Ese aire kafkiano
Domingo, 22 de Noviembre de 2009 por Javier Redondo Jordán

Sigo yendo a la Biblioteca Nacional casi todos los días, a la hemeroteca, en busca de datos minúsculos con los que tapar algunos agujeros del libro que preparo sobre la obra de Dragó. Cuando acepté escribirlo no sabía dónde me iba a meter. Llevo casi un año dedicado a su redacción, a investigar y hacer escrutinio de referencias bibliográficas. Es una labor infinita, inasequible, como reconstruir tesela a tesela un gigantesco mosaico antiguo al que eres consciente de antemano que faltan partes, como tratar de explotar hasta la más mínima veta de una mina de oro a la que todos los trabajadores han dado ya por agotada. Podría clausurar la entrada de esa mina si no supiera que todavía quedan por succionar venas, que no son grandes, palpitando bajo la roca fría. El libro apenas se vería mermado por la ausencia de unos cuantos de esos detalles, de tan ínfimos como resultan, pero siento pudor ante la tentación de rematar en chapuza el escrupuloso trabajo de un año.
Acaso ocurra porque las distancias y el tiempo se alargan cuando uno divisa ya la meta, pero cada tarde el sistema de peticiones en la sala de lectura de prensa y revistas, que es el ámbito en el que yo me muevo sobre todo, se convierte en un suplicio particular. Para pedir una revista que no haya sido informatizada ni pasada a microfilm, sino que sólo tengan disponible el ejemplar original, tiene que resignarse uno a ascender el monte Calvario con la cruz a cuestas. El proceso es el siguiente: primero buscamos en uno de los ordenadores la revista de nuestro interés dentro del catálogo de la biblioteca; localizada la publicación, tomamos nota de su signatura; luego rellenamos una ficha con nuestros datos personales, número de carnet, hora exacta de la petición y demás; acto seguido nos dirigimos al mostrador de la bibliotecaria, le entregamos la ficha y ella nos devuelve una tarjeta que muestra el número del pupitre donde debemos sentarnos a esperar nuestro ejemplar de la revista. No sé cómo se las apañan, pero siempre me dan el pupitre más alejado, en el otro extremo de la sala. La espera suele ser de unos diez o quince minutos, porque durante ese tiempo otra bibliotecaria ha bajado al depósito a rescatar del olvido el objeto de nuestra investigación. Así que en el ínterin se queda uno mirando las musarañas, mientras recorre los cien metros que distan del mostrador al último pupitre. Al rato aparece en un panel electrónico colgado en la pared nuestro número, y pega uno un respingo, presa de la emoción. Vuelve a atravesar los cien metros de biblioteca, recoge su ejemplar y otra vez deshace sus pasos hasta el pupitre asignado (¿al azar?). Con suerte, la revista que le han proporcionado contiene información útil para uno, pero su anotación apenas le lleva un minuto, dos a lo sumo, tras lo cual desandamos otros cien metros, devolvemos la revista, nos sentamos de nuevo ante el ordenador, consultamos la referencia de la siguiente publicación que necesitamos examinar, apuntamos la referencia, cumplimentamos la ficha, la depositamos en el mostrador y a esperar otro cuarto de hora.
Y así con cada referencia bibliográfica que haya que corregir o completar en el libro que me afano en armar. El primer día que me vi sometido a semejante tortura argüí y redargüí motivos para saltarme el protocolo, busqué mil y una trampas en el proceso, pero no había fisuras. Y a este respecto la barbilla de la bibliotecaria se alzaba firme e intransigente. Las peticiones había que realizarlas de una en una, nada de hacerlas todas a la vez, ni siquiera por turnos cuando, una vez entregado el tomo, y mientras uno lo hojeaba, las bibliotecarias, con ese aire kafkiano que caracteriza a la mayoría de los funcionarios, se quedaban sentadas haciéndose las uñas en lugar de ganar tiempo buscando la siguiente publicación que iba uno a solicitar. Así las cosas, las tardes se van una detrás de la otra y apenas he consignado ocho o diez entradas bibliográficas al final de la jornada, cuando el guarda de seguridad me avisa de que están cerrando.
Sin embargo, es en estos momentos, al borde de la hora de cierre, cuando experimento cierto placer mezquino e infantil en retrasar la entrega del ejemplar que tengo entre manos. Mientras no lo devuelva, las bibliotecarias no pueden marcharse a casa, pues son responsables de su préstamo. Así que cuando, finalmente, recojo mi impedimenta y, bajo la mirada admonitoria del guarda de seguridad, atravieso con parsimonia los cien metros de estancia, mis pasos resonando en los rincones de la sala de lectura, para entregar la revista, las bibliotecarias se han desembarazado ya de sus batas blancas y aparecen ante mí de paisanas. Ahora vienen ellas a quitarme el ejemplar de las manos. Ahora parece que tienen más prisa que hace cuatro horas, cuando les propuse entregar todas las fichas juntas a fin de economizar tiempo. Bibliotecarias.




Jajajaja, qué vengativo, Javi, haciendo probar su propia medicina a las funcionarias…
Que suerte la tuya que esperas menos tiempo de lo que debes y encima te quejas.
A Carlos J.:
Je, je. Sólo es una pequeña malicia. La culpa no es de ellas, sino de las reglas de la Biblioteca Nacional. Qué le vamos a hacer.
A Anónimo:
¿No serás una de las bibliotecarias? Ya ves que no tengo nada en contra de vosotras, lo aclaro en el último artículo. Bueno, en caso de que seas una de ellas, y ya que tenemos confianza, ¿me podríais pasar un poco la mano el próximo día?
Abrazos a ambos.