Alergia de Madrid
Viernes, 13 de Febrero de 2009 por Javier Redondo Jordán

11 de febrero. Día primero de alergia. Anoche empezaron a irritárseme los ojos y hoy, en el transcurso de la mañana, las tuberías de mi nariz sufrían una fuga de mucosidades que iba cada vez a más. Resulta patético mantener una conversación en el trabajo cuando tienes un surtidor de fluidos transparentes encima del bigote.
Ya es primavera, pues; aunque el planeta esté a poco menos de la mitad del camino hacia su equinoccio. Lo que ocurra en las estrellas me trae sin cuidado. Me fío más del aroma de los brotes en las ramas de los árboles y de las flores en agraz, de la brisa fresca que prende las mejillas de las muchachas, del rumor de los gorriones en las plazas de la Villa, del fulgor del sol sobre los bulevares de la Castellana.
Las calles de Madrid se me antojan un lugar acogedor para vivir. Eso lo dice alguien que duerme bajo techo cada noche, aunque también alguien que ha dormido más de una vez al raso y que ha pasado alguna madrugada lluviosa al amparo de los soportales de las plazas. Puedo asegurar que los riñones sufren igual tras un sueño desvelado sobre un lecho de cemento desnudo que de mármol pulido. Y, en verdad, para uno, que a fuerza de algunos años de recorrer las mismas calles diariamente conoce a los habitantes de las aceras, las esquinas y los bajos de los edificios, su mera presencia supone un destello de la calidez del hogar.
El mundo gira sin freno. Otra vuelta más, pero quienes surcamos sus calles seguimos siendo los mismos, como si Madrid fuese el eje de giro y no le afectara su impulso centrífugo. Quienes antes mendigaban en las escaleras de los cines, ahora acostumbran hacerlo en la calle del Carmen, cerca de donde un músico viejo cimbrea la tarde al contacto de su arco con el chelo. A otros los veo, cuando paso a su lado, leyendo The Sun con sumo interés, y me pregunto de dónde lo habrán sacado. Los trileros se turnan con los magos para hacer desaparecer billetes de veinte euros ante el asombro de los viandantes curiosos de Preciados; junto a ellos, los músicos agitanados del Este se menean al compás frenético de un número de swing, mientras, en una bocacalle aledaña, un padre y su hijo afinan sus dulcémeles para la jornada que comienza cuando las sombras se alargan.
Verlos todas las tardes en el mismo lugar, año tras año, ejerce en uno cierta sensación de arraigo y solidez de la realidad. Como si necesitara uno la presencia de ciertos pilares rutinarios y esenciales bajo los que cobijarse cuando todo a su alrededor se derrumba. Que estos mendigos, magos y músicos callejeros existan es la única prueba que tiene uno de que la medida del tiempo es igual para todos, de que pertenecemos a la misma realidad. Sus barrigas engordan, les crecen las guedejas y se reúnen entre ellos, conspirando tramas oscuras, creando frágiles alianzas. Contemplar sus devenires día tras día es contemplar la propia existencia desde la perspectiva ajena. A mí al menos me sirve para convencerme de que no vivo en un sueño, de que la vida corre igual para todos.
Son pensamientos que me obsesionan desde niño. Nuestras vidas, las suyas y la mía, se exponen brevemente a los ojos del otro en los segundos que emplea uno en doblar la esquina cada día y se antojan independientes unas de otras. Si para mí representan la vida de la calle como una metáfora del tiempo real, para ellos yo no seré más que ese tipo que pasa por allí al atardecer siempre sobre la misma hora. Estoy seguro de que, si algún día me decidiera a acercarme y saludar a cualquiera de ellos, no harían falta presentaciones, pues todos los que poblamos el centro de Madrid nos conocemos ya de sobra. Uno de los violinistas, sirva de ejemplo, el único que nunca falta a la cita vespertina en la calle Preciados, es húngaro. Lo sé porque una vez le eché unas monedas en la funda del violín y aproveché para intercambiar un par de frases con él. Se llama Stefan, y me sorprendió que apenas chapurreara el español, porque en ocasiones lo he visto charlar con sus colegas. Esa breve conversación sólo sirvió para acicatear mi curiosidad. Un atrayente halo de misterio lo envuelve, y a veces me pregunto qué le habrá traído tan lejos de Hungría. Un verde de éstos que acosan a los peatones de Preciados me contó una vez que circulaba la leyenda de que había sido el violín solista de la Orquesta Filarmónica Nacional Húngara. Nadie sabe muy bien qué hace aquí entonces, tocando al relente cada tarde, solo o acompañado del cuarteto de cuerda, el mismo repertorio de cinco o seis piezas tristes en la calle. Tal vez huyó del yugo comunista. O quizá fuese una mujer quien alentara su periplo. Sería un buen personaje de novela, en cualquier caso.




Sabes, Javier, que yo he escrito hace tiempo un relato de nueve páginas (D-4) dónde hablo precisamente de un violinista húngaro-judio que tocaba en la calles de Berlín.
La figura es inventada: El violinista de mi historia no existe.
Abrazos mil
Trigolimpio