11:49 pm - lunes agosto 10, 2020

Cuento: ‘Desconfinamiento’

Written by | 18/05/2020 | Comentarios desactivados en Cuento: ‘Desconfinamiento’

A mis padres, a quienes tengo tantas ganas de abrazar de nuevo

 

Aprovechó la que sabía última pausa publicitaria del reality que estaba viendo para lavarse los dientes y abrirse la cama. Le gustaba encontrársela preparada cuando, sintiendo pesadez en los párpados y torpeza en la mente, se acostaba entre bostezos. Lo había empezado a hacer así hacía ya cuatro semanas, al notar que era presa del insomnio, uno de los males que, decían los expertos, arreciaban con el confinamiento, de modo que apuraba el día para conjurar al descanso y caer en la cama como plomo. También le dolía un poco la espalda. Cuarenta y dos años no eran muchos, pero le había faltado disciplina para hacer ejercicio en casa, como recomendaban los expertos, y se sentía algo anquilosada. El programa que estaba viendo siempre le regalaba algún momento tierno o sorprendente; mucha gente decía que era una porquería, sobre todo los expertos, pero a ella le gustaba. Después vería alguna otra cosa hasta que le entrara el sueño.

Aunque viviera sola, el intenso trabajo con sus alumnos a través de la red y su pasión por la lectura la mantenían ocupada la mayor parte de la jornada, y además estaba hacer la compra y hablar por vídeo llamada con sus padres y con su hermano Guillermo, que les contaba desde Pavía, otro epicentro de la pandemia, y les mostraba a sus dos preciosas hijas italoespañolas.

Así que salvo las dificultades para dormirse y las molestias lumbares, no podía quejarse. En los días más duros vividos en Madrid, el sonido estridente y angustioso del continuo ir y venir de las ambulancias había cruzado implacablemente los frondosos plátanos de sombra de la glorieta en la que vivía y había llegado hasta su balcón; eso había sido duro, porque hacía imposible olvidarse de lo que estaba ocurriendo, pero era ya 6 de mayo y lo peor había pasado. Ella seguía saliendo a aplaudir a las ocho, aunque de los doce vecinos que habían comenzado haciéndolo ya sólo siguieran cuatro. Aplaudía a los sanitarios, a los cajeros de Mercadona, a los barrenderos, a la policía, a quienes conducían autobuses, a su portera y a todo el que había sido considerado trabajador esencial en los días más difíciles, pero también a todos los no esenciales, a toda la gente buena, a sí misma, a la gente que sin ser buena un día podría llegar a serlo, a los fuertes y alegres, a los débiles y hasta a los pusilánimes.

Al volver al salón todavía continuaban los anuncios. Se tumbó de nuevo en el sofá y zapeó para amenizar la espera: más anuncios, un concurso que no le gustaba, un debate político, una serie que no conocía, otra que sí conocía y, de pronto, un increíble arcoíris circular rodeando un sol nuboso. Se detuvo. Era una imagen enviada por un madrileño y recogida esa misma tarde. Explicaba el meteorólogo del canal 24 horas que se trataba de algo extraordinario que se producía cuando había nubes altas y frías; los rayos del sol, al entrar en contacto con ellas y por un fenómeno de refracción, se descomponían formando un círculo a nuestros ojos. Esa noche continuaban las condiciones para que pudiera verse sobre Madrid y cuando se producía con los rayos solares reflejados por la luna era todavía más espectacular, de modo que recomendaban a los telespectadores estar atentos. La imagen era bellísima, pero la impresión que había causado en ella no se debía a su belleza, sino a que había reavivado en su cerebro un recuerdo de hacía veintiocho años.

Un laboratorio en el que un montón de adolescentes escuchan las explicaciones de un joven profesor llamado Carlos, apenas diez o quince años mayor que ellos. Él es distinguido, con un punto desaliñado. Lleva sólo una semana dándoles clase porque al titular de la asignatura han tenido que operarle de una tendinitis en la muñeca. No saben durante cuánto tiempo seguirá siendo su profesor, pero les gusta. El otro no estaba mal, pero éste es más divertido. Ella se ha dado cuenta de dos cosas que le hacen admirarle: la primera, que siempre habla maravillas de su predecesor, tanto, que está segura de que la imagen de éste ha mejorado antes todos ellos gracias a su sustituto, y no por contraste, sino porque le han bastado unas clases para hacerles ver lo mucho que les ha enseñado antes de ausentarse para su operación. La segunda cosa que admira en él es que sabe mucho, piensa que es el primer sabio al que conoce en su vida. Aunque les da Física y Química, relaciona la asignatura con todo lo imaginable, pero sin divagar. Es fascinante escucharle.

Ese día están expectantes hasta lo más zotes. Acudir al laboratorio siempre tiene el atractivo de romper la rutina, pero además, eso de hacer girar los gases nobles en una máquina con las luces apagadas, mola, mola mucho. Y encima se obra el prodigio y en medio de la oscuridad aparecen los espectros de los gases, que a los ojos de los alumnos parecen fragmentos de arcoíris y pululan por el espacio como hermosas almas extraviadas.

Para ella es tan emocionante que al llegar a casa se lo contará a sus padres. Todos los días les habla de ese nuevo profesor del que lo primero que le llamó la atención fue su manera extremadamente atenta de escuchar, concentrado como si las palabras del otro fueran oro. Y aunque pronto descubrió que escuchaba con tanta atención porque era algo sordo, como evidenciaba el audífono que llevaba sobre su oreja izquierda, le seguía pareciendo muy gustoso que les escuchara con esa concentración impecable, acompañando el afán por no perder un sonido con una mirada penetrante pero amable.

Ante la atención de los alumnos, el joven profesor suspira y deja pasar unos segundos antes de encender de nuevo las luces. Les cuenta entonces que en la naturaleza se producen fenómenos así de alucinantes sin necesidad de provocarlos en un laboratorio. Un ejemplo, asegura, es el arcoíris circular del que un profesor le habló a él cuando tenía la edad que ahora tienen ellos. Lo había visto en la Sierra del Guadarrama, en el 58. Él, Carlos, su profe joven, sordo y distinguido, confiesa esa mañana de diciembre de 1992 no haberlo visto nunca, pero les promete que si alguna vez las condiciones meteorológicas de Madrid son propicias para que se produzca, se apostará durante horas en la terraza del ático de sus padres, situada muy cerca del instituto, y estarán todos invitados a acompañarle.

Una amiga y ella le siguen un día al salir de clase y le ven entrar en un portal de la calle Espalter.

A la vuelta de las vacaciones de Navidad se reincorpora el titular de la asignatura y nunca más vuelve a ver a Carlos. Con los años, hasta olvida su apellido, que quizá no supo nunca, así que cuando llega el furor de las redes sociales y el apogeo de internet no puede buscarle para cotillear. Además, a pesar de no vivir lejos, el triste azar impide que se encuentren, aunque ni una sola vez vuelva a pasar ante su portal sin soñar encontrársele.

Cuando la publicidad terminó y el reality comenzó, ya no pudo volver a prestarle atención: una idea extravagante había cobrado forma en su cabeza. Miró la hora en su móvil, todavía estaba a tiempo de salir sin saltarse las normas de la fase 0 del desconfinamiento. Se vistió a toda prisa, se soltó el pelo y se lo recolocó con gracia, se lavó las manos con cuidado, se puso la mascarilla y, ya a la puerta, se calzó.

Al salir del portal el corazón le galopaba, pero bordeando El Botánico notó que se ralentizaban sus latidos y los nervios daban paso a una especie de desconcertante calma chicha. El centenario jardín arrojaba sus más secretas fragancias, ésas que las rosas más tempranas, efímeras y valiosas sólo regalan por las noches.

Llegó al portal donde ella y su amiga le habían visto entrar hacía veintiocho años y vio con inquietud que había cuatro sextos. Probó con el A y nadie atendió su llamada. Probó con el B y un hombre preguntó quién era. “Busco a Carlos”, dijo, y entonces la otra persona cortó la comunicación. Apretó el siguiente sexto con una determinación impropia, antinatural, prodigiosa, tanto, que la vivía como algo normal. “¿Quién es?”, preguntó una voz femenina que parecía asustada. “Busco a Carlos”. “¿Y quién es?”, inquirió. “Me llamo Marta y me dio clase hace años”. Iba a añadir disculpas y explicaciones cuando oyó un cuchicheo. Esperó unos segundos, quizá había tenido suerte. “Soy Carlos, ¿quién eres?”. Todos los nervios que habían permanecido aplacados no sabía gracias a qué alzaron la cabeza. “Soy yo… yo… Marta Ponzano. Sé que esto es muy raro”. “Habla más alto, por favor”, pidió. “Soy Marta Ponzano”, repitió, “sé que esto es muy raro pero me diste clase en el Isabel la Católica durante unas semanas, en diciembre del 92, y recuerdo que un día nos dijiste que si alguna vez había condiciones en Madrid para que fuera posible ver el arcoíris circular podríamos encontrarte en la azotea de la casa de tus padres y estaríamos todos invitados. “Marta Ponzano… “ susurró él. “Un día te seguimos una compañera y yo y te vimos entrar aquí, ya ves, qué locura, hoy he probado suerte y he acudido a la cita para el avistamiento del fenómeno”. Lamentó un final lingüísticamente tan rimbombante, pero bastante había hecho con no desmayarse. “Ah, y no estoy loca. O al menos no peligrosamente loca”. Oyó una carcajada al otro lado seguida del pitido que suponía la apertura del portal.

Al salir del ascensor notó la luz de una puerta abierta. Tras el umbral del 6ºC esperaba él, más gordo y más viejo, aunque reconocible a pesar de los años, los kilos y el contraluz.

-Pasa, por favor. Pasa, Marta Ponzano- dijo.

Ella se retiró la mascarilla, pensando que así él la oiría mejor.

-Oh, no, no voy a pasar. Sería saltarme todas las normas después de haberlas cumplido a rajatabla durante casi dos meses.

-¿Cómo vas a quedarte ahí? Pasa, por favor. Puedes lavarte las manos en el cuarto de baño, y además estaba en la terraza, que no deja de ser un espacio abierto. Sólo estamos en casa mi madre y yo.

-No, no… Ella, encima, será mayor y vulnerable. Ni hablar, no voy a pasar- sentenció, aunque percibiendo lo absurdo y ridículo de su negativa después de haberse plantado allí. Aunque lo verdaderamente absurdo, temía, era haberse plantado allí.

-Pues enciende al menos la luz- sugirió él, detenido al otro lado del umbral para respetar la distancia de seguridad.

-No, no, mejor así. Ya me voy, es sólo que…

-¿Tan viejo estoy que ni la luz quieres encender?

-No, claro que no. Nunca serás viejo para mí- dijo abriendo mucho los ojos. Pero necesitó bajar la mirada antes de hablar de nuevo-. Supongo que llevo media vida esperando una excusa para buscarte y poder decirte que eres la causa de que estudiara Física y me hiciera profesora. Sólo eso. Y hoy…hoy la posibilidad del arcoíris circular me ha brindado esa excusa.

-Estoy…estoy impresionado. No sé qué decir- reconoció tras un elocuente silencio-. ¿Física?

Ella asintió con la cabeza.

-¿Y como adivinaste que era físico y no químico?

Ella volvió a subirse la mascarilla, sonrió bajo ella y abrió la puerta del ascensor dispuesta a marcharse.

-Espera- pidió él- ¿Nos vemos mañana para pasear? ¿Sigues viviendo por aquí? Para no hacerte incumplir el perímetro establecido, digo- añadió con humor.

-Sí, vivo cerca- respondió después de retirarse de nuevo la mascarilla-. De hecho, más cerca que antes. ¿En la Plaza de Murillo a las ocho y cuarto?

-¿De la tarde?

-Sí.

-Vale. Allí estaré, Marta Ponzano. Allí estaré.

A pesar de las emociones, ella consiguió no hacerse un lío al llegar a casa y se descalzó, se lavó las manos y después se quitó la mascarilla; a continuación se desnudó y volvió a lavárselas, como recomendaban los expertos, aunque más brevemente. Se sonrió ante semejante ritual, necesario, inmanente, vital, justo al revés que los rituales religiosos, y caminó hasta el balcón antes de acostarse.

Con maravilla pero sin sorpresa, más como quien comprueba que como quien descubre, pudo ver, tan nítido como en el dibujo de un niño, un arcoíris circular alrededor de la luna.

Elena Prado Mas

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