Breve execración del vuelo
Domingo, 17 de Enero de 2010 por Javier Redondo Jordán

Los aviones sirven para moverse, no para viajar. No me entra en la cabeza que uno esté en su casa y, al cabo de dos horas, aterrice en París, por poner un ejemplo. El viaje requiere sosiego, sensación de movimiento, recorrido del terreno, cambio de paisajes, encrucijadas, pasos fronterizos, puentes, raíles, carretera, tierra, mar, horizonte. Si el viaje no se interioriza, previa asimilación del movimiento que le es consanguíneo, no es más que mero traslado de un lugar a otro, puesto que no sólo se trata de una disposición de ánimo, sino que el viaje debe concebirse asimismo en términos fisiológicos. No por casualidad el metabolismo y los ciclos corporales se modifican en el trance del viaje, por relajado que éste sea. Cuánto más si se expone el organismo a los saltos caóticos de husos horarios en tan breve lapso como el trayecto en un avión. El jet lag y los problemas circulatorios del «síndrome de la clase turista» no son más que señales claras de emergencia que el cuerpo lanza cuando se le maltrata.
«Despegar» y «aterrizar», además, me han resultado siempre palabras violentas, descarnadas. «Despegar» significa separar lo que de natural está unido, implica perder nuestra naturaleza bípeda, aquello que nos distingue de los demás seres de la creación. Se deshace así quien vuela del contacto con el entorno, de la visión de la realidad, del aroma de cuanto nos rodea, del sonido del mundo, del tacto de lo material, que es precisamente aquello de lo que no deseo desprenderme. En cambio, todo eso que los sentidos perciben como verdadero se desvanece al encerrarse en una cápsula que vuela, y la anulación de los sentidos no es otra cosa que enajenación, aislamiento, ebriedad, letargo. Todo se uniforma en su interior, mientras en el exterior, sobre un suelo de nubes, se extiende infinito el limbo. Son falsos el aspecto de la tripulación, la disposición en hileras de los pasajeros, que deben permanecer sentados contra natura durante todo el viaje, el sabor de la comida plastificada, los oídos taponados por los cambios de presión y el zumbido de los motores, el olor a cerrado y ambientador.
«Despegar» se parece demasiado a otra palabra, «desapego», peligrosa por dar pie a equívocos frecuentes. El viaje pierde su carta de naturaleza si no lo acompaña el apego al paisaje, si ignora a las gentes del camino, si no aprende a chapurrear las lenguas autóctonas, si no come la comida de la tierra, si no desgasta las suelas de los zapatos.
«Aterrizar», sin embargo, viene a poner fin a los padecimientos, pues no hay mayor alivio que sentir el golpe brusco del tren de aterrizaje sobre la pista de asfalto. El mal sueño ha terminado.
Y no es eso lo que busco cuando viajo.




La verdad que no hay nada como el tren. Te lo dice un inter-railista de pro.
Creo que viajar por Europa a base de trenes y ferrys es de los mayores placeres de la vida. Tengo este ferry metido en la cabeza: Barcelona-Ostia. 24 horas. 100 euros. Atravesando el Estrecho de Bonifacio. Aún no lo he hecho.
Recuerdo también como particulármente alucinante el Tarifa-Tánger. 30 minutos en el hovercraft y un cambio de Universo.
Tal vez por todo eso no viajo en avión, me gusta el tren como al anterior comentarista, me gusta sentir la tierra cerca, por aquello de no tener alas, y tengo que confesar que también soy un poco cobardica.
Saludos
Personalmente prefiero el tren para viajar. Es más, desde hace algunos años reivindico, mejor dicho, reivindicamos que el tren pare en Los Pedroches. Me gusta el paisaje y el paisanaje. Estoy totalmente de acuerdo contigo.
¡Ánimo! ¡Saludos cordiales!
A DirtyBertie:
Yo también he cruzado varios mares en ferry: el Adriático, el Egeo, el Canal de la Mancha… Es, además, la única oportunidad de ver delfines en libertad y ballenas.
A Shikilla:
Pues eso, cobardicas somos todos. Todo lo dicho en el texto es una mera excusa.
A Sólo Alas en el Alma:
Vaya, un paisano. Parece que el tren parará finalmente el año que viene. Gracias por los ánimos.
Abrazos a todos, y gracias por leer.
El Santander-Portsmouth es una gozada para ver delfines y ballenas.
El Dover-Calais es visto-no visto. Pero legendario.
El Brindisi-Patras en verano es de una sensualidad tremenda.
Los del Egeo para que hablar.
El Denia-Ibiza es fantástico: llegas a Ibiza por la tarde y tomas el ferry de vuelta a la mañana siguiente.
El Estocolmo-Helsinky es el más etílico del mundo.
No es mi página Web, no la tengo, sino que se trata de mi dirección electrónica correcta: adelisi@gmx.de
Javier, volviendo al 3.texto de tu blog ( Enero 2010 ).
Hay viajes y V-I-A-J-E-S.
Yo, cuando vuelo a España, estoy deseando llegar lo antes posible. Por eso agradezco enormemente el avance de la técnica que hace esto posible.
Imáginate si yo viviese en Nueva Zelanda y tuviera que venir por barco, tren, autobús hasta Madrid, Burgos, Palencia o Alicante para ver a mi familia. Se me pasarían las vacaciones en el transporte.
Los viajes de recreo, de estudio, de investigación, de disfrutar el camino, de meditación bajo el moto: “el camino es la meta”, esto, por supuesto, es muy diferente.
Hasta pronto, Trotamundos!
Sí, te entiendo, Adelina. El espacio y el tiempo son dos dimensiones que suelen ser directamente proporcionales. Con poco tiempo sólo nos queda acortar el espacio del viaje. Solución: volar. Lo contrario es sólo una entelequia.
Gracias por leer.
Javier: parece que coincidimos en más de una cosa. Yo también tengo algún texto escrito acerca de lo que tratas tú en este artículo. Me quedo perplejo cuando leo que otro piensa igual que yo y dice “los aviones sirven para moverse, no para viajar”. A mí me sugieren, casi, un teletransporte … por eso intercalaría un “sólo” antes del primer verbo.
He de decir que estoy completamente de acuerdo con tu visión del viaje. Yo adoro los trenes, excepto los de alta velocidad, que son casi como vuelos rasantes. Pero para mí hay experiencias que son, sencillamente, incomparables (”el viaje pierde su carta de naturaleza si no lo acompaña el apego al paisaje, si ignora a las gentes del camino, si no aprende a chapurrear las lenguas autóctonas, si no come la comida de la tierra, si no desgasta las suelas de los zapatos”). Nuestra es la razón.
Saludos de uno que viaja a pie.
Claro, paseante. No somos pocos los que lo pensamos, pero sí los que tienen capacidad para alzar la voz. Es un alivio saber que uno no está tan solo. Abrazos, y gracias por leer.