los silencios, posee esa rara capacidad de prestar atención al ruido del mundo, de ver lo que normalmente escapa al ojo descuidado y distraído por el velo de lo mundano, como quien entiende el lenguaje de los pájaros, y de separar sus frecuencias, modulándolas, amplificando las que nadie más escucha hasta hacerlas audibles. Estaba en lo cierto aquél que decía que a un escritor le basta con tener vista y oído. Ése es el secreto de los poetas. Hay a quienes la naturaleza no concedió esos talentos y, pese a todo, se dedican a la literatura. Sin más remedio que tratar de ocultar sus carencias, porfían por envolver sus escritos en la farfolla que conforma el ensordecedor ruido del mundo, contribuyendo así a cubrir aún más esas frecuencias amortiguadas y secretas, ultrasónicas, y con ellas a quienes son capaces, como Trapiello, de descubrirlas, comprenderlas y contarlas.

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Artículo publicado en la Revista Mu, febrero 2010, 86, pp. 10-11.

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