Inventario de Burgos
Viernes, 16 de Octubre de 2009 por Javier Redondo Jordán

Había ido a Burgos para firmar el contrato de un libro de encargo. Estábamos a finales de septiembre, y en las riberas del Arlanzón soplaba ya entre los sauces una ventisca precoz que parecía burlarse de mi falta de prevención a la hora de elegir la ropa de abrigo. Burgos parece esforzarse por permanecer fiel a unos cánones medievales, que debe de ser la fórmula que ha encontrado para darse postín y atraer al turismo catedralicio, amante de los rastros esotéricos en las molduras de la piedra. Atraviesa uno el Arco de Santa María, entrada principal al casco histórico de la ciudad, y enseguida se ve envuelto en la música de flautines y guitarras de los trovadores, los teatrillos de marionetas surgen por doquier y los malabaristas ejecutan sus números entre los aplausos de la congregación. Al menos constituye una buena forma de ganarse la vida para hippies y okupas, que al fin y al cabo es al circo itinerante, como mucho, a lo que dedican su juventud.
Más allá del río, fuera de la ciudadela, sin embargo, la ciudad me recuerda a un pueblo venido a más. Caminando por una de sus calles principales me di de bruces con un paso a nivel que justamente bajaba la barrera a mi paso, en medio de gran algarabía de sirenas. Un viejo tren de mercancías, juraría que a vapor, cruzó entonces, renqueante, artrítico, con el chucuchú de las películas de época, a escasos metros de donde me hallaba. Luego se levantó la barrera y atravesé las vías de un par de zancadas, mientras contemplaba cómo se alejaba la cola de los últimos vagones del convoy, ensombrecidos con la pátina sepia de la posguerra, preguntándome si esa sensación mía de que Burgos vivía de glorias pasadas era gratuita o no.
Llegué a la hora estipulada al palacete que sirve de sede al Instituto Castellano y Leonés de la Lengua. Allí me reuní con un hombre alto y de rasgos amables, a todas luces el subdirector de la fundación, que me invitó a un despacho de amplios ventanales, donde me explicó las condiciones del libro que uno debía escribir, el Inventario de Fernando Sánchez Dragó. Se trataría de una obra de investigación y documentación que entraría a formar parte de los Inventarios, una colección que el Instituto ha sacado adelante durante años con la ambición de condensar en un solo volumen la relación de todo lo publicado por el autor al hilo de su trayectoria literaria. Precedentes de esta colección han sido los escritores castellanos Raúl Guerra Garrido, Jesús Hilario Tundidor y Antonio Colinas.
Me daban un año de plazo para entregarlo. Casi se me escapa una carcajada. Cuán largo me lo fiaban. En un año les podría escribir cuatro libros, si hiciera falta. Firmé sin mirar demasiado la cifra de los honorarios, que no estaba mal para lo que se estila en las publicaciones académicas. Algo es algo, menos da una piedra. Y si es canto, date con él en los dientes. Algo era, en efecto, y demasiado, para la condición de uno, que no pasa todavía de simple meritorio en esto de la literatura.
De allí salí a escape para ver la ciudad. La catedral de Burgos es verdaderamente portentosa. Poco tiene que envidiar a otras extranjeras, góticas también, de mayor nombradía. Tanto más espectacular a esa hora de la tarde en que la luz oblicua perfila las aristas de las fachadas románicas e inflama las filigranas de las torres góticas, dotándolas de formas y volúmenes inquietantes y grotescos. No creo que exista mejor momento que el atardecer para apreciar la verdadera naturaleza de las cosas, cuando la luz sesgada hace aflorar las sombras, tornando la piedra gris en gama de ocres. No existiría el relieve sin la penumbra y las tonalidades que se derivan de la proyección luminosa. Y es precisamente el relieve lo que permite diferenciar lo valioso de lo insignificante, lo ambiguo de lo obvio, lo extraordinario de lo común, lo esencial de lo accidental.
Se conoce que no tiene uno remedio. Siempre he encontrado más placer en la cara oculta de la luna, en los tesoros escondidos, en el privilegio íntimo de los secretos, en el discernimiento de esas frecuencias ensordecidas por el tumulto ambiente de las que hablaba ayer. No en vano los antiguos, con sólo ver la sombra que proyectaba una pirámide, alzaban la mirada al firmamento y eran capaces de desentrañar las verdades de las estrellas.




Javier,
Burgos tiene un encanto muy “castellano viejo” que me inspira.
Ahora se está llenando de rumanos, no precisamente gitanos. Casi todas las camareras de los cafés de la plaza de la catedral son rumanas. Parecen españolas pues, al no ser gitanas, no son tan morenas, sino castañas y de piel clara.
Estuve en Burgos hace dos años y no noté este cambio, tipo “invasión”, que he mencionado. Fue al hablar con estas camareras cuando me di cuenta por el acento de que no eran españolas. Me contaron que en Burgos viven muchos rumanos y que algunos ya se han comprado piso y todo: Pagándolo a plazos, como se hace en España !
Me fui andando desde la catedral hasta el Monasterio de las Huelgas, casi todo el tiempo a la orilla del río llena de sauces, y me dejó un recuerdo muy agradable porque no había ni turistas ni excursionistas. Sólo se veía a algún peregrino que otro, de vez en cuando.
Era el mes de Julio y a la hora que fui el monasterio estaba cerrado, cosa que me alegró.
El pueblo, o como quiera llamarse el lugar donde está el monasterio, estaba vacío. Sólo un par de cigüeñas acentuaban la tranquilidad. Pero encontré un bar-restaurante, también vacío, donde pude comer tortilla de patata y unos pinchos de morcilla que me supieron riquísimos.
Burgos siempre tendrá algo especial con su Cid Campeador y la catedral tan gótica y erguida como una espiga gigante esculpida en el pasado glorioso de la vieja Castilla.
Trigolimpio