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Crítica: ‘Antes del anochecer’, de Richard Linklater: el tiempo saturado

Written by | 21 September 2013 | 1

crítica opinión Antes del anochecer Richard Linklater tiempo saturado

Si decimos Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004), Antes del anochecer (2013), cualquier observador sagaz podrá darse cuenta de que el transcurso del tiempo es algo que interesa mucho al director Richard Linklater, como también denota su interesantísima Waking life. Primero fueron Viena y París, y en esta última película el director sitúa su acopio de tiempos verbales nada menos que en la península del Peloponeso, un lugar cuyo largo currículum invita a comparaciones tan arcaicas como peliagudas. Y tiene sentido: qué mejor marco puede haber para ensamblar una tragedia ¿neo? ¿post? moderna sobre el tema más viejo del mundo, el amor entre dos seres humanos.

Aceptemos la invitación de Linklater. Volvamos por un instante a la Antigua Grecia. Concretamente al momento en que Heráclito soltó aquello de «todo fluye», con la confianza de sentirse parte de un todo. Por entonces el tiempo era cíclico, marcado por la naturaleza. Después se haría lineal cuando el judeocristianismo lo dotó de una misión, de un bautizo y de una resurrección. Y ya secularizado y desacralizado de grandes relatos, bien cínico como corresponde a nuestro siglo, ya sólo quedó tiempo para tratar historias mínimas, pequeñas líneas, donde la palabra aparece como último recurso para lograr un sentido que nos trascienda. O lo que podríamos definir, en justo embate darwinista, como el paso del mito al logos y del logos al diván.

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Y es justo ahí, entre esos dos pequeños puntitos, donde la muerte aparece como horizonte inevitable, y el amor como certeza tan necesaria como veleidosa. Insistimos en esto porque sólo desde esa línea se puede comprender el regodeo auto referencial con el que Ethan Hawke y Julie Delpy se obsesionan durante toda la película: «¿Me querrás con 85 años?». «¿Por qué te enamoraste de mí?». «¿Me querrías si…?». Etc. O lo que es lo mismo, la necesidad de palpar continuamente la propia experiencia, de afianzar la propia vida, pellizcándose a uno mismo, doliéndose del pellizco del otro.
Por supuesto, no es difícil encontrar motivos de desasosiego en sus vidas. De hecho, la película apunta a miserias tan cotidianas como el desgaste del amor por la rutina, las familias desestructuradas, la infidelidad, el dolor que supone hacer daño a quien se quiere y las delicadas fronteras entre hombre y mujer, que no siempre se avienen a negociaciones y terminan con reproches subidos al dorso de un portazo.

Habrá quien diga que esta película se mantiene fiel a sus predecesoras. Y es cierto. Pero lejos queda la virginal y sugestiva Antes del amanecer. Por el contrario, en esta última película algo suena a hueco, a templo de cartón piedra. Los diálogos de la primera mitad, aún idílica entre parras y paisajes mediterráneos, rezuman una frondosidad ingenioso-trascendente que dejaría bizca a la Escuela de Atenas al completo. Tenemos que esperar a que estalle la (inevitable) discusión de la pareja para dejarnos atrapar de un modo verosímil por la historia.

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Es digno de destacar el inmenso trabajo de Ethan Hawke y Julie Delpy, que también han hecho las veces de guionistas. No es una película nada fácil de rodar, con largos travellings que implican secuencias ensayadas hasta la extenuación. Y habrá quien aluda al talento de Linklater, ese muchacho cincuentón de Texas, tan rarito como original, acostumbrado a hacer de cada cinta un ejercicio de estilo, una marca de la casa.

Alguno dirá también, con toda la razón, que estas películas nos conceden la insólita oportunidad de ver crecer a una pareja, a través de veinte años que también han pasado para nosotros. Como esos amigos tan ocurrentes que vemos de década en década y que nos vienen a la cabeza (por qué será) cuando estamos frente al espejo: ¿Y qué será de ellos? ¿Seguirán juntos?

Habrá a quien le hipnotice la elasticidad de sus diálogos, trabados de rama en rama, con requiebros y nexos asombrosos, a los que bastaría un minuto de silencio, sólo uno, para permitir al espectador darse cuenta de lo artificioso del giro. De la nimiedad rutinaria al bofetón metafísico, Céline y Jesse hablan de todo y para todos para, así, terminar hablando como nadie lo hace.

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De fondo se perciben resonancias de aquel «cine de prosa» de Éric Rohmer y de Rossellini. Pero podemos echar mano a un híbrido más esclarecedor (y generoso): el resultado se aproximaría a Woody Allen si le quitásemos gracia y le añadiésemos el peinado ¿retro? ¿post? moderno a lo Hermano Gallagher que luce Ethan Hawke. Y es que hay que ver cómo marca haber tenido 20 años en los 90.
Pero ciertamente hay algo digno de ser reseñado: Antes del anochecer aspira a analizar las glorias y perplejidades del amor en pareja. Y en su empeño logra poner dos caras a al síntoma de una pandemia muy contemporánea: toda reflexión deja de ser introspectiva, y va siempre dirigida hacia el otro. En este caso, con un ajetreo verborreico cargado de titubeos, trifulcas y caricias redentoras.

Porque todos tenemos amigos pesados. E incluso muy pesados. Pero estar hora y media pendiente de un diálogo exige conversadores de altura. Por ejemplo, alguien que no aburra. Porque ni en el espacio ni en el tiempo significan lo mismo «profundo» que «saturado». Así que también habrá quien no quiera saber nada más de esos dos plastas cuando dentro de 10 años nos propongan volver a quedar para contarnos sus vidas.

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One Response to “Crítica: ‘Antes del anochecer’, de Richard Linklater: el tiempo saturado”

  1. 09 January 2014 at 18:52 #

    Muy buena y acertada la critica, tambien la pregunat del futuro de los plastas diez años más tarde… Ya me lo pregunte sino sería esta la sensación de esta pelicula sin tener la curiosid motivada por las anteriores.