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Cuestión de fe (Cuento de navidad)

Written by | 26/12/2017 | Comentarios desactivados en Cuestión de fe (Cuento de navidad)

—¿Has pensado lo que harías si te regalaran cuatro habichuelas mágicas?— preguntó María, a su hermana Laura.

—Que cosas más raras dices, anda, date prisa. Es tarde y aún tenemos que preparar la masa de los roscones.

Trabajaban en una pequeña pastelería que pertenecía a su familia desde hacía más de setenta años. Aquel pequeño horno era famoso por elaborar los roscones de reyes más jugosos del barrio, cada navidad se amasaba cientos de ellos y cada año que transcurría los pedidos aumentaban.

—Sí, pero ¿qué harías?

—Pues seguramente desearía que me tocase la lotería ¿Por qué lo preguntas?

—He tenido un sueño, uno de esos que llaman premonitorios.

—No vas a parar hasta que me lo cuentes, así que dispara— dijo exasperada Laura mientras se ataba el delantal.

—No es eso Laura, es que por el momento todo lo que he soñado esta noche se está cumpliendo y me asusta.

Laura la miró incrédula.

—¿Qué? Explícate.

—Soñé que al despertar me encontraba un mensaje en el teléfono, que avisaba a Jaime de una de esas reuniones urgentes que no podía eludir.  Obligándole a salir de manera precipitada de casa en vísperas de navidad. Intenté disuadirle, pero después de una fuerte discusión se negó dejándome sola. Más tarde y sin dar lugar a mucho más  porque el sueño se llenó de una densa niebla, abandoné la casa para irme hacia el trabajo y me encontré contigo.

—Lo siento, pero esto no asusta—bromeó meneando la cabeza de un lado a otro.

—No te cuento esto para que te lo tomes a guasa ¿Vas a escucharme? —contestó ofendida María.

—Perdona, no pretendía molestarte.

—Se supone que al salir del metro veríamos al hombre que está siempre en la entrada pidiendo ayuda y que como cada mañana, le saludaríamos y pasaríamos de largo—dijo, observando la cara de paciencia con la que la escuchaba su hermana—. Sé que piensas que esto es algo que hacemos cada día y que exagero, pero en mi sueño, me doy la vuelta para darle al hombre el décimo de lotería que compramos ayer y aquello me hacía sentir feliz, plena.

—Ah, pues eso sí que no. No me apetece ir perdiendo dinero ni que lo hagas tu  porque tengas un presentimiento.

—En realidad creo que es una especie de elección que no alcanzo a entender.

—Es solo un sueño, una repetición de tu rutina, desde que Jaime entró en ese trabajo discutís cada vez que tiene que viajar.

—He pensado en dejarle con su nueva vida. Últimamente, las niñas y yo estamos siempre solas. Creo que no es lo que deseamos.

—Tú le quieres María.

—Ya lo sé, pero no sé si lo suficiente.

La masa madre había hecho su función y los roscones estaban ya crecidos y preparados para comenzar a ser horneados, cuando, el teléfono de la tahona timbró sorprendiendo a la Laura y María, que no pensaban ser interrumpidas aquel domingo.

—¿Sabes algo de Jaime? ¿Te ha llamado? -preguntó histérica sin saludar al reconocer a su nuera la madre de Jaime.

—No, está de viaje, hasta dentro de un par de horas no espero su llamada— respondió María con un toque de preocupación incipiente.

—¿No tienes la televisión encendida, cierto? Ha habido un accidente ferroviario, el tren en el que iba Jaime se ha salido de vía. Al parecer hace unos días hubo un incendio en la zona de Huesca y se sospecha que no se retiraron correctamente los restos de las cercanías de las vías, ayer hubo mucha ventisca y creen que ese pueda haber sido el motivo. En cualquier caso  hay muchos heridos.

María, lívida, dejó caer el teléfono mientras miraba a su hermana.

—¡Te lo dije, era un presentimiento! Tenía que hacer algo diferente a mi sueño, debía haberlo cambiado—dijo arrancándose con prisa el delantal—. Debo irme, necesito saber qué hacer y dónde está mi marido.

Tras abandonar la tahona, se dirigió hacia la estación de Príncipe Pío en busca de más información. Allí un tumulto de gente se agolpaba sobre la zona de información donde diez miembros del personal trataban de atender y calmar a los que como ella precisaban información acerca de sus familiares.

El tren había descarrilado en la zona de Huesca, un poco antes de llegar a Salou,  él debería haber llegado hacía tres horas.  Pero ni Jaime ni ninguno de los que viajaban en el tren había conseguido llegar a destino.

Estaba destrozada, en su mente solo existían dos pensamientos el primero martillando su cerebro el sueño y el segundo su sentimiento de culpa por no haber hecho caso a su intuición.

Hundida en la desesperanza, anotó su número de teléfono en la lista de familiares de desaparecidos, no podía quedarse en la estación esperando una llamada que desconocía cuando llegaría. Necesitada cobijar su espíritu y sin saber por qué San Judas acudió a su cabeza, no quedaba muy lejos de la estación. En media hora podía estar allí.

Sin pérdida de tiempo cogió su abrigo de la silla donde lo había arrinconado y se dirigió nuevamente al andén. Si alguien podía obrar un milagro era aquel santo del que ella, antaño, fue tan devota.

La iglesia estaba tan tranquila como la recordaba, los turistas no dudaban en  entrar en ella para fotografiar la capilla, mientras los fieles rezaban.  Arrodillada frente al santuario, María ignoró aquel hecho y rezó como no recordaba haberlo hecho en mucho tiempo.

—Sé que no soy quién para venir a ti a pedir ayuda. Hace años que no cuido mis deberes cristianos. Por supuesto, puedo poner excusas, las niñas, el trabajo, y no  dejarían de ser más que eso, pretextos.  Pero aun así, vengo a suplicarte auxilio, a que hables en mi nombre y en el de mis hijas, a rogarte por la vida de mi esposo. Él ha sufrido un accidente, haré lo que me pidas, pero devuélvenoslo con vida.

Después de su silencioso ruego, María se preparó para comenzar a rezar cuando escuchó una voz en su subconsciente.

—¿Y qué serías capaz de dar a cambio?

Abrió los ojos con el fin de comprobar que no se estaba volviendo loca y que ninguno de los devotos de lo que la rodeaban prestaba atención.

—Prometo retomar la promesa de venir cada miércoles con una rosa como ofrenda, en muestra de mi agradecimiento y renovación de votos.

Tras unos minutos sin obtener respuesta, se levantó y haciendo la señal de la cruz salió de la iglesia pensando en lo absurda de su aspiración ¿Por qué San Judas hablaría con ella?

Nuevamente en la calle, rodeada por el continuo bullicio del centro, la voz llamó su atención.

—¿Acaso crees que los milagros son un negocio? María, debes aprender a creer y tener fe, antes de pedir.

Sobresaltada volvió a mirar a su alrededor, para comprobar que nadie hablaba con ella y continuó su camino sin saber en realidad hacia dónde dirigirse.  No deseaba estar sola, pero tampoco estar con su familia que, con toda seguridad al intentar arroparla sólo conseguirían que se sintiera ahogada.

Fue entonces, justo cuando se hallaba en el centro de la Plaza Mayor cuando decidió qué hacer. Sin perder tiempo, corrió hacia la calle Mayor para entrar en la boca de metro de Sol. No quería parar no deseaba pensar, solo sabía lo que debía hacer.  Entró en el andén de metro de la línea dos en dirección a Goya, allí tomaría la línea cuatro hasta llegar a Avenida de América donde la esperaba su meta.

Él estaba allí, sentado sobre sus cartones. María le saludó como cada día y él, extrañado de verla por allí a esas horas le preguntó.

—¿Está todo bien? Es pronto para que regrese.

María sonrió, aquel hombre que no tenía nada que ver con ella, la conocía y no solo eso, además al verla a deshoras se preocupaba por ella.

—No pasa nada, solo que se acerca Navidad y aunque no tengo demasiado que ofrecer quisiera que aceptara esto—respondió entregándole el décimo de lotería.

—¿Por qué me lo das?

—Porque me lo dijo un sueño,  y puesto que solo me quedan mis sueños he pensado que debía hacerle caso.

Sin decir más María dedicó una última sonrisa a su desconocido amigo y se fue.

Las niñas estaban con los abuelos y ella necesitaba tranquilidad. Sabía que no dormiría, la daba igual, solo necesitaba silencio para poder esperar que el teléfono sonase.

Eran las diez de la mañana y aun no sabía nada, había visto pasar cada una de las horas del reloj del dormitorio sin tener noticias de Jaime, consolándose con la idea de que la ausencia de noticias en sí era una buena noticia.

Cansada y con un tremendo dolor de cabeza, se levantó para preparar un café lo suficientemente cargado para conseguir arrancarse la migraña cuando, a través de la ventana de aluminio escuchó —34.593—. Era su número, bueno el que había sido su décimo. Lejos de entristecerse por haberlo regalado, sonrió al recordar a su actual propietario dejando correr una lágrima por su rostro, la primera que había salido en las últimas veinticuatro horas. Al menos la fortuna favorecía a alguien que lo necesitaba.

—Buenos días mamá ¿Están las niñas bien?—contestó dando por sentado que era su madre la que llamaba al teléfono.

—Disculpe, pregunto por María Rodríguez.

La voz de la mujer que hablaba desde el móvil era neutra, imposibilitando saber qué noticia escondía tras  su cansado y monótono tono.

—Soy yo dígame— preguntó con miedo.

—Le llamamos para informarle de que su marido se encuentra bien. Sufrió una leve pérdida de conocimiento y le hemos mantenido en observación, pero se encuentra restablecido y en planta. La policía nos ha facilitado su número para poder localizarla, puesto que él no llevaba identificación ni teléfono cuando lo trajeron al hospital.

En realidad cuando la mujer confirmó que Jaime estaba bien, todo lo demás dio igual.

Cuando María comprendió que, Jaime regresaría a casa junto a ella y sus hijas, fue cuando permitió que las lágrimas contenidas bañaran su rostro.

Milagro para unos, casualidad o suerte para otros, ¿qué más da? Digamos que, en la iglesia, ante el dolor lacerante de la pérdida y sin nada que perder, María optó por creer y tener fe.

Lourdes Tello

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