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Crítica: ‘Noches de acero’ o un lapso de arte efímero

Written by | 16 December 2012 | Comments Off

opinión noches acero teatro lara

Las puertas del teatro se abren. En el vestíbulo del salón principal, entre sillas dispuestas a su alrededor, un hombre yace inmóvil sobre una cama. No hay escenario. No hay diferencia de nivel entre el público, que ocupa sus asientos tímidamente, y el hombre que hunde su rostro en la almohada. Apenas unos metros de distancia. Los más atrevidos, quienes toman asiento en la primera fila, podrían tocar al actor con sólo alargar la mano. Es tarde. Son las diez de la noche. El aforo termina llenándose. Incluso hay gente de pie apoyada en las paredes del perímetro. Escrita por Saúl F. Blanco y dirigida por Eduardo Velasco, se trata de una función única, enmarcada en el circuito Off del Teatro Lara, aunque parece haber suscitado un interés formidable. Entre los asistentes, caras reconocibles del mundo del espectáculo. Quizá deseen apoyar con su presencia el teatro alternativo de calidad, y con ese gesto, que recuerda a una eucaristía, celebran la vocación de un gremio en crisis perpetua.

De pronto, por los altavoces se escucha un eco de risas proyectadas en forma de imágenes borrosas sobre los visillos de una ventana cerrada. Una lejana voz femenina lo inunda todo. Entonces el hombre despierta y las chicas en la primera fila se estremecen como por instinto de supervivencia. El primer movimiento de una obra, ya sea literaria, teatral o cinematográfica, es definitorio. Tanto o más que su término. Si un personaje abre el telón despertándose, intuimos que la trama transitará por los territorios fronterizos de la ensoñación, la memoria y la realidad. Y en este caso, la vigilia se mezcla con el sueño del mismo modo que los espectadores se mezclan con el escenario.

La vida y los párpados pesan tras muchas noches amorrado a una botella de whisky, que descansa vacía y transparente sobre las sábanas junto a una caja de música. Ésta guarda el último refugio de la esperanza; aquélla, el atajo hacia la destrucción. Bosco (Juan López-Tagle) es un alma atormentada por la culpa. Nada tiene sentido ya: ha perdido a la mujer que amaba, su aliento se ha desvanecido, no le queda nada, incluso están a punto de desahuciarle de la habitación en la que vive.

noches acero teatro lara Alguien llama a la puerta, pero Bosco desoye el repiqueteo continuo. Sin embargo la persona al otro lado insiste tanto como para arrancar al infeliz de su lecho. En el bastidor aparece una mujer con traje de ejecutiva (Laura Río). Es alta, rubia, atractiva, felina, y le ofrece a Bosco un crédito para evitar que le embarguen su vivienda. Él rechaza su ofrecimiento, pero ella se las arregla para traspasar el umbral, y a partir de ese momento comienza un juego de seducción en el que aflorarán los recuerdos, que regresan de nuevo como una pesadilla recurrente, los remordimientos, los instintos, la compasión, la piel cálida del amor y el acero frío de la muerte con toda su crudeza. Ella es un ángel vengador disfrazado de femme fatale, rezumando sexo y peligro, carnalidad y abismo en una mezcla subyugante capaz de desarmar a Bosco, aniquilando su voluntad y las murallas que recubren su corazón. Y así, pese a la reticencia inicial de Bosco, poco a poco ella se torna para él en la imagen arquetípica de la madre salvadora, la que recoge a su vástago de entre las cenizas tras haber sido abrasado a su paso por el mundo, y él hunde su rostro en su pecho como antes lo había hecho entre las salpicaduras de vómito de la almohada. Cuando una mujer tiene a un hombre en semejante grado de sometimiento, en su mano está redimirlo o terminar definitivamente con él.

Todo este proceso psicológico, cuyo arco apenas dura una hora, se vive sin embargo con intensidad, sucede justo enfrente de nosotros, sentimos el pálpito de la pasión, el sobresalto repentino de la violencia, el jadeo de la desesperanza, la piel quebradiza del hombre y de la mujer que huyen de sí mismos hacia el otro. Esta sensación es especialmente vigorosa cuando ella extrae una pistola del bolso. El acero refulge bajo la luz de los focos, y de manera inconsciente, el cerebro del espectador se pone en guardia ante una amenaza esencial, que es la misma que atenaza al protagonista.

En todo momento se tiene la impresión de estar contemplando algo excepcional. No sólo por tratarse de una función única o por el talento de ambos actores, sino por ser testigo de un lapso de arte efímero que seguirá vivo sólo mientras dure la función, y que morirá cuando las luces se apaguen. Como la fugacidad del amor verdadero del que se lamentan sus protagonistas, así la fugacidad de la representación de la obra.

Y en los asistentes, sólo el recuerdo de lo contemplado, de lo vivido, de lo sentido.


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