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Crónica de un domingo estival para honrar a los muertos

Written by | 11/09/2006 | Comentarios desactivados en Crónica de un domingo estival para honrar a los muertos

Como lo prometido es deuda para los que prometemos demasiado, he aquí mi particular versión de los hechos que acontecieron aquel día de gracia del 3 de septiembre de 2006, en el ocaso de un domingo estival que sirvió para honrar a los muertos.

A eso de las 19:45h., cuando me dirigía a la Plaza de Juan Pujol por la calle aledaña de Espíritu Santo, recibí una llamada de Félix Arellano: «Estamos con Fernando en el bar de la esquina de la plaza, pásate por aquí», me dijo. Y dicho y hecho, en cinco minutos me encontraba ya, casi sin resuello por la ola de calor africano que atravesábamos, en el bar de la esquina. Saludé a Félix Arellano y a Dragó, que me mostraba orgulloso la placa de la Plaza de Fernando Sánchez Monreal, su padre, eminente periodista en ciernes asesinado injustamente en los primeros meses de nuestra guerra del 36 por uno de los bandos, poco importa cuál, pues tal atrocidad podría haber sido perpetrada al socaire de cualquiera de las dos banderas. En pocos minutos tendría lugar el cambio oficioso de nombre de la Plaza de Juan Pujol, aquel desgraciado que señaló con el dedo al padre de Dragó en unos días en que se paseaba a los hombres por una simple pugna laboral, y ése fue el móvil del infame asesino, por organizar la Vuelta Ciclista a España.

A las ocho en sombra de la tarde comenzó el acto poético de justicia familiar, personal e histórica para Fernando Sánchez Monreal. La placa del traidor, que habría de sustituirse por la de Monreal, parecía que había nacido para ese día y no se iría al otro mundo sin llevarse a nadie por delante, porque, aparte de hallarse a una altura considerable del suelo, estaba colocada de manera que su acceso comprometía seriamente la integridad física de quien osara arrancarla de la fachada. En verdad, la placa descansaba sobre la esquina de la manzana, justo en el lugar donde la calle de Marqués de Santa Ana se desnivela cuesta abajo hasta la calle Pez, separada de la plaza por una pequeña barandilla, de modo que desde la placa hasta el pavimento podría haber sin dificultad unos siete u ocho metros de caída libre.

Consciente del peligro que suponía la escalada hacia la placa, Dragó se despidió de Naoko, su mujer, por si no volvía, y emprendió la subida por la escalera que para la ocasión habían traído unos amigos de confianza. «En estos momentos en Planeta deben de estar frotándose las manos ante la posibilidad de que me despeñe», bromeaba el escritor en su trémulo ascenso hacia su destino. Dragó consumó el acto poético, cerró el círculo, ajustó cuentas con su padre y cumplió su compromiso consigo mismo: esa plaza, al menos por unos días, dejó de ser la que era para rebautizarse como la Plaza de Fernando Sánchez Monreal. Su hijo estaba en paz.

Entonces, Dragó, desde el púlpito de un pequeño parque infantil de la plaza, y ayudado por un megáfono, explicó a los viandantes el motivo de aquel acto poético transgresor pero justificado, agradeció la asistencia de las personas allí congregadas y leyó algunos pasajes de Muertes paralelas dedicados a su padre, que le arrancaron lágrimas efímeras que se le quedaron ahogadas en la voz.

El acto terminó con un sentido aplauso de los asistentes y varias entrevistas de los medios de comunicación a Dragó y a algunas personas que habían presenciado el acto. Entre los entrevistados se encontraba Rocigalgo, quizás el miembro más antiguo del foro de la web de Dragó, alguien que conocí en otros foros cuando mis intenciones de crear webs oficiales de escritores no eran más que proyectos y fantasías.

En ese momento llegó un coche de la policía municipal, alertados por la denuncia telefónica de Javier Esteban –con especial gusto por ese tipo de polémicas divertidas– del delito que allí se había cometido. Dragó amablemente les expuso a los dos agentes lo que había ocurrido. Se le tomaron los datos de identidad, porque no llevaba el DNI encima –genio y figura hasta la sepultura–, y los municipales se marcharon haciéndose un poco los suecos, con lo que todos los que teníamos la sonrisa dibujada en el rostro y la esperanza de ver llevarse a Dragó esposado en el coche patrulla nos quedamos con la hiel un poco saltada.

Como ya había dicho yo en el texto de la convocatoria, nos fuimos –todos aquéllos que quisieron venir- a tomar unas copas al mismo bar de la esquina con Dragó y su séquito, que estaba conformado por amigos y escritores como Rafael Reig, Leopoldo Alas, Javier Esteban y Luis Martos.

Entre los foreros que estuvieron en el acto, y que hablaron conmigo, estaban Mata-Hari, Rocigalgo, Ashler, Gallardonegro (que suele participar con sus comentarios en este foro) y Xabi. Tanto Gallardonegro como Xabi, cada uno desde sus destinos, se habían hecho varios cientos de kilómetros para estar en el acto, lo que en absoluto me sorprendió, puesto que locuras de ese tipo hemos hecho todos. Nos sentamos en una mesa a un par de pasos de Dragó y, achispados por el calor, las cañas y los vinos, dimos rienda suelta a las conversaciones que suelen tener aquéllos que se acaban de conocer y comparten la misma afición, que en nuestro caso era la literatura. Todos tuvieron su ratito de conversación con Dragó. Se les veía contentos de poder tratar con el maestro con tanta cercanía, aunque ya empiezan a estar malacostumbrados, cosa que me colmaba a mí de una extraordinaria satisfacción oculta tras mi sonrisa pícara.

Tres horas después del acto poético volví a ver si la placa seguía en el mismo lugar, y sí, allí seguía, tan sólo velada por una leve farola en medio de la noche, tal vez ajena al significado que encerraba en sí misma.

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