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Crítica: ‘El malentendido’, de Camus, o el absurdo existencial de Cayetana Guillén Cuervo

Written by | 19/02/2013 | Comentarios desactivados en Crítica: ‘El malentendido’, de Camus, o el absurdo existencial de Cayetana Guillén Cuervo

En el Teatro Valle Inclán, Eduardo Vasco (antiguo director de la Compañía de Teatro Clásico) ha asumido la puesta en escena de El malentendido (1944), de Albert Camus, una obra escarpada, de atención compleja y abrupta desolación existencial. Que sea el espectador quien decida si asumir las reflexiones de un escritor privilegiado que, premios escandinavos al margen, tuvo la envergadura moral de plantar cara al dogmatismo estrábico imperante, acaparado por Sartre a modo de existencialismo virado a la URSS.



Inspirada en un suceso real, al que Camus ya había hecho alusión en El extranjero (1942), la historia arranca con la esperanza de un hijo pródigo, Jan (Ernesto Arias), que regresa a su patria natal junto a su esposa María (Lara Grube) veinte años después de haber salido en busca de una vida mejor. Bajo el deber asumido de querer compartir la fortuna amasada con su familia, Jan decide hospedarse sin revelar su identidad en la vieja pensión regentada por su madre (una sobresaliente Julieta Serrano) y su hermana Marta, interpretada por Cayetana Guillén Cuervo (a cuya merecida ovación se añadió una cariñosa cuota de aplausos en recuerdo de su padre, el recientemente fallecido actor Fernando Guillén, que junto a su madre, Gemma Cuervo, había protagonizado una versión de la misma obra dirigida por Adolfo Marsillach en 1969).

El optimismo de Jan choca con la frialdad desapegada que reina en la casa, donde el crimen ha adquirido, desde años atrás, el sombrío rango de indiferencia: madre y hermana matan a sus clientes para robarles el dinero. Sobre este planteamiento, la fatalidad llama a la puerta hasta que el malentendido la abre. Jan es envenenado, y al descubrir su identidad, la deflagración salpica de vacío y desesperación a las tres mujeres de su vida.

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Jan y María, su mujer, interpretados por Ernesto Arias y Lara Grube

Vasco acierta con el parco decorado, compuesto por apenas tres mesas, que afianza en tono conceptual de ausencia, de la nada sin aristas ni asideros que Camus retrata. Los personajes aprovechan el largo perímetro del escenario para recorrerlo apurando sus límites, lo que obliga al espectador a seguir los diálogos a cabezadas, perdiendo en ocasiones a un interlocutor como pleno partícipe de la de sensación de incomunicación que atraganta la trama.

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Jan y su hermana se encuentran por primera vez en años

La incomunicación es, precisamente, vértebra esencial de El malentendido. Hubiese bastado que Jan dijese «Soy yo, vuelvo para compartir mi dinero con vosotras» y así zanjar la historia con un happy end alejadísimo de las coordenadas griegas de la tragedia. Pero la potencia centrífuga del absurdo desdice cualquier posibilidad de diálogo. Ya sea en la incapacidad de Jan para encontrar las palabras que le permitiesen descubrir su identidad, su ser, frente a su familia y patria; la anestesia existencial que impide a la madre reconocer a su propio hijo; o el radical desapego empático que hace confesar a Marta «amor, alegría, dolor son palabras que no caben en mi cabeza». Y de fondo, la campanilla de la pensión busca respuestas en un criado (símbolo, no demasiado sutil, de Dios), que presencia el drama sin intervenir, indiferente ante el dolor de los que lo rodean.

No en vano, en esta obra, Camus quiso construir, con sopesado trasfondo ético, una tragedia moderna. Del mismo modo que Esquilo fue «combatiente de dos guerras», como escribió Camus en sus diarios de trabajo, a él le había tocado escribir en un mundo arrasado por el mayor conflicto bélico de la historia, ya cortocircuitado de toda trascendencia y razón.

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La madre (Julieta Serrano) vela a su hijo

Así, sin levantar los ojos de un filósofo de referencia como fue Nietzsche («donde Sócrates y la razón mandan, la tragedia pierde su sentido»), el francés asumió que el género trágico era el idóneo para reflejar el absurdo de la existencia humana, el llamado a evidenciar el eterno conflicto entre Eros y Tánatos, entre Jan y su madre y hermana. En lo trágico no hay solución posible, ni respuesta consoladora al otro lado de la campanilla. El hombre está solo en el mundo, arrojado al absurdo sin arnés.

el malentendido camus absurdo existencial cayetana guillen cuervoPero Camus sabe que la fatalidad es pretexto manido para anular el libre albedrío. Y que la moral sólo cobra sentido en el ámbito de lo posible. Frente a la desesperación, Camus da un paso al frente, como lo hará Jan: arrojado a un mundo sin dios, el único asidero que puede guiar al hombre, aunque sea a tientas y a la derrota, es la solidaridad y el amor. De ahí la crucial escena en que la madre descubre que el hombre a quien acaba de matar es su propio hijo y decide suicidarse. Confiesa a su hija: «he descubierto la certeza del amor de madre». No es un suicidio nihilista, como el de Kirilov de Dostoievski, analizado en consanguinidad por Camus en El hombre rebelde. Es un suicidio de reafirmación esencial, cuyo arrepentimiento reinstaura todo sentido moral.

En el lado opuesto, Marta recibe la decisión con un último atisbo de humanidad: celos de que su madre opte por seguir a su hermano en la muerte, condenándola a una soledad en vida. Habla de injusticia. Pero a diferencia de su madre, la desesperación no revierte en la unión con el mundo, sino en la negación metafísica absoluta: vuelca el altar de Dios, mientras explica a María, con descarnada serenidad, que su esposo ha muerto por un malentendido. De alguna forma tenía que morir, qué más da un modo u otro. Del clavo ardiendo al témpano, esta potente escena supone un regalo para cualquier actriz, que Cayetana Guillén Cuervo sabe aprovechar en escena.

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El final es demasiado explícito, y redundante, además, por el despliegue de pulgadas que cubre el fondo del escenario con una pantalla. Se mantiene fiel, no obstante, al tono general de una obra en la que casi todo se cuenta en lugar de suceder. Como primera obra llevada a escena por el autor, a El malentendido le pesa más la filosofía que la vida, quizá por eso gane más leída que representada.

Pero está bien llevada escena por el elenco, y la última parte mantiene el crescendo hasta la apoteosis del último grito que niega el consuelo a los hombres. El espectador saldrá con una angustia que no sintió al sentarse en la butaca, ahora inmerso en los abismos que acompañaron a Camus hasta su muerte, de ejemplar infortunio: una mala curva se lo llevó en accidente de tráfico en las afueras de Thoissey, tras un inocente cambio de planes de última hora. Murió con el billete de tren que le hubiese llevado a París en el bolsillo. Un final de renglón torcido, tan inverosímil como natural, que aún se eleva, tenaz y en la derrota, hacia el origen de todas las tragedias.

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