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El episodio del encontronazo con la escritora

Written by | 23/05/2006 | Comentarios desactivados en El episodio del encontronazo con la escritora

Había decidido que me tomaría la mañana libre. Después de una larga semana de exámenes, trabajos y prácticas que entregar, lo que a uno le apetecía era salir ahí fuera y pisar asfalto. Así que, aprovechando que era el último día de la Feria del Libro Antiguo de Recoletos, me eché a la calle y encaminé mis pasos hacia el Paseo de Recoletos. Pasé por el Café Gijón, frente al paseo, a la derecha según se baja desde Colón hasta la Cibeles, allí se encuentra aquel lugar emblemático, testigo de excepción de los más álgidos momentos de la Historia de la Literatura de nuestro tiempo. Cuna de generaciones literarias, la del 98, la del 27, lugar de reunión y tertulias intelectuales, hogar de bohemios y purgatorio de románticos impenitentes, que tantas noches solitarias ahogaron sus penas en licor de palabras entre sus paredes. A unos metros de allí, y bajo la bendición de la perenne mirada de la efigie de Valle-Inclán, comienza, con la primera caseta, la Feria del Libro Antiguo de Recoletos. En las semanas que dura esta feria el paseo se llena, a uno y otro lado, de puestos de libros viejos y de lance, con grabados, antiguas páginas manuscritas de formularios administrativos centenarios, tebeos de Esther y de Roberto Alcázar y Pedrín, volúmenes decimonónicos, primeras ediciones de Azorín, de Lorca o de Galdós, entre muchas otras cosas, mientras bibliófilos y bibliómanos –los unos, lo dice la palabra: amantes de los libros, con un interés individual y desinteresado por los libros viejos, y, los otros, por la vanidad de exhibir costosas adquisiciones sin tener en cuenta su valor-, curiosos, paseantes, cazatesoros, buscadores de reliquias, viejos cicateros que prefieren patearse varios kilómetros a pie para ahorrarse un par de euros en un libro, y gente rara de toda índole, recorren, caseta por caseta, el paseo de los solitarios. Había buen ambiente en el momento en el que llegué a la feria, con el sol ya en su cenit anunciando la temprana llegada del verano. Me había venido por Hortaleza, y me llevé una grata sorpresa al aparecer en Conde de Xiquena, incluso me estremecí cuando vi el nombre de esa calle, tantas veces evocada por Andrés Trapiello en sus diarios, en fina tipografía sobre unas baldosas en lo alto de la pared de la esquina con Almirante. Trapiello debía de vivir muy cerca de allí, y uno no podía por menos de emocionarse al andar los mismos pasos de aquél al que se admira, al entrar en el refugio del escritor, del maestro, ese lugar mágico en su sencillez, en su cotidianeidad, ese escenario que tantas veces ha visitado uno en sus lecturas sin moverse del sillón. Así las cosas, uno esperaba encontrarse a Trapiello al volver la esquina, o repasando distraídamente las páginas de un primera edición recién conseguido mientras subía la calle, o incluso conversando con algún otro intelectual con el que hubiera coincidido en la feria por casualidad. En cambio, en la feria, sólo se veían personas anónimas, ociosas, al tiempo que pasaba un coche con un megáfono vomitando libelos y aullidos como «Europa está podrida, abandonemos Europa»; mientras me cruzaba con un par de ejecutivos, trajeados y encorbatados, quizá comerciales, justo cuando uno de ellos le espetaba a su compañero, declamando una perla del pensamiento filosófico más pesimista: «La vida sólo consiste en vivir, aprender y morir»; en tanto que una pareja de mujeres cogidas del brazo, que fácilmente sobrepasarían la setentena, le soltaban, a puerta gayola, a un joven librero de una caseta:

-¿A que no tienes el libro Ingenuidades?- inquirió una de ellas, con el ceño fruncido, negando de antemano la respuesta del librero.
-No, no lo conozco, señora. Lo siento- respondió él, como avergonzándose de su incompetencia.
-¿Ves?, ya te lo dije- le dijo la una a la otra, y, refunfuñando, se alejaron paseo abajo y se perdieron entre el gentío.

Feria del Libro Antiguo de Recoletos

Mirando por aquí y por allá se podían encontrar libros muy apetecibles y a precios bastante bajos. Eran tantos los que captaban mi atención que, al final, sólo me hice con tres: La última tentación, de Nikos Kazantzakis; En los mares del Sur y Viajes por Hawai, ambos libros de viajes y cuadernos de bitácora de Robert Louis Stevenson en sus últimos días, cuando parecía que aquellos cruceros por las islas polinesias le habían restablecido su salud, tan deteriorada por entonces.

Me alejé de la feria por Gran Vía, inmerso en estos pensamientos sobre Stevenson y sus viajes por los mares del Sur que bullían en mi interior, y soñando también con aquel encuentro platónico con Andrés Trapiello que finalmente no se había producido. Tan ensimismado iba representando esa obra en el Teatro de los Sueños, que no vi a una mujer que se cruzó en mi camino al volver una esquina y chocamos suavemente, entonces desperté de mis ensoñaciones, sólo para descubrir, para mi más absoluta estupefacción, que la coprotagonista de nuestro encontronazo no era otra que Lucía Etxebarria, que pareció algo contrariada por el hecho de que yo hubiera entrado de esa forma tan accidentada en su realidad. Pero todo fue fugaz, porque, para cuando quise darme cuenta, ella me daba ya la espalda y seguía su camino Gran Vía arriba, vestida de negro, con la solana que estaba cayendo.

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