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Los Bardos en la época de la “poesía joven”

Written by | 30/07/2018 | Comentarios desactivados en Los Bardos en la época de la “poesía joven”

Está muy de moda la etiqueta de “poesía joven”. La “poesía joven” tiene sus propios certámenes, sus propias antologías; tiene su lugar asentado en el panorama literario actual. Hay quien usa la etiqueta con razones despectivas, pero para la mayoría posee un carácter intrínseco que revaloriza automáticamente a sus autores. Últimamente, a la idea de “poesía joven” se ha unido la de “lectores jóvenes”. Me refiero a la poesía concebida principalmente para un público adolescente, cuyos autores son acogidos en los recitales con más algarabía que estrellas de rock.

No estoy de acuerdo con la etiqueta de “poesía joven”; en primer lugar porque nadie ha establecido una cronología fija para la idea de “juventud”. ¿En qué momento un poeta deja de ser “joven” y se convierte en “maduro”? ¿A los veinticinco años, a los treinta? ¿Qué hay de los treinta y cinco? ¿Cómo le decimos a un poeta de treinta y ocho que no tiene derecho a considerarse “joven”? Hace años, cuando había cumplido los veinte, me parecía raro que muchos premios de poesía joven permitieran a participantes de treinta. Hoy, cuando me quedan menos de dos años para cumplir esa cifra, me pregunto qué será de mí cuando la supere.

Eso me conduce al siguiente interrogante: ¿en qué limbo quedan los poetas que “dejan de ser jóvenes” y no se convierten automáticamente en consagrados? Parece que un poeta joven posee derecho divino a no ser reconocido aún, pero cuando apunten canas y no se vea como Juan Ramón Jiménez, ¿qué lugar le corresponde?

Por otro lado, ¿cómo se diferencia la poesía “joven” de la “no joven”? Indudablemente, una persona madura posee más experiencia vital, pero de ahí a saber –o querer– reflejarla en la poesía hay un trecho. Cada poeta es un mundo: que se lo digan, si no, al jovencísimo Arthur Rimbaud, que a los veinte años había experimentado más que muchas personas que alcanzan la ancianidad.

Respecto a los temas, ¿necesariamente han de ser distintos? ¿No permanecen los grandes temas –el amor, la muerte, la soledad…– a lo largo de las distintas edades? Habrá quien argumente que lo que varía es la perspectiva, el enfoque. Tampoco estoy de acuerdo con esa idea y, para justificarme, remito al contexto de la Generación del 27. En primer lugar, tenemos a Luis Cernuda, que publicó su primera obra, Perfil del aire, a los veinticinco. Se trata de una obra maravillosa que refleja su tristeza de entonces, su languidez, su hastío existencial. Trasladémonos ahora a la figura de Rafael Alberti, que siendo octogenario sorprendió a sus lectores con un último poemario de corte erótico, Canciones para Altair, que destaca por su tono vitalista y apasionado. En este caso, como en tantos otros, no se cumplen los tópicos adjudicados a la juventud y a la vejez.

Llegados a este punto, me gustaría referirme al grupo de Los Bardos, del que formo parte y con el que acabo de publicar una antología: De viva voz. Antología del Grupo Poético Los Bardos (Ediciones de la Torre, 2018). Somos doce bardos: el mayor nació en 1986 y el menor en 1995. Sin embargo, no me gusta etiquetarnos como “poetas jóvenes”, e insisto mucho en esta idea en el prólogo. Tampoco nos rebozamos en esa rebeldía que parece intrínseca a la juventud: si en algo nos parecemos, es en nuestro común respeto por la tradición literaria, sin que esa idea empañe en absoluto la novedad que encierra cada una de nuestras propuestas. Unas propuestas, de hecho, muy variadas, a caballo entre el surrealismo urbano y la llamada “poesía de la experiencia”, con matices muy diversos entre ambos extremos. María Agra-Fagúndez, Débora Alcaide, Rebeca Garrido, Alberto Guerra, Alberto Guirao, Conchy Gutiérrez Blesa, J. L. Arnáiz, Andrés París, Francisco Raposo, Eric Sanabria, Andrea Toribio y yo presentamos un auténtico mosaico de visiones poéticas que, desde mi humilde opinión, constituyen un reflejo bastante completo de la poesía que se escribe en nuestra época.

Al hablar de este grupo, no puedo dejar de mencionar a nuestro querido editor y descubridor: José María Gutiérrez de la Torre, director de Ediciones de la Torre, que, superada la séptima década de su vida, posee uno de los espíritus más jóvenes que conozco, que se ha arriesgado con valentía y arrojo a apostar por un grupo de poetas que, a pesar de tener un buen currículo, no son excesivamente conocidos. José María es uno de esos editores idealistas que no antepone los intereses comerciales sobre aquello que, en su opinión, cumple unos parámetros de calidad. Con esa idea, su editorial ha superado los cuarenta años de vida. Es admirable que sigan existiendo editores y amigos como él en esta época de las obras súper ventas y de las etiquetas: nubes que no terminan de empañar la idea álgida de la poesía, palpitante tras todo el humo.

Marina Casado

 

 

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