Cartografía del laberinto femenino
Domingo, 29 de Noviembre de 2009 por Javier Redondo Jordán
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Sorprende encontrar un libro como el de Laila Escartín. La portada, en la que se adivina una mujer desnuda tumbada sobre sábanas blancas, ya anticipa la confesión. Sin embargo, la mujer oculta su rostro entre el pelo y los brazos extendidos. Las sábanas envuelven el espacio en la fotografía como una mortaja, como si la portada manifestase sin palabras que el lector va a destapar, al abrir el libro, un cadáver embalsamado, detenido en la eternidad en tipografía de imprenta, pero muerto. Y aunque la apreciación sea posterior a la lectura del libro y ayude a anudar los flecos del tapiz, así es.
Primer volumen de la trilogía Cartas a Verónica, Desvío retrata con crudeza visceral el largo proceso emocional de separación de una mujer del entorno que la rodea. En la superficie, esta separación implica únicamente la fractura de la relación de la protagonista y narradora con el padre de su hija, pero el juicio psicoanalítico a la que la propia autora somete a su personaje escarba a más profundidad, hundiendo sus manos desnudas en la turbera de las viejas culpas paternas, el espejismo sexual, la evasión de la responsabilidad, el papel de madre, la relación de pareja, la pugna violenta por la libertad, la frustración y los impulsos de suicidio.
Y sorprende, como decía, por la ausencia de pudor con que lo hace. Desde las primeras páginas, uno empieza a hacer conexiones. Los pensamientos de la protagonista coinciden peligrosamente con los datos sobre Laila Escartín que pueden leerse en la solapa. Incluso el personaje que narra se llama Lili. De ahí la frágil desnudez de la mujer de la portada. ¿Y si la fotografía fuese en realidad el reflejo sobre el azogue de un espejo?
Desvío es uno de esos libros nebulosos en su estructura narrativa. De capítulos breves, a la manera de la poesía esencialista europea y los haikus japoneses, la obra se desarrolla mediante una secuencia epistolar siguiendo parámetros musicales, como una sinfonía de seis movimientos, como un réquiem catártico acabado en un esperanzador allegro. Y es que Desvío es la crónica de una bajada a los infiernos en pos de las estatuas de sal que dejamos atrás, olvidadas al borde del camino. Tarde o temprano hemos de volver sobre nuestros pasos, mirar de frente al monstruo, darle muerte y escapar con la llave que guarda en sus entrañas. Sin esa llave no es posible resolver el acertijo de nuestra propia existencia, sin ella la única puerta que nos permite escapar de la muerte permanecerá cerrada para siempre, y nosotros a merced del ángel de la destrucción. Es ése el desvío al que alude el título del libro. Un desvío que no es tal, porque nadie dijo que el camino de la existencia fuese un trayecto plano, rectilíneo. Para conocerse a uno mismo se debe aprender primero a lamerse las heridas.
De eso trata Desvío, de la consumición del propio ser en las tripas de su crisálida antes de renacer al mundo luminoso del resto de nuestras vidas. Este libro es la prueba escrita, y argumentada con una deslumbrante estructura racional que recuerda al psicoanálisis de Freud y Jung, del sufrimiento y el dolor físico que entraña la soledad de quienes fueron maldecidos con la claridad y el entendimiento, la desazón que trae consigo la inteligencia, la incomprensión de todo el que rodea a quien probó del fruto del árbol prohibido.
No es frecuente que una mujer posea la capacidad de traducir sus traumas íntimos a letras de molde, ordenarlos y hacerlos inteligibles a la mente de los hombres ―incapaces de entender ni de padecer ese tipo de trasiego psicológico―, incluso a la del resto de mujeres. La mujer es un ser complejo, inexplicable, veleidoso. Un mapa en blanco, en mi opinión. Desvío, sin embargo, dota al laberinto femenino de latitud y longitud, cartografía sus simas más abisales y representa en el papel el retrato de una mujer que transforma los despojos de su crisálida en la hermosa seda de esas sábanas de la fotografía de portada que servirán de mortaja a la mujer que un día fue.





es lo más bello que jamás nadie ha escrito o dicho sobre mi libro. he llorado, porque me he sentido comprendida, y menos sola… gracias Javi!!!! Namaste
Hola.
Soy contertulio del blog de Dragó, pero te he visto dejarte caer por ahí de vez en cuando, Javier. Mi coleguita Ibán -ex habitual de Dragó- ya te ha hecho alguna visita.
No he leído el libro de Laila ni creo que donde vivo ahora lo pueda conseguir.
Al final, de tanto visitar a Dragó a uno le entran ganas de visitar los blogs amigos.
Bueno, feliz Año Nuevo
Se me olvidó poner el mote.
Lo que tenemos en común tú y yo, Javier, es que somos estudiosos de Dragó. Yo le llevo haciendo desde los setenta, la época de Gárgoris y Habidis.
Salud.
En eso coincidimos, entonces. Gracias por pasar por aquí, Dirty. A seguir en la brecha.
Abrazos.
Vale. Pásate más por Can Dragó. El hecho de ser el constructor (y no sé si moderador) de su blog no te impide comentar de vez en cuando como ya has hecho en alguna ocasión.
Abrazos
Nunca tantos escribieron tanto sobre tan poco. (Sir Güiston Churchill) ¿De verdad no tenéis nada mejor que hacer que perorar sobre ese sin sustancia? La vida es bella, no la dejéis pasar.
CleanBertie
Hombre, Dragó cualquier cosa… ¡pero sin substancia!
Te invito a que pases por allí también.
Pero vamos a ceñirnos a este blog. Yo el libro de Laila no lo he leído pero sí el texto de Jordán. La “complejidad” femenina… Si. Realmente es muy complejo un ser tan sensible y tan dulce como la mujer pero por otro lado tan frío y con poco sentimiento. El 99% de los suicidios por amor son masculinos. Yo creo que la última mujer que se suicidó por amor, y desde entonces no ha dejado de ser objeto de mofa por parte del resto de sus compañeras de sexo, fué Dido. La mujer nunca se enamora. Sólo entra en estados paralelos. Os recomiendo que leáis algo del filósofo canadiense Lou Marinoff sobre la personalidad femenina. especiálmente en su ensayo “The Middle Way”: un poco de Darwin, un poco de Margaret Mead…