2:01 pm - lunes enero 21, 2019

Cuentas pendientes con los clásicos

Written by | 15/02/2007 | Comentarios desactivados en Cuentas pendientes con los clásicos

De un tiempo a esta parte parezco no poder tolerar a los clásicos. Hablo de clásicos de la literatura, claro. Lo he intentado con denuedo, pero siento como si las páginas de esos libros pesaran más que otras, como si estuvieran fabricadas de un material más denso que hiciera fatigoso el hojeo. He de reconocer que esto es la primera vez que me ocurre, sin tener en cuenta aquellas lecturas obligatorias del instituto, y que me produce gran desasosiego.

Me considero uno de ésos que sostienen que la literatura, como el resto de artes, no es entretenimiento, sino que debe ser sublime y magnífico, y por esto tiene que deleitar. Si la lectura no hace gozar a los sentidos, si no evoca, si no busca la verdad, la bondad y la belleza, y, sobre todo, aquello que contiene todo lo anterior, si no encierra vida, entonces la lectura supone un esfuerzo fútil que a nada conduce.

La lectura requiere esfuerzo, al menos el de seguir las palabras consecutivamente con la vista, y luego el empeño añadido de tener que darles coherencia y significado en su conjunto dentro de la propia cabeza. Y si el esfuerzo no tiene como resultado la satisfacción derivada del trabajo duro y el goce ante la contemplación de la obra en proceso o recién terminada, sencillamente es esfuerzo tirado por la borda. Mucha gente lee por esta última causa, la de dejar estelas de tiempo y ocupación en el mar de popa, por mero pasatiempo. Es inconcebible.

Precisamente buscaba este placer en algún clásico de la biblioteca de casa, pequeña pero bien nutrida. La lectura de los clásicos ofrece todo lo que un buen lector, a mi criterio, y tal como he aducido más arriba, busca en los libros: buena literatura, principalmente, y, sin llegar a ser condición sin equanum, un poco de esfuerzo en el desentramado de aquélla, por lo que de desafío intelectual pueda brindar al leedor.

Tras pasar revista a varias hileras de libros en los estantes, todos copados de grandes nombres propios de la literatura de todas las épocas, tanto españoles como extranjeros, me decidí por sacar de su alineación Tirano Banderas, de Ramón María del Valle-Inclán. No había leído nada del escritor pontevedrés y tengo algún amigo que lo venera, de modo que la elección parecía tomada. Empecé a leer el libro, que comienza con cantidades ingentes de diálogo entre varios personajes en lo que tiene pinta de ser una especie de levantamiento del campesinado. Durante varias páginas se suceden estos coloquios, cargados todos ellos de incomprensibles americanismos de diversa procedencia hispanoamericana. Creo que no soporté ni siquiera las primeras diez páginas, aparte de que el argumento del libro tampoco me atraía demasiado. Ahí quedó todo.

Al otro día probé suerte con otro clásico de nuestra biblioteca doméstica: Lord Jim, de Joseph Conrad. Era de noche, así pues me metí en la cama, dispuesto a sumergirme de lleno, como cuando uno era adolescente, en un buen libro de aventuras. Tal como reza su contraportada, Lord Jim cuenta la historia de un joven inglés que abandona un barco de peregrinos a La Meca al creer que va a hundirse, por lo que es condenado y sufre la vergüenza de su acto de cobardía. Sin embargo, el protagonista huye y consigue refugiarse en Sumatra, en donde intenta, sin éxito, rehacer su vida. Se dice de Conrad que los héroes de sus novelas rayan la perfección en su talla íntima y moral, de ideales estoicos y amargos, y muchos afirman que es en Lord Jim, con permiso de El corazón de las tinieblas, donde este aspecto resulta más paradigmático. Nada más abrir el libro me encontré con una prosa ambigua y nebulosa, en la que la acción del narrador y protagonista no quedaba clara, más bien parecía una suerte de experiencia onírica en la que la realidad se desdibujara bajo un manto de frases largas, en cierta forma incoherentes y de sentido indescifrable. Cerré el libro. Vi en el reloj que la madrugaba estaba ya muy avanzada. Tal vez fuese por las horas, no lo sé, el caso es que desde entonces no he vuelto a retirar Lord Jim de su estante. Otra cuenta pendiente.

Y otro intento más. Mi amor propio se arrastraba ya un poco maltrecho por el suelo después de las decepciones de tales clásicos. Pero, con voluntad inquebrantable e inasequible al desaliento, opté esta vez por El cuaderno gris, de Josep Pla, un diario de juventud publicado a la vejez del escritor. Uno, que encuentra placer en la lectura de diarios, como en la mil veces mencionada ya serie Salón de pasos perdidos de Andrés Trapiello, se topa de repente con un libro que es al mismo tiempo diario y clásico de la literatura española del siglo XX. Confieso que me gustó más que los otro dos fiascos anteriores de Valle-Inclán y Conrad. El cuaderno gris posee una prosa serena, detallista y diáfana, con un reconocido uso peculiar de los adjetivos, que en la pluma del autor se antojan un poco virginales, como si asistiéramos a la desfloración de un sustantivo y su adjetivo la primera vez que se unían, de tan genuina como resulta su combinación. Aún así, y pese a mi predisposición positiva hacia el libro, poco a poco iba notando que la vida diaria de aquel escritor catalán entre tertulias de café, mar, puestas de sol, masías, payeses, Palafrugell y l’Empordà, no acababa de hacer apenas mella en mí. Efectivamente, disfrutaba con la prosa, pero en ocasiones la encontraba algo vacía, apenas me decía nada. Aparqué el libro varias veces y otras tantas volví a continuar su lectura a lo largo de varias semanas, pertinaz, pero ésta se hacía cada vez más tediosa, hasta que al fin tuve que dejarlo para mejor ocasión. Apenas llegué a las doscientas páginas, un tercio del libro. Otra cuenta pendiente más.

Artículos relacionados

  • Sorprende encontrar un libro como el de Laila Escartín. La portada, en la que se adivina una mujer desnuda tumbada sobre sábanas blancas, ya anticipa la confesión. Sin embargo, la mujer oculta su rostro entre el pelo y los brazos extendidos. Las sábanas envuelven el espacio en la fotografía como una mortaja, como si la…
    Tags: de, la, el, en, literatura, libros
  • El otro día, cuando me dirigía hacia la estación de autobuses de Pozoblanco para volver a Madrid, mi madre me entregó poco antes de despedirnos unas fotocopias del prólogo de uno de esos libros que agrupan a los ganadores y finalistas de ciertos premios de pequeña envergadura, en este caso era el IV Certamen Andaluz…
    Tags: de, en, el, la, literatura, libros
  • El salón. En medio término, a la derecha, puede verse mi sitio vacío A pesar de mi timidez, agravada por la situación, logré sobreponerme y crucé algunas palabras con todos los comensales de la mesa, sobre todo con Javier Esteban, director de la revista Generación XXI, al que muchos recordarán por su peculiar entrevista a…
    Tags: de, la, en, el, literatura, libros
Filed in: Literatura, Textos

Comments are closed.