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Del palacio a las ventanas, de la corona al virus

Written by | 09/04/2020 | Comentarios desactivados en Del palacio a las ventanas, de la corona al virus

Fotografías de Eduardo Martínez Rico

Hace más de tres semanas que iniciamos nuestro encierro bautizado con el slogan “Quédate en casa”. A estas alturas, hemos comprendido que el retiro es nuestro mejor escudo protector contra el enemigo invisible que se ha apropiado de nuestros espacios y nos ha obligado a una parálisis social. Después de los primeros signos de ahogo, por fin, nos hemos instalado en una rutina diaria con todo lo que está a nuestro alcance para aliviar el aislamiento. Pensándolo bien, hemos vuelto a la normalidad porque nos habíamos olvidado de vivir sin prisas, de estar reunidos, de convivir pacíficamente, de compartir los juegos de mesa, de ver los álbumes de fotos, las recetas y de leer tan a gusto. Muchos han desempolvado algún instrumento musical y se atreven a tocar, cantar y hasta a componer. Casi todos hemos comprobado cuán grato es sentarnos a desayunar juntos, a comer, cenar y hasta bailar o hacer deporte. Ahora que las llamadas y las vídeo-llamadas actúan como vitaminas para potenciar los ánimos, sentimos que la distancia física se acorta cuando, en verdad, nos une el sentimiento. Sin embargo, somos conscientes que sumergirnos en las pantallas de la televisión, del móvil, del ipad o de las tablets, si bien, son herramientas imprescindibles, pueden anclarnos al mundo virtual y darnos la sensación de compañía y bienestar. Ahora que nuestros cerebros están vivos y nuestra creatividad fluye por los pasillos y las escaleras de la casa, buscando un lugar, hoy más que nunca, sacudimos el polvillo fino del saber de nuestras bibliotecas para rebuscar los libros varados, a la espera del tiempo que no teníamos.

Por suerte, yo he hallado la novela Carlos V, el viaje del emperador (2019), de Eduardo Martínez Rico (Imágica Ediciones), con la que he viajado hasta el siglo XVI y he conocido los caminos del monarca, por los territorios conquistados y por conquistar. He oído a Carlos V narrar sobre sus padres, los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla y juntos hemos atravesado parte de España hasta Flandes, para conocer a Felipe, el hermoso. En Granada, Carlos V me ha mostrado el fastuoso palacio que construyó para su esposa Isabel, junto a la Alhambra y, mientras rodeaba los jardines, me ha hablado de la reina portuguesa, cuya fidelidad engrandece aún más su belleza.

Una novela que une los puentes de la ficción y no ficción, de la vida y la muerte, de la libertad y el encierro, dialoga con variados personajes y discurre con ellos por distintos parajes. Uno de los viajes más conmovedores, es el que hace Carlos V para visitar a su madre, la reina Juana de Castilla, hija de los monarcas católicos, durante su etapa de declive. En “su juventud, ella había sido la princesa más guapa de Europa”, además de inteligente y apasionada. Esposa y madre de seis hijos, cuya etapa más feliz quizás estuvo en Flandes, junto a su marido Felipe, el hermoso, a quien siguió amando, incluso después de su muerte. Una mujer de ojos tristes, como refleja el retrato que le pintó Juan de Flandes y que aún permanece en el Museo de Historia del Arte en Viena. Juana se convirtió en heredera de las coronas de Castilla y Aragón, pero ni los títulos nobiliarios, ni el dinero acumulado, ni las tierras dominadas, ni el poder, ni los castillos, templos o casonas pudieron suplir o evitar la angustia por la separación de sus seres queridos que la sumieron en la más absoluta depresión.

Más conocida como Juana, la loca, su vida tormentosa conmueve porque vivió confinada durante 46 años, en un castillo-palacio de Tordesillas, aunque, “los que la conocían sabían que la reina, normalmente tenía un juicio magnífico y que, en realidad, sus accesos de locura, eran pocos, breves, como tormentas de verano”. Muchos se han preguntado si ella fue víctima de una conspiración, por ello, la etiquetaron como loca o poseída por el demonio, pese a que los testimonios sobre su salud mental eran favorables, salvo ciertos episodios de rebeldía, calificados de “extravagante conducta de Juana”. Según los investigadores, la “presunta locura de Juana obedecía únicamente a una conspiración política masculina”, porque obstaculizaba el control absoluto sobre Castilla, para mover las fichas, a favor de los intereses de la corona que refuerza el argumento que Eduardo también teje en su novela: “Solo un juego político, una maniobra del poder establecido, podría hacerlo directamente rey, compartir la corona en este caso con su legítima poseedora, Juana de Castilla, su madre”. “Aunque vivían dos mundos muy distintos, dos dimensiones diferentes, reinarían juntos, pero vivirían muy separados”. Es posible que Juana represente a todas aquellas mujeres que, “en el transcurso de la historia, han sido excluidas injustamente del poder”, por distintas razones.

Desde nuestra perspectiva actual, la novela de Eduardo nos lleva a ponernos en la piel de esta mujer que intentó ser una “buena hija, esposa y madre” y lo único que quiso en la vida fue amar intensamente, aunque haya cometido errores, como todo ser humano. Llevó una vida, casi religiosa, retirada de la opulencia, de los viajes y del poder. Se negó a vivir de mentiras, conspiraciones, ambiciones y prefirió sufrir el dolor del encierro y la soledad. A sabiendas o sin saberlo, eligió vivir confinada en “aquel palacio de Tordesillas, que el autor describe como “un lugar bello, con el Duero capaz de inspirar los mejores versos”, “en una cárcel”, de la cual “no quería escapar, no quería salir de allí”. En estas circunstancias, el retrato de Juana contemplando el féretro de su esposo, del pintor Francisco Pradilla (1877) que está en el Museo del Prado, parece ser el llanto de España entera por todas las víctimas que viene cobrando el virus, sobre todo, en la población de los ancianos. Ahora que estamos en Semana Santa, también semeja al llanto de la Virgen Dolorosa ante la muerte de su hijo.

A estas alturas, no he podido evitar la asociación con el encierro que vivimos actualmente. Todos llevamos poco más de veinte días confinados en casa, cómodamente, y ya sentimos el agobio, mientras ella, ha soportado el encierro durante 46 años. Ahora más que nunca, necesitamos tener el estoicismo de Juana para ahorrarnos el sufrimiento y reconvertirlo en algo positivo, como define Eduardo: “La casa de Juana, la casa interior era el amor por su esposo y por sus padres, palacio de los recuerdos. Fuera de ello, poco le importaba”, porque “se recogía sobre sí misma”. En esencia, es el amor el que salva su vida y la prolonga hasta los 76 años. Su gran confianza en Dios, demuestra la lucidez de sus pensamientos hasta el final: “Jesucristo crucificado, ayúdame”.

Resulta irónico que en este momento crítico, todos ofrecen una y mil ventanas para apoyarnos y salir airosos de este período. Las mayúsculas o minúsculas ofertas  llueven sobre nosotros, en tonos y formas inimaginables, con ofertas de todo tipo, naturaleza y modalidad que parecen otorgarnos la salud y la libertad: “Súmate a nuestro seguro de vida y vivirás tranquilo”, “Cámbiate de casa, coche y asegura tu vida”, “Te abrimos la puerta al mundo de las oportunidades”, “Súbete a nuestra web y hazte visible”, “Deja de ser invisible y muévete”, “Hazte un hueco en los negocios”, “Lánzate al mundo de las pymes y vuela alto”, “conviértete en estratega y gobierna tu propio espacio”. Todo parece bueno, atrayente y estimulante, ahora que realmente nuestro tiempo está libre de horarios, de prisas, de jefes, de planes y cronogramas, pero que lamentablemente no podemos comprar la salud ni la vida.

Ahora más que nunca, necesitamos abrir otro tipo de balcones, además del conocido aplauso-musical de las noches, abrir nuestros espacios interiores para recibir un nuevo respiro de amor, la única vacuna que en verdad puede renovarnos y protegernos de cualquier virus. Necesitamos cambiar el chip mental y conectar nuestras neuronas con otras dimensiones naturales, como los animales para ayudar al planeta. Desprendámonos del consumismo material que nos empuja a comprar desmesurada y compulsivamente. Dejemos de lado la actitud individualista, salgamos de nuestra zona de confort y abramos los ojos al mañana incierto, con esperanza y con acciones. Visualicemos el nuevo sol que asoma a nuestras ventanas y agradezcamos por cada amanecer y por lo que tenemos.

Que la espera sirva para resetearnos, por dentro y por fuera y los libros sean los primeros aliados para conocer, como en este caso, no solo el pasado, sino también la realidad presente y futura que proyecten nuevas motivaciones y, sobre todo, el amor al prójimo. Solo el amor y las lecturas nos harán libres. Revirtamos la situación del virus, con el amor por todo ser humano: si cada uno se cuida, también cuidaremos de los demás. ¡Quitémosle la corona de espinas al virus que nos gobierna!

Ana Godoy Cossío
Doctora en Literatura Hispanoamericana
Universidad Complutense de Madrid

 

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