Una esquina del recuerdo
Lunes, 26 de Octubre de 2009 por Javier Redondo Jordán

Al día siguiente de haber anotado lo anterior me topé con este texto en el Do fuir de Trapiello:
«Hoy estuve en Moncloa. Parecía estar esperándole a uno el mundo de 1970. […] Al pasar junto a la boca de Isaac Peral, y si hubiese sido un héroe romántico me habría dado un mareo y habría tenido que agarrarme a un árbol para no caer al suelo fulminado por los recuerdos, pareció surgir de aquella profundidad hedionda aquel mundo que yo creía completamente olvidado. Los recuerdos llegaron en tropel, como hijos de un espasmo imprevisto. [...] Estos recuerdos fueron los que sacudieron durante unos instantes a aquel hombre que súbitamente volvía a tener sus doloridos diecisiete años, sólo por el hecho de pasar delante de una boca de metro.»
Y luego, cuando comenzaba la lectura de Niños de tiza, de David Torres, este otro casi al principio del libro:
«Normalmente sabía cómo guardar la distancia, mantener alejados los fantasmas, pero aquella mañana algo removió en mi interior los recuerdos, como una repentina tormenta de nieve en una bola de cristal. Probablemente fue el olor de las calderas, la neblina, el frío invernal, el espíritu del aceite caliente de los churros flotando en la esquina del mercado. La grasa empapaba el papel marrón igual que la memoria el tiempo.»
Lo curioso de todo esto no es que la lectura de unos versos, la visión de una boca de metro o el olor del aceite caliente en una mañana gélida puedan abrir el escotillón de la memoria a un túnel del tiempo que desemboca en algún lugar ignoto de la infancia. Tenemos el antecedente de Proust y su conocida magdalena en Por el camino de Swann, que sentó cátedra y creó escuela:
«Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo.»
Lo verdaderamente insólito es que todas estas lecturas, todas estas caídas del caballo a las puertas de la niñez, confluyeran en tan breve lapso, apenas un par de días, como casualidades agazapadas al doblar una esquina del recuerdo. A veces el pasado aguarda a estas tardes de lluvia y paraguas rotos, ese momento de mayor desaliento, para castigarnos el hígado a traición, irrumpiendo con fuerza en el presente, como el agua a través de una brecha en el casco de un barco que se hunde.
Quizá el hombre sólo posea un hogar al que regresar en épocas de zozobra, un lugar luminoso y solaz en las más de las ocasiones, la nostalgia cálida de los primeros años. Tal vez por eso los escritores viejos, vencidos ya por el lastre de cuanto han contemplado sus ojos cansados, terminan por rematar su legado volviendo la vista atrás a su edad de la inocencia, esmaltada por la ausencia de miedo, la única forma de felicidad. La única forma de afrontar la muerte.



