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Crítica: ‘Relámpagos’, de Eduardo Martínez Rico: el ser y la nada

Written by | 27/10/2015 | Comentarios desactivados en Crítica: ‘Relámpagos’, de Eduardo Martínez Rico: el ser y la nada

«Con esa peligrosa tendencia al diálogo contigo mismo.»

Relámpagos es un libro que ahonda en el tema del pesimismo, y que arrastra al lector a una auténtica tormenta: una serie de flashes de luz y lucidez que dan bastante miedo. Y digo que dan miedo por la sobrecogedora idea de pensar que de la existencia humana, de nuestra conciencia, no va a quedar más que materia inerte en viaje continuo hacia la nada.

La historia es la de un profesor de filosofía que divaga en un hábil juego de desdoblamientos, en un diálogo peligroso, donde las interrogaciones pueblan la narrativa de un escepticismo tan alejado del mundo que producen una continua sensación de extrañeza.

Estas páginas escriben el viaje mental de un profesor de filosofía ante la muerte su mujer, y las evocaciones a esa belleza perdida que ha pasado de largo y que jamás volverá a encontrarse. Un tema central, el de una ausencia, tratado en multitud de libros y que ha dado bellas composiciones literarias, de tono íntimo, y otros libros muy malos, que explotan sin pudor el sentimentalismo y la víscera. Nada de eso hay en Relámpagos, que está siempre en el terreno de lo sutil, del observador silencioso de la realidad. La pérdida del amor está narrada como una fría ensoñación, no hay sentimentalismo sino una evocación que no llega a ser nostálgica y que mete en el mismo cubo la vida antes, durante y despúes del amor. Las reflexiones de tono filosófico están también logradas pues no son ocasionales ni frívolas, sino que hay una continua contradicción de ideas, una continua reflexión sobre la realidad llevada con rigor, hasta sus últimas y dolorosas consecuencias.

Este personaje sufre en las primeras páginas del libro una serie de encuentros con una cotidianidad maquinal y degradada, por lo que, a partir de ese momento, el libro vira al encuentro de una conciencia consigo misma. Una pérdida del sentido vital que puebla su mente de preguntas constantes, de evocaciones tristes a momentos perdidos en el tiempo, archivados en una memoria que juega constantemente en contra.

El recuerdo de una persona querida y deportada por la muerte es su tema central, junto al absurdo, y es tratado en el texto evitando el tópico, pues el continuo desapego y desapasionamiento le dan una conciencia clara de lo que ha vivido, o quizá no una conciencia clara, pero sí una forma aséptica de afrontarlo, alucinada e insistente, y una transformación mediante el recuerdo y el pensamiento. Nuestra mente recrea lo que fue, pero transformando un recuerdo que va perdiendo nitidez, que va dejando sólo sensaciones y destruyendo el fotograma original, que queda perdido para siempre. En este libro no sólo hay conciencia de este hecho sino un trabajo de análisis sobre la idea y el significado, o falta de significado, de todo lo que se pierde en el corto lapso de una existencia. Desde este punto de vista, hay en el libro un despertar de la propia vida, de caminar sobre un terreno incierto sin más acompañante que uno mismo.

Es este libro, también, una novela psicológica, pues todas las tribulaciones del personaje, sus obsesiones plasmadas sobre el papel y su forma de interrogarse sobre el pasado y sobre su circunstancia tienen la arbitrariedad, la falta de orden y lo enigmático de un individuo contradictorio y sumido en un desasosiego profundo. Lo que da a entender que esta capacidad analítica es también desordenada, obsesiva y trabaja de forma constante, hasta la propia desnaturalización de la persona.

Llama también la atención que la recreación del ambiente no sea, de ningún modo, descriptivo, pero sí eficiente. En una escena en la que el personaje observa a un carnicero atónito en un trabajo rutinario y alienante, el ánimo del narrador impregna el ambiente hasta el punto de que no necesitamos más esfuerzos para recrear, por medio de la imaginación, el lugar en que emplaza la escena.

Nada, pues, de ese optimismo barato que llena tantos libros y obras de ficción que responden más al criterio del público que a la personalidad creadora de un autor. Relámpagos es una novela o diario que apuntan a un lector que valore el fenómeno literario en toda su extensión, que no se quede en la superficie de unas cuantas historias que ya no nos sorprenden por repetidas y por explotadas. No busca concesiones y se limita a desgranar sin piedad las ruinas de la propia imagen, del propio recuerdo. Emparentado con obras del tamaño de Mortal y rosa de Umbral y el Diario íntimo de Unamuno, posee, en cambio, algunas diferencias de importancia. Si bien los libros de Umbral y Unamuno son magníficos por su calidad literaria y las continuas reflexiones sobre el sinsentido de la vida, caían en arrebatos líricos o religiosos que lastraban un poco el resultado. El libro de Martínez Rico es coherente hasta el final, por calidad literaria y calidad conceptual. Así es Relámpagos, ni se exalta, ni se traiciona a sí mismo.

Relámpagos es un libro que tiene dos nudos complementarios, el concepto y la imagen. El concepto le da la posibilidad de desarrollar sus ideas, de contradecirse, de no llegar nunca a una conclusión que le ligue a la vida, de pensar que todo lo que nos cegó algún día con su belleza no tiene mayor sentido, y que lo irá perdiendo de forma acelerada hasta llegar a la nada. De otro lado tenemos una serie de imágenes descorazonadoras, que muestran el vastísimo paisaje, inhóspito, indiferente y hasta hostil. Este juego es de gran utilidad, pues metaforiza con imágenes una visión del mundo llena de desolación, llena de desiertos y mares profundos, llenos de esa inercia lenta, por debajo de la cual palpita vida, pero poca.

Alan Romero

Relámpagos
Eduardo Martínez Rico
Editorial Dalya
169 páginas
12,90 Euros

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