Caballitos de madera
Jueves, 22 de Octubre de 2009 por Javier Redondo Jordán

Navegando un poco a la deriva, arribo al blog de Marta Rivera de la Cruz. Entre sus méritos destaca el haber sido finalista del Premio Planeta en 2006, y no pasará mucho tiempo antes de que se alce definitivamente con el galardón literario más espléndido de las letras españolas. Excepciones aparte, parece ésta la única vía posible para los escritores jóvenes de hacerse con el premio de premios. El último ejemplo lo tuvimos el otro día con Ángeles Caso. Finalista en 1994, ha ganado el Planeta quince años después. Y no es el único caso (discúlpeseme la humorada). Entre otros beneficiarios de ambas categorías figuran Fernando Savater, Maria de la Pau Janer, Fernando Schwartz, Fernando Sánchez Dragó y Mercedes Salisachs (finalista en dos ocasiones), entre otros.
No es la primera vez que recalo en su territorio. Marta Rivera de la Cruz vende. Y es la clave de ese éxito lo que rebusco entre los renglones de su blog. Sus textos hablan de su vida diaria con simpleza, sin alardes, como si lo hubiera escrito a vuelapluma mientras esperaba el taxi. Hoy he hecho esto, luego he ido a la radio y me han entrevistado, también he hablado con éste y con el otro, ayer me enviaron un libro que estoy leyendo, acabo de ver esto en la televisión y me ha sorprendido. Ese tipo de cosas. Tal vez deje la literatura para sus novelas.
Pero esta mañana, mientras ojeaba inopinadamente el último de sus artículos, que trataba sobre su viaje a Lugo durante el puente del Pilar, me he tropezado con estos versos:
Pegasos, lindos pegasos,
caballitos de madera.
Yo conocí siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.
Y siento crujir de huesos en la memoria, como si una criatura latente, anidada en la cabeza, el corazón y la piel, rompiera el cascarón, desentumeciendo sus miembros, irguiéndose y creciendo en mi interior hasta ocupar cada centímetro de superficie, cada célula de mi cuerpo, desde la punta de los dedos hasta la nuca. Leo los primeros versos del poema y me descubro con asombro recitándolo sin necesidad de comprobar el final. El aire se llena de esencias antiguas, de colonia y sudor infantil, de virutas de goma de borrar y lápiz recién afilado, de pegamento, plastilina y ceras de colores. También noto el tacto del grafito sobre el papel mientras el lápiz recorre cuadro a cuadro la caligrafía del cuaderno de muestra. No se trata de un recuerdo nítido, ni siquiera puedo ubicarlo en una imagen concreta, pero escucho con claridad un sonido característico al arrastrar sillas de metal con asiento de madera sobre el suelo de baldosas moteadas, sincopado con las sirenas del recreo, el jaleo de los niños, como una plaga de langostas, incluso el llanto de algunos. En una pared de ese colegio, no puedo precisar si en el aula, en el recibidor o en un pasillo, hay un panel de corcho con letras sonrientes, de un color distinto cada una, que forman unos versos. Son de Antonio Machado. Cada mañana, la señorita nos hace cantarlos, como una salmodia, como una extraña invocación que nos reafirmara en nuestra niñez, prolongándola para siempre.
Fue un fogonazo. Brilló en la oscuridad menos de un segundo y se extinguió como si nunca hubiera existido. No recordaba ese poema. Ni siquiera que fuese de Machado. El recuerdo siempre es consciente, no así la memoria. Y ésta atesora más cajones de los que somos capaces de recordar. Jung dedicó su vida a profundizar en el estudio del subconsciente, ese rincón oscuro, aletargado en las simas de la memoria, que ha cortado sus lazos de unión con la consciencia. En su seno alberga reminiscencias secretas a las que no se accede mediante la razón ni las llaves comunes, sino que poseen su propio idioma, basado en símbolos, imágenes y fórmulas determinadas. Es éste un idioma inescrutable, básico, instintivo, reptiliano, que responde a estímulos sencillos, como un mecanismo actúa al pulsar su resorte: si te pinchan, duele; si quema, apartas la mano.
Y si lees un par de versos, vuelves a ser por unos instantes ese niño que fuiste y ya no tienes la capacidad de recordar.




Javier, qué gozada !
Ya te dije en cierta ocasión que me inspiras. Y me vienes muy bien, pues hace mucho tiempo que por vivir exiliada del idioma materno ( y paterno ) no me motivaba nada el escribir.
Para qué ?
Para quién ?
Intento mis “pinitos líricos” en alemán, pero ni yo misma me los tomo en serio, pues les falta ESENCIA GENUINA, esa leche materna del idioma natal.
Y ahora voy a citarme a mi misma con los versos, sin rima, de un poema mío, titulado “Sensible ausencia”.
Poema que trata de la infancia.
Los versos dicen
“La niñez y el juguete NUNCA mueren.
Se quiebran en pedazos de distancia.
En recuerdos de días no perdidos.
Se funden en el tiempo y en las cosas,
rellenando oquedades y silencios …”
Y no sigo porque el poema en sí no me parece muy bueno.
Era demasiado joven cuando lo escribí.
Javier, como ves, sigo leyendo tus textos con gran interés.
Te diré que lo hago sólamente cuando me siento receptiva y con ganas de leerTE.
Soy una lectora muy “concienzuda” (se sigue utilizando esta palabra en el sentido que se decía hace 30 ó 40 años ?) y cuando leo lo hago, pues eso, “a conciencia”.
Nunca leo por leer.
Un abrazo desde Berlín hoy con luna creo creciente
Trigolimpio