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Cuento: La niña del bosque y el príncipe encantado

Written by | 25/04/2020 | Comentarios desactivados en Cuento: La niña del bosque y el príncipe encantado

Fotografías de Eduardo Martínez Rico

 

Las semillas son invisibles, duermen en el silencio de la tierra,
hasta que a una de ellas se le ocurre Despertarse.
Antoine de Saint-Exupéry

 
Mamá, quiero un cuento bonito en esta hora triste que estamos viviendo; estoy aburrida por estar todo el día encerrada en casa y el no poder salir a la calle me pone nerviosa. Echo de menos a mis amigos y amigas. No acabo de entender eso del corona-virus. Vosotros, los mayores leéis cosas interesantes que nosotros, los pequeños, no entendemos. Para distraerme un poco, ¿me puedes contar un cuento?

Claro que sí, hija, a mí también me gustan los cuentos. Y … verás qué bonito el que te voy a contar hoy.

…………………………………….

Érase una vez una campesina… Pero se me ocurre que paro mejor, ella misma se puede presentar.

Me llamo la niña del bosque porque mi nombre es naturaleza, vivo cerca de las plantas, descubro el río que fluye día a día, a los árboles que me abanican con sus hojas, el viento que sopla y a veces silva, refresca el aire; amo las pequeñas flores que adornan todo el camino de mi casa al bosque. Son de color violeta, fucsia, amarillas, rosadas. Algunas muy pequeñas surgen entre el musgo y la piedra. Descubro que hay semillas escondidas en la tierra, muy hondo… Yo le llamo al bosque, “el señor bosque” porque es enorme, firme, siempre en sombra, acogedor. El bosque no te riñe, no te regaña, más bien, te tiende sus brazos, deja que la brisa te acaricie. Ese bosque frondoso, al cruzarlo cada día, camino de la escuela, me hace soñar caminos nuevos, ríos más largos, flores con nuevos colores y fragancias; lagos profundos, viviendas abiertas, encuentros inesperados, fiestas de primavera.

Tanto me gusta el bosque que me hizo soñar la novedad de una vida distinta, con otros compañeros de escuela, con variados lenguajes de los pájaros, montañas más altas. Pero lo que más soñaba día a día que iba creciendo con el corazón más dilatado, era como descubrir un príncipe encantado con quien jugar, bailar, desvelar cosas interesantes, leer otros libros, investigar a fondo la profundidad del mar y de los lagos, de la misma alma. Todo esto lo dibujaba en mis cuadernos y hasta en los troncos de los árboles. Y … me da vergüenza decirlo, pero al final, desearía casarme con él, no con vestido blanco y sombrero con lazo grande, sino con un nuevo traje largo de campesina, floreado, de muchos colores. El príncipe… ¡Ah! Lo vislumbro, lo pienso, lo deseo como un misterio a descubrir.

-Mamá, me encanta el cuento, sigue, sigue…

-Espera un ratito, porque oigo aplausos en el balcón vecino y tenemos que unirnos para alejar el virus que nos está haciendo daño, y agradecer a los médicos, enfermeras y a tanta gente que atienden a los más afectados por el virus.

Y resonó en el entorno un bullicio festivo, alegre, como el abrazarse por el viento los árboles del bosque de la aldeanita del cuento.

-Ahora ya podemos proseguir, tu padre quiere continuar el cuento.

-Verás, comentó el papá: Al otro lado del mundo, más abajo, muy lejos, vivía un muchacho enjuto, inteligente, que gustaba de montar a caballo, cuidar su campo grande, regar las flores que él mismo había plantado, y sobre todo, indagar, investigar sobre lo más profundo de las cosas. Su trabajo diario consistía en trabajar afanosamente su huerto; tenía muchos amigos, también leía novelas antiguas, historias de su país, y entre tantas cosas, buscaba a la vez “una heroína” para su vida, una chica linda, joven, para que le ayudase en sus tareas, la montara en su caballo para enganchar sus vidas y correr a socorrer juntos a enfermos, defender a los más desvalidos del camino y alegrar a los niños huérfanos de padres y de alimento. Y sobre todo, cuidar la tierra, la naturaleza y sus plantas. La luna y las estrellas, eran sus mejores compañeras en su jornada intensa.

-Mamá, padre, todavía no me habéis dicho los nombres de esa heroína del cuento y de su príncipe encantado. Tengo mucha curiosidad.

-Hija, todo llegará a su tiempo, lo mismo que este encierro en casa que nos trae mucha desgana y desconcierto. Todo pasa, discurre, llega a la meta que se propone. El nombre de ellos es un secreto. ¿No te parece interesante?

“Pues sí, todo llega porque un día se encontraron la niña campesina y el joven del caballo blanco. Esto ocurrió al lado de un lago limpio y transparente como un espejo donde mirarse. Ahí se tocaron sus rostros. La luna los acompañaba con una sonrisa picarona, cómplice y compañera de ese encuentro. Al fondo, el bosque los saludó con su frescor y las flores con distintas fragancias hicieron que el paisaje fuera distinto. ¿Mágico? Sí, había armonía en el entorno, ternura en las nubes, saltos de júbilo entre los peces, gozo festivo en un coro de campesinos y mujeres que bailaban entrelazados y contentos, cantando “el Gracias a la vida”.

-¿Y cómo se reconocieron los dos? Bueno, todavía no sé sus nombres, pero a mi gustaría que ella se llame Clara y él … no acabo de encontrarle el nombre apropiado … porque a ella sí, ya que se parece a la transparencia del agua en el río y a las pequeñas flores que surgen entre las piedras y el musgo del campo.

-Pero, sigamos, dijo el padre. Tengo curiosidad para ver cómo el príncipe la encuentra.

Él soñaba su chica con ojos verdes, trenza larga en su pelo, y sonrisa abierta a la alegría de vivir, sobre todo alguien a quien poder entregar su corazón como un cofre que se abre y descubre sus secretos más preciosos.

-Niña del bosque ¿No tienes miedo tan sola en este paraje encantado, te puedes encontrar con una bruja.

-¡Oh no! Yo busco a mi príncipe y sé que lo encontraré. No tengo miedo, he cruzado muchos caminos y sé que estoy llegando al final. Tú, ¿quién eres? ¿Cómo te llamas?

-¡Ah! Eso tienes que descubrirlo tú. Verás: No dispongo de corona ni de lanza, no me gusta la guerra, ni las peleas. Llevo bajo el brazo la sabiduría y el corazón al descubierto. Sólo anhelo encontrar una compañera buena, inteligente, que me ayude a salvar la naturaleza, a proteger a los más débiles para sentirnos todos más hermanos, más unidos y felices.

-¡Me encanta! Me gusta lo que quieres, lo que sueñas. Empiezo a pensar que eres mi príncipe encantado porque veo tu corazón generoso y tus ojos negros llenos de luz en busca de la verdad plena, de la compasión para hacer felices a los demás.

-¿Cómo te llamas? ¿Me puedes decir tu nombre?

-Sí, ya te dije que no me gusta la guerra, amo a todas las criaturas del universo. La sencillez es mi más preciado tesoro.

-¡Ah! … Espera un poco… ya descubrí tu nombre. Sí, sí, te llamas Francisco.

Y Clara y Francisco, tomados de la mano corrieron al corro de los campesinos para bailar con ellos el baile de la sintonía, de la alegría compartida, de los pueblos sin fronteras. Todos los acogieron. Aplaudieron. Les regalaron frutas del lugar y dos collares. Con su propia artesanía les tejieron y colgaron dos letras en ellos: C, F, Clara y Francisco. Fue todo un ceremonial maravilloso y con signos a descifrar.

…………………………..

-¿Y así termina el cuento? No, queda lo más precioso… Se juraron amor eterno. Clara pensó en los suyos, en su aldea, sus amigos, sus compromisos y dijo: Tendré que abandonarte Francisco, pues me esperan más allá, te encontré y siempre seremos uno, con un mismo ideal.

Francisco la tomó por el brazo y junto a un árbol dibujaron dos corazones unidos. Nadie nos separará jamás, el ideal es el mismo, la misión es eterna como eterno es nuestro amor. Sí, porque la primavera pasa, el frío del invierno también, el otoño se retarda, pero el amor no pasa nunca. “La esperanza y la fe pasarán, pero el amor jamás, porque Dios es amor”.

Y la magia del encuentro entrelazó sus collares con la C y la F. Clara, Francisco unidos para siempre por el misterio de un encuentro de amor eterno. La semilla pequeña sembrada en el corazón de cada uno como bondad y compasión, despertó, brotó por toda la tierra. Es esa tierra que suspira y anhela muchas más semillas despierten, germinen y se multipliquen más allá del tiempo y del espacio.

……………………………………..

Y afuera, en las calles vecinas, desde muchas ventanas abiertas por el dolor de la pandemia, pero abiertas a lo nuevo y al gozo de tanta solidaridad, resonaron gritos de alegría y muchos aplausos.

¡QUÉ BONITO! EL AMOR NO PASARÁ. ESTE VIRUS SÍ PASARÁ, ESTE SUFRIMIENTO COLECTIVO TAMBIÉN. PERO POR EL AMOR DE TODOS, LA SOLIDARIDAD COMPARTIDA, LA COMPASIÓN SIN FONTERAS Y MAS UNIDOS COMO HUMANIDAD GENEROSA, NO PASARÁ.

María Ángeles Martínez, o.d.n.

 
Qué tal si deliramos por un ratito, qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia para adivinar otro mundo posible. El aire estará limpio de todo veneno que no provenga de los miedos humanos y de las humanas pasiones.

El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia y será tratado como la plancha o el lavarropas. Se incorporará a los códigos penales el delito de la estupidez que cometen los que viven por tener o por ganar en vez de vivir por vivir no más, como canta el pájaro sin saber que canta o como juega el niño sin saber que juega.

Eduardo Galeano

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