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Dragó es Roldán o la confrontación con la muerte como alimento literario

Written by | 23 August 2015 | Comments Off

Fernando Sánchez Dragó Roldán confrontación muerte alimento literario

Fernando Sánchez Dragó sorprende con el lanzamiento de La canción de Roldán. Crimen y castigo (Planeta, 2015), una novela de no ficción en la que el escritor recrea su vivencia en busca del fantasma de Luis Roldán, ex director de la Guardia Civil, protagonista de la fuga más espectacular de la Historia reciente de nuestro país, cabeza de turco del felipismo y superviviente del aislamiento penitenciario más largo sufrido por un preso en la jurisprudencia española. No sólo eso: sus páginas sirven de crónica de una época −la Transición−, de radiografía de los mecanismos políticos españoles y sus intrigas, de análisis psicológico de la caída de un hombre desde la altura de las peanas del poder y de reflexión filosófica sobre la condición humana.

La sorpresa de la publicación de este libro estriba, por una parte, en la rareza de la asociación tan improbable de dos nombres como Dragó y Roldán; por otra, en la aparente disonancia de un libro de estas características en el conjunto de la obra de Dragó, cuyo eje de abscisas y ordenadas traza líneas paralelas a su propia mismidad, a sus viajes y a sus orientes; y, finalmente, en el rechazo que el ex director de la Benemérita, aun cumplida la estricta totalidad de su pena, todavía suscita en el imaginario colectivo español veinte años después del escándalo.

Fernando Sánchez Dragó Roldán confrontación muerte alimento literarioHabrá quien considere esta Canción de Roldán una estridencia en el canon del escritor. Sin embargo, si repasamos los cuarenta volúmenes que lo configuran, encontramos que el dolor unamuniano por esta piel de toro es un tema recurrente desde el primero de sus títulos. Ya en el epílogo de Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España (Hiperión, 1978), el autor cita a Cernuda: «’¿España?’, dijo. ‘Un nombre. España ha muerto’». Por aquel entonces, Dragó salió a los campos, a las cuevas y a las piedras de los caminos a buscar el espíritu de la antigua Iberia, un inconsciente colectivo que enarbolar como estandarte, pero se encontró con una ilusión que acaso sólo estuviera en su cabeza de hippy soñador. La constatación de esa realidad tal vez lo ayudara a escapar del mal de aquellos años fronterizos de la década de los setenta y los ochenta en que la sociedad comenzaba a despertarse de su letargo franquista sólo para caer en el enajenamiento de la indolencia y los narcóticos. Tal vez fuese la percepción de impunidad tras la muerte del dictador la que condujo a los excesos no sólo en los portales de la Movida, sino también en los despachos de la Moncloa. Sin la figura paterna, todo estaba permitido. Sólo quien supo mantenerse lúcido sobrevivió.

Dragó, al contrario que Roldán, mantuvo la cabeza sobre los hombros y se fraguó una carrera de prestigio tanto en la literatura como en radio y televisión. Roldán hizo lo propio en su ámbito, pero por moquetas más crudas e intrigantes. A punto estaba de ser nombrado ministro del Interior cuando saltó en los periódicos la noticia de su formidable patrimonio amasado a base de comisiones, entre otros delitos. Aquello derivó en delirante aventura de espías y culminó con una supuesta detención en Laos. Por aquel entonces, nadie conocía dónde se encontraba ese país, salvo Dragó, que durante los días que rodearon a la captura de Roldán acaparó los medios de comunicación por su fama de buscador de horizontes exóticos. Precisamente allí, en un islote laosiano, comenzaría años más tarde la cadena de acontecimientos que llevaría al escritor a embarcarse en la aventura de escribir La canción de Roldán.

Fernando Sánchez Dragó Roldán confrontación muerte alimento literarioDragó volvió a tomar la temperatura de esa «unidad de destino en lo infernal» que ya desahuciara en Gárgoris y Habidis casi treinta años antes. Muertes paralelas (Planeta, 2007) revivía la epopeya de su padre, asesinado en la retaguardia de la Guerra Civil; la de su madre, en busca de su marido; y la de sí mismo en la aspiración de apuntalar la orfandad mediante la alquimia de las palabras. La literatura es también tabla de salvación. De nuevo el dolor de la patria. En este caso, por la España Trágica, como Dragó la denominó.

Un año después se publicaría Y si habla mal de España… es español (Planeta, 2008). Y Dragó, españolísimamente masoquista, hacía eso: hablar mal de su país. Muy mal. Después de pasar por las Españas Mágica y Trágica, le tocaba el turno a la España Hortera, para la que encontró, a lo largo de los años, numerosos gentilicios que solos se alaban: Vandalia, Fiscalia, Futbolia, Zangania, Cigarria, Jamonia y Asnalfabética, entre otros.

Y también Caconia, tierra de ladrones. Sin saberlo, estaba prefigurando su última incursión en las entrañas del cadáver ibérico. La España Podrida.

Con La canción de Roldán, Dragó cierra lo que podría denominarse su Tetralogía de España, y no oculta que para darle forma se ha erguido sobre hombros de gigantes. Hace, de hecho, clara referencia a uno de ellos −Dostoievski− en el subtítulo de la novela: Crimen y castigo. La otra gran influencia será A sangre fría, de Truman Capote, adalid del nuevo periodismo y crisol de géneros literarios que se adecúa con solvencia al gusto de Dragó por la «egografía» −término acuñado en Esos días azules. Memorias de un niño raro (Planeta, 2011)−, esto es, la literatura entendida como reflejo puramente subjetivo de la realidad.

Fernando Sánchez Dragó Roldán confrontación muerte alimento literarioLa canción de Roldán es una historia de crimen y castigo, de culpa, expiación y redención, es decir, sigue el esquema trágico de Crimen y castigo, donde Dragó equipara las vicisitudes del personaje de Raskolnikov con las del propio Roldán. Toda tragedia requiere de un sacrificio, en este caso Roldán, chivo expiatorio del felipismo al que saetear con todas las miserias del respetable. También Cristo murió para aligerar nuestro lastre pecador. De ahí su éxito entre la feligresía.

Y es que el castigo y la muerte −el castigo máximo− generan simpatía. «Todo el mundo te quiere cuando estás a dos metros bajo tierra», cantaba Lennon no exento de ironía. Ésa es la función de la tragedia. Sin reparar en ello, tanto Dragó como el lector comienzan a empatizar con el delincuente, rayando por momentos en síndrome de Estocolmo. Escritor y personaje se mueven en un sucesivo baile de espejos que desdibuja los límites de la realidad y de la identidad. Tanto que esas mismas etapas que separan el crimen de la redención de Roldán también terminan aplicándose al propio Dragó:

El crimen. Tanto Roldán como Dragó cayeron en la trampa de sus circunstancias y se vieron obligados a ensuciarse las manos: uno en el lodo de la codicia y la exención de responsabilidad individual en el engranaje colectivo, corrupto y bien engrasado de la política; el otro en la tinta de la literatura que, como un imperativo universal cuyos hilos sutiles convergieran en su persona, la providencia se empeñaba en poner frente a él.

El castigo. Con tal de evitarlo, ambos ponen tierra por medio, pero los exilios terminan convirtiéndose en cárceles mentales. La huida levanta muros invisibles. En el caso de Roldán, su periplo por París y Tailandia lo conducirán a la cárcel de aislamiento de Brieva; mientras que Dragó, incapaz de escribir una página en Madrid, se refugiará en Indochina para encontrar la concentración necesaria para afrontar el terrible desafío que tiene entre manos.

La culpa y la expiación. A la luz de los diarios que durante quince años escribió durante su encierro, Roldán se vio reducido a una piltrafa. Deprimido, enfermo y minada la relación con su mujer y sus hijos, su vida se resumía en vegetar en silencio y soledad, dado su régimen de aislamiento. No es extraño que pensara en el suicidio. Este pensamiento también se materializaría en la mente de Dragó, quien, lamentándose constantemente de haber aceptado el encargo, atravesó su particular noche oscura del alma durante la escritura del libro.

Fernando Sánchez Dragó Roldán confrontación muerte alimento literarioLa redención. Asombra comprobar hasta qué punto Roldán pasó de ser un Botejara de la España Hortera a un hombre cultivado. En prisión, con la eternidad por delante, estudió Ciencias Políticas a través de la UNED y leyó toda la Historia de la Literatura y la Filosofía. Uno de los pasajes más emocionantes del libro, titulado «Delirios y palabras intempestivas de un prisionero», son consideraciones salidas de su pluma. La sensación que produce el texto, que en el libro viene precedido de varias páginas procedentes de sus diarios, es la de estar tocando a un hombre, un individuo que ha trascendido su naturaleza a través de la cultura. De nuevo, la literatura salva. Dragó ya lo había experimentado en Muertes paralelas, y en esta ocasión confirmó la sospecha, pero es que los escritores están siempre en perpetuo naufragio.

Sin embargo, lo que salva en última instancia es el sentido, la convicción de que vivimos sirviendo a un propósito: el amor. Es el amor por Sonia lo que permite a Raskolnikov soportar los ocho años de su condena en Siberia, es el amor por Natasha −también rusa− lo que recompone los pedazos de Roldán en sus últimos años en la cárcel, y es el amor por su hijo recién nacido −Akela, cuyo nacimiento narró su padre en Pacto de sangre (Planeta, 2013) con vocación de testamento vital− lo que aparta a Dragó del suicidio y le devuelve la juventud perdida.

Fernando Sánchez Dragó Roldán confrontación muerte alimento literarioEl patrón de La canción de Roldán coincide, pues, con el de Crimen y castigo. Y como en toda tragedia, el momento fulminante en que la «consciencia infeliz» de Hegel ilumina al héroe es el eje de la representación. La mímesis del público con el personaje conduce, mediante el sufrimiento de éste, a la catarsis colectiva. Es en el instante en que Roldán cobra consciencia de su crimen cuando Dragó y el propio lector se dan cuenta de que el ex director de la Guardia Civil sólo fue víctima de su condición humana. En circunstancias semejantes, cualquiera de nosotros se habría perdido en ese laberinto. Roldán somos todos.

Es significativa la inclinación de Dragó por Capote. No es la primera vez que Dragó invoca el nombre del escritor americano a la hora de hacer acopio de inspiración. Su espíritu, sin ir más lejos, ya estaba muy presente en Muertes paralelas. También da que pensar que entre los modelos de escritores que admira Dragó abunden los suicidas como Hemingway y Mishima. Capote también cuenta, pues se suicidó el día que colgaron a Perry Smith, sólo que su agonía, prácticamente ágrafa, se dilató durante dieciocho años de alcohol, cuentos y cantos de sociedad.

Si Dostoievski es la estructura sobre la que se levanta el edificio de la narración, la lección magistral de Capote configura la aproximación del narrador: la del observador activo, o «egográfico», según el escritor. Nada de nuevo periodismo, Dragó insiste. Del autor de A sangre fría sólo le interesa el sello de «Novela de no ficción» y la figura del escritor que salta al ruedo para lidiar el toro de otros. Así, Dragó se convierte en sumidero en donde confluyen los cauces de Roldán y de todos los personajes en torno a su caída y su renacimiento. No es que todos seamos Roldán, es que −en La canción de Roldán− todos somos Dragó. Roldán incluido.

La analogía taurina unas líneas más arriba no es baladí. En Gárgoris y Habidis, Dragó llegó a la convicción de que el último reducto del genius loci español residía en la tauromaquia. Treinta años después obtendría la misma conclusión en Y si habla mal de España… es español: los toros son lo único que lo reconcilia con la nacionalidad que campea en su pasaporte.

Fernando Sánchez Dragó Roldán confrontación muerte alimento literarioLa obra de Dragó se caracteriza por su irreductible vitalismo. Es un escritor en movimiento constante, y fiel reflejo de ello son los continuos viajes, la curiosidad itinerante y la búsqueda de iluminación espiritual que vierte en sus libros. Su apetito de conocimiento se orienta hacia la luz. Sin embargo, cuando la búsqueda externa se vuelve hacia dentro, cuando de analizar la propia mismidad se trata, en su tono surge la oscuridad. España, quiéralo o no el escritor, forma parte de su identidad y no puede escapar de ella. Le duele, y viene acusando ese dolor durante casi cuarenta años de producción literaria, como si su relación con la patria no fuese posible sin el conflicto, que siempre aparece con matices fúnebres. Un simple repaso a lo dicho hasta ahora lo hace patente: «’¿España?’, dijo. ‘Un nombre. España ha muerto’», Muertes paralelas, A sangre fría, Pacto de sangre, testamento vital, Crimen y castigo, suicidio, tauromaquia.

Esa aparente pulsión tanática casa bien, precisamente, con la pasión de Dragó por los toros, encarnación de la tragedia por antonomasia y quintaesencia, a su juicio, del genio ibérico. Quizá la relación de Dragó, en particular, y de los españoles, en general, con España no pueda plantearse en otros términos que los de la confrontación a muerte. No hay posible reconciliación. España es un cáncer que necesitamos extirparnos, como un padre −patria− freudiano al que matar. Como en el célebre Duelo a garrotazos de Goya, en el que dos hombres hundidos hasta las rodillas en un barrizal en lugar de tratar de salir del atolladero se dedican a molerse a palos, acaso no haya otro modo de enfrentarse a la españolidad que el duelo, cuyo desenlace sólo arroja dos posibilidades: matar al monstruo y bautizarse con su sangre rejuvenecedora, como Dragó; o ser engullido en su laberinto, como Roldán. Y el cuerpo inerte resultante de esa lucha es el alimento del que comulga este libro.

Javier Redondo Jordán
(publicado en la revista Clarín, 117, Mayo-Junio 2015, pp. 86-88)

 

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