España a la vuelta (y III): Un café con porras, por favor
Domingo, 28 de Septiembre de 2008 por Javier Redondo Jordán

Las cosas siguen donde estaban, donde siempre han estado. El joven rubicundo con los brazos amputados a la altura de la clavícula berrea haciendo tintinear monedas en un vaso de plástico que utiliza como cepillo, la vieja del pañuelo negro, con la espalda quebrada, sostiene en vilo la tapa de una caja de zapatos, junto a la calderilla una caja de Gelocatil. Me cruzo con el mendigo nórdico del Cine Callao. La mirada azul se le hunde entre las greñas grasientas y las facciones abotagadas de vikingo ebrio. Trae una bolsa de basura negra y una lata de cerveza en sendas manos. Va solo, sin aquella chica, también indigente, que venía acompañándolo desde hacía meses al pie de las escaleras del cine. Unos pasos más adelante reconozco entre los transeúntes al mago argentino que de vez en cuando hace desaparecer billetes de veinte euros en la parte baja de Preciados. No lleva maquillaje ni el pañuelo en la cabeza. Tampoco el traje verde de lentejuelas. Ahora viste camisa de lino clara. Se conoce que le va mejor que al vikingo. Al menos la magia le da para librar en días de guardar.
Hileras de sábanas blancas se extienden a lo largo de toda la calle Preciados hasta donde la vista alcanza, cada una acechada por un africano de negritud brillante y alerta, con el cabo de una cuerda tenso en una de las manos, mientras que con la otra coloca y ordena la mercancía en exposición. La multitud pulula alrededor de las sábanas sucias, desplegadas sobre el pavimento, los ojos dirigidos con suficiencia y desinterés hacia el suelo. He visitado muchos países en el último mes, y en ningún lugar me he topado con tanta gente junta. Tampoco he visto vender música, películas ni artículos de imitación sobre los adoquines de las calles, y puedo asegurar que no vengo de países florecientes donde no se mercadee en puestos callejeros, aunque jamás con semejante insolencia, en pleno centro de la ciudad, bajo las narices de la policía. Algo parecido ocurre en la calle Montera, donde las chicas de saldo y esquina pasean con arrogancia el género frente a la puerta de la comisaría. Sólo a quien no tiene nada que perder le quedan los redaños suficientes para exponerse tanto.
Hablo como un viejo, y sin siquiera peinar canas todavía. Tal vez por eso se me sigue esponjando el corazón cuando escucho el sonido amortiguado de los violines del Invierno de Vivaldi flotando entre las cabezas del gentío. Ahí están, como cada día, a media altura de Preciados, los músicos de siempre, interpretando el mismo repertorio año tras año. Apenas han cambiado desde que los descubrí por primera vez una noche en la calle del Carmen, y a pesar de ello el influjo que consigue subyugarle a uno sigue teniendo el mismo impulso instintivo, imperioso. Oyéndolos el espíritu reposa tranquilo al fin, porque se sabe de nuevo en donde pertenece, reconfortado por tonadas antiguas.
Uno de los violinistas es húngaro, y sorprende verdaderamente que los elementos que conforman los cimientos de la vida diaria de uno sean en su mayoría extranjeros. Sin ir más lejos, tengo trato frecuente en el trabajo con dos japonesas y una ucraniana, convivo además con un alemán, un mejicano y una rusa, y los pisos en donde vivo están habitados por ecuatorianos, norteamericanos y otras nacionalidades que sólo puedo llegar a adivinar cuando los oigo vociferar a través de las ventanas o al cruzarme con ellos en las escaleras del portal.
Tales pensamientos ocupaban mi mente aquella tarde, y con eso tuve que conformarme, porque el sol caía tras el Capitol de Schweppes cuando me di por vencido y abandoné mi búsqueda infructífera de un bar en el centro de Madrid en el que quedaran porras. Tendría que esperar a la mañana siguiente para disfrutar del tan anhelado desayuno madrileño en el bar debajo de mi casa. Mientras daba cuenta del objeto de mis sueños en la barra, un chino se sentó a mi lado, alzó la mano hacia el camarero y pidió: «un café con porras, por favor». Lo hizo con toda naturalidad, como cuando pides un rollito de primavera en La Gran Muralla de tu barrio. El círculo se cerraba. Será verdad aquello de que los tiempos están cambiando. O no.



