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Del porqué de las cosas

Written by | 14/08/2007 | Comentarios desactivados en Del porqué de las cosas

Al hilo de mis días de levantar bibliotecas, algo de lo que hablaba el otro día me hizo recordar un encuentro casual por la calle que tuve hace poco con una amiga escritora. Me contó, un poco con prisas, supongo que tendría otros asuntos que demandaban su atención, que la habían contratado como traductora en una editorial de mediana categoría, cosa que me hizo alegrarme por ella. Soy de los que opinan que al final todo el mundo asoma la cabeza por algún lado y va tirando para adelante, a la espera de la gran oportunidad, ésa del tren que sólo pasa poco y mal. Le pregunté por aquella novela medieval que escribía al alimón con un amigo. Al parecer, estaba ya firmada y pagada, a punto de publicarse. Vaya cantidad de buenas noticias, y uno en dique seco, soñando que sueña con musas. Para rematar, me confesó que estaba escribiendo una novela romántica de vampiros. Qué suerte, escribir novelas, yo lo pienso y me entran tiritones. Escribir la Novela, la primera, con mayúsculas, dar el salto y pasar de ser aficionado a tomárselo lo suficientemente en serio como para remangarse y liarse a construir una novela es algo que me obsesiona. Uno puede escribir diarios y relatos cortos más o menos afortunados de vez en cuando, cualquiera podría, pero una novela exige dedicación y tenacidad, al menos si se quiere escribir algo que merezca, no ya su publicación, sino su lectura. Ella, mi amiga la escritora, no me comprendía demasiado bien. Ponte y ya está, decía. Afirmaba, además, que estaba ya cansada de filosofías en las novelas, que, después de haber leído tanto, lo que verdaderamente le apasionaba eran las de corte romántico, simplemente una lectura ligera que le hiciese evadirse en cierto modo de la rutina y sus circunstancias.

Esta conversación me dejó tocado, y sumido en un océano de dudas. Dudas que se adentraban en los sustratos más profundos de la vocación del escritor: ¿por qué escribir?, ¿qué sentido tiene?, ¿tiene algún sentido preguntárselo? Acaso ahí radique el motivo por el que no encuentro la fuerza necesaria para escribir la Novela, no mientras no tenga una verdad que contar, un mensaje que proclamar al mundo que, humildemente, nadie haya apuntado antes. Cierto es que todo lo escrito, tanto en filosofía como en literatura, desde los siglos que contemplaron las vidas de Platón y Homero es un mero pie de página a lo que ya dijeron estos dos titanes hace dos mil quinientos años. Nada puede ser ya original, nada nuevo bajo el sol. Estamos condenados a la repetición, al eterno retorno, subyugados por la tradición, pues los pocos que creen liberarse de ésta se despeñan por el abismo del plagio. Ante este panorama tan desalentador, ¿qué nos queda por decir si nadie ha aportado gran cosa en más de dos milenios de literatura? Desde luego que no pretendo ponerme a la altura de tan elevadas personalidades; simplemente tengo el anhelo, cuando a veces imagino el porvenir, de que algún día hilvane una historia meramente capaz de poner un pie de página más a los Padres de la Literatura.

A la vista, sin embargo, de todas las obras que me rodean en la biblioteca, parece que los escritores no dejan de ejercitar su profesión, las grandes editoriales se hacen de oro gracias a la publicidad y a la venta en grandes superficies comerciales, se compran ingentes cantidades de libros que no se leen, sólo se regalan y sirven para adornar muebles de salón. Aun así, no cesan de aflorar pequeñas editoriales nuevas cuyo catálogo sólo contiene autores noveles o desconocidos, autores de libros que únicamente leerán veinte o treinta personas, porque es imposible que, de los más de cincuenta mil títulos que se publican cada año en este país, se expongan todos en escaparates y estanterías, y, peor aún, que lleguen a comprarse. Me pregunto entonces cómo estas pequeñas editoriales, que apenas han echado los colmillos, consiguen sobrevivir bajo la ley de la jungla, entre los grandes depredadores del planeta. Cuentan que estas crías se defienden mediante la venta a los libreros de nuevas remesas de libros, que puede que ni siquiera sean expuestos, y que esta venta sirve para sufragar los gastos de devolución de la anterior tirada sin vender devuelta por los libreros. De este continuo trasiego parecen sacar algún margen de beneficios, no sabemos si pingües, pero que no debe de ser poco. Y así sucesivamente, un negocio en espiral que se muerde la cola, y que puede desembocar en el vacío en breve. Es de suponer que muchas acabarán, como otras tantas antes que ellas —recordemos que el mundo siempre se plagia a sí mismo—, como pecios varados en la arena de las playa de alguna isla desierta.

Pero la maquinaria fabril, y febril, no se detiene. Miles de escritores siguen publicando sin descanso, con ventas o sin ellas. A veces pienso hasta qué punto lo hacen por vocación o por profesión. Cuánto hay de arte y cuánto de artesanía en la literatura de hoy. Debe de ser que los que escriben han encontrado sus propias verdades que contar, verdades que a uno no le terminan de servir, aunque no por ello dejan de ser válidas, y uno, al contrario que aquéllos, finalmente acaba contando estas cosas que no llevan a parte ninguna.

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