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Crítica: ‘Deseo’, de Miguel del Arco: el sexo como arma de destrucción masiva

Written by | 18/02/2013 | Comentarios desactivados en Crítica: ‘Deseo’, de Miguel del Arco: el sexo como arma de destrucción masiva

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¿Quién, a estas alturas, no ha oído hablar de Miguel del Arco? Es el hombre del momento en el mundo del teatro. Director, escenógrafo, actor, guionista y cantante, Del Arco se ha bandeado durante toda su carrera no sólo en teatro, sino también en cine y televisión, y siempre con el éxito que certifican no sólo el cartel de entradas agotadas en la taquilla de cada una de sus funciones estrenadas, sino haber obtenido tres Max, un premio Ceres y diversas nominaciones a los galardones de la Unión de Actores. En su faceta como director teatral, que es la que lo ha puesto en órbita, destacan La función por hacer (versión de Seis personajes en busca de autor, de Pirandello), El proyecto Youkali (estrenado en el Matadero de Madrid), La violación de Lucrecia, de Shakespeare (con la desgarradora interpretación de Nuria Espert), Juicio a una zorra (donde firmaba el texto, la escenografía y la dirección del monólogo de Carmen Machi), Veraneantes, de Gorki (forzosamente prorrogado en el Teatro de La Abadía de Madrid), y ya en 2012, De ratones y hombres, de Steinbeck (en el Teatro Español) y El Inspector (en el Centro Dramático Nacional).

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El director, Miguel del Arco

El pasado 18 de enero, Miguel del Arco estrenaba en el Teatro Alcázar Cofidis (Alcalá, 20) la última obra de su autoría, Deseo, que también dirige, con un elenco integrado por rostros de sobra conocidos por el público: Emma Suárez, Luis Merlo, Gonzalo de Castro y Belén López. Concebida sobre el papel como un éxito asegurado, en los carteles de Deseo no aparece fecha de clausura. Sin duda disfrutará de un largo recorrido en la cartelera madrileña.

Cuando se encienden los focos del escenario, las facciones del personaje de Ana (Emma Suárez) se ven ensombrecidos por una luz cenital. Enseguida su cuerpo comienza a convulsionarse, mientras al fondo se proyectan imágenes sumergidas bajo una masa claustrofóbica de agua. La mujer sobre el escenario sufre, se ahoga. «Trastorno mental transitorio»: son las primeras palabras del texto, puestas en boca de la segunda protagonista femenina, Paula (Belén López), que interrumpe súbitamente el impacto de la visión inicial, como interrumpiría alguien los pensamientos de una persona ensimismada. Ambas son amigas casuales que se han conocido en el gimnasio. Cuando habla de «trastorno mental transitorio», Paula alude a la pulsión repentina e irrefrenable que le hace perder la cabeza cuando se le plantea la oportunidad de un escarceo sexual, la última vez, precisamente, con un hombre casado. Así es ella: joven, impulsiva, habladora, sensual, promiscua y confiada. Emma Suárez, en cambio, encarna a una mujer más atemperada con los años, prudente, callada, infantil y algo frustrada sexualmente, aunque fiel a su marido. Tanto la una como la otra, seguras de sus propias convicciones, tienen lástima del modo de vivir de la otra, y como una especie de reafirmación personal, la deriva de la conversación las lleva a hacer una apuesta peligrosa: Paula sostiene que ningún hombre puede resistírsele, ni siquiera el marido de Ana, ejemplo de intelectualidad y virtud, por muy perfecto que sea.

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El duelo entre ambas tendrá lugar ese fin de semana en la casa de campo de Ana y su marido Manu (Gonzalo de Castro), pero un elemento insospechado hará acto de presencia en el tablero de juego cuando Teo, un amigo del matrimonio, irrumpa de improviso en el chalet buscando consuelo porque su mujer lo ha echado de casa después de haberlo descubierto siéndole infiel con la limpiadora.

Lo que sigue es un drama cómico, no exento de enredo, interpretado de forma admirable por los cuatro actores del reparto. Pueden observarse rasgos de buen cine italiano del pasado siglo, con esa capacidad de equilibrar el humor con la tragedia sin que ninguno de los platillos de la balanza se venza. El cinematografía argentina de los últimos años es un buen ejemplo: véase El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella, ganadora de un Oscar a la Mejor Película Extranjera. Al igual que en la película de Campanella, Miguel del Arco depara al espectador una resolución de la trama en forma de suspense.

A pesar del imprevisto que representa la aparición de Teo, la apuesta continúa, y será esta cuarta pieza la que dinamite el simple mecanismo de seducción que las dos mujeres tenían pensado. Vestida de rojo intenso entre interlocutores de tonos grises, Paula se destapa como una harpía manipuladora, consciente de su influencia sobre el sexo contrario, y no se conforma con la posibilidad de seducir al marido de Ana, sino que también se sirve de ésta y de Teo para tramar una serie de mentiras, trampas y chantajes sexuales que evocan aquéllos de Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos, o de Las afinidades electivas, de Goethe.

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Una vez se ha echado a rodar, la rueda de los acontecimientos es imparable. El escenario giratorio, que se desplaza en los cambios de escena y de decorado, parece querer subrayar la noción del torbellino de pasiones que somete a los personajes. Éstos, inmersos en la vorágine de sus instintos más bajos, utilizan cualquier subterfugio para ocultar su comportamiento vil a los demás. Sólo el personaje de Emma Suárez permanece incorruptible hasta el final ambiguo de la obra. Ajena por completo a los saltos de cama que se suceden tras las paredes, ella es la única víctima, por omisión, de la lujuria de quienes la rodean. Poco a poco se descubrirá que víctimas son todos, pues utilizar el sexo como arma arrojadiza condena tanto al cazador como a la presa a la destrucción masiva. Tan devastador resulta dar pábulo a las pulsiones elementales como silenciar su insoslayable existencia. Sólo es necesario un catalizador propicio en las circunstancias oportunas para que el fuego abrase todo a su paso, llevándose por delante todo lo civilizado que hay en nosotros y, con ello, las máscaras que poco a poco nos hemos ido construyendo de cara al mundo: Paula, la mujer liberada de su tiempo, no es más que una niña asustada con miedo a la soledad; Manu, el marido perfecto e intelectual, se destapa como todo lo contrario; y Teo, violento y lascivo a priori, abandona todo lo demás ante la posibilidad del perdón de su mujer.

deseo miguel del arco emma suarez luis merlo gonzalo castro belen lopezLas últimas escenas de Deseo nos retrotraen al inicio de la obra. Las palabras de Paula resuenan en la memoria: «trastorno mental transitorio». A lo largo de varias secuencias, en las que la escenografía giratoria cobra especial importancia, se nos muestra el subconsciente enmudecido de Ana. De nuevo el ahogo, la represión de los instintos y la amenaza de liberarlos con violencia. Sus guantes rojos al término de la obra acusan su flaqueza. Queda al final la duda de si alguna parte de lo contemplado sobre el escenario no habrá ocurrido en el interior de la psique del personaje de Emma Suárez, si su contraparte psicológica casquivana, proyectada sobre su amiga, no habrá emergido a la superficie únicamente para volver a enterrarla en el jardín simbólico de su intimidad, reprimiendo de este modo, una vez más, el deseo.


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