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Crítica: ‘Los cuentos de la peste’: homenaje de Vargas Llosa al ‘Decamerón’

Written by | 26/02/2015 | Comentarios desactivados en Crítica: ‘Los cuentos de la peste’: homenaje de Vargas Llosa al ‘Decamerón’

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El Teatro Español vuelve a apostar por Vargas Llosa. Y esto no es noticia. Aunque Los cuentos de la peste, dirigida por Joan Ollé, sí que añade una novedad ciertamente llamativa. Y es que después de Kathie y el hipopótamo, La Chunga, y El loco de los balcones, el premio Nobel se ha visto con ganas de dar el salto más allá del guion y se ha lanzado a actuar.

Pero lo primero es la literatura. De los cien relatos narrados en el Decamerón, Vargas Llosa escoge ocho, cuyo eje argumental es el amor. La trama discurre en una quinta situada a las afueras de Florencia, donde cinco personajes (entre los que está el mismo Boccaccio) hacen de la fantasía el mejor parapeto frente a la realidad brutal de la peste, que empantana la urbe de cadáveres.

Ahí arranca un juego de malabares (a veces más lento de lo requerido) que difumina ficción y realidad a través de los relatos que se cuentan los unos a los otros. Mediante elipsis fulgurantes, los actores se adaptan a cada nuevo personaje, obligando al espectador al amable cometido de dejarse llevar. Se adivina, de fondo, la gratitud que Vargas Llosa profesa a Boccaccio, o lo que es lo mismo, al contador de historias que supo exaltar la vida en tiempos de muerte, con una carnalidad y exuberancia impensables entre los vapores idealizantes de sus predecesores, Dante y Petrarca.

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Así, entre brochazos de descaro, el gran Boccaccio inauguró no sólo la literatura moderna, que no es poco, sino también un género tan necesariamente italiano (ahí queda, de Casanova a Fellini) y de carcajada ecuménica como es el de la chanza eclesiástica y el de las monjas de fluidos alborotados, tan recurrentes en la obra.

De lo oral a lo escrito, del latín a la lengua vulgar y del verso a la prosa, Vargas Llosa nos presenta al Boccaccio que, acuciado por el hálito de la epidemia, se decide a abandonar los atriles del canon tradicional para arrimarse al pueblo y descubrir, de paso, el extraordinario filón de ingenios que bulle en las calles. Jugando con el mismo espíritu, la obra arrima el ascua a su sardina, y se toma la licencia de adaptar a nuestros días algún gag de acento paródico para ganar la risa más saltona del público. Pero lo cierto es que la treta desentona en el armazón del conjunto.

Y es una lástima, porque en Los cuentos de la peste se mantiene con pulso el difícil tirón de la vis cómica, entre otras cosas por el fresquísimo despliegue escénico y corporal que llevan a cabo Marta Poveda (Filomena) y Óscar de la Fuente (Pánfilo), como juglares en funciones, y por la labor de Pedro Casablanc, metido en las carnes del mismo Boccaccio.

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Un hecho sí que sorprende. Quizá para lograr un clima onírico acorde a su historia de amor, o quizá por solidaridad hacia el actor menos dotado, tanto Aitana Sánchez-Gijón como Vargas Llosa actúan durante toda la obra con un micro de boca. Pero, en todo caso, es digna de mención la labor que los cuatro actores de carnet reglado y merecidísimo cuño ejercen sobre el escenario.

Esta precisión reglamentaria no es en absoluto superflua. De hecho, más de uno habrá pagado la entrada para ver si la fortuna le concedía ver a todo un premio Nobel quedarse en blanco, o por si, ya fuese mucho pedir, un torpe ademán le llevase a aterrizar de cráneo en la primera fila de butacas, para bochorno de los asistentes y del rey Carlos Gustavo. Pero no hubo lugar para el escarnio ni para la vergüenza ajena. Se ha gastado más tinta de la necesaria en enfatizar obviedades como que Vargas Llosa no es un buen actor. Y, francamente, no lo es. Sin embargo, mantiene con acierto un congruente perfil bajo que no chirría con el perfil de su protagonista, el duque Ugolino. La dirección ha sabido hacer de la necesidad virtud, y en este caso, adaptar la prudencia y la contención a un personaje soñador y maduro.

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Lo cierto es que Vargas Llosa ha mostrado siempre un vitalismo incombustible, inclinado a recorrer toda la terra ignota que se le pusiese por delante, incluso, a veces, de naturaleza tan movediza como la política. Por eso también habrá quien sepa encontrar cierta grandeza en un hombre de 78 años que se ha metido en semejante brete escénico por mero amor al arte. Y con muchos más riesgos que recompensas al alcance de la mano. Más de un aplauso se ha ido en esa lección de vida con el telón ya caído.

Ésta es, en definitiva, una obra de inercia literaria, a la que quizá sobre algo de reloj y texto. No es un guion fácil de ensamblar, con una estructura lineal que intercala narradores en primera persona y omniscientes, situados entre fronteras que confunden la ficción y la realidad, pura marca de la casa. Y aunque sería de un imperdonable mal gusto referirse al Decamerón en términos de sketches, lo cierto es que algunas historias tienen más gancho que otras, y eso que no pasa desapercibida la astuta treta de dejar las partes más cómicas para el último tramo de la obra.

Pero en todo caso no será difícil acabar la representación con una sonrisa, mientras Sherezade, Chaucer, Boccaccio o, acaso, don Mario nos cuentan la historia más vieja del mundo, que es la del hombre que un día se sentó a fabular bajo las estrellas ante un círculo de oídos perplejos. Y así se hizo la luz para los mortales, esta vez en Florencia, entre historias de peste, bubones y amor.

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