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‘De las horas sin sol’, de Marina Casado: entre la nostalgia y la esperanza

Written by | 03/02/2020 | Comentarios desactivados en ‘De las horas sin sol’, de Marina Casado: entre la nostalgia y la esperanza

 
La joven poeta Marina Casado se consolida con la publicación de este tercer poemario, De las horas sin sol (Huerga&Fierro, 2019), como una de las firmes promesas de la poesía contemporánea. Ya en su primer libro, Los despertares (2014), la autora madrileña sembró la semilla de una expresión poética deudora de los poetas del 27 –especialmente de Luis Cernuda y de Rafael Alberti– y, sin dejar de lado la herencia machadiana, abrió nuevos caminos a una lírica densa, profunda y muy cercana a lo cotidiano. Con Mi nombre de agua (2016), esta profesora de Secundaria y doctora en Literatura Española se adentra en un mundo apasionante en el que las manifestaciones artísticas sirven de contrapunto a las vivencias más íntimas y a la aspiración esencial del ser humano: la felicidad.

De las horas sin sol representa –como afirma en el prólogo Andrés París– “una fisiología del alma y del tiempo”. Un alma herida por la pérdida de un ser querido y un tiempo que con sal y adarce se alía con el olvido para endulzar los recuerdos y cauterizar las heridas del pasado. Las cuatro partes en que se divide el poemario perfilan una andadura vital que renace del silencio y de la noche oscura, se sumerge sin remedio en el latido cotidiano de un reloj implacable y atisba en la lejanía un sol primaveral que, aunque no oculta el peso del vacío, dibuja nuevos horizontes teñidos de melancolía y esperanza.

Unos conocidos versos lorquianos –“Pero yo ya no soy yo / ni mi casa es ya mi casa”– sirven de antesala al primer poema “El olvido”, que abre de par en par las puertas de la desolación –“Todo es silencio ahora”– y anticipa el sabor amargo de los recuerdos –“Aún lloramos mirando a las farolas”– y la omnipresencia casi fantasmal de una muerte disfrazada de nieve primaveral: “Aquel día te dije que la nieve / siempre cubre el preludio de una muerte”. Ese final, que es como una partida de ajedrez en la que siempre perdemos, y que, cual un ángel negro albertiano, permanece agazapada en las estancias vacías, en las canciones evocadoras o en los diálogos secretos desde la otra orilla: “Ese gatear las noches y maullar a la muerte”.

Pero la vida continúa y, a veces, uno se despierta sobresaltado y busca “Trece verdades con las que construir un puente al otro mundo”. Con metáforas audaces y una excelente prosa poética, Marina intenta resurgir cual ave fénix de las cenizas del dolor y de la ausencia, mira cara a cara a ese mundo de los vivos que invita a despertar de una pesadilla –“Mañana volveremos a simular que despertamos”– a pesar de que el manto frío de la nieve regresa desafiante –“La nieve siempre vuelve con sus anillos fúnebres”–. El recuerdo de su padre ausente es un revulsivo para seguir luchando: “Así fue como me enseñaste a caminar siempre unos pasos más allá del destino final”. Un destino que se adivina como un faro de esperanza en una tercera parte en la que el amor nos rescata de las noches sin sol –“Un día explotarán amaneceres”– y nos regala veranos en los que las horas se dilatan: “El verano es algo más profundo que una estación en el lento calendario de la vida”.

De todos modos, y como colofón a este camino sembrado de oscuridad y atravesado por “los caballos de la noche”, queda un aliento de eternidad y una sonrisa dibujada en los recuerdos agridulces: “Mi madre aún teje amaneceres / en las horas sin sol”. En la trastienda de la vida queda un “Todavía” que pregona su derecho a ser feliz por encima de los ocasos invernales: “Es otra vez tu voz acostumbrada / a cantar los ocasos despeinados / la que me reconduce al idealismo / de querer, todavía, ser feliz”.

José María Ariño Colás

 

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