De la virtud de madrugar y sus beneficios
Jueves, 19 de Febrero de 2009 por Francisco Javier Redondo Jordán

Día segundo de alergia. No sabría uno decir por qué adquiere la vida otro color cuando madruga. Mi jefe me había pedido que llegara al trabajo una hora antes, así que poco después del amanecer ya berreaba el despertador. Celebré la proeza de levantarme, rechazando el cálido y muelle abrazo del sueño embozado, con un desayuno castizo de café con porras en el bar de abajo. El camarero ya no me pregunta, pero busca una mirada de confirmación. Es marroquí, su aspecto de califa y el acento lo delatan. Lo acompaña tras la barra un chaval a todas luces sudamericano. Nadie es de Madrid hoy.
Aunque hacía frío en las calles y el sol remoloneaba todavía entre la bruma de polución de la ciudad, enfilaba uno con buen ánimo la Puerta del Sol. Te levantas temprano y las cosas parecen adoptar tonos más claros, sientes tu espíritu renovado, quizá por la sensación de cumplimiento con el deber impuesta por la educación, quizá por la tranquilidad que otorga el sacrificio propio. Sólo por ir a misa de ocho hay mucho miserable que duerme a pierna suelta por las noches.
A esas horas, la calle Preciados, habitualmente peatonal, se ve transitada por furgonetas que abastecen de mercancía el almacén de las tiendas. No hay rastro de músicos, mimos ni mendigos. Estos últimos aún duermen envueltos en cartones en algún rincón cercano, más al socaire, y seguirán haciéndolo mientras el sol no alcance su cenit. Otros, los que no pasan las noches al raso, estarán en otros asuntos. Los verdes tampoco han hecho acto de presencia todavía. De hecho, ya no la frecuentan tantos verdes. Ahora son azules. Los chicos de Greenpeace o la WWF han ido desapareciendo y últimamente menudean los acosadores callejeros de ACNUR. No sé si prefiero que me timen los unos o los otros, los verdes o los azules, los que salvan animales en peligro de extinción o refugiados en vías de lo mismo. El caso es que ya les he cogido un poco cariño, con alguno incluso llego a saludarme.
Al salir de trabajar había salido el sol, y ese bálsamo de luz que sólo tiene Madrid bañaba sus avenidas. La ropa de invierno se antojaba ya excesiva y necesitaba uno abrirse la chaqueta. Se respiraba el perfume de los campos de Castilla. Y te das cuenta de repente de que las chicas vuelven a dedicarte miradas furtivas al pasar. Tal vez sea ése el motivo por el que San Valentín se conmemore estos días, a mediados de febrero, cuando el viento invernal se confunde con la brisa de la primavera prematura. No creo que responda a casualidad que la onomástica del amor irrumpa en medio del invierno, justo en el momento en el que los pistilos de las flores se despliegan y segregan su néctar, cuando se desentumece la mirada helada de las muchachas. Los chicos, en cambio ―será que la naturaleza es sabia―, están ―estamos― en celo todo el año.
Llegué a casa a la hora del telediario, cosa que afianzó mi sensación de madurez y del trabajo bien hecho. Notaba cómo mis engranajes giraban encajados a la perfección en las ruedas dentadas del resto de la sociedad. Me preparé la comida con las noticias de la jornada en el televisor, y no concibo muestra de mayor circunspección que comer con el telediario del mediodía al volver del trabajo. Mi padre siempre lo hacía cuando yo era pequeño. Es lo que hacen todos los adultos. De modo que me recreé en mi escena solitaria de seriedad impostada y hasta comenté en voz alta lo que predecía el hombre del tiempo con una esposa imaginaria que me inventé. Y había motivo para tales tonterías. Después de todo, era un día de fiesta: un año más, me habían vuelto a mirar las chicas.














