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Crítica: ‘El crítico’, de Juan Mayorga, o la crítica como una de las Bellas Artes

Written by | 28/02/2013 | Comentarios desactivados en Crítica: ‘El crítico’, de Juan Mayorga, o la crítica como una de las Bellas Artes

Criticar una obra titulada El crítico que trata sobre la crítica teatral. Suena a metateatro, a teatro dentro del teatro, a juego de espejos que se reflejan hasta el infinito. Y la sospecha no es vana, pues el texto está firmado por Juan Mayorga.

El nombre del autor madrileño saltaba a los medios de comunicación generalistas en octubre del año pasado, cuando el largometraje francés Dans la maison (En la casa), de François Ozon, se hizo con la Concha de Oro a la Mejor Película del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. El guion de Dans la maison, que además obtuvo el Premio del Jurado en aquel certamen, estaba basado en la obra de teatro El chico de la última fila, de un dramaturgo español, Juan Mayorga, prácticamente desconocido hasta ese momento para el gran público.

Y sin embargo se trataba de uno de los más prestigiosos autores teatrales españoles, el más representado fuera de nuestras fronteras. Licenciado en Matemáticas, doctor en Filosofía y premiado con los mayores laureles asociados a la dramaturgia en España, entre ellos el Premio Nacional de Teatro 2007, destacan en su trayectoria Himmelweg, Cartas de amor a Stalin, La tortuga de Darwin y Hamelin, entre otras. También ha adaptado a clásicos como Calderón de la Barca, Lope de Vega, Dostoievski, Valle-Inclán, Shakespeare, Kafka o Chéjov. Ha tenido que ser un francés quien nos descubra a un gigante de las Letras entre nuestras filas.

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De izq. a dcha.: Pere Ponce, Juanjo Puigcorbé, Juan Mayorga y Juan José Afonso

Tras la celebración de su éxito en el panorama cinematográfico internacional, Mayorga regresa a las tablas madrileñas con un texto nuevo que bebe de los cauces maestros de su catálogo: Si supiera cantar, me salvaría. El crítico, dirigido por Juan José Afonso, en el Teatro Marquina (C/ Prim, 11). Vuelven la pugna dialéctica entre pocos personajes, la acción contenida, la localización única, la escenografía escueta y el baile peligroso entre el arte y la propia vida.

Un crítico teatral (Juanjo Puigcorbé) llega a su casa tras haber asistido al éxito formidable del estreno de la última obra de Scarpa, un afamado dramaturgo. Mientras se dispone a redactar la crítica para su publicación en el periódico del día siguiente, en su puerta aparece el mismísimo Scarpa (Pere Ponce), quien, en lugar de disfrutar de las mieles del triunfo en su fiesta de estreno, le pide a Volodia poder contemplarle mientras escribe su crítica.

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Tan extravagante petición es un desafío, quizá fruto de un rapto repentino, que obedece al enfrentamiento tácito que ambos han mantenido a lo largo del tiempo, desde que Scarpa subiera su primera obra a los escenarios y Volodia le hiciese una crítica certera, demasiado afilada para un principiante. Lejos de amilanarse, desde entonces, obra tras obra, Scarpa ha tratado de obtener, en balde, el reconocimiento del crítico, el único que siempre se ha resistido a sus encantos de dramaturgo.

Puigcorbé configura con autoridad un personaje virtuoso, sabio, cansado y carente de doblez. Su catadura moral es superior, en todo momento, a la de Scarpa. Invadido en su intimidad, Volodia apela a la verdad existencial que, según su propia convicción, debe transmitir el teatro. El teatro pone máscaras para representar la esencia del ser humano, desnuda de todas las capas superfluas que le sobran a la vida. En cambio, hoy en día, el teatro está dominado por sus extremos: por un lado el ruido, lo frívolo, y por otro la religión, el panfleto. Ya no hay verdad sobre los escenarios. Y tampoco la hay en la dramaturgia de Scarpa, desviado de su integridad artística y entregado a la complacencia del público fácil. No la hay, ni siquiera, en la función que esa noche acaba de estrenar.

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De este modo, descubrimos que entre ellos se ha establecido durante todo estos años una dinámica de maestro y alumno en la que éste sólo buscaba la valoración justa del crítico, mientras que el personaje de Puigcorbé seguía de cerca al dramaturgo, y con cada crítica trataba de educar su conciencia, de apuntalar sus renglones torcidos. Cada uno a su manera, modelaba su obra conforme al otro.

Entre ellos se produce un combate de ideas y de filosofías vitales. De hecho, se mueven en círculos sobre el escenario, como en un ring de boxeo. Uno, por seducir al mundo, ha perdido su alma; el otro, por mantenerla incorrupta, la ha aprisionado lejos de todo lo demás en una cárcel de libros y estantes abierta a un cielo nocturno ―gran acierto escenográfico de Juan José Afonso y Elisa Sanz― donde sólo caben los sueños, lo ideal. Ambos representan el abismo que se abre bajo los pies de la obsesión artística. En las dos esquinas enfrentadas del cuadrilátero, el dilema ético del artista: la vida o la obra.

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En el fondo, lo que ambos anhelan es lo que tiene su adversario: la máscara tras la que se oculta. En lo tocante a lo puramente artístico, Scarpa cede parte de su terreno alegando, como justificación, que el director no supo ver las intenciones del texto con exactitud, y se permite criticar su labor de dirección. Resulta, pues, que ni siquiera el autor está de acuerdo con el director de su propia obra. Lo único que puede hacer Volodia es criticar el resultado de la interpretación que el director ha hecho del manuscrito de Scarpa, de ahí el error en su valoración. Interpretaciones, reinterpretaciones, máscaras. A continuación, Scarpa repasa toda la obra con el crítico ―que cuenta una historia de boxeo, precisamente, y de un pugilato entre maestro y alumno―, haciendo apuntes de cómo habría llevado a cabo el montaje de haber podido dirigirlo él mismo y dramatizando cada línea del diálogo, lanzando cada puñetazo y encajando cada golpe en una escena en la que Pere Ponce logra transmitir al público el entusiasmo desesperado de su personaje. Es decir, ejerce de crítico, situándose en un suelo quebradizo que no domina, para finalmente terminar dando la razón al juicio preliminar de Volodia. Su obra, en efecto, no está madura. De nuevo ha sido desenmascarado. El arte pertenece a Volodia.

Pero la vida es el dominio de Scarpa, y utilizará una jugada macabra con tal de hacer besar la lona a su adversario. Sin embargo el golpe no es mortal, sino que, contra todo pronóstico, resultará revitalizante para ambos contendientes. Tanto Volodia como Scarpa se han mirado durante demasiado tiempo en el reflejo del otro, y esa noche, primer y último encuentro entre ellos, cruzarán la frontera del espejo. Tras el umbral está lo desconodido, pero también la salvación. El crítico cierra el telón tal como lo levantó, con un hombre escribiendo, en este caso el dramaturgo, ya crítico y consciente de la responsabilidad que su talento entraña. Y quién sabe si lo que escribe es la propia obra a la que hemos asistido.


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