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El precio de la ambición (cuento)

Written by | 21/11/2018 | Comentarios desactivados en El precio de la ambición (cuento)

Al llegar ante su casa, el niño se volvió bruscamente hacia los compañeros que le acompañaban (o, más bien, le seguían).
—¿Qué habéis dicho? —les preguntó, frunciendo el ceño. Su mirada era más fría y dura de lo que se podría esperar de sus pocos años. Los otros dudaron. No era bueno provocar su irritación. Al fin, uno se atrevió a contestar.
—Hablábamos de que se acerca el momento de pagar los tributos. Mi padre no comprende por qué el tuyo ha aceptado someterse a los nuevos amos, en vez de rebelarse —dijo.
—Pues el mío dice que, gracias a él, podemos vivir en paz —opinó otro.
El que parecía ser el jefe de los otros, apretó los dientes.
—A mí tampoco me gusta esto —replicó—. Si yo fuera mi padre, hubiera reunido a la gente y les hubiera atacado, pero si él no lo ha hecho, debe de ser por alguna buena razón —concedió.
—¡Por supuesto! —dijo una voz detrás de él, y, al volverse pudo ver, en el dintel de la puerta de su casa a una niña, más o menos de su misma edad, de cabellos rubios y dulce sonrisa, que dejaba ver en sus hermosos ojos azules, el mismo carácter y determinación que en los del chico—. Padre siempre sabe qué es lo mejor. Si nos hubiéramos lanzado contra los invasores, siendo sol unos pocos y mal armados, nos hubieran matado a todos.
El semblante del muchacho se contrajo en una mueca irónica.
—¿Nos hubiéramos? —repitió—. ¿Piensas luchar tú? ¡Ja! Las chicas no servís para eso. Ni para decirnos lo que tenemos que hacer —añadió, volviéndose a sus compañeros en busca de corroboración.
—Yo también soy una chica, no lo olvides —el joven se volvió de nuevo al escuchar estas palabras, proferidas por una mujer joven que había salido de la casa. Al colocarse al lado de la niña, pudo comprobarse el gran parecido que las unía—. Y, como hija de un jefe de los astures, luché al lado de mi padre cuando fue necesario y ordené a los hombres las tareas que tenían que hacer. Tu padre es el que nos manda, no solo por sus nobles orígenes, sino porque se casó conmigo… y, sobre todo —continuó, después de unos instantes—, porque es quien mejor puede hacerlo. El hecho de que sea el mejor luchador que hayamos conocido y que nadie sea capaz de derrotarle, no quiere decir que esté continuamente buscando, luchas, sangre y muerte, sino que solo lo hará si es imprescindible. Y esto deberías aprenderlo, pues algún día ocuparás su lugar.
Ante estas palabras, el chico agachó la cabeza y se dio la vuelta para seguir su camino con sus compañeros, pero en cuanto se hubieron alejado, les dijo en voz baja:
—Cuando ocupe el lugar de mi padre, lo haré mejor que él.

No había pasado una semana, cuando el muchacho vio venir corriendo hacia él, con el rostro desencajado, a su madre que traía de la mano a su hermana.
—¡Ven, corrre! —le gritó—. Tenemos que marcharnos.
—¿Qué ocurre? —preguntó el chico, corriendo al lado de ellas.
—El gobernador se ha encaprichado de tu tía y la ha raptado. Tu padre ha intentado evitarlo y le han hecho prisionero. Ahora nos buscan a nosotros.
—¿A padre? ¡Iré a luchar a su lado!
—¡No! No conseguirías nada. Los soldados son demasiados. Cuando le apresaban, tu padre me gritó que buscásemos refugio en las montañas, con mi tribu, y eso es lo que haremos.

El chico, ya un adolescente, estiró las piernas y miró de reojo a las vacas que pastaban por la ladera. Hacía un año que tenía el encargo de cuidar el ganado y el trabajo no le resultaba en absoluto, estimulante. “Ninguna alimaña se atrevería a acercarse a las reses mientras él estuviese a su cuidado” —pensó—. “Lástima, le gustaría demostrar a los pastores que era tan buen cazador como decían que había sido su padre. Sí, tan bueno… o no, aún mejor.”. La llegada de su madre y su hermana que se acercaban con un cesto con viandas, le hizo incorporarse.
—Esto es muy aburrido —les dijo, cuando, sentados sobre la verde hierba, compartían la comida—. Tendrías que haberme dejado ir a luchar al lado de padre —el reproche a su madre era el habitual de todos los días—. No se lo habrían llevado.
—Quizá —la respuesta también era la cotidiana—. Porque, tal vez, os hubieran matado a los dos y no tendrías ni siquiera el privilegio de aburrirte. Volveremos a ver a tu padre. Ten confianza en él, como yo la tengo. En lugar de escuchar la conversación, la mirada de la niña estaba fija en dos personas que se acercaban.
—¡Padre! —gritó, con incredulidad, levantándose de un salto. Después de que los que se habían reencontrado hubieron dado suelta a sus sentimientos y dejado fluir sus emociones, entre besos, y abrazos, llegó la hora de las explicaciones.
—¿Y cómo…? —preguntó la mujer.
—Me escapé de la prisión a la que me habían llevado, en su capital —replicó, escuetamente, el hombre.
—¿Y tu hermana…?
—De camino para aquí, reuní a un grupo de amigos, nos introdujimos de noche en la fortaleza del gobernador, y la liberamos. La envié con ellos a la aldea, pero han reunido a sus tropas y nos siguen.
—¿Y quién es ese joven que te acompaña? —preguntó la chica.
—Un pariente lejano, hijo del duque Pedro, que ha venido a decirnos que está dispuesto a apoyarnos
—¡Ah! Entonces, se quedará con nosotros —comentó con una sonrisa, pero la voz excitada de su hermano la interrumpió.
—¡Así que vamos a luchar!
—Tendremos que hacerlo —asintió su padre—. Pero no podremos hacerlo en campo abierto, nos superan por mucho en número y en armamento. Tendremos que buscar un lugar en el que las condiciones nos favorezcan. Necesitamos todas las ayudas posibles… humanas y divinas.

Tras la victoria, la celebración; y tras ésta, la organización y consolidación, porque, a partir de entonces, habría que defender la libertad conquistada. Mientras contemplaba como su padre era paseado de pie sobre su escudo, llevado por los más principales de los hombres, mientras un grito resonaba por la pradera: “¡Rey, rey, rey!”, el joven dejó que su imaginación volase hasta el día en que fuese él quien recibiese el homenaje y todos reconociesen, en su interior, que había sido aún mejor monarca que su padre.

Pasó el tiempo, y el joven, ya un hombre con el vello rubio rodeando su boca y cubriendo sus mejillas, se encontraba, apenado, en el pueblo en que se había convertido la pequeña aldea donde había vivido de niño. Acababan de volver de la Cueva donde habían enterrado el cuerpo de su padre, fallecido hacía dos días, y donde le había precedido su esposa, hacía unos años. Se volvió hacia su hermana y su marido, el hijo del duque Pedro, que habían compartido con él aquellos tristes momentos. No pudo evitar un sentimiento de recelo al ver a su cuñado. Su padre era el noble de más prestigio y más alcurnia del naciente reino. Y, desde su matrimonio con su hermana, sentía que el cariño que le profesaban las gentes era similar (no se atrevía a pensar que mayor) que el que le demostraban a él mismo. Un grupo de nobles, acercándose a ellos, interrumpió sus pensamientos.
—Lamentamos molestaros en estos tristes momentos —dijo uno de ellos—. Pero estamos seguros de que, como digno hijo de vuestro padre, sabréis anteponer vuestro deber a vuestro dolor. La asamblea de nobles, según nuestras costumbres, ha decidido que seais vos el nuevo soberano del reino. ¡Larga vida al rey! Iba a volverse hacia sus cuñados, con aire de suficiencia, pero ya su hermana se había colocado ante él.
—Permítenos a mi marido y a mí que seamos pos primeros en prestarte acatamiento —dijo, y ambos se inclinaron ceremoniosamente. Y no había nada, en sus palabras ni en sus expresiones que pudiera hacerle sospechar que no eran sinceros.

El rey estaba de caza. Y no era una caza cualquiera, sino la única que podría estar a su altura; la del terrible oso pardo, el más grande y fiero de los animales que poblaban los bosques. Herido por el venablo del rey, el plantígrado se internó en la espesura. Allí le siguió el soberano, en veloz carrera, desoyendo los gritos de los nobles a los que había dejado atrás: “¡Esperad!… ¡No cometáis imprudencias!… ¡Tened cuidado!” “¿A quién se creían que estaban hablando? Él era el mejor cazador del reino, mejor, incluso, que lo que había sido su padre” Y, decidido a demostrarlo, no cejó en su empeño ni siquiera cuando el rastro sanguíneo le llevó hasta la entrada de una oquedad. Penetrando osadamente en la cueva, distinguió, a la tenue luz de la vaga claridad que entraba en ella, al animal alzado sobre sus patas traseras, y amenazándole con sus garras y, con fuerza, enterró profundamente su lanza en el corazón del animal. “Sí, era mejor cazador que su padre”, pensó mientras intentaba vanamente desprender su arma del cuerpo caído del animal. Pero, al escuchar un rugido detrás suyo comprendió que el animal tenía una compañera.
Dándose la vuelta para enfrentarse a su destino, Favila, rey de Asturias, sintió el fétido aliento de la fiera sobre su rostro. Y entonces, pero solo entonces, recordó que a su padre, Pelayo, el héroe, se le admiraba, no solamente por su fuerza y su valor, sino también por su sabiduría y su prudencia.

(Del primer capítulo de EL MULADÍ, Pablo Vega, Editorial Sapere aude)

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