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Crítica: ‘El loco de los balcones’: José Sacristán da voz a Vargas Llosa

Written by | 15/10/2014 | Comentarios desactivados en Crítica: ‘El loco de los balcones’: José Sacristán da voz a Vargas Llosa

El loco de los balcones de Vargas Llosa

No hay nada como morirse o ganar un Nobel para que a uno le vayan rescatando textos de entre las carpetas escolares. El loco de los balcones (1993) no llega a tanto, pero teniendo en cuenta que es la tercera obra (antes lo fueron La chunga y Kathie y el hipopótamo) de Mario Vargas Llosa estrenada en el Teatro Español, debería hacernos sospechar que habrá una cuarta y una quinta, en precisa coincidencia con el resto de obras teatrales publicadas por este extraordinario narrador, género, por cierto, asociado a la prosa.

Basada en un personaje real, el protagonista de esta historia es Aldo Brunelli (José Sacristán), un profesor italiano de Historia del Arte que se dedica a recuperar balcones coloniales en la Lima de los años 50 junto a su hija Ileana (Candela Serrat).

De entrada, esa Lima arrabalera, canalla, elegante y decadente se nos presenta a través de un forzadísimo amago de coreografía musical, que, afortunadamente, se queda en un susto, y no metastatiza en exceso a lo largo de la obra, cuya dirección corre a cargo de Gustavo Tambascio.

El loco de los balcones de Vargas Llosa

La trama apoya su peso en un triángulo paradigmático: el ingeniero Cánepa (Fernando Soto), el joven marxista (Javier Godino) y nuestro loco de los balcones, Aldo Brunelli. Más equilátero que isósceles, el autor nos representa esas tres caras de la realidad (el progreso, la revolución y el esteta) con sus bondades y extremismos, lo cual nos ayuda a comprender (y hasta a respetar) los motivos que mueven a cada personaje.

Al fin y al cabo, los tres se definen como idealistas y lo demuestran viviendo en un tiempo distinto: el esteta lo hace en el pasado, el marxista en el futuro, y el ingeniero, más pragmático, en el presente. Ya tenemos el eje vertebral de la historia, que pronto se entretejerá buscando los puntos de conflicto: la hija de Aldo, Ileana, se casa con Diego (Carlos Soto), hijo del ingeniero Cánepa. Cada uno busca en el otro lo contrario de lo que han vivido con sus propios padres. Es decir, ya tenemos servida la tragedia.

El loco de los balcones de Vargas Llosa

Lo más memorable resulta, sin duda, la vindicación de la belleza que Aldo Brunelli lanza contra las excavadoras del progreso sin que la obra pierda el humor, que es lo mismo que decir la ternura. Este alegato en favor del arte menor, de la artesanía sin rúbrica, que podría apelmazarse en el terreno conceptual, cobra voz (y qué voz) gracias a un gigantesco José Sacristán.

El tema suena a vigente, no pierde hojas en otoño. A fin y al cabo, los balcones de Lima son un símbolo, y como tal, universal y perfectamente transferible. Seguro que a más de un espectador le viene a la cabeza el dislate urbanístico de esta horterísima España que, a golpe de torreznario, creyó cambiar su caspa por purpurina, lo viejo por lo flamante, hasta entrar en números rojos.

De fondo, Vargas Llosa nos plantea con tendón tirante el viejo pulso entre ética y estética. Entre tradición y progreso. Detrás de la belleza marchita de los balcones, se encuentran viviendas insalubres donde la gente se hacina entre cochambre. ¿Y no es inmoral preocuparse por unos balcones en un país en el que la gente se muere de hambre?, como alega el joven marxista. Pero lo cierto es que al espectador no le cuesta simpatizar con otro tipo de nobleza, la del loco quijotesco que quiere salvar unos balcones, sólo (y precisamente) porque son bellos.

El loco de los balcones de Vargas Llosa

En definitiva, la fórmula cuadra y la obra acata las expectativas. Se aplaude bien, sin compromiso, hasta el último vis. Pero la firma pesa y el listón queda alto a nivel geográfico, concretamente, apuntando a Estocolmo. Porque Vargas Llosa conoce de sobra la distancia que distingue a la más digna artesanía de la obra de arte, que, en este caso, es la misma que separa a su folio escrito de las tablas. La tridimensionalidad exige sangre, y ése es, quizá, el aspecto más débil de El loco de los balcones. Y desde luego no será por el nivel de los actores.

El espectador avezado sabrá distinguir, pues, a Vargas Llosa situando con pericia los ingredientes en la obra, para luego cruzarlos entre sí y hacerlos estallar en un incendio con viejo saber de alquimia. Pero al final pareciera que al corsé de la estructura le sobre alguna correa para convertirse realmente en teatro. Es decir, para zarandear en la butaca. Pero eso tampoco importa demasiado, no se crean, porque ahí está José Sacristán para remediarlo.

Clara Boluda Vías

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