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El desengaño y el becerro de oro

Written by | 10 March 2014 | Comments Off

El desengaño y el becerro de oro

El título ya lo avanza: ésta es una fábula de mal agüero y moraleja áspera, inserta en la estirpe más castiza del pesimismo existencial y tabernario. Hablamos de la tragedia del desengaño, lúcidamente analizada por Félix de Azúa en Autobiografía de papel. Para el filósofo, el desengaño se produce cuando las soluciones que nos han servido para sobrellevar los tiempos revueltos se demuestran como la principal causa de que esos tiempos fuesen revueltos. O lo que es lo mismo, cuando las esperanzas son nuestro peor enemigo o las medicinas que nos venden agravan la enfermedad.

Es un resumen de la historia de nuestro país digna de libro de texto. Porque si hay algo que le guste más a un español que levantar estatuas de mérito efímero es, precisamente, echarlas al suelo, con ese temple ibérico tan proclive al cascajo y al desdén fastuoso. El mundo alza héroes para ayudarse a sobrevivir, para verse reflejado en lo mejor de uno mismo. Pero, como en los grabados de Goya, el héroe español no cae en batalla, sino despedazo al resguardo de una turba emborronada. Así ha pasado desde Fernando VII a Espartero, de la República a Felipe González, de Íker Casillas al profesor Neira. Ahora le ha tocado a Jordi Évole, periodista abanderado de la justicia social, a raíz de la emisión de su falso documental Operación Palace.

Crítica Operación Palace Jordi ÉvoleComo una aliteración festiva, la cifra ya arrancaba con un toque mesiánico y mediático. El señor Évole decretó que, precisamente, 33 años había sido tiempo más que suficiente para que le fuese desclasificado todo secreto de Estado que pudiese concernir al 23-F. Que el muchacho se extrañase de encontrar obstáculos en su rastreo, con las personas afectadas aún vivitas, gobernantes y hasta reinantes, ya dejaba entrever una vigorosa ausencia de perspectiva histórica. Miedo da imaginarle hurgando ficheros en Dallas. Pero ya se sabe, cada generación viene al mundo creyendo ser la única, definitiva y salvadora, con un ímpetu redentor propenso al portazo adolescente.

Pero el síntoma más espinoso cobra un cariz indudablemente contemporáneo: parece que el muchacho tenía prisa, como es lógico, porque para eso hace televisión. En la novísima era de la hiperconectividad técnica, nada encapricha más que la dictadura del ya mismo. Por eso, si uno no puede conseguir su reportaje cuando quiere: pues le puede dar una rabieta en triple salto mortal, con el abuelito Iñaki riéndole las gracias. Qué trepidante paradoja la del velar por el ayer a golpe de trending topic. El resultado es un zarandeo más del sonajero de la memoria histórica, en un país acostumbrado a patalear por el cambio de pañales cada vez que algo le huele por abajo. O por arriba.

Crítica Operación Palace Jordi Évole

La Operación Palace, decían, no fue en absoluto un ejercicio de estilo gratuito. El objetivo era recordarnos que -¡albricias!- los medios de comunicación de masas manipulan. Hay que reconocerle a Évole el mérito de que, entre todas las obviedades de aquel domingo de fútbol, la suya fuese la más elaborada.

En efecto, la televisión ha sido siempre un formato tramposo, y más cuando se da en diferido, como sucede con Salvados. Las entrevistas se editan, rehacen, se dirigen a un titular. Y lo que más, esos programas fomentan la indolencia de darse la razón a uno mismo, de oír en boca ajena lo que uno ya tiene en la cabeza. De proyectar chorizos, no sólo cuando uno tiene hambre, sino cuando aparece un político en pantalla. Democracia real ya mismo. Así es todo mejor, y desde luego, más fácil.

Un país no sólo se mide por la calidad de su políticos, sino también por la influencia de sus faros de pensamiento, o diluido, según el argot sociológico, de sus líderes de opinión. A sólo una generación de distancia, en los años de juventud del profesor Azúa, cualquier referente intelectual que se preciara de serlo, debía aportar pruebas palmarias de su erudición a un público capaz de discernir el gato de la liebre. En esos años aún se respetaba el canon de estantería, con el marxismo como prolífica cantera de erudición, pensamiento comprometido y futuros votantes del PP (de nuevo, el desengaño).

Crítica Operación Palace Jordi Évole
Félix de Azúa

Si pensamos en los referentes de crítica social de nuestros días, nos toparemos con un humorista metido a informador como Wyoming, con el colmillo obcecado de Ana Pastor y la aureola de comedor social de Jordi Évole. El cataclismo económico les ha conducido a ejercer de catalizadores del cabreo nacional, al acecho de toda corruptela política, con una conciencia social, eso sí, siempre prieta a los vaivenes del share. Se ha instalado una ética blanda, mullida e irreflexiva que pide poco, y más bien al otro, bajo la coartada del civismo. La Operación Palace es un glorioso ejemplo. LaSexta sabe que tan rentable les resulta a otros pagar en negro como a ellos con amarillismo. En los dos negocios se maneja mucho dinero.

Entonces, ¿es Jordi Évole un escéptico que promovía no creer en nada? ¿Es un cicatero que buscaba aumentar su audiencia? ¿O es, acaso, un cínico provocador? La sospecha, mucho menos estimulante, es que el muchacho no pasa de ser un oficiante más dentro de la generalizada ceremonia de la confusión. La posibilidad de que le pudiera mover en su empeño algún objetivo bienintencionado resulta de una necedad conmovedora, y en absoluto inverosímil dado el descorazonador derrumbe moral del sistema. La desinformación sólo genera credulidad y cinismo. Es decir, peldaños rotos para la construcción cívica, si era lo que se pretendía.

Los hay, claro está, a los que les ha encantado la broma, aun habiendo picado hasta el fondo. Más interesantes resultan las furibundas reacciones de despecho, a las que sólo ha faltado romper en añicos los antiguos domingos de fidelidad epistolar. Para ellos, Évole pasó de ser «follonero» en un programa de humor a adalid del periodismo social, y de ahí a terminar como un mamarracho impío y gamberro. Qué exageración tan española e innecesaria. Hemos pasado de la España de pintura negra a la del eslogan de colores con idéntica predisposición al desengaño. La historia se repite: el salivajo a borbotón, aspavientos de cólera, tertulias de ida y vuelta e insultos de quita y pon ante el becerro de oro que resultó ser, al primer raspazo, de purpurina.

Lo más preocupante es que ha quedado un puesto vacante, presto a ser reemplazado por otro aspirante a todo brillar. Lejos quedan virtudes curriculares tan retros, sin percha, como la inquietud intelectual, la reflexión pausada y el espíritu crítico. Es la misma distancia que separa el «sólo sé que no sé nada» socrático que ha guiado la civilización occidental durante veinte siglos del «cualquiera puede saberlo todo a golpe de click», pragmático, optimista y ultrademocrático donde los haya. Como la inteligencia, el mármol es ambidiestro. Y como la derecha también sabe, la izquierda ilustrada se deja caer más por los libros que por la televisión: Savater, Azúa, Trapiello, Muñoz Molina. Etc. Ahí están los pedestales que nos harían mirar más alto. Para eso haría falta leer, claro. A lo mejor ése es el problema.

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