6:16 am - sábado septiembre 22, 2018

Cuento: ‘Universos paralelos’

Written by | 16/08/2018 | Comentarios desactivados en Cuento: ‘Universos paralelos’

 

Estoy sentado en el sofá de mimbre de la terraza, frente al mar, sin tocar el gin-tonic. Lo preparé con mimo hace por lo menos quince minutos y lo dejé en la mesita baja de cristal. Pensaba degustarlo mientras reflexionaba, pero ni siquiera lo he tocado. Con el calor, el hielo se ha fundido y ya ni siquiera me apetece. No me apetece hacer nada. Me siento hundido y la visión del crepúsculo veraniego simula una metáfora de mi vida.

Pienso en lo difícil que hacemos las cosas fáciles. O acaso no sean tan fáciles como creemos y es justamente por eso por lo que fracasamos. Tal vez el problema radica en que sólo existe una manera de actuar correctamente. Entre las millones de posibilidades que se presentan cada día, sólo una es la buena y por eso es tan complicado tener éxito. Superamos algún que otro desafío en este campo de pruebas que llamamos vida, pero sólo un superdotado podría triunfar en todos los retos. Puedes ser el mejor arrastrándote por el barro debajo de las alambradas mientras te tirotean, por ejemplo, y luego no saber trepar por una cuerda ni con ayuda de una escalera.

A mí se me da bien el desafío del trabajo. Siempre he tenido buenos trabajos. Soy un químico serio, eficiente. Me ha ido fenomenal en la universidad -eso me dio prestigio- y también en los laboratorios -eso me dio dinero-, así que en lo material no me puedo quejar. Vivo estupendamente. Pero…, soy incapaz de mantener una relación sentimental estable.

Cuando me casé con Cristina hace casi siete años pensé que había superado por fin esa prueba, también. Pero hace seis meses apareció Marta. Aún ahora, a estas alturas, no tengo ni idea de por qué me eché en brazos de Marta cuando no he dejado de querer a Cristina -incluso hablábamos de quedarnos embarazados en breve-. Desde el punto de vista lógico, no tiene sentido: no se puede querer a dos mujeres a la vez, a no ser que seas mormón o musulmán, supongo. Y que ellas estén culturalmente preparadas para compartir al mismo hombre. Ninguna de esas condiciones se cumple en mi caso, pero yo quería a las dos.

No sé, ha sido todo muy complicado. Estaba con Cristina en casa y me consumía el deseo por Marta. Me veía en secreto con Marta y mientras gemía en mis brazos no hacía más que pensar en Cristina. Horrible.

Hasta que sucedió lo que tenía que suceder, cuando mi mujer se enteró de lo de Marta y me montó la gran bronca. Creo que nadie nunca me había hablado con tanta -merecida- dureza. Tras el sofoco inicial, comprobé con asombro que yo no sentía nada, no tenía ninguna culpa, ninguna rabia o tristeza. Un poco como el niño que aguanta el chaparrón cuando su madre descubre que ha sido él quien se ha comido los chocolates a hurtadillas y sólo espera que ella se desahogue y luego le perdone, sin más. A mí Cristina no me ha perdonado, claro: me ha echado de casa. Y me he tenido que venir al apartamento de la playa, a pensar en nosotros… Mejor dicho, a pensar en mí porque creo que el “nosotros” ya pertenece al pasado.

Peor ha sido lo de Marta. Razoné lo siguiente: “aún me queda una bala en la recámara, no tengo que escoger más, me voy con ella”. Pero me presenté en su casa, antes de venir al apartamento, y me la encontré con otro. “Hijo, qué quieres… Tú no estabas dispuesto a dejar a Cristina y yo necesito a alguien que esté a mi lado siempre, no sólo para calentarme la cama”. Y me ha cerrado la puerta en las narices.

Ha sido preocupante constatar que no me ha afectado más que la bronca de mi mujer. Exmujer.

Y aquí estoy, con el gin-tonic recalentado. Vacío, sin saber qué hacer.

Ojalá pudiera empezar de nuevo. Tomar otras decisiones, intentarlo de otra manera. Por supuesto, no es posible.

Aunque según Andrés tal vez sí. En la cafetería, durante la pausa en el trabajo para nuestro pincho de tortilla diario, mi compañero me hablaba justo hace unos días sobre el tema de los universos paralelos. Supuestas realidades que coexisten una al lado de la otra y que tantas veces se han utilizado en la Ciencia Ficción, aunque ningún científico serio crea en ellas. O creía, porque ahora resulta que hay varios que han planteado que sí existen e incluso hablan de un número indefinido de ellos, formando un gigantesco multiverso. Andrés me hablaba de física cuántica, de la pesadez del gato de Schrödinger, de la teoría de cuerdas, de la teoría del todo y no sé de cuántas teorías más.

“No sólo están ahí, sino que se condicionan entre ellos”, insistía con entusiasmo. “Unos investigadores de California y otros australianos han coincidido en esta premisa: cada universo paralelo interactúa con los demás y entre todos se retroalimentan, condicionan su desarrollo a través de fuerzas sutiles. Así, en un universo estamos nosotros y en otro no, y en otro existes tú pero yo no, y en otro vivo yo pero tú no, y en otro tú eres mujer, y en otro no se ha inventado la televisión, y en otro los marcianos nos han conquistado, y en otro… Las posibilidades son infinitas. Eso explicaría por ejemplo un montón de resultados extraños registrados por la mecánica cuántica que violan la ley de causa y efecto a escala macroscópica”, argumentaba, mientras yo calculaba el porcentaje de huevina de mi pincho. “Esto es fabuloso, ¿no te das cuenta? Estamos a las puertas de algo novísimo, que puede ir más allá de la teoría cuántica. ¡Increíble!”

No entendía cómo era posible que coexistieran distintos universos a la vez y, además, como le planteé con total seriedad: “Eso es un hecho antieconómico… Podría creer en universos muy distintos unos de otros que evolucionaran al mismo tiempo pero ¿qué sentido tiene que sólo se diferencien en pequeños detalles?”

Mientras decía esto, imaginé un universo paralelo en el que Marta sería mi esposa y Cristina, mi amante -habría terminado todo igual, seguramente- y luego otro el que ambas serían mis esposas legales y podría, incluso, haber una tercera mujer.

Andrés me sacó de mis divagaciones: “¿Qué importancia tiene si hay mil millones o cincuenta mil millones de universos? No creo que la vida se rija por parámetros económicos: eso es un invento humano para distribuir los recursos limitados de este planeta, pero en la escala que estamos manejando puede haber un número infinito. Si la teoría del Big Bang es finalmente cierta, que sigue siendo una teoría, nuestro universo podría tener un principio y por tanto un final pero otros serían eternos. Estamos hablando de algo a una escala inimaginable para nuestra cabeza.”

Me mareaba. Andrés me mareaba y no sabía cómo quitármelo de encima. Por suerte apareció Raúl, otro compañero de trabajo, y se puso a hablar del fútbol. Otra vez una semifinal Real Madrid-Atlético de Madrid en la Liga de Campeones. Hubiéramos preferido que fuera la final, claro. Sin embargo, no hablamos mucho más: volvimos enseguida a nuestras tareas.

Me quedé pensando en el multiverso. Si existiera de verdad, me encantaría disponer de una máquina como las de las películas fantásticas, de ésas para viajar en el tiempo, pero usándola entre universos. Para largarme de éste y llegar a otro donde existiera sólo Cristina y no Marta. O al revés. O ninguna de ellas. Y tener otra oportunidad para evitar destrozar mi vida -y la de otras personas- de forma gratuita.

Pero los universos paralelos no existen y yo estoy aquí, hundido en el sofá de mimbre…

Contemplando cómo el sol rojo ya se ha hundido en el mar, mientras el sol amarillo sigue el mismo camino, unos pocos grados a la izquierda, y también se ocultará tras el horizonte en unos veinte minutos más.

Tendría gracia que existiera un universo paralelo igual que éste, en el que la única diferencia fuera que en lugar de dos soles sólo hubiera uno. Así anochecería antes.

Pedro Pablo G. May

 

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