En el camino
Martes, 24 de Noviembre de 2009 por Javier Redondo Jordán

Hoy, como si hubiera leído lo que escribí anoche en este cuaderno, la bibliotecaria me asignó un pupitre más cercano al mostrador, en mitad de la sala de lectura más o menos. En verdad lo pensé, y barajé con rapidez la posibilidad de haberme delatado sin necesidad, sopesando cómo habrían dado con este blog y sus potenciales consecuencias. Sin trascendencia, por supuesto. Lo más grave, en cualquier caso, es que me puse colorado. Espié tímidamente en los ademanes de la bibliotecaria, por si asomaba la sombra de un reproche, pero su corrección profesional levantaba un muro de hielo detrás del mostrador.
El otro día me crucé con Ian Gibson en la biblioteca. Aunque no es el primer escritor con el que me topo allí. En otra ocasión saludé a Carlos Romero por los pasillos de granito y mármol de la planta baja. Era sobre esto de lo que pretendía hablar ayer, antes de terminar por hacerlo sobre Kafka, las bibliotecarias y su capacidad para diluir las tardes a costa de la paciencia de los investigadores. En su defensa, sin embargo, puedo alegar que alguna de ellas, entre las más jóvenes, es corruptible. Uno tampoco es que sea feo, y si encuentra signos fugaces de tímido coqueteo femenino bajo la solapa de una bata blanca de funcionaria, no deja escapar la oportunidad de sacarle cierto partido, haciendo trampas con la entrega de las fichas y la devolución de los préstamos. Así ganamos tiempo y entretenemos la espera jugando a los ojos furtivos.
Fue durante uno de esos paseos de los cien metros lisos a los que aludía la otra vez, cuando me di de bruces con Ian Gibson. Venía él de la sala de prensa informatizada, tal vez atesorando información para otro de sus libros sobre los poetas del período de entreguerras, iba yo papando moscas, envuelto en el eco de mis pasos de goma, tras entregar otra ficha. De otro modo no habría reparado en su presencia. Sostenía en la mano derecha, en vilo, a la altura del pecho, un folio, quizá una fotocopia o una impresión del documento que necesitaba para sus indagaciones, pero sus pupilas enfocaban la lejanía. En ese instante preciso en el que se escruta al contrario cuando se le tiene a un palmo de distancia, nos sostuvimos las miradas. Hasta entonces, yo no resultaba para él más que un figurante del decorado. Ahora, a escasos centímetros, reparó en mí, materializándome tal vez en una amenaza agazapada para él. Leí en sus ojos la desconfianza instintiva, y en sus músculos tensos, puestos en guardia por el temor inconsciente. Él me observó con su cara de perro viejo irlandés, yo con mi gesto de perro apaleado. Él desde la altura de su complexión nórdica y sus numerosos libros escritos, yo desde la insignificancia de mi estatura mediterránea y mis libros sin publicar.
Y sin embargo, pese a todo lo que nos repelía al uno del otro, como dos polos de un imán enfrentados por el mismo signo, en ese lapso de apenas un segundo coincidimos estrechamente en el espacio y en el tiempo, y pude darme cuenta de que aquel hombre, despojado del aura del escritor de éxito y el marco de los stands de firmas en las ferias del libro, era un hombre modesto que trabajaba. La apreciación parece banal, pero al tener la realidad frente a mis ojos adquirió un significado más amplio, más complejo y al tiempo más claro, plural, surcado de matices.
Ambos, el senior y el alevín, salvando los casi cincuenta años y más de veinticinco libros de distancia, nos encontrábamos en aquel lugar con el mismo objetivo: buscar los cabos con los que trenzar nuestros libros en el telar.
Lo que me impactó es que fuese él quien, justamente, se rebajara a compartir una misma actividad con un escritor ágrafo y sin experiencia. Con sus setenta años a la espalda todavía rastrea pistas desvaídas por la bruma del tiempo y las guerras, en lugar de sentarse a su mesa de trabajo, al calor del hogar, tirar de secretarios que desempolven volúmenes de depósito, y escribir obras de evocación, tal vez sus memorias, libres de la tiranía del rigor y los datos de hemeroteca. Y esa cercanía, saberme consanguíneo de su trabajo, tanto en la forma como en el fondo, me infundió ánimos. Quizás es ahora cuando más los necesita uno, cuando todas las puertas permanecen cerradas. Coincidir con él allí me hizo ver que al menos está uno en el camino.





Javier, estás ahí . . . y además en marcha.
Y no dudes que tus pasos son los que hacen el camino ( que diría Machado ).
No importa a quién te encuentres o con quién te tropieces, tú, sigue andando. La literatura necesita pasos como los tuyos, pisadas frescas, senderos a vuela pluma.
Me gusta cómo escribes.
Trigolimpio desde Berlínfrío
Al hilo, recuerdo unos versos de Eduardo Galeano que explican la utopía como razón del caminar. Seguro que por la Red es sencillo encontrarlos.
“Ella está en el horizonte.
Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos” …
… y seguro que a alguien más que a mí le parecerán reveladores.
Saludos.
Lo que dice Galeano se ha dicho muchas veces a lo largo de los siglos. Dragó, por ejemplo, asegura que “el viaje es la distancia más larga entre dos puntos”, lo que viene a ser lo mismo.
No sabía de quién era esa frase, aunque ya la había incorporado en mi “cuaderno de definiciones de viaje” hace tiempo. Por supuesto, adapté el contenido a mi concepto de viaje, eso sí, sustituyendo el segmento por una semirrecta, ahora sé que sin permiso de Sánchez Dragó y, por supuesto, sin pensar en el medio millón de veces que ya se habría dicho. Espero que no se moleste por mi reinterpretación de sus palabras.
Saludos de nuevo.