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Crítica: ‘El último concierto’, de Yaron Zilberman: drama humano sostenido por el trabajo de un gran cuarteto actoral

Written by | 28 August 2013 | Comments Off

El último concierto de Yaron Zilberman drama humano sostenido por el trabajo de un gran cuarteto actoral Seth Grossman Yaron Zilberman Philip Seymour Hoffman Mark Ivanir Catherine Keener Christopher Walken Imogen Poots

A estas alturas, los espectadores estamos acostumbrados a que cuando llega el verano las grandes marcas de Hollywood nos bombardeen con un elevado número de blockbusters vacíos de contenido y cada cual más chapucero, sin embargo todos los años nos queda la esperanza de encontrar algunos títulos decentes de entre tanta paja. Pero, mientras que todos los veranos la cartelera nos da un poco de cal y un poco de arena, este año se estaba haciendo especialmente cargado de decepciones: Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2013) podría haberse llamado perfectamente Transformers contra monstruos gigantes, El hombre de acero (Zack Snyder, 2013) ha resultado ser la cinta insulsa que nos habían advertido que sería, y van acompañadas de un séquito de películas que se balancean entre lo cutre y lo medianamente pasable, como Lobezno Inmortal, Ahora me ves, Elysium o Guerra Mundial Z, que hacen que otros títulos de mayor categoría (Antes del anochecer, Star Trek: En la oscuridad) no hayan tenido la repercusión que podrían haber tenido. Casi en el final de esta decepcionante maratón veraniega nos llega un título que, pese al estigma de ser un film menor (pasando casi inadvertido en taquilla), me ha supuesto un soplo de aire fresco, una bocanada de buen cine: se trata de El último concierto (Yaron Zilberman, 2012).

Como toda película estadounidense a la que las productoras no sacan rendimiento en taquilla al otro lado del charco, El último concierto llega tarde a nuestras salas de cine, algo que muchos espectadores sabemos que no tiene por qué ser sinónimo de mala película. Una buena taquilla no tiene por qué coincidir con una buena crítica, ni por parte de la crítica especializada ni por parte del espectador medio. Éste es el caso en que nos encontramos con esta cinta, que analiza las relaciones que se perfilan entre los componentes de un prestigioso cuarteto de cuerda neoyorquino, quienes tratan de separar lo personal de lo profesional durante años hasta que las tensiones latentes, los miedos y los rencores estallan cuando ven que el grupo que tanto han sacrificado por mantener íntegro se desmorona sin remedio al diagnosticársele al miembro más viejo y fundador del cuarteto (Christopher Walken) los primeros síntomas del parkinson. Éste decide comunicar al resto su decisión de retirarse tras un último concierto, si la medicación funciona, momento que aprovecha el segundo violín (el siempre estupendo Philip Seymour Hoffman) para proponer alternarse con el primer violín (Mark Ivanir), destapando así las inseguridades de su matrimonio con la violista del cuarteto (Catherine Keener) y su propio complejo de inferioridad. A partir de aquí, la película va en aumento hasta un espléndido último acto que eclosiona en una escena final a ritmo de cuerda y lágrimas, forjada con las excelentes interpretaciones contenidas de los cuatro actores, que sólo con la mirada y con la expresión del rostro son capaces de hacer buen cine.

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Tras veinticinco años juntos, el cuarteto de cuerda La Fuga, cuyos miembros han asumido sus diferentes roles (tanto en el grupo como en su esfera personal) a costa de sus propias ambiciones individuales, comienza a desintegrarse. Este ejercicio de estilo se levanta sobre las interpretaciones de cada uno de los miembros del cuarteto, destacando especialmente las actuaciones de Philip Seymour Hoffman, excelente, y del más desconocido Mark Ivanir. El primero interpreta al segundo violinista, quien está casado con la violista del cuarteto (Keener) y carga con un gran sentimiento de frustración y complejo de inferioridad sabiendo que su propia mujer no le reconoce el talento suficiente para ser primer violinista (lo que se traduce en una compleja metáfora que se desarrolla a lo largo de toda la narración, conectando las relaciones puramente profesionales con las personales). Ivanir también está estupendo, construyendo un personaje contenido, introvertido, que a lo largo de su carrera profesional ha decidido sacrificar su propia vida sentimental para dedicarse en cuerpo y alma a la música, obligándose a tener cada instante calculado, medido y planeado. Catherine Keener está más que correcta, y también tenemos a Christopher Walken, quien cambia su habitual registro interpretativo para adoptar un personaje al que nos tiene tan poco acostumbrados como a sí mismo, y eso se le nota, se le ve que, pese a su gran capacidad como actor, no acaba de sentirse del todo cómodo, o suelto, pero eso no importa porque le viene de perlas al personaje, que se ve obligado a cambiar de rol tras veinticinco años acostumbrándose a un tipo de vida, y su rostro cetrino deja reflejar su propia incomodidad.

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Esta película está trabajada de forma casi minimalista, cubriendo cada esquina, cada posible grieta, no dejando nada suelto y sin hilar, llena de metáforas y conexiones que envuelven a los personajes, cada uno con su propio universo personal, genialmente interpretados todos ellos, y todo al compás del Opus 131 en Do sostenido menor de Beethoven. Pero no todo son palabras amables: un guión quizás excesivamente serio ralentiza la narración, que insiste en el drama y en, quizás, exagerar algunos puntos, haciéndonos ver casi como tragedias lo que son meras vivencias personales. Demasiado sobria (como le insiste el segundo violinista al primero, carece de toda improvisación y pierde en sentimiento porque mide su trabajo al milímetro, en cada detalle), aunque lo cierto es que el resultado es una bellísima metáfora que, además, se ofrece a mostrarnos con mucho atino cómo es el trabajo diario de los profesionales de la música.

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Lo mejor: Las excelentes interpretaciones (especialmente Philip Seymour Hoffman y Mark Ivanir) dan vida a personajes muy bien escritos y construyen una metáfora bellísima que da sentido a la película, que transcurre a ritmo de la mejor música clásica.

Lo peor: Narración lenta, pesada y entorpecida por la ausencia de acontecimientos o vuelcos de trama, aunque esto no tiene por qué ser algo malo según el momento. Algunas escenas se alargan demasiado, lo cual puede provocar la ilusión de una narración estática.

Veredicto: Muy buena película que se levanta sobre el trabajo de cuatro grandes actores que dan lo mejor de sí para construir una metáfora sobre las relaciones personales y profesionales. Una bocanada de buen cine para no ahogarnos entre tanto blockbuster veraniego.



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Director: Yaron Zilberman
Guion: Seth Grossman, Yaron Zilberman
Reparto: Philip Seymour Hoffman, Mark Ivanir, Catherine Keener, Christopher Walken e Imogen Poots.

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