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Cuento: ‘Recuerdos’

Written by | 22/04/2019 | Comentarios desactivados en Cuento: ‘Recuerdos’

El poeta reclinó su cabeza en la almohada y entrecerró los ojos. En su conciencia se abría camino la terrible verdad: estaba perdiendo la batalla. El enemigo había resultado ser más fuerte de lo que había esperado. Los cuidados médicos y su propia naturaleza no habían sido capaces de rechazar los embates de la temible tuberculosis que, con fiereza, le había asaltado. Un rictus de cinismo curvó sus finos labios, más finos desde que había enfermado: “Al fin y al cabo, morir de tuberculosis era un final adecuado para quien se preciaba de ser un poeta romántico” –pensó-. Un ataque de tos le obligó a incorporar la cabeza brevemente y acercar a su boca el pañuelo plagado de rosadas manchas con que, con irritante frecuencia, intentaba limpiarla. El esfuerzo le hizo reclinarse, exhausto, y, con trabajo, buscar en su memoria cuales habían sido los pensamientos en los que había estado sumido hacía tan solo unos instantes.

-“¡Ah, sí!” –recordó-. Sus ensoñaciones le habían llevado a aquel día del otoño de 1906 en que, todavía en esa frontera difusa que separa al niño del hombre, acodado en la barandilla de cubierta del vapor Alfonso XIII veía alejarse la tierra española navegando en busca de un futuro, que esperaba prometedor, al otro lado del Atlántico. Había que haberle echado valor para, a su temprana edad, emprender, al igual que tantos otros asturianos, esa aventura; pero las cartas optimistas y entusiastas de parientes y conocidos que le habían precedido, y la visión de las hermosas casas que habían edificado algunos de los compatriotas que habían hecho fortuna y regresado (los “indianos”), le habían animado a abandonar el pequeño y acogedor pueblecito pesquero en que había nacido y dirigirse al Nuevo Continente. “¿Por qué sería que cuando se acerca el instante postrero las mentes de los pacientes acostumbraban a pasar revista a toda la vida anterior?” -se preguntó-. Al menos, eso le habían dicho y ahora lo estaba comprobando en primera persona. ¿Quizá por el deseo inconsciente de corregir aquellas decisiones que hubiesen resultado erróneas? Él no quería cambiar ninguna; cambiar algo inconveniente significaba causar alteraciones incontroladas en todo lo demás, con resultados dudosos. Y, en estos momentos, no quería dudar. Se aferraba a todos los momentos de felicidad, y eran muchos, que había experimentado; y no deseaba perderlos.

-Su medicina -la voz áspera de la enfermera le devolvió al momento actual, sacándole de sus elucubraciones-. “Sí, su medicina”, pensó, observando cómo la mujer, de edad indeterminada y de rostro pétreo, debido, quizá, a la multitud de tragedias que tenía que contemplar cada día, cogía un vaso con agua hasta la mitad y dejaba caer en él una serie de gotas -contadas escrupulosamente- de un frasquito que había sacado del bolsillo de su bata.  “¿Para qué?” -fue la pregunta que acudió a su mente mientras, con dificultad, ingería el líquido. Si ambos sabían que era de todo punto inútil. Una vez que hubo cumplido obedientemente el ritual, dejó, mientras la enfermera salía a seguir cumpliendo con sus obligaciones, que sus pensamientos le llevasen al momento en que, bajo el calor húmedo y pegajoso del mediodía caribeño, el vapor en que viajaba, después de dejar a su derecha (a estribor, le hubiera corregido, severamente, cualquiera de los marineros con los que había compartido algunos momentos de su travesía) el Malecón y el castillo de San Salvador de la Punta, se abarloaba lentamente al muelle de La Habana. Y luego, tras la parada definitiva de las máquinas, el descenso por la pasarela buscando, frenéticamente con la mirada, a algunos de los que le habían animado a llegar hasta la Perla de las Antillas.

-¿Cómo te encuentras? -esta vez la voz que interrumpió sus remembranzas pertenecía a alguien de su familia. Su hermano menor, al que había convencido para que siguiera su ejemplo y, hacía un par de años, había llegado también al Nuevo Mundo, aunque, a la vez de intentar labrarse un porvenir, tuvo que dedicarse a cuidar a su hermano que, en aquellos días, notaba los primeros síntomas de su enfermedad.

-Mejor -fue la habitual e incorrecta respuesta-. ¿Y Teresina? -preguntó, interesándose por su esposa. La mujer que había compartido sus esfuerzos y sus trabajos. Sus éxitos y sus fracasos. Sus alegrías y sus decepciones.

-Se ha quedado hablando con el doctor.

El enfermo intentó esbozar una sonrisa. Se esforzaba por hacer creer a su familia que todo iba a salir bien, pero su esposa era demasiado inteligente para no intentar cerciorarse por sí misma. Aunque también tenía el suficiente tacto para no hacer ver a su marido que estaba enterada de todo lo concerniente a su estado. “¡Qué ironía!” –pensó-.  “Después de una vida de confianza total entre ambos, los últimos momentos iban a ser de auténtico, aunque piadoso, fingimiento.

Ese atardecer, mientras su esposa y su hermano hablaban entre susurros creyéndole dormido, sus pensamientos, quizá los postreros, volvieron a su mujer, que, además de su compañera, había sido la musa que le había permitido seguir escribiendo cuando las palabras y las rimas se negaban a salir de su pluma. En la mesilla reposaba su último libro, y quizá el mejor de todos ellos. Alargó la mano para cogerlo, porque le gustaba ver, destacándose sobre el papel, la estrofa que le servía de dedicatoria; pero no llegó a alzarlo porque, en el camino, se deslizó de sus dedos yertos cayendo al suelo y provocando que sus familiares se volvieran alarmados. Aunque, sin leerlos, esos versos estaban tan profundamente impresos en su mente, que partieron con él en su último viaje.

“Yo escribiendo, tú inspirando,
fuimos este libro haciendo
llenos de amor. ¿Cómo y cuándo?
íbamos juntos, soñando,
tú inspirando, yo escribiendo”.
(De “El cáliz de una Rosa”; Anselmo Vega; Editorial Hermes, La Habana, 1924.)

Pablo Vega

 

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