El lenguaje de los pájaros
Miércoles, 3 de Marzo de 2010 por Javier Redondo Jordán
Sobre Troppo vero, de Andrés Trapiello
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No muy a menudo encontramos un autor que nos proporcione momentos de lectura de un placer sereno y sosegado. No es frecuente descubrir escritores como Andrés Trapiello, que lo consigue con cada línea de sus libros. De él se ha dicho que es un buen novelista, ensayista y poeta; no en vano atesora premios como el Nadal o el Nacional de Crítica que así lo acreditan. Sin embargo, y acaso a su pesar, parece que la cima de su literatura la obtiene de un género menor, el de los diarios, publicados por Pre-Textos bajo el título genérico de Salón de pasos perdidos, que estos días celebran su vigésimo aniversario desde que en 1990 apareciera su primer volumen.
Troppo vero pertenece a esta colección de diarios de Trapiello, de la cual hace el número dieciséis, el último hasta la fecha. En ellos, el autor retrata una rutina humilde, la del escritor encerrado día tras día en su piso del centro de Madrid, trabajando incansable, volcado en sus escritos, hilvanando pensamientos y palabras que nacen entre las sombras y el vacío de cuatro paredes blancas y solitarias, tapizadas de libros viejos. Una rutina que, como todas las rutinas, está carente de sucesos extraordinarios. Es más, lo que relata Trapiello en sus diarios son retazos de una vida gris y a veces insípida en apariencia, de eterno escritor de culto que nunca acaba de despegar, bañada por una fina película de desengaño y autocompasión, de tristeza y felicidad austera al mismo tiempo.
Lo extraordinario es que Trapiello esboza esta vida rutinaria con un esmero sin ambages, cargado de un spleen tan doloroso como balsámico para el lector, que siente que esa existencia plomiza que se describe es como la de uno. Leer Troppo vero provoca esa extraña sensación benéfica, la de reconocer a quién sostiene la pluma detrás de las palabras, que no es más que un fiel reflejo de nosotros mismos aferrándonos al triste consuelo de no encontrarnos solos. Resulta imposible, a poco que se sea sensible a la buena literatura, que la lectura de estos diarios deje a nadie indiferente, porque la belleza se puede expresar con más adornos, pero no mucho mejor de como lo hace Trapiello. Es la lírica de los tiempos muertos, de los paseos por el bulevar, de ver las gotas de lluvia rodar por el cristal de la ventana, de esas horas interminables de los días en los que no pasa gran cosa, días vacíos que en sí mismos no son nada, pero que plasmados en el papel unos seguidos de los otros van conformando eso que él mismo llama vida, una novela en marcha.
Si por algo se caracterizan estos diarios es por el uso de las X para designar a los personajes conocidos que se cuelan por sus páginas en lugar de escribir su nombre completo. Bajo esta coartada, Trapiello habla abiertamente de su escasa y siempre reticente vida literaria con una franqueza que, por serlo demasiado, molesta en las más de las ocasiones a las personas aludidas, en su mayoría escritores. Este recurso velado le ha valido no pocas críticas al hilo de estos veinte años, y cabe imaginar que le habrá supuesto otros tantos obstáculos en su carrera literaria. Es inevitable pensar que la publicación de estos diarios le haya cerrado puertas en el mundo de la literatura, y el lector a veces llega a plantearse si en verdad merece la pena el sacrificio, pero ni el propio Trapiello, después de dieciséis volúmenes y miles de páginas escritas, parece capaz de darse una respuesta válida al plantearse la cuestión, pues simplemente acude al diario por necesidad, en busca de refugio cuando la vida, de tan abrumadora, no alcanza a expresar la propia vida.
En ocasiones, a lo largo del libro, el autor nos sorprende con confesiones verdaderamente sinceras, pero devastadoras por el dolor que de ellas emana, capaces de traspasar las páginas del libro y helarnos el corazón. No tiene por qué hablar de grandes cosas, pero su tono reflexivo, no exento de cierto cinismo, dulce, casi hipnotizador, y su estilo, sencillo y sutil, afianzado en la contemplación, tejido en los silencios, posee esa rara capacidad de prestar atención al ruido del mundo, de ver lo que normalmente escapa al ojo descuidado y distraído por el velo de lo mundano, como quien entiende el lenguaje de los pájaros, y de separar sus frecuencias, modulándolas, amplificando las que nadie más escucha hasta hacerlas audibles. Estaba en lo cierto aquél que decía que a un escritor le basta con tener vista y oído. Ése es el secreto de los poetas. Hay a quienes la naturaleza no concedió esos talentos y, pese a todo, se dedican a la literatura. Sin más remedio que tratar de ocultar sus carencias, porfían por envolver sus escritos en la farfolla que conforma el ensordecedor ruido del mundo, contribuyendo así a cubrir aún más esas frecuencias amortiguadas y secretas, ultrasónicas, y con ellas a quienes son capaces, como Trapiello, de descubrirlas, comprenderlas y contarlas.
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Artículo publicado en la Revista Mu, febrero 2010, 86, pp. 10-11.





Que libro tan apetecible para una lectura invernal.
Cual es el barrio de Madrid en el que vive el autor?
hola! he leído tu entrada de hace ya unos años de tu profe basil, solo decirte que me ha gustado mucho leerla, este año le estoy teniendo en mi carrera (escuela a la que él a aterrizado este curso) y hoy precisamente he ido a su despacho y se ha fumado un cigarro mientras hemos estado hablando de proyectos finales de carrera, tesis doctorales, docencia universitaria… ya me queria “engatusar” para hacer con él el proyecto y también meterme en el mundo del doctorado, pero siendo séneca (bcn) nulas posibilidades tengo de contar con él directamente. Es un gran profesor que como tu dices lo suyo es vocación y con el que espero seguir teniendo algun contacto el dia de mañana.
Y tienes razón, él a las 8 en su despacho, a la hora en punto en clase y 10 minutos antes de la hora acaba. Le molesta que los alumnos lleguen tarde, que hable en clase, pero a buenas es el mejor.
un saludo!
Javier, cuando pienso en la palabra rutina se me antoja como un diminutivo de ruta. Y en realidad es eso: El camino repetido de lo cotidiano. La ruta diminuta -y siempre de ida y vuelta- de lo habitual.
La rutina es el itinerario de la costumbre, de las obligaciones impuestas y autoimpuestas, la guía de la domesticidad.
La rutinas son las antípodas de la aventura, aunque haya también aventureros rutinarios a fuerza de repetir(se) en la aventura.
Aventureros que hacen de la aventura -y del “escapismo” que ésta conlleva- su rutina.
La fórmula mágica de las personas menos privilegiadas por la suerte es INTENTAR poetizar rutinas.
“El lenguaje de los pájaros” estoy segura de que es un intento muy logrado.
Desde Berlinfríííío y plomizamente gris
Trigolimpio
Excelente crítica. Tus palabras son la excepción que confirma una sutil regla de que los pájaros no entienden de ornitología. En tu caso, pajarillo ilustrado, esta cuestión es un hecho. ¿No sería bueno para la revista Mu, contar con otras aves más o menos avezadas en el estudio de su mismidad, no sé, algún cuervo que sabe más por bohemio que por viejo? Hasta pronto. Bruaccckkkkkkkk!!!!
Javier,
gracias por darME a conocer a este poeta y gran autor (Trapiello). Me compraré alguno de sus diarios en cuanto pueda y vaya a España.
Sigue escribiendo. Se TE lee muy bien.
Trigolimpio
Estimada Trigolimpio:
No había pensado en la rutina de ese modo, pero tiene su miga. Me la apunto. Gracias por tus palabras, y me alegro de haberte descubierto a Trapiello.
Un abrazo.
Estimado Rocigalgo:
A ver si nos vemos y charlamos sobre esto y lo otro. Lo de la Mu habría que consultarlo.
Te digo algo.
Estimado smm:
Releyendo el texto, escrito hace tantos años, me doy cuenta de hasta qué punto me ha cambiado el estilo. Sin embargo, es un artículo bonito. Lo escribí antes de terminar la universidad, y cuando me encontraba con Basil en los pasillos, su mirada me decía tácitamente que lo había leído. Después de todo, no es difícil dar con él, porque puse su nombre completo en el texto. Luego formó parte del tribunal que evaluó la exposición de mi proyecto de fin de carrera. Ésa fue la última vez que lo vi.
Aprovecha su cercanía, visita su despacho. Yo creo que no llegué a hacerlo nunca, por eso le dediqué un artículo.
Gracias por leer.
Querido Dirty:
Vive cerca de Recoletos.
Abrazos.
Esa zona de Madrid siempre me ha parecido adorable. Almirante, Conde de Xiquena, el Oliver, el Gijon, Salesas. Es como un mundo aparte. Casa Gades esta entre mis recuerdos mas intensos de la infancia. Alla por los setenta.
Es cierto y leyendo sus diarios se puede saber el lugar exactisimo donde vive.Inclusive titulo a uno de ellos asi,con el numero del portal.Y muchas veces habla de los alrededores como el parque que hay al lado de la audiencia nacional el de la Villa de Paris.En ocasiones paseando cuando he ido a Madrid me he preguntado si me lo encontraria por casualiadad cuando iba por alli despues de leerle.
Pues sí. Es posible encontrarse con él. Yo lo hice una vez en la plaza de Bárbara de Braganza. Es una sensación bonita. Más de una vez he pensado que se expone demasiado, porque a poco que uno lea con atención, puede averiguar, como dice Josea, el edificio mismo donde vive. En esa misma zona me he encontrado a muchos otros escritores. La cercanía de la Biblioteca Nacional y el Café Gijón quizá tengan algo que ver.
Abrazos, Josea, y bienvenido.
El Café Gijón ! Vaya recuerdos que me trae del año en que viví en Madrid ( ‘73 al ‘74 ).
Me pasaba allí las tardes con un cafetito, observando a gente com Buero Vallejo, que también iban allí, a eso de las 4 y se reunía con otros escritores y gente de teatro, que yo no conocía. Un mal día, uno de los viejos camareros del Gijón, camarero que ya me había echado el ojo, pues a esas horas no solía haber mucha gente, y,claro, yo sólo pedía un “cortadito” y me pasaba allí de las tres a las cinco de la tarde, sin pedir nada más y siempre sola.
El camarero en cuestión me dio a entender que qué hacía yo allí tanto tiempo. Que si no tenía que ir al colegio, pues yo a los 18 parecía que tenía 14.
Le dije que yo ya estudiaba y se me quedó mirando sin creerme y con cara de “a mí no me engañas”.
Semanas después vinieron mis padres a Madrid, a pasar un fin de semana conmigo, y yo los llevé al Café Gijón, café que ellos no conocían, y comimos allí un menú bastante caro.
El camarero en cuestión se me quedó mirando todavía más perplejo, pues mis padres tenían aspecto muy elegante y yo parecía una “hippi” desarropada, además comimos muy pero que muy bien. En fin, a partir de ese día el viejo camarero me trató como a una reina, aunque yo seguí tomando sólamente mi cortadito y me quedaba allí horas y horas, sin pedir ni un vaso da agua más.
Así son, o mejor dicho, eran, la Vandalia y los vándalos de los que habla DyrtiCelti y los que a mí me ponían el corazón en un puño.
Abrazos, Javier, y sigue escribiendo !
Trigolimpio
Hace tiempo que no te veo por Can Drago, Trigo.
Esa cosa bruscota asi de Vandalia…. Jajaja!!! Pero a mi eso de verdad que me parece hasta entranyable. Yo me refiero a otro espiritu, que si no calculo mal, debio entrar en Madrd, alla por los ochenta. con la Movida. Y de ahi probablemente se contagio a buena parte de la Peninsula. Claro que muchas zonas se libraron.
Si te sirve de referencia me encantan todas las pelis espanyolas del landismo, sazismo, lopezvazquizmo, hasta las pelis fachas (que no hieciron tantas) como Raza, Franco ese hombre y todo ese rollo, jajajaja!!!!!! Me encantan. Las nauseas me comenzaron con la Comedia madrilenya, la Movidilla, la cosa progre…. Yeeeeeekk. Lo parajodico es que yo no de que soy pero te garantizo que jamas he votado a la derecha. Pero la gente de izquierdas en Madrid me da cien patadas. No los soporto. Me cae mucho mejor el facherio. Jajajajaja!!!! Es verdad.
DirtyCelti, yo nunca fui de ninguna movida, la madrileña empezó, gracias a Dios, cuando yo ya no vivía ni en Madrid -dónde sólo viví 14 meses- ni en Vandalia.
Siempre fui, eso sí, una “empedernida” solitaria a la búsqueda de paisajes sin banderas y de cielos cambiantes.
El cielo de Castilla es increiblemente bello y el Atlántico Cántabro, o de las Rías Altas, es un espectáculo impresionante.
Un abrazo sin sal y con nostalgia
Trigolimpio