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Eduardo Martínez Rico: «En ‘Cartas de un joven escritor a Don Quijote de la Mancha’ hay una pasión por la literatura»

Written by | 02 September 2016 | Comments Off

La experiencia vital de cualquier persona es literaria, porque la vida son todas las situaciones que nos esconde una realidad a la que no hemos sido llamados, y que son la antesala de nuestro ocaso. Los pequeños eventos de una existencia son el único tema de la literatura universal, una inagotable fuente de inspiración, y por supuesto de producción para el arte. Tan pequeños no deben de ser.

Cartas de un joven escritor a Don Quijote de la Mancha (Imágica) es un libro sencillo, llano y ameno, que destaca en una cosa: la fe en la vida y en los libros. Hay un entusiasmo del joven lector, tanto por las cosas que le ocurren como por los libros que lee, y esto queda plasmado con belleza en sus páginas. La alegría que transmite es la forma en que alguien que comienza a caminar plantea la vida y el conocimiento como una aventura, y como un libro que escribimos en nuestro día a día. Literatura y vida se confunden y pasan a ser la misma materia viva. Entrevisté a su autor, Eduardo Martínez Rico, una oscura tarde de verano, en su despacho de Madrid, donde los libros le escoltan:

Uno de los rasgos de este libro es que es muy alegre. ¿Te resulta más fácil ser optimista o pesimista en tus libros?

Cuando empecé a escribir pensaba que la literatura funcionaba mejor con el drama y con la muerte. Sigo pensando que la muerte es un gran tema literario, quizá el más grande, junto al amor. Hay una cosa cierta, y es que la literatura me ha ayudado a superar muchos baches de la vida, y que ha habido muchos problemas que he podido superar gracias a la escritura. Obviamente la escritura es muy amplia, muy generosa, y admite todo, pudiendo escribir en clave más positiva o negativa, pero admitiéndolo todo.

Leyendo tu libro Relámpagos, y comparándolo con éste, se diría que uno es la antítesis del otro. ¿Qué diferencias hay entre el autor de Relámpagos y el de este libro?

Probablemente la persona era diferente. Estoy pensando que es muy posible que nosotros, siendo la misma persona, accedamos a psicologías muy diferentes según nos trate la vida. Esto se ve muy claro en los escritores, pues los libros son fotografías reveladas de su experiencia, lo que uno ve, lo que uno vive. Decía Delibes, sobre los libros de viajes, que el escritor revela el viaje que hace, y eso me interesó mucho, pues considero que la escritura es un revelado continuo del exterior y del interior. Esta dualidad entre interior y exterior está en Relámpagos, que es un libro obsesivamente interior. No sé si comentamos una vez un trabajo universitario que hice sobre el interior y el exterior en libros como El extranjero de Camus, La náusea de Sartre, y San Manuel Bueno, mártir de Unamuno, donde se observa esa clave existencial que a mí me ha interesado siempre y que muestro en Relámpagos. El joven de 22 años que escribe Cartas de un joven escritor a Don Quijote de La Mancha es un chico que ha realizado un buen curso académico, que tiene todo el verano por delante y que quiere escribir un primer libro, por lo que resulta todo muy alegre. En cambio, Relámpagos lo escribí en un momento muy duro, y todo eso lo volqué en la ficción. Son, por tanto, dos libros muy diferentes.

¿Crees que hay una relación entre lo alegre y la simplicidad, (que está en Cervantes, y en Viaje a la Alcarria), y lo abstracto y complejo con la depresión? Lo digo por las enormes diferencias de forma que hay entre los dos libros.

A lo mejor la alegría es más superficial, quizá, mientras lo negativo y la tristeza invita más a la introspección. En Relámpagos hay mucho buceo, mientras que Las cartas de un joven escritor es un libro más lúdico, más alegre. Un libro en el que se viaja, se habla de chicas, sobre libros, lo que lo convierte en un libro muy atractivo para el aficionado a la literatura. Es un libro vitalista, mientras que Relámpagos es más filosófico, y eso lo hace más complejo.

El tema central es la vida y la literatura. ¿Cómo cambia la vida de alguien que es un apasionado de la literatura?

Cambia muchísimo. Lo que pasa es que no sé si soy objetivo, porque llevo leyendo y escribiendo muchos años, por lo que no sé si a un aficionado a la literatura le sucede lo mismo. Para mí, el personaje principal, tiene similitudes con el protagonista de Don Juan Demarco, que es alguien que se mueve en la realidad, pero al mismo tiempo tiene un plano completamente literario. Vive en un mundo de personajes y lecturas, aparte del mundo de su vida real. Los dos mundos se mezclan y esto no es una locura, pues ambas realidades se mezclan, porque él escribe sobre su vida, inspirado en lo que él lee, e incluso escoge sus lecturas según lo que va viviendo. Si yo leo algo que me entusiasma, esa lectura me va a acompañar mientras vivo, por lo que se convierte en parte de mi realidad.

Hay una parte del libro en el que mencionas que un tío tuyo está leyendo una biografía de Unamuno. Sería, en este caso, un modelo vital y literario para él ¿Cuál era el modelo literario para el chico que escribió este libro, y cuál es el modelo para Eduardo en el presente?

En la época en la que escribí el libro, el escritor que más me impactaba era Cela. Por entonces yo estaba preparando un trabajo sobre Cela y Umbral, que fue el origen de mi tesis doctoral sobre Francisco Umbral. Cela es un escritor que me sigue interesando mucho, pero hay otros que me interesan más. Tengo muchos escritores que me interesan, ninguno destaca tanto como para considerarlo un modelo, lo que pienso que es una riqueza. Creo no tener ningún modelo. Si echo la vista atrás, quizá Cervantes, cuya literatura me encanta, pero sería difícil decirlo. En este libro hay muchos escritores, lo que dejaría más clara la respuesta respecto a mis modelos en el pasado.

¿Qué ventajas te parece que tiene el género epistolar?

Creo que este medio me resultaba sencillo para construir un libro. Yo entonces tenía 22 años, y buscaba la forma de realizarlo. Esto se me ocurre ahora, que han pasado casi veinte años desde que lo escribí. Lo que está claro es que la carta te da muchas posibilidades. Es un género muy abierto. Puedes bucear en ti mismo, y en el mundo, puedes, también, coquetear con el ensayo, porque la carta te da esa capacidad. También hablar mucho sobre otros autores, y tiene mucho de diario. Hay, además, un juego entre realidad y ficción muy interesante. Da mucho juego.

¿Ha cambiado mucho la forma en la que ves la literatura tras los veinte años que han pasado?

Quizá en el momento en que escribí el libro era más purista, y leía mucho a los clásicos sin fijarme en otros autores no tan consagrados en la historia de la literatura. Estudiaba filología, y leía una barbaridad, sin ser bueno todo lo que leía. Había momentos en los que podía enfocar la lectura de diez libros al mismo tiempo, o doce, ahora trato de ordenar más mis lecturas. También te puedo decir que yo en aquel momento me consideraba un aspirante a escritor, y escribía todos los días. Ahora me considero un escritor. Para mí eso ha requerido un gran esfuerzo, pues esta profesión es muy irregular. Quizá sea algo mejor que una profesión: una vocación, y yo creo que tengo una gran vocación de escritor. Entonces era un aspirante, y hoy considero que ese entrenamiento ha dado sus frutos.

¿Qué hay de Cervantes en este libro?

Mucho. Aparte de mi gran admiración, para mí es como si estuviera vivo, como si fuera mi amigo y maestro. Fue alguien que sufrió mucho, que tuvo una vida turbulenta, pero que demostró un gran vitalismo, y cuando escribe El Quijote, al mismo tiempo que va narrando las andanzas y contando los lugares por los que pasa, demuestra una sabiduría extraordinaria. En el libro está, también, la dualidad entre ficción y realidad, que se encuentra también en El Quijote, y también una pasión por la literatura, que equivale a la pasión por la literatura que hay en la obra de Cervantes.

Alan Romero

 

 

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