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Crítica: ‘Reikiavik’, de Juan Mayorga: el ajedrez como juego de metáforas

Written by | 19 October 2015 | Comments Off

En esta obra, la premisa de Juan Mayorga (ver La lengua en pedazos y El crítico) ha sido particularmente audaz: ¿Y si en vez de jugar al ajedrez, jugamos a Reikiavik? Así, dos hombres que ni siquiera saben jugar al ajedrez, se encuentran de vez en cuando en un parque para representar la gran partida del siglo, enfrentó a Spassky contra Fischer. Uno de ellos está enfermo y busca un sustituto. Aparece un muchacho (Elena Rayos). Y comienza el espectáculo en el Teatro Valle Inclán.

Que estos personajes se llamen entre ellos Waterloo (César Sarachú) y Bailén (Daniel Albadalejo) deja claro que aquí cada uno pierde a su manera. También pasó en Reikiavik. Nunca hubo más vida para los dos contrincantes más allá de la partida, a la que quedaron inextricablemente unidos.

Así, tras su afrentosa derrota, Spassky pasó al desguace de muñecos rotos del régimen soviético. Y qué decir de Fischer, que años después de ser considerado un héroe americano acabó en busca y captura, renegando de Estados Unidos, del capitalismo y hasta de sí mismo.

En efecto, no fue una partida cualquiera. En 1972, el enfrentamiento de un soviético contra un estadounidense adquiría un regusto mediático, con otro tablero, el del mundo, en juego. Reikiavik pasó a ser un asunto de estado para las dos potencias de la Guerra Fría.

Así, Spassky asumió el peso de ser la tuerca decisiva en el portentoso engranaje soviético, compuesto por un ejército de especialistas y campeones de ajedrez. Y al otro lado, un solitario, maniático e insoportable representante de una nación sin apenas tradición ajedrecista. O lo que es lo mismo: un caballero ruso contra un insolente y enervante estadounidense. El trabajo de equipo contra el genio individual. El enfrentamiento está servido, y se presta, por cierto, a mucho humor.

El decorado minimalista de la obra termina rezumando vida, color y emoción, gracias al gigantesco trabajo actoral, que colma la escena de dinamismo. Porque las reglas del ajedrez están fijas, pero hay una infinitud de jugadas al alcance, una por vida, por representación. Así, aunque el rey caiga, la partida comenzará de nuevo.

Y a cada movimiento, el tablero de Reikiavik proyecta una nueva arista, sumando planos superpuestos y nuevos personajes (Kissinger, representantes del Politburó, la madre de Fischer, la mujer de Spassky, psiquiatras, analistas y hasta un sacerdote). Un hipnótico juego de malabares, clavado con precisión y talento.

Es así como Mayorga nos acaba destapando el brillante engranaje de la obra. Esto no trataba sólo de una partida de ajedrez, ni tan siquiera de la gran partida de la Historia, sino del juego más viejo del mundo: el de una persona que quiere vivir la vida de otra. Ya queda claro, aquí se estaba hablando de teatro. Y además, del bueno.

Clara Boluda Vías

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