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Crítica: ‘Siguiendo mi camino’, de Mauricio Wiesenthal: otra lección de vida del maestro

Written by | 25/04/2013 | 1

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Divertido, cosmopolita, lúcido, wildeano, tierno, exuberante y de erudición portentosa. Cualquiera que haya tenido la suerte de leer a Mauricio Wiesenthal sabe de lo que estamos hablando: de una de los mejores plumas de nuestra lengua, allá las listas de venta, cuya voluptuosidad narrativa, casi mística a los ojos, es capaz de devolver la vida al barro de los siglos. Y luego echarlo a andar.

mauricio wiesenthal siguiendo mi camino libro de réquiems el esnobismo de las golondrinas luz de vísperasEn Siguiendo mi camino, la semilla de la letra nace, como en los romances antiguos, de la voz. Así, Wiesenthal echa la vista atrás y nos cuenta las melodías que marcaron su vida: del bolero al tango, de Sinatra a Elvis, de la corte al pueblo. A cada capítulo, una canción. Y en cada una de ellas, una historia diferente que contar, siempre bajo la pátina azafranada de la melancolía que distingue a este autor. Porque al igual que Montaigne, y como todos los grandes, cuando Wiesenthal nos habla de él nos habla de todo. De las mil vidas de dandy que ha vivido con el bolsillo agujereado y una flor pendiente del ojal, como cantante de orquesta, redactor de guías, viajero sin beca sellada (ya fuese con billete de tercera o como pasajero del Queen Elisabeth), actor de fotonovelas, bon vivant, fotógrafo parisino con seudónimo japonés, contertulio de la jet, enólogo profesional y medio abstemio. Más propenso al matrimonio que al patrimonio, según sus propias palabras.

En Siguiendo mi camino, este Dionisos afable y exquisito nos tiende una copa del más fino cristal de la Bohemia, región luminosa de vida. A modo de risotada alegre, él mismo resume su filosofía en este fragmento de su apabullante e imprescindible Libro de réquiems: «Si reina Nerón, sólo caben dos gestos: Séneca o Petronio. Me gusta más el segundo, porque con el estoicismo puede hacerse una religión moralista o un Estado, mientras que el esnobismo es una libertad sin fronteras».

Porque lo realmente extraordinario, por conjunción insólita, es que en Wiesenthal no sólo seduce su talento, sino también su espíritu. Con él, el cristianismo de vida se une a la sabiduría del griego y a la melancolía del héroe que transmite las ruinas de su legado: el de una Europa que ya estaba en crisis antes de que la economía dijese basta, donde la modernidad se ha atragantado con un carrillo de ética masticadita entre cifras, dejando de lado cualquier atisbo de mística y estética. Fuera de toda moda, Wiesenthal señala al burgués como desolador ejemplo de ese fracaso. Apelativo instruido que, no obstante, hoy se vería como un linaje demodé: no hay burgués actual que se reconozca en el término, porque hasta Marx le sonará a chocolatina.

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Así, como un esteta descalzo, nuestro autor reivindica la magia del arte menor y los pueblos de cal blanca, consciente de que la experiencia de lo sagrado se puede vivir bajo un altar barroco o junto al madero de una saeta gitana, pero nunca en urbanizaciones perimetradas de arbustos.

Y es que, atento a lo inasible y a sus evidencias palmarias, Wiesenthal sabe, como sabía Gómez Dávila, que en la Historia todo data, pero que no todo envejece. Y nos lega una lección, sencilla y limpia, de paideia sin pizarra: «hay que educar a los jóvenes en el mito». Basta con domar el paladar para distinguir los matices, como él hace volcando las barricas de su erudición y criterio contra los pilares de la educación contemporánea, necia, gris y, peor si cabe, redicha. Un alegato humanista, quijotesco y dignísimamente abocado a la derrota, contra la especialización sin alma y la fabricación servil de Bachilleres Carrascos, digna de gruñido unamuniano, otro espíritu consorte de lanza en astillero.

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No en vano, lo mejor de nosotros nos da la mano en sus páginas: Cervantes, Pascal, Montaigne, Dostoievski, Zweig, los místicos. Camus, como baluarte moral frente al dogma sartreano. Por eso, Wiesenthal ejerce la suprema libertad del que escoge a sus maestros y los trata como a coetáneos: sigue su camino y lo revive con ellos. Porque hay jerarquías que no envilecen, donde la reverencia se asume con respeto y gratitud, ante la perpleja afinidad que nos une a los que supieron poner nombre allí donde sólo titubeaba una intuición. A los maestros que nos cambiaron la vida.

No son demasiados, pero se agradece otro más. Que a nadie sorprenda. Porque después de haber leído a Wiesenthal será difícil abrir un libro con igual gesto. Se esperará mucho más de la siguiente página. Y, si acaso no fuera redundante, un brindis más alto hacia la vida.

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One Response to “Crítica: ‘Siguiendo mi camino’, de Mauricio Wiesenthal: otra lección de vida del maestro”

  1. 01/05/2013 at 00:27 #

    Me encanta tu artículo! Me quito el sombrero!Retrato perfecto de Mauricio con las palabras justas y medidas. Un abrazo,

    Iván