
El pasado jueves, mi acompañante y yo pudimos disfrutar de “El lago de los cisnes”, la célebre obra de Tchaikovsky, a cargo del Moscow City Ballet en el Teatro Compac Gran Vía.
Habíamos conseguido localidades en el mejor lugar del teatro, entre las primeras filas del patio de butacas. Desde allí, la sensación de estar contemplando una obra maestra es todavía más palpable, si cabe. Puede observarse con singular detalle el vuelo núbil de las bailarinas, la delicadeza de los movimientos, los músculos tensados en suspensión, el peso de los cuerpos golpear levemente contra el escenario tras una figura aérea. Incluso la respiración agitada de los bailarines, que nos hace recordar que la verdadera obra de arte es aquélla que logra transmitir una sensación pura con naturalidad, como si su ejecución no entrañara esfuerzo alguno. De no haber estado tan cerca, uno quedaría hipnotizado por el talento del grupo de danza, sin apreciar el gran trabajo que oculta una representación perfecta.
Con más de 2.350 actuaciones por todo el mundo, el Moscow City Ballet visita nuestro país por primera vez, donde representará, durante los meses de julio y agosto, las obras clásicas “Romeo y Julieta”, “El lago de los cisnes” y “La bella durmiente”. Desde su fundación en 1988, el propósito fundamental de la compañía ha sido preservar el patrimonio tradicional del ballet, el estilo ruso de la coreografía clásica y su inherente disciplina artística.
Destacan, en la hermosa coreografía de Lev Ivanov y Maruis Petipa, el bailarín Talgat Kozhabayev y Alevtina Lapshina en los papeles, respectivamente, de Sigfrido y de Odette/Odile (cisne blanco / cisne negro). Es de agradecer que el Moscow City Ballet se haya decantado por brindar al público madrileño una versión fiel de “El lago de los cisnes”, tanto en su interpretación como en la cuidada elección del vestuario. Las adaptaciones vanguardistas de los clásicos palidecen siempre en comparación con sus originales.
Con estos mimbres, sólo nos quedaba hundirnos en el asiento y abandonarnos durante dos horas al delicioso espectáculo que evocan los cuentos de hadas y brujería. Poesía sin palabras ni voz. La expresión de los cuerpos basta.







