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El templo de las ratas de Bikaner: ¿visita obligada en la India?

Written by | 08 February 2013 | Comments Off

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Interior del templo de Karni Mata, el llamado Templo de las Ratas

Cerca de Bikaner hay templos llenos de ratas que trepan a los hombros
de los sacerdotes y corretean entre los pies de los visitantes…
Javier Moro, Impresiones: Rajastán

Si por algo destaca Bikaner es sin duda por albergar a escasos kilómetros de su núcleo urbano el templo de Karni Mata. También conocido como el templo de las ratas, el santuario de Karni Mata está dedicado a esta encarnación de la diosa hindú Durga, que según cuentan los mitos profetizó la gran victoria de Rao Bika, rey y fundador de Bikaner. Millares de ratas se crían, pululan libres y son veneradas entre las paredes del templo, pues se cree que las almas de los seguidores de Karni Mata están encarnadas en la patulea de roedores que corretea por las losas de mármol del recinto.
Otras versiones de la leyenda afirman que los niños muertos prematuramente por enfermedad o muerte violenta, incapaces por tanto de mejorar su evolución en la rueda kármica, se reencarnan en las ratas del templo.

De acuerdo con la tradición, hay que descalzarse al entrar en el templo y dejar que la alfombra de ratas te pase por encima de los pies como señal de buen agüero. Si, además, uno descubre alguna de las pocas ratas albinas que dicen que existen en el templo, la bendición será especialmente generosa. Los niños se lo pasan en grande buscándola.

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Interior del templo de Karni Mata, el llamado Templo de las Ratas

Le pregunté a Gurupal, mi conductor, si me llevaría al templo y me miró con extrañeza, como tratando de deducir si hablaba en serio. Pero mi mirada era limpia, y mi pregunta, inocente.
No lo tenía fijado en el trayecto, adujo, y, además, no creía que fuese una buena idea. Entonces me señaló el pequeño altar que todos los taxistas llevan sobre el salpicadero: se trataba de una estampa de Shiva, el dios destructor de la trimurti, tridente en mano, sus pies rodeados de ratas. En la India, salvo los perros, que siempre son maltratados en todas partes, se idolatran todos los animales.

Lo mejor será que sólo las veas aquí, dijo Gurupal apuntando con el índice a las ratas alrededor de la efigie del dios, pueden provocar enfermedades. La idea de ir a un templo con miles de ratas correteando por ahí no dejaba de resultar atractiva, pero sobrevolaba amenazante la posibilidad de contraer la rabia por mordedura de rata en los primeros días de viaje. Me resigné a la evidencia y abandoné el plan.

Pero Bikaner, aparte del templo de Karni Mata, posee también otros primores. Ciudadela y puesto avanzado en un principio, con la llegada al poder de su fundador, Rao Bika, experimentó un rápido auge que la convirtió en una ciudad próspera ubicada en la encrucijada de las principales rutas de caravanas comerciales de la época. Fue bastión y sede de una notable hegemonía militar que pudo plantar cara a lo largo de los siglos a los embates continuos de los ejércitos de Jodhpur, que ambicionaban estas tierras.

Sin embargo, con la desaparición del flujo de caravanas de antaño, la ciudad fue palideciendo, desvaído ya el color luminoso de sedas chinas y mercados de especias que en tiempos tapizara sus calzadas de arenisca roja.

En el pasado, Bikaner destacó por sus murallas encarnadas, de inconfundible arquitectura Rajput, y por la calidad y dureza de sus camellos de batalla. La joya de la corona es, sin embargo, el fuerte Junagarh, que puede jactarse de no haber sido conquistado jamás. Esta fortaleza impenetrable comenzó a forjar su leyenda en el siglo XVI, cuando Ranj Singh, uno de los generales del legendario rey mogol Akbar el Grande, mandó edificar un fuerte y una ciudad amurallada tan imponentes que fuesen capaces de arredrar al enemigo con su sola visión en la lejanía. Tras la muerte del gran general, sus sucesores continuarían su obra, ampliando la construcción con fosos y almenajes a lo largo de cuatrocientos años.

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El fuerte Junagarh en todo su esplendor

La tarde se consumía, de modo que Gurupal me llevó a ver el fuerte para aprovechar las últimas horas de luz antes de dirigirnos al hotel. Durante la visita, que es guiada y en grupo, un joven indio entabló conversación conmigo. Se llamaba Punkaj, aunque prefería el apelativo de Pinkle, más cosmopolita, decía él; más cursi, pensaba yo.

Mientras el guía soltaba su perorata, en hindi primero y después en inglés, Pinkle me explicaba curiosidades que el guía no mencionaba sobre los lujosos salones que atravesábamos, uno tras otro, en aquel fuerte, que más que fuerte se antojaba palacio de Las mil y una noches.

En efecto, entre sus murallas y torres almenadas encierra un laberinto de treinta y siete palacios, como si hubieran sido concebidos para que el maharajá jugara al escondite con las mujeres de su harén. Es fácil perderse tras tantos recovecos, puertas que dan a cientos de dormitorios ornamentados, salas de columnas de mármol, cámaras pintadas con miniaturas, techos de artesonado con grabados de marfil, madera y minúsculos espejos, y decenas de templos y corredores, escaleras y patios interiores.

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La suntuosidad de las estancias interiores del fuerte Junagarh

A la pregunta de qué hacía en aquel lugar si conocía tan a la perfección la historia del fuerte de Junagarh, Pinkle me contestó un poco al sesgo, evitando la pregunta. Me contó que era estudiante de Comercio, la carrera del futuro de la India, aparte de la de informático, y que entre sus planes figuraba montar una empresa en Jaipur, o en Nueva Delhi, o en el extranjero, quién podía saberlo. Todo dependía del dinero en becas que pudiera conseguir. Con aquello no me contestaba, pero uno ya iba observando que a los indios les gusta mucho hablar, sobre todo preguntar, y se conoce que en los extranjeros encuentran una fuente inagotable de temas nuevos, puntos de vista distintos y largas conversaciones en inglés, al menos mientras dura la visita al fuerte o al palacio de turno.

Una de las estancias, que hacía las veces de museo de extravagancias del maharajá, tenía incluso una avioneta de verdad. Era enorme, y con las alas extendidas abarcaba todo el espacio abovedado de lo que en otro tiempo parecía haber sido una mezquita. Sorprendía, y a la vez podía uno hacerse a la idea del suntuoso y excéntrico poder de los maharajás, la presencia imponente del aparato. Pinkle me chivó que había sido un regalo de los ingleses, y que había volado durante la Primera Guerra Mundial.

Me quedé pensando, algo no me terminaba de encajar. Bueno, inquirí, ¿y cómo hicieron para meterlo aquí dentro? Pinkle se me quedó mirando, como helado. A continuación hizo ese gesto tan característico de los indios, esa leve inclinación casi imperceptible de la cabeza hacia un lado, que no significa ni sí ni no ni todo lo contrario.

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Extracto de Rajastán. Cuaderno de viaje, de Javier Redondo Jordán

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