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El Coronavirus, la pandemia que nos hizo parar

Written by | 04/04/2020 | Comentarios desactivados en El Coronavirus, la pandemia que nos hizo parar

Fotografía de Eduardo Martínez Rico

En los últimos tiempos estamos asistiendo a una situación social sin precedentes, algo para lo que no tenemos referencias previas a las que recurrir. En las últimas semanas, el mundo entero se ha parado. Nuestro mundo y el de todos. La mayoría no podemos salir a la calle, salvo para lo imprescindible. Las calles, los parques, las carreteras se han quedado vacías y en silencio. El cielo luce limpio y azul como nunca, pero sólo podemos contemplarlo desde nuestras ventanas. Parecería que estuviéramos presenciando una película de ciencia ficción, y sin embargo, todo lo que está pasando es real.

Las redes sociales se han llenado de multitud de propuestas de juegos, bailes, ejercicios y manualidades para hacer en estos días caseros, para los adultos, pero sobre todo para los niños. De pronto, los padres y madres nos hemos visto obligados a convertirnos en animadores de nuestros pequeños, a los que parece que hay que entretener durante todo el día para que no se aburran ni se angustien, y también en profesores improvisados, obligados a repasar conceptos que teníamos olvidados, a velar por que hagan los deberes, los fotografíen, los manden, los suban a no sé dónde o los hagan llegar a sus profesores. Y todo ello mientras intentamos teletrabajar, ocuparnos de las tareas de casa (multiplicadas en estos días por la convivencia constante y el hacinamiento) y lidiar con nuestras propias angustias. Porque de eso se trata en realidad, de qué hacer con la angustia. Y parece que lo que hay que hacer con ella es negarla. En una sociedad como la nuestra, donde lo que prima es la inmediatez y la productividad, nos cuesta tolerar la angustia que origina lo diferente, lo desconocido, lo que no podemos controlar. El no saber qué va a pasar ni cuándo. Por eso nos aferramos a nuestros horarios y rutinas de siempre, que nos hacen mantener la ilusión de que podemos controlar algo de lo que está pasando. Las rutinas regulan y calman, y nos hacen sentir que algo de nuestro mundo, ahora desmoronado, sigue intacto. Y en estos momentos, en los que reina la incertidumbre y tenemos tan poco margen para decidir, sentir que al menos podemos controlar lo que ocurre en nuestra casa, sin duda nos tranquiliza. Pero la angustia no desaparece por negarla, siempre va a buscar diferentes formas de manifestarse a través del cuerpo, de la enfermedad, del mal humor, del grito o del llanto. A la angustia hay que hacerle frente, hay que compartirla para poder combatirla. Hay que atreverse a decir que nos sentimos mal, que estamos tristes o enfadados, que ninguno estábamos preparados para esta situación que, por momentos, nos desborda. Respirar profundo y parar. Y pensar. Y sólo así podremos pasar a otra cosa.  Sólo así estaremos en condiciones de beneficiarnos de algunas de esas propuestas que nos llegan, de las que más nos apetezcan en cada momento, que no se trata de hacerlo todo ni de hacerlo bien, sino de compartir un tiempo con los nuestros. De leer un cuento en la cama sin prisas a nuestros hijos, o de llorar escuchando una y otra vez esa canción que nos conmueve. Y a veces hay que dejar de lado los horarios, ahora que podemos, poner en pausa nuestro mundo de prisas y deberes, para conectarnos con nosotros mismos y con los que tenemos al lado. Nosotros, los adultos, y nuestros niños. Porque ellos también están angustiados. Ellos también se preguntan qué va a pasar con sus clases, sus juegos al aire libre, sus planes, cuándo podrán volver a abrazar a sus abuelos y ver a sus amigos. Ellos se hacen las mismas preguntas que nosotros y se encuentran con los mismos miedos, pero con menos recursos para enfrentarlos. Por eso pensemos qué queremos transmitirles en estos momentos excepcionales, qué queremos que recuerden de estos días de aislamiento cuando sean adultos, y de qué recursos queremos dotarles para enfrentar las contingencias que la vida les depare. Yo, personalmente, querría que recordaran estos días como una etapa que puso a prueba nuestra paciencia, nuestra tolerancia y la armonía familiar, pero de la que, en términos generales, salimos airosos. Y que se llevaran, como bagaje vital, la ternura con la que los adultos los cuidamos y los escuchamos, la compasión por aquellos que sufren, la solidaridad y el compromiso de sentirnos parte de un mismo proyecto. Y sentir que todos, con poco o con mucho, con nuestras circunstancias personales, a veces tan distintas, podemos hacer que las cosas sean un poquito más fáciles para los que tenemos alrededor.

Me gustaría, en definitiva, que aquello que podamos llegar a perder en esta espera incierta, no sea nada comparado con lo que podamos llegar a ganar.

María Crespo Puerto

 

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