Episodios magdalenienses
Jueves, 29 de Octubre de 2009 por Javier Redondo Jordán

Marcel Proust
Estos episodios magdalenienses se conoce que deben pertenecer a uno de esos incontables lugares comunes de los que se nutre la literatura. Sólo faltaba que alguien con el suficiente genio como para describir el fenómeno con el acierto y la profundidad que diferencia a los inmortales de los demás estableciera sus bases. Anoche, mientras veía una entrevista a Modesto Roldán, pintor de feminidades, en la televisión, me sorprendió ―como a Marta Rivera de la Cruz― que evocara un episodio de este tipo, cuando, sentado en un tablao flamenco, el paladar de una botella de Albagnac le devolvió a la orilla del mar de su infancia onubense. Pero Proust llegó antes que todos nosotros, modeló limpiamente el arquetipo y condenó a las demás generaciones de escritores a jugar al corro en torno a una magdalena.
Días antes, mientras veíamos la tele mi madre y yo en el salón, pasaron el vídeo doméstico de un niño que se movía al ritmo de una canción de Beyoncé, obnubilado ante la pantalla del televisor, que proyectaba las imágenes del videoclip.
Entre la música y los movimientos anfibios del rorro se traslucía el regocijo de los padres, fuera de plano, que asistían divertidos a las monerías de su hijo. Mi madre, supongo que transportada más de veinte años atrás, también sonrió, aunque la suya figuraba más una sonrisa nostálgica. A mí se me vino entonces a las mientes otro videoclip, desdibujado por la distancia que interpone el olvido entre las épocas felices, que compartía cierto parecido con aquél que embelesaba al niño.
Desde que uno era pequeño, siempre ha habido un vídeo en casa. A mi padre siempre le han encantado los aparatos electrónicos, y gracias a eso eché los dientes entre videojuegos informáticos cuando ninguno de mis amigos había visto nunca una maquinita electrónica. Así que de chico tomé aquel vídeo como un juguete más. Solía grabar, ver, borrar y volver a grabar, ver, borrar y grabar otra vez, en el bucle infinito de la cinta de VHS, dibujos animados y cualquier cosa que se me antojara. Recuerdo bien aquel videoclip de Bad, de Michael Jackson, escoltado por una caterva de navajeros de barrio, cantando y bailando en un aparcamiento subterráneo. Lo veía continuamente, reproduciéndolo, rebobinando la cinta y volviendo a verlo. Pasaba tardes enteras sin hacer otra cosa. Cada fotograma de ese videoclip, cada frase de la canción, cada paso de la coreografía, cada golpe de melena, cada gesto de Jackson lo tengo incrustado en el cerebro, como si se tratara de una memoria primordial, cromosómica, antepasada, no vivida. Hace poco, cuando murió víctima del peso de su propio cadáver, pese a la náusea que su aspecto producía en los últimos diez años, me di cuenta de que formaba parte del imaginario de mi niñez, como el olor a plastilina y a goma de borrar, como los versos de Machado.
Volví mi atención hacia la criatura que se movía espasmódicamente en aquel vídeo casero, hipnotizado por el baile de Beyoncé. Para los padres, aquella escena no suponía más que una gracia enternecedora que guardar en vídeo para rescatarla en el futuro de una caja de zapatos una tarde de domingo. Lo que no podían imaginar es que, en ese preciso instante, a cada segundo que transcurría frente a aquel televisor, presenciaban, sin saberlo, la construcción de los cimientos del subconsciente de su hijo. Dentro de veinte años, el adulto que llegará a ser contemplará por accidente ese mismo videoclip y en su cabeza se arremolinarán imágenes difusas de ese panel de plasma, recortado sobre la luz tamizada entre los árboles del ventanal, y rememorará el tacto de la madera de la mesa sobre la que se apoyaba para mantenerse de pie, y el del suelo tibio y gris que sostenía su danza de potrillo recién nacido, y oirá de nuevo las risas de sus padres entreveradas con la voz de Beyoncé y la percusión que una vez hizo cobrar a sus miembros vida propia.
El subconsciente urde extraños lazos en el tapiz del subconsciente. Más de veinte años distan entre el videoclip de Michael Jackson y el de Beyoncé, los mismos años que nos separan a ese niño y a mí.




Es cierto que la música graba imágenes a fuego en el subconsciente. Cierto es que pasado el tiempo, imágenes, música y recuerdos nos hacen salivar regustos de melancolía. Pero lo que no es cierto es que ese niño vaya a sentir todo lo que nos has descrito en el mensaje. Primero porque es tan pequeño que todavía la inocencia no le permite recuerdos del pasado. Es puro. No lo necesita. Segundo, por que Beyonce es carne, mujer, sexo, concupiscencia, erupción de calor, pero música no. Respetemos el concepto. Sobra una tercera razón. Quedó cerrado el círculo. La música deja marcas a fuego. La música digo.
Vaya, veo que vuelves al blog, y que te va todo muy bien, con ese interesantisimo inventario sobre Dragó. Sobre todo por el tipo de trabajo que requiere. Tienes razón cuando dices que hay que hacer las cosas por lo que son, sin pensar en sus frutos. Aférrate a ello;). No creo que necesites mucho más.
Mira, ultimamente me estoy dedicando a rememorar los iconos de mi infancia, comprando CDs de Jackson y demás estrellas pop de los ochenta. Me pierdo en la nostalgia para intentar recuperar el punto a partir del cual una parte de mi vida se torció. Jackson para mi era un tipo mesmerizante, con esa belleza andrógina. Bailes de tipo duro y voz de mujer. Su muerte ha hecho que vuelva a apreciarlo en sus mejores tiempos, que también fueron los del niño que fui. Y a partir de ese punto he ido replanteándome algunas cosas…
Hace ya tiempo que quiero mandarte un mail y no encuentro el momento. Sigo ocupado en obligaciones y algún proyecto en marcha. Me gustaría hacer como tu, trabajar y al mismo tiempo moverme de aquí para allá. Pero de momento sigo pegado a mi hogar en Gandia. A ver si ya pronto empiezo a moverme y nos vemos algún día. La rutina empieza a ser asfixiante.
Saludos, y recuerdos de todo aquello en la India…que cuanto más pasa el tiempo más crece la sensación de que solo fue un sueño.
Estimado Rocigalgo:
¿Te has visto ya en el último libro de Dragó? Tu comentario puede tener algo de razón. Seguiré investigando.
Estimado José A.:
Bueno, todo llegará. Me conformo con saber de ti de vez en cuando. A mí me ocurre que cada vez siento más nostalgia de la India, aunque sea consciente que es un país devastador.
Un abrazo a ambos. Gracias por seguir leyendo año tras año.
Javier, sería de desear que nuestro cerebro ( todavía en pañales ) dispusiera de un “filtro de estructura finísima” para cribar, instántaneamente, todas las imágenes superfluas -y muy nocivas- que, desde nuestra más tierna y manipulable edad, nos invaden. Muchos padres no son conscientes de esta nutrición y, en muchas ocasiones, empachan a sus hijos, incluso lactantes, con todo tipo de imágenes -no siempre tan estéticas, como el cuerpo de Beyoncé- y de ruidos violentos, que muchos llaman música.
A mí esto me parece una violación.
En este caso concreto, a este bebé con “Dodotis” la atractiva cantante le puede estar marcando, de por vida, unas pautas de gusto erótico-obsesivo-sexual que ni él mismo podrá entender, o digerir, en su día.
Todo dependerá de la asiduidad e insistencia con que los padres, no sólo enternecidos por el embelesamiento de su retoño sino también magnetizados por la fuerza volcánica de un ejemplar erótico de este calibre, bombardeen a esta criaturita con ritmos alterados y movimientos “Beyoncé”.
A Proust las magdalenas lo “estigmatizaron” literariamente hasta la eternidad. Esperemos que a este indefenso bebé, el volcán Beyoncé no “esclavice” un mal día sus predilecciones eróticas con la misma intensidad magdaleniense, pero con peores y más indigestos resultados.
Un abrazo desde Berlinfrío