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El episodio de la cuerda rota

Written by | 01/05/2006 | Comentarios desactivados en El episodio de la cuerda rota

Alguien me comentaba que quizá la causa de mi falta de inspiración cuando estoy en Pozoblanco no sea tanto por estar en el pueblo cuanto por haber días en los que apetece escribir y otros en los que no. No estoy muy seguro de ello, la verdad, porque bien es cierto que en los pueblos el tiempo parece detenerse, como aquél que detuvo los relojes de la Alhambra. En provincias todo parece ir más despacio, se nos cambia la percepción de la vida, a la que antes acaso pidiéramos demasiado, pero que ahora vemos como una hermosa y cadente sucesión de instantes y rincones. Quizá ahí radique el fundamento de esta inspiración ausente, en que uno bien puede escribir un diario de la felicidad que le proporciona la contemplación de las pequeñas cosas, tomando apuntes apresurados de una realidad entre silvestre y adoquinada, pero que en modo alguno puede aspirar a rellenar una página diaria sobre ello.

Aunque el otro día me ocurrió un pequeño suceso que vino a romper esta tediosa, aunque placentera, rutina. Acostumbro a tocar la guitarra todos los días -siempre que me encuentre en Pozoblanco, que es donde está la guitarra- durante unos minutos sólo para mi coleto, y me dedico a darle un repaso a un vago repertorio clásico que consiste fundamentalmente en composiciones de Lennon, alguna canción de mi autoría, de aquellos tiempos en los que el cuerpo le pedía a uno escribir coplillas, y terminando con alguna improvisación por si sale de la alquimia de mis manos y las cuerdas algún destello de música que pueda merecer la pena. Así que, como cualquier otro día, tras andar peleándome con los apuntes de algún tostón de asignatura, decidí darme un respiro perdiéndome por entre las sinuosas curvas y las caricias suaves de mi guitarra. Abrí la funda donde está guardada, cuando, para mi sorpresa, descubrí que una de las cuerdas de la guitarra, la más fina, se había partido, abandonándome después de varios años de vida en común, y yacía suelta, rota en dos trozos, exangüe, haciendo bucles a lo largo del mástil. Vaya contratiempo, esto no tenía nada de rutinario, lo cual era muy de agradecer, así que, ni corto ni perezoso, en un día que en principio se presentaba igual que todos los demás, salí a comprar la cuerda agradeciendo a la Providencia este momento de emoción contenida ante lo inesperado y lo inusual.

Llegué a la tienda de música, que se llama Música Maestro, la única que hay en el pueblo y la misma en la que compré hace casi diez años mi guitarra, entré y pedí el repuesto de la vieja cuerda, y me sorprendí de lo barata que resultó, apenas ochenta céntimos, se conoce que no compraba cuerdas desde hacía tiempo. Al salir, y ya que aún estaba en mi tiempo de asueto, me dirigí a la cercana calle del Toro, la calle principal de Pozoblanco, a ver algún escaparate de sus librerías. Andaba metido de hoz y coz en el reconocimiento de todas las obras allí reunidas y colocadas en el expositor que apenas reparaba en las personas que pasaban a mi espalda, en esto que, sin razón aparente, como el animal que da buena cuenta de su caza y recela de que otro vaya a quitársela, miré hacia un lado sólo para toparme con Rosario, una antigua compañera de la escuela, que, igualmente sorprendida, bien porque no me había visto hasta entonces o porque ella, habiéndome visto absorbido por la literatura, no creía que yo me fuera a girar, me dedicó un rápido y nervioso «hasta luego, Javi», al que yo respondí de idéntica forma. Pero ella no se detuvo, quizá por la sorpresa de encontrarnos tan de repente no supo reaccionar, aunque la vi dudar, porque hacía tiempo que no nos veíamos, al igual que yo trastabillé hasta que me quedé observando su espalda mientras ella continuaba su camino, y quizá ella pensara en ese momento que debería haberse parado a hablar conmigo, pero que ya era tarde como para darse la vuelta y desandar lo andado, y como a mí, seguramente se le habían venido todos aquellos recuerdos de nuestra infancia y de aquellas peleas adolescentes, porque la nuestra era sin duda una relación de amor-odio, pero sin el componente de maldad. Ella no volvió la cabeza. Si lo hubiera hecho me habría descubierto mirándola en medio de la acera, contemplando su paso firme y decidido, con sus formas y su bolso propios de mujer, muy lejos de aquella niña que yo conocí, que, como una metáfora cruel del destino, se alejaba de nuevo de mí después de aquel fugaz encuentro fortuito.

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