Llegar cuando las luces se apagan
Lunes, 26 de Enero de 2009 por Javier Redondo Jordán

Chus Lago al lado de la estaca que marca la posición 90° 0’ 0’’: el Polo Sur Geográfico
Hoy estaba melancólico y me he acordado de una noticia que vi en un telediario nocturno hace unos días mientras cenaba. Se trataba de Chus Lago, la tercera mujer del mundo en subir al Everest sin oxígeno. También había coronado con éxito los picos más altos de la Unión Soviética. Sin embargo, aquéllos no eran más que logros pasados, ahora acababa de llegar del Polo Sur, donde en el transcurso de dos meses había atravesado 1100 kilómetros andando en solitario, sin trineo ni perros ni ayudas externas. Lo verdaderamente desolador fueron sus palabras. Contaba que, después de atravesar la Antártida y llegar a la posición 90° 0’ 0’’, el Polo Sur Geográfico, descubrió, con absoluto asombro, que tras la estaca de bronce que señala el kilómetro cero de todos los meridianos, se levanta una inmensa ciudad industrial. En contra de la idea que uno pueda formarse del último confín de aquel vasto desierto blanco, lo cierto es que allí abajo el ruido de máquinas y la actividad humana ensordece el silencio eterno de los hielos. Otra mujer, al parecer una trabajadora de aquel monstruo de acero que emergía de la nieve, la descubrió vagando desorientada por entre las naves y le informó de dónde debía acampar.
Muy atrás quedaban las hazañas de Amundsen y Scott. Este último escribió dos de las páginas más trágicas de la exploración geográfica en los viejos tiempos de los descubridores del XIX. Sus esfuerzos y su férrea voluntad sólo le permitieron llegar tarde a su cita con la gloria. Cuando la brújula no podía marcar una dirección más al sur, avistó una tienda de campaña en medio de la nada blanca, que se apoyaba sobre un estandarte en el que ondeaba la bandera de Noruega. Puede uno imaginarse a aquel hombre llorar amargamente, presa de la frustración, leyendo la carta que Amundsen, líder de la expedición noruega, le había dejado al pie de la estaca.
“Querido comandante Scott: Como usted será probablemente el primero en llegar aquí después de nosotros, ¿puedo pedirle que envíe la carta adjunta al rey Haakon VII? Si los equipos que hemos dejado en la tienda pueden serle de alguna utilidad, no dude en tomarlos. Con mis mejores votos, le deseo un feliz regreso. Sinceramente suyo. Roald Amundsen.”
La carta estaba fechada sólo un mes antes.
El regreso del equipo de Scott al campamento base se tornó imposible a cada jornada. Derrotados por el frío, el hambre y el desánimo del fracaso, asediados por las congelaciones, las gangrenas y la muerte de uno de ellos por una caída, los héroes se vieron prisioneros de la inclemencia del temporal que los envolvía. Scott escribió en sus últimas horas una carta a su esposa en las páginas de su diario.
“Viernes, 29 de marzo. Afuera, delante de la puerta de la tienda, todo el paisaje es una terrible ventisca. Resistiremos hasta el final. La muerte ya no puede estar lejos. Es una lástima, pero no creo poder seguir escribiendo. […] Querida, no es fácil escribir por el frío (setenta grados bajo cero y únicamente el resguardo que nuestra tienda nos ofrece). Sabes que te he amado, sabes que mis pensamientos han estado siempre dedicados a ti y, oh querida, debes saber que lo peor de esta situación es pensar que no volveré a verte. […] Qué de cosas podría contarte de este viaje. No sabes cuánto mejor ha sido tener que renunciar a tu hermoso rostro (cuántas aventuras que contar a nuestro hijo, pero, oh, a qué precio) que quedarse en casa cómodamente en el sofá. […] Dios te bendiga, cariño. Intentaré escribir más tarde.”
Más tarde sólo pudo tachar una palabra. Donde previamente había escrito “envíen este diario a mi esposa”, lo sustituyó por “mi viuda”. Quien escribía aquellas líneas postreras no era ya Scott, sino el albor de un mito, un hombre que con su gesta trascendía su propia existencia. Era Ulises susurrando a los dioses del viento las últimas palabras de aliento para Penélope y su único vástago, Telémaco. La vida lo había vencido, la eternidad aguardaba en los versos de las baladas de los poetas.
Al año siguiente, en la primavera de 1912, otra expedición halló sus cadáveres. Se encontraban a escasos kilómetros de uno de los depósitos de alimentos con los que debían abastecerse a la vuelta.
De vuelta en España, Chus Lago declaraba en el aeropuerto a los medios que, cuando contempló aquella colosal base en el Polo Sur, tras haber cruzado la Antártida durante dos meses a solas con la inmensidad y el vacío de la tierra de los hielos, tuvo la sensación de llegar un siglo tarde.
Descorazonador, pero cierto. Es una reflexión que me ha asaltado en muchas ocasiones en distintos lugares. Llegar tarde. Llegar cuando las luces se apagan, en palabras de Mauricio Wiesenthal. Lejos, y muertos, quedaron en la marea del tiempo aquellos buscadores de lo desconocido con alma de poetas. Un tiempo glorioso y trágico a la vez que, por desgracia, murió con ellos.

La imagen de la desolación: la bandera noruega ondeaba ya cuando Scott llegó al Polo Sur




Hace mucho tiempo que no leía algo tan bonito y tan bien escrito.
Te deseo lo mejor.
Un abrazo.
Alba
Sinceramente maravilloso y profundo.Hace tiempo que siento que llego tarde a ciertas citas de mi vida. Generalmente pierdo el tren ocupada en cosas triviales.
Me gusta mucho tu blog. Te sigo.
Besos
me habia olvidado de presentarme
Estimadas Alba y Lascivia:
Gracias por vuestros comentarios. Siento no escribir demasiado, esto va por épocas. Gracias, no obtante por leer lo que cae.
Abrazos.
hace años que el Polo Sur ha sucumbido al turismo, desde Punta Arenas llegan excursiones de un dia , dos , o tres en aviones charter , a un precio de30 a 60.000 euros.