Brindis de secretos compartidos
Lunes, 9 de Noviembre de 2009 por Javier Redondo Jordán

Fin de semana en Pozoblanco. Tiempo dedicado a la familia, a recorrer con los ojos y la yema de los dedos los objetos que dejé abandonados en mi habitación cuando me marché a Madrid, a encogerme bajo el calor del mismo embozo que acunó mis sueños de niño, envuelto en la fragancia infantil que aún lo impregna, que permanece intacta todavía. Reencuentros con los amigos de siempre. Tardes de cafés, futbolines y risas en el bar; noches de copas, pubs y charla bajo el calvario de la música, el humo y los haces de luz cegadora.
Por las tardes, cuando bajo temprano por la calle empedrada camino del bar, el cielo nuboso ya tiñe de púrpura sus volúmenes sobre los tejados y envuelve el campanario de la iglesia de Santa Catalina durante esos instantes en los que la luz mortecina ensucia con algodones usados y moratones el lienzo, anticipando la llegada del invierno a deshoras.
La otra noche, mientras el ruido de la música enmudecía las palabras, un buen amigo me confió un secreto. No me conminó a guardarlo antes de contármelo, tampoco después de haberlo hecho, y eso dice mucho más de él que de uno. Que depositara su confianza en mí me halagó, más tratándose de un secreto de tal calibre, aunque me dejó en el paladar la sensación de no ser merecedor de su complicidad a tenor de nuestra relación, ensombrecida en los últimos años por mis largas ausencias y mi nula dedicación. Sentí, de este modo, que su revelación era gratuita, acaso las rentas de lo sembrado tiempo atrás. Hay amistades que ya no le piden a uno nada a cambio, sino que su fidelidad estriba en la pureza de sus intenciones, en la nitidez de sus intereses, en la inexistencia de sus objetivos. Me parecen éstas la forma más cercana al amor verdadero, incondicional y desprendido. Aquella noche era la desembocadura de varias semanas sin vernos y de años sin que las confidencias protagonizaran nuestras conversaciones. Y no fue parco en detalles, sino que se recreó en la anécdota, paladeando cada matiz del regalo que nos ofrecía a mí y otro buen amigo más, que ya había sido hecho partícipe mucho antes. Las risas y las ocurrencias se ocuparon de quitarle hierro al asunto, que, sin ser grave ni acarrear consecuencias, constituía un hito de importancia en su vida. Y, mientras tanto, notaba cómo se robustecían de nuevo los pilares de nuestra amistad con cada paso de su relato. En ese momento estábamos los tres, y me di cuenta de que éramos los de antes, los de siempre.
Entonces reconoció que, a partir de ese momento, éramos sólo nosotros tres quienes conocíamos el secreto. Todo había ocurrido meses antes, durante el verano, y sin embargo ellos dos se lo habían callado hasta aquella noche. Quién sabe si jamás habría uno tenido noticia del suceso de no haberse dado la coincidencia de encontrarnos los tres solos, sin más compañía de otros amigos, en aquel pub.
Le agradecí sinceramente la confianza, aunque lamenté no poder corresponderle con otra confesión que rayara a su misma altura. Lástima que no posea uno secretos que deba ocultar a los confidentes habituales. Con gusto le habría abierto allí mismo mi pecho y lo habría volcado ante sus ojos, si no fuese de cristal, transparente. Me sentí inferior por carecer de esa inocencia que en él es consustancial, por haber perdido la capacidad de asombro de los niños. Me sentía inferior precisamente por sentir esas cosas en aquel momento, en lugar de disfrutar con él de su solaz. Pese a todo, busqué, mientras la conversación languidecía bajo la estridencia ambiente, algún vago recuerdo compensatorio, una especie de brindis de secretos compartidos, pero su secreto era de vino y, en comparación, de agua del grifo el mío, tanto que apenas dio juego y acabó diluyéndose entre las nubes de humo de colores punzantes.




Interesante su comentario. Es fácil cerrar los ojos y trasladarte de sitio. Vivir la escena leída, en vivo y en directo.
Saludos
Rosa
http://confidenciasrosaparedes.blogspot.com
buenas noches amigo,
ya sabes quien soy… te mando un fuerte abrazo desde Málaga y espero que sigas tan bien como siempre… me hace mucha ilusión leer tus comentarios y aprovecho una vez mas para seguir animándote a hacer lo que realmente te gusta.
NO DEJES DE LUCHAR NUNCA. NUNCA. NUNCA. NUNCA.
un fuerte abrazo.. kike
pd: sabras quien soy por la siguiente contraseña: “partidazo al pro a las 5 de la mañana en mitad de examenes de febrero con un buen cafe doble en la terracita”
A Rosa:
Es curioso que mucha gente coincida contigo al percibir cierto lenguaje descriptivo cinematográfico en lo que escribo. Somos hijos de la televisión y el cine, para qué negarlo.
Abrazos, y gracias por leer.
A Enrique:
No hacía falta que dieras tantas pistas. Con decir que eras de Málaga ya había pensado en ti, pero me alegra recordar aquellas madrugadas de exámenes. ¿Recuerdas el “caté” (café+té)?
Gracias por los ánimos.
Venga, un abrazo. A ver si nos vemos.
Que tengas mucha suerte. Un beso
Gracias, K. Intentaré hacerlo lo mejor que pueda. Un beso.