La muerte de los días
Sábado, 3 de Enero de 2009 por Javier Redondo Jordán
Siempre he sentido fascinación por las paradojas, y experimento cierto regocijo al descubrirlas en el comportamiento de las personas, incluso en uno mismo. Son tristes, especialmente para quienes no tienen niños cerca, las dos semanas que transcurren entre el solsticio de invierno y el advenimiento de los magos. A pesar de todo, algunos encuentran la felicidad en la adoración del becerro de oro a largo de las fiestas navideñas. Llueven los millones y se descorchan botellas de champán barato en la televisión, la gente se echa a la calle a la caza de regalos, los políticos prometen dinero que no hay y las rebajas se adelantan por si les cae alguna migaja más del pastel.
A medida que pasa el tiempo la Navidad va perdiendo para uno su escaso significado. Poco importan ya las cenas de Nochebuena o de Nochevieja. Se han convertido en una cena más, una noche más, un año más. Los silencios, eso sí, son más ensordecedores. Incluso pueden escucharse los susurros de los espectros del pasado. Los muertos vuelven a sentarse a la mesa cada año la misma noche de invierno, mientras los comensales fingen felicidades que se ven enturbiadas por el recuerdo de los ausentes.
Para aquéllos que hemos dejado de ser niños y todavía no hemos concebido descendencia la navidad es cosa del pasado. Si existe ésta, aparte de para vender videojuegos a los ancianos, es para representar ante los niños la pantomima de que el mundo es tal cual lo leen en los cuentos. Creer en su propia inmortalidad los hará felices en tanto no sospechen que la amarga realidad es que nadie se descuelga por la chimenea ni se bebe la leche de los camellos en esas noches mágicas. Un niño descubre que va a morir en el preciso instante en el que desenmascara a unos reyes magos de maquillaje corredizo y barbas postizas, como todo el decorado que sus padres han dispuesto para sostener sus frágiles ilusiones infantiles. Es entonces cuando la niñez deja de ser pura, cuando las manijas del reloj de la muerte comienzan su pálpito irrefrenable.
Estoy pasando las fiestas en el pueblo, entre familiares, amigos y turrones, alejado durante unas semanas de mi vida de la capital, como el ermitaño que elige temporalmente una vida más retirada. Me gustaría volver a escribir con asiduidad, tal como solía hace unos meses, y seguir componiendo canciones, una vieja dedicación de juventud que he retomado en estos últimos tiempos. Sorprende cómo la vida adquiere tintes más claros cuando uno se sienta al piano, todo acaba simplificándose entre sus acordes.
Temía, por otra parte, la Nochevieja. Siempre que he podido me he escapado de ese trance. Supongo que no seré el único que se deprima ante la perspectiva de pasar la noche de san Silvestre en cualquier discoteca asaltando la barra libre. Por mucho que uno intente resistirse siempre acaba asilvestrado y a gatas por las esquinas. De sobra es sabido que lo mejor de la Nochevieja es el día de año nuevo, cuando, reunidos los amigos en el bar, resaca mediante, se intentan poner en común los pedazos perdidos de la crónica de la noche anterior. Suele ocurrir que el alcohol desborda las lagunas de la memoria de algunos. Me echaba a temblar sólo de pensarlo. Sobrevolaba mis pensamientos la idea de marcharme de viaje esos últimos días del año para quitarme de en medio y ahorrarme los detalles escabrosos. Al final me quedé y me sometí a la prueba del cotillón de fin de año en la misma discoteca de siempre. Trasnoché, acusé la tentación de mil y un licores, me cegaron con haces de luz brillante, me gasearon con humo e interminables horas de ruido me atronaron los oídos como taladros. Además, me cobraron esa cantidad abusiva que hacen pagar a la parroquia por hacer esa noche lo mismo que cada fin de semana. Aun así, pintado tan feo, terminé jugando al dominó en un bar de viejos con los últimos borrachos que buscaban churros con los ojos inyectados en sangre a las diez de la mañana. ¿Que por qué aguanté hasta tan tarde? Por la simple aventura. Cuando amanece los vampiros se conducen con una impredecibilidad pasmosa.
Comportamiento paradójico, decía al principio. Todo el mundo celebra nacimientos en estas fechas. Acaso soy el único que vea las largas noches de diciembre vestidas de un luto fúnebre y la nieve ―que nunca cae― envolver la ciudad helada como el sudario de los cadáveres. Para uno, las navidades suponen un período de dulce letargo, el de una muerte lenta, cálida e indolora. El brasero, los anuarios de la televisión, los villancicos enlatados de la megafonía en la calle, los carteles de cotillones, los alumbrados, los árboles, los adornos,… todo invita a cerrar los ojos, taparse las orejas y acurrucarse en el regazo del sofá, con el embozo bajo la nariz, a la espera de la caricia glacial de la Parca. Algo muere en el interior de uno cuando tañen las campanas de la Misa del Gallo. Doblan por las ilusiones perdidas, por los sueños rotos, por las oportunidades desperdiciadas. El tiempo se agota y quienes me rodean se impacientan. Se desvanece el aliento en el eco de las campanas de la madrugada.




Qué descripción tan precisa y poética de la Navidad. Muerte lenta, cálida, veneno dulce y embriagador de lo que nunca fué.
Un saludo.
Decía Séneca que muchas cosas no nos atrevemos a emprenderlas, no porque sean difíciles en sí, sino que son difíciles porque no nos atrevemos a emprenderlas. Llevaba razón. Nadie nos obliga a ’sufrir’ las fiestas, ni las personas que merecen tener la suerte de conocerte te van a dejar de querer por revelarte frente a lo establecido.
Aprovecho para recordarte una frase maravillosa de tu amigo Dragó, “para decir ‘yo quiero’ primero hay que aprender a decir ‘yo’. ” y te invito a que el próximo año pases las mejores navidades de tu vida (sólo superables en años sucesivos) pasando bajo el cartel de “haz lo que quieras” que Fernando Savater escribió para Amador.
Las gélidas aguas de Alborán no contienen belenes, ni turrones, ni los pastores de hace 2000 años tocan las panderetas, pero también celebran el año nuevo.
http://ppma.superforos.com/viewtopic.php?t=28
Besos.
Llevo desde el verano leyendo tu blog, el azar y la búsqueda de París en un buscador me llevó hasta aquí. Aunque he de decir la verdad, y es que llevaba tiempo sin pasarme, supongo que al haber, hace apenas un mes creado mi blog me acordé de éste.
Me gusta cómo narras la navidad, o al menos como la sientes y la manera en que la percibes.
Personalmente, para mí es una época marcada por el consumo, el materialismo y la ilusión de los más pequeños. Para los que ya perdimos esa inocencia da gusto mirar sus caritas y sus ojos brillantes en las cabalgatas.
bueno no tengo mucho más que decir.
Un saludo.
Hola Javi,
Entro a comentar aqui, para no quedarme en la cola. Ya, me conoces colega.
¡Magnifico trabajo!
Un abrazo y venturoso 2009
el cubantico
Javi, qué caro te has vendido, menos mal que vuelves a escribir por aquí.
Me siento completamente identificado. No es por dar envidia, pero yo hace como tres o cuatro años que efectivamente me largo de viaje en esas fechas. Como mucho -y este año ni eso- ceno en Nochebuena con mi familia y desaparezco hasta Reyes. Es como un sueño: cierras los ojos y cuando vuelves ya se ha pasado este coñazo.
Un abrazo.
VAYA QUE SE SIENTE QUE TE ADULEN TANTO
POR QUE NO ESCRIBES MEJOR SOBRE LOS TECHOS DE CARTON Y LAS CARENCIAS , DE LAS PERSONAS IMIGRANTES
A Paloma:
Mejor no puedo escribir, hago lo que puedo. Si por mejor te refieres a escribir con mayor benevolencia… Lo siento, no pretendo herir a nadie. Sólo escribo mi verdad, tal como yo lo percibo desde mi posición alejada y subjetiva.
Sí que me adulan. Quienes gustan de criticarme al final acaban por aburrirse porque escribo tan poco que no tienen por donde prender.
A los demás:
Gracias por adularme, je, je. Yo también os quiero.
“La niñez y el juguete nunca mueren” -escribí hace muchííísimo tiempo en un poema. Lo mismo pasa con LA Navidad.
No importa que la sociedad de consumo y mal gusto intente deformarla. Deja que “tu Navidad” permanezca inocentemente virgen -auque sólo sea en el recuerdo- ajena a manipulaciones de marketing y demás inventos yankis.
Un abrazo desde Berlinfrío.