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El viaje y la renuncia

Written by | 04 August 2014 | Comments Off

El viaje y la renuncia

Recordaba con genial sorna Gómez Dávila que las catedrales no fueron construidas para fomentar el turismo. Que una observación así pueda perder la ironía para convertirse en didáctica nos hace temer una profunda ignorancia de todo lo referido a nuestra tradición. No vamos descaminados: hablar hoy de dioses remite a un vago y neblinoso territorio situado junto a dragones, elfos y vampiros con acné. Antes los ilustrados negaban el mito. Ahora, sencillamente, todo se confunde con todo.

La orfandad de trascendencia que caracteriza a nuestros días ha sido sustituida por lo que le quedaba más a mano: la experiencia. Nos urge la necesidad de espacio y de tiempo. De ahí la cantinela del ser uno mismo, que con rictus de selfie, promueve un «yo estuve ahí» planetario de mecánica ansiosa. La tiranía de la imagen se ha encargado del resto, dejando de lado cualquier atisbo de imaginación o poesía. Frente a un paisaje hermoso, será de una excéntrica inutilidad buscar metáforas en vez de fotografías.

El nuevo mérito es que todo sea más rápido, más cercano y aún más barato. Que un alicantino atraviese el mundo para pasar cinco días de playa en un hotel del sureste asiático se ve no ya como un derecho, sino como un galón de prestigio. Quién negará lo indiscutible del progreso: si se señala un ánfora quebrada, el mundo mirará al suelo buscando una aspiradora. El tonto antes miraba el dedo.

El viaje y la renuncia

Lo cierto es que el tenderete de la globalización ha uniformado de punta a punta al planeta, como a un párvulo de sonrisa fácil. Cualquier matiz ha sido borrado del mapa, metáfora elocuente donde las haya. Y todo se ha terminado pareciendo demasiado a un imán de nevera como para ser tomado en serio. ¿Recuerdan la historia del humo y el fuego? Allá donde haya un monumento, autobuses panza arriba se dejarán rascar los bolsillos, al tiempo que arramblan con la balda de los sucedáneos. Que sea dórico o románico no deja de ser un detalle menor.

Nada como el turismo para constatar el nivel de necedad de la sociedad contemporánea. De todas las modas, es la más perversa, en tanto que aniquila con jactancia la posibilidad de una alternativa. Pero, a quién habría de extrañar, en un mundo en el que toda forma de arte pasa por mero entretenimiento, y donde la excelencia repele como el muñón sangrante de un ala. Nuestra realidad es la del turista que viaja para «desconectar», perdido de referentes sin una cola delante. Es el viajero el que elige su ruta, desnudo a la espalda, buscándose en cada esquina como en el propio espejo. Conoce la herida de Ulises, la sal redentora del Mediterráneo.

Ahora mirar alrededor nos deja una melancolía tan parecida al cinismo que a veces nos hace dudar. Con la experiencia, la distinción se vuelve sencilla: frente a un legado en ruinas, el triste levantará pedestales allá donde los otros pisan.

El viaje y la renuncia

Algunos hablarán de derechos, otros de optimización. Pero la verdad responde a la naturaleza sutil de unos ojos perplejos. Tiene más que ver con los mares que fueron, los brindis alegres y los pueblos vencidos. Sólo lo comprenderá el dedo que siga buscando el límite al señalar un mapa, la tensión irreductible entre la realidad y el mito. Suyo será el territorio más sagrado de todos, tantas veces alumbrado bajo el flexo de la infancia.

Cerremos los ojos. Dejemos que, por un instante, París sea siempre París, que Roma sea al fin una y sola. Que Shangri-la siga brillando en el valle, a salvo de mochileros y bermudas con varices. Será mejor girar la vista, no dar un paso más. Lo contrario nos haría verdugos de nuestra identidad más profunda. Viajar hoy aboca a la variante más desoladora de la nostalgia: la que no pesa tanto como recuerdo pasado, sino como objeto que ya no existe, inalcanzable en vida.

Nos hemos acostumbrado a agarrar el mundo a manos llenas, a exprimirlo a nuestro antojo, mientras la grasa nos chorrea por los codos con una estela de código de barras. Acumulamos experiencias como bolsas de supermercado, viajes como muescas en una ametralladora ligera. Se nos contagia la prisa atolondrada de los motores ligeros y las autopistas de cuatro carriles. Lo hortera se confunde con lo valioso y lo cutre se confirma al por mayor. Ahora que, por fin, todos tenemos derecho a casi todo.

Estamos desarmados, abatidos, pero aún nos queda un resquicio de aire, acaso el consuelo de ejercer libertad más alta: la que es capaz de decir no y darse la vuelta. Como se oía decir en el Deutsches Requiem de Borges, «que el cielo exista aunque nuestro lugar sea el infierno». O en su gris variante moderna: un limbo con el termostato reglado por el Ministerio de Industria.

Qué mejor que aceptar una derrota tranquila, sin demasiado aspaviento. Nos queda intacta la ternura de los libros, la rebeldía festiva, el consuelo de las pequeñas Bastillas de la vida cotidiana. Dirán, ente cálculos y celdas de Excel, que el margen de éxito es nulo, una innecesaria pérdida de tiempo. Y tendrán razón. Pero es, acaso, la única dignidad posible a nuestro alcance. Bastará apenas un gesto: abrir la mano para dejar escapar el paraíso que más anhelamos, precisamente, para salvarlo. Y lo que es más: para salvar, así, lo mejor de nosotros que aún se conserva en él, aunque el mundo lo aplaste, ya irreconocible, bajo el horizonte intacto de un flexo que cede.

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