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Carta de batalla por la vida

Written by | 04/07/2019 | Comentarios desactivados en Carta de batalla por la vida

 
Con el anuncio de su próxima novela titulada Tiempos recios, Mario Vargas Llosa, vuelve a dar otro campanazo al tiempo que se suma a su ya consolidada trayectoria. Victorioso en la batalla por la vida, a sus 83 años, nos demuestra que la edad no es ningún impedimento para ser El héroe discreto de su insólita y exultante historia, a través del continuo repiqueteo de creaciones que no cesan de fecundar nuevos proyectos, en busca de El paraíso en la otra esquina.

La pasión por la escritura y la literatura en él también fluye hacia otros terrenos fértiles del campo vital donde pone en juego La verdad de las mentiras en todas sus actividades. Sus éxitos parecen condensarse en la frase “todo lo puedo, todo lo soporto”, precepto bíblico para el amor que también le sonríe, pero que en él sirve para abarcar todos los temas, desde la dictadura en Conversación en la catedral hasta la lucha utópica que enmascara la soledad en El loco de los balcones. Para el escritor, la vida es un continuo Viaje a la ficción: “vivir es representar [y] la única manera de ser es parecer”, aunque en él, el ser y el hacer están elevados a la potencia totalizadora de hacer bien. Su más grande carta del triunfo es la batalla ganada a las marcas del pasado como en La guerra del fin del mundo, una verdadera Orgía perpetua que recorre las fronteras espacio-temporales, por distintos horizontes novelados, reales o ficticios, imaginados o soñados, amados u odiados, verdaderos o falsos. El secreto estaría en el derroche de positivismo en todas las “reglas laboriosas y estrictas”, en todos los actos en los que participa hasta La tentación de lo imposible, como “cantera y paradigma” del presente y una ejemplar aplicación de psicología positiva, llevada a cabo con la rigurosidad de Los cuadernos de don Rigoberto.

Un hombre orquesta que posee el don de la ubicuidad como El Hablador contemporáneo. Su presencia activa está tanto en su microscópico espacio interior como alrededor del mundo: una lectura silenciosa, una conferencia aquí, una charla allá, la presentación de sus libros, la Bienal de novela, las ferias de libros, un concierto o una obra teatral, una entrevista en la radio o en la televisión, un conversatorio, un debate, una tarde taurina o una noche a solas con el Bosco en el Museo del Prado, entre otras circunstancias. Un pez en el agua que rompe el fuego del tiempo y todo lo ve, lo oye, lo explica, lo escribe, lo expande y multiplica como Los cuentos de la peste. Su participación en el estreno del documental sobre su vida Mario y los perros, mantuvo la atención del público al relatar, con humor, las anécdotas sobre sus inicios como escritor en el Colegio Militar Leoncio Prado en Lima y recordar pasajes sobre “la batalla con la censura franquista”, en España, al momento de publicar su primera novela La ciudad y los perros.

Sin embargo, el edificio que totaliza la monstruosa obra de Vargas Llosa se sostiene en la genialidad manifiesta de los distintos compases de su producción literaria, periodística y ensayística. Sus múltiples partituras no dejan ninguna nota suelta en el pentagrama de su pluma y de su voz, como hijo y cronista del versátil siglo XX. Todo lo contrario, sus libros oscilan en distintas direcciones y planos ficcionales y no ficcionales que se concatenan, desde sus primeros relatos titulados Los Jefes hasta el último ensayo La llamada de la tribu. La vida y la muerte, el amor y el odio, la verdad y la mentira, lo grotesco y lo sublime, lo evidente y lo oculto, lo cierto e incierto, la razón y la sinrazón se entrecruzan en las corrientes caudalosas de sus libros. Como principiante, Mario llegó a la Ítaca española y francesa donde libró batallas contra los gigantes: las editoriales, la censura, las pensiones, la estrechez económica. Después de uno y mil avatares, como Odiseo y Penélope, venció a los oponentes gracias a Carlos Barral y Carmen Balcells que creyeron en él, lo elogiaron y apostaron por su talento. Como buen discípulo, exigente y aprovechado supo extraer la esencia de sus grandes maestros: Faulkner, Flaubert, Sartre, Camus, Proust, Víctor Hugo, Malraux, Alejandro Dumas, Verne, entre muchos otros, a quienes leyó con fervor.

Como novelista desinteresado, al igual que Martorell o Cervantes, “no pretende demostrar nada, solo quiere mostrar como ser humano”. Su mejor Carta de batalla [como] en el Tirant lo blanc, se halla en “su voluntad deicida de recrearlo todo, de contarlo todo”, al igual que García Márquez, sobre quien escribió Historia de un deicidio. La clave de su conquista narrativa “se transparenta en la selva de historias” desveladas, a partir de La casa verde, donde  recopila de la realidad para “mentir con conocimiento de causa”, a través de la ficción, hasta su última novela Cinco esquinas.

Mario es un alquimista que convierte en oro todo lo que escribe, dice y hace. Una suerte de rey de oros, cuya copa rebosa de abundancia creativa, de grandes aspiraciones logradas con la más férrea disciplina y arduo trabajo. Él mismo reconoce que la ficción lo ha hecho “más inconforme y ambicioso” y, por ello, asume que el “sentido trascendente de nuestra libertad, al hacer nacer en otros la voluntad de vivir de manera distinta a la de nuestra circunstancia nos obliga” a inventar. En esta era que ha trastocado los hábitos de las personas, el Nobel nos plantea reflexionar sobre el uso de la tecnología: “Soy de la opinión de que si la pantalla y la imagen pasa a ser el único alimento intelectual del hombre, su espíritu crítico se irá deteriorando paulatinamente hasta desaparecer, incluso”.

A estas alturas de su inagotable creatividad, energía y variedad de actos, anécdotas, experiencias y circunstancias vividas, él ha ganado todas las batallas a la vida y ha salido indemne de todas, durante sus bien llevadas ocho décadas. Una suerte de héroe complejo que ha logrado hasta La tentación de lo imposible. Sin duda, él es un ciudadano universal, un puente que ha unido los siglos XX y XXI, Europa y América. Su omnipresencia nos sitúa frente a un hombre que siendo real parece salido de la ficción. Un ser que encarna a varios seres de carne y hueso y que, a diferencia de El sueño del Celta, parece haber cumplido todos sus benignos sueños. A estas alturas, Mario porta el estandarte de laureles y mira con Ojos bonitos, [los] cuadros feos de la vida, para  recordarnos “mantener el optimismo en medio del pesimismo reinante”.

En realidad, su historia es una “vida leída, inventada, reconstruida y rectificada”, vivida con total devoción e intensidad. Es una novela lograda a pulso del auténtico novelista que hace y rehace las vidas de uno y mil modos durante Las mil noches y una noche. Sin duda, es el ganador del Nobel de la vida que “ha burlado a la vejez para vivir el amor” y el éxito. Un talento empujado por sus recónditos demonios que reproducen sus obras en actos, en la “formidable maquinaria de seducción de las palabras”, obedeciendo a su primer maestro Sartre.

En estos días de intenso calor que ha abotargado el entendimiento de nuestros políticos y crece el desconcierto general, por el famoso tema de los pactos poselectorales, el Nobel reitera que “la buena literatura es una necesidad fundamental para la formación del ciudadano democrático y libre”, como forma de evitar la manipulación social en el ámbito educativo y tecnológico y “mantener viva la libertad en una sociedad”.

Ana Godoy Cossío
Doctora en Literatura Hispanoamericana
Universidad Complutense de Madrid

 

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