Sábado por la tarde
Lunes, 19 de Enero de 2009 por Javier Redondo Jordán

Era uno de esos sábados por la tarde en los que uno desayuna a la hora de comer. Privilegios de vivir solo, o, en mi caso, en compañía de cuatro individuos que no te piden cuentas. Me había acostado tarde escribiendo y amanecía más tarde todavía. Si no me daba prisa, el sol echaría el cierre. Me abrigué bien. Este invierno, que muchos prometían cálido, ha dejado nevadas que han paralizado Madrid varios días. Tanto heló que un día el reloj del ayuntamiento de Pozoblanco amaneció congelado, el pobre sólo pudo aguantar hasta la una y cinco de la madrugada. Y es que las heladas de la sierra calan hasta las tripas del tuétano.
Ya en la calle, vi que un tipo con los hábitos de acólito rojillo se me acercaba haciéndome señas a diez metros. Hasta que no estuvo a poca distancia no le escuché preguntar si tenía uno papel. Me disculpé, más por mis pintas, que a todos los hippies induce a error, que por no llevar papel. Llevar el pelo largo parece sinónimo de fumar porros, o al menos de tener con qué fabricarlos. Fumar fuma hoy día todo el mundo, por pijo o señorita que se sea, pero son sólo los hippies quienes lo hacen a diario. El resto acepta un par de caladas del canuto cuando rula. De ahí que si buscas papel no lo vas pidiendo a quien sabes que fuma esporádicamente, sino al que aparenta fumarse a Dios por los pies todos los días. Antes les decía que no, que no fumaba, y me miraban perplejos, como si se les hubiera aparecido el Che delante. Ahora, para que no caigan de hinojos frente a mí, simplemente les digo que no, que no me queda, y así se quedan más tranquilos.
Después del encuentro con aquel espontáneo, según me dirigía hacia el centro, me llegó el aroma de la marihuana. Se trataba de un olor que no se desvanecía. Toda la calle apestaba a la hierba feliz, como si estuvieran quemando una cosecha entera de cannabis a la vuelta de la esquina. Aquella ocurrencia me pareció bastante divertida, y me estuve riendo hasta llegar a la altura de Carretas. Desde allí divisé el hervidero de Sol de los sábados. Resulta que éstos son el día oficial de la semana para manifestarse. Y ése tocaba protestar por los ataques israelíes a la zona de Gaza.
Toda la extensión del kilómetro cero se encontraba atestada de jóvenes con las ropas raídas y pañuelos palestinos al cuello que coreaban ripios que venían a justificar otros holocaustos, entre otras barbaridades. Banderas palestinas ondeaban al relente, incluso pancartas en árabe sostenidas por ilustres actores de nuestro cine nacional, ellos siempre al quite. Tal vez el tufo a marihuana proviniera de allí. Justo en el momento en que me mezclaba con las demás obreras del hormiguero, un zángano se encaramaba como una garrapata a las patas del caballo de Carlos III y desplegaba un cartel que acusaba de asesino a Israel. Pobre muchacho, casi se mata subiéndose ahí arriba. Algo hay que hacer cuando se es joven y no se tiene nada por lo que luchar. Hay quien necesita de consignas colectivas para lavar su conciencia. Habría sido el primer mártir no palestino de la causa.
Lo que no sospecha ese muchacho es que los oprimidos y los pobres son dignos de compasión, pero poco más, del mismo modo que los poderosos y los ricos son dignos de admiración, pero poco más. Uno puede patalear hasta hartarse porque no le gusta el mundo en el que ha nacido, pero de poco le sirve esa rabieta a los que les llueven las bombas en los tejados. Los perdedores de las guerras no son los buenos, ni los vencedores los malos. Las guerras no las gana la maldad, sino los más fuertes y mejor preparados. Aquí en España aún seguimos sangrando por esa herida, mal que nos pese. Y es que, desde el preciso momento en el que uno de los contendientes empuña un arma para zanjar una disputa, el motivo de la discusión se banaliza, pierde su sentido, porque cualquier estúpido sabe apretar un gatillo y quitarse de en medio a todo aquél que le lleve la contraria. Ambos pueblos, palestinos e israelíes, llevan tantos siglos guerreando entre sí que han olvidado ya por qué aquellos desiertos merecen tantos cadáveres jóvenes. Son las gentes que habitan estos días entre escombros, humo y metralla quienes me inspiran lástima, de la misma manera que me la inspiran los civiles israelíes muertos en atentados suicidas palestinos. ¿Impedirá que sigan las matanzas si uno enarbola una pancarta y grita al compás de la multitud en la Puerta del Sol? ¿Evitará así que los generales y sus manos armadas diezmen una población que de muy antiguo riega aquella tierra baldía con sangre de niños?
Lo dejo por hoy. Escribir sobre estos asuntos es tinta derramada inútilmente. Me volví a casa. Curioso que aún permaneciera ese extraño rastro de marihuana en el ambiente.




No nos dejes tanto tiempo sin palabras
No nos dejes tanto tiempo sin palabras
A pesar del escepticismo, de que pueda o no servir para nada, de que nos hagan o no caso, creo que utilizar lo que nos queda -la palabra-, opinar, denunciar, alzar la mano y la voz, nos humaniza, nos hace sacar un resto de dignidad, mientras que el silencio de alguna forma nos hace cómplices. Otra cosa es que hay formas más inteligentes de empuñar la palabra que los maniqueismos de pancarta y rima.
“Ambos pueblos, palestinos e israelíes, llevan tantos siglos guerreando entre sí que han olvidado ya por qué aquellos desiertos merecen tantos cadáveres jóvenes”
¿Tantos siglos? Eso es imposible: los israelíes existen desde 1948. Y no son un “pueblo”, son rusos, alemanes, norteamericanos, argentinos… que por practicar la religión judía se consideraron en el derecho de colonizar Palestina para crear un estado judío. El pueblo palestino tampoco existía como tal (eso de los pueblos es una invención), es lo que se ha dado en llamar a los que por aquel entonces habitaban ese territorio, y por extensión sus descendientes.
Perdón por la puntualización, y saludos.
Buenas Javi:
Es bien lógico que la gente que se apellida progre se cubra su delgado cuello con una palestina. En sus ideales está defender al más débil, por el mero hecho de serlo. Con ésta premisa lanzan gritos contra Israel y alborotan plazas céntricas con tal de hacerse ver y oir por los medios. Me pregunto si alguien hiciera lo mismo pero cambiando Hámas por ETA, ¿qué ocurriría? Como hay que solidarizarse con el pueblo palestino por ser blanco de misiles Israelíes, hago una analogía con el caso en el País Vasco: España, según ellos es el enemigo y el malo, mientras que los etarras son corderitos blancos en un anuncio de suavizantes. En éste país lo que ocurre es que con tal de hacer ruido la gente se manifiesta por nada, como tu bien dices por mucho que se encaramen a una estatua o llamen asesinos al pueblo israelí la guerra no cesará.
Es una lástima que lleven en guerra desde tanto tiempo, pero cuando la religión nubla la mente de las personas, éstas hacen cosas que incluso Dios les haría picadillo.
Respecto al tema del papel, yo estoy pensando en montar un quiosco xD.
Sigue escribiendo, me gusta.
ME GUSTA LO QUE DICES O SOLO ES MELANCOLIA PURA Y DURA EN FIN , SIGUE ESCRIBIENDO ME ABURRO MENOS :P
A El Club Boh:
Intentaré prodigarme un poco más… Siento las ausencias.
A Carlos J.:
Totalmente de acuerdo. Aunque si me manifiesto no es por dignidad, sino por mostrar que uno tiene algo de sangre en las venas.
A Rubén:
No voy a darte clases de Historia aquí. Lee la Biblia, sobre todo la parte del Génesis en la que Abraham sale de Ur hasta la caída de Jericó. Si resulta que no te crees lo que dice el Libro, coge entonces cualquier publicación de Historia Antigua. Me alegra que alguien disienta. Sigue por aquí, por favor.
A Kike:
Sí, son casos parecidos, aunque el matiz de la religión agrava cualquier conflicto. Gracias, te alabo el gusto, je, je.
A Paloma:
No te aburras, lee, escribe, pinta, toca, baila, crea.
Abrazos y agradecimientos reiterados a tod@s por dejar vuestros comentarios.
Javi
Algo de idea tengo de lo que cuentan los libros de Historia Antigua (las licenciaturas en Historia no las regalan), lo que quería destacar es la obviedad de que los israelíes de ahora no son los de entonces. Son otros, que rezan al mismo dios. Por lo tanto, invocar la Historia Antigua –y peor aún, la Biblia- para justificar limpiezas étnicas de ahora es perverso. Para comprender lo que pasa ahora es mucho más útil cualquier libro de Ilan Pappé. Un abrazo.
A Rubén:
Si llego a saber que eres licenciado en Historia me echo mano a las pistolas y me busco un testigo. La referencia bíblica la utilicé como justificación de la invasión por parte de Israel en tierra palestina (utilicemos para entendernos su nombre romano, que nada tiene que ver con sus posteriores acepciones musulmanas) desde el principio de los tiempos; y en absoluto como justificación religiosa. Religión y sensatez nunca hiceron buenas migas, y mientras no partan Jerusalén en dos me temo que el asunto no tiene solución. Me anoto el nombre de Ilan Pappé. Gracias. Abrazos.
El problema es El Hombre, no los territorios ni las etnias.
Un beso de luz . . . al Universo !
Desde el minúsculo Berlingris.