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En el monasterio de El Escorial

Written by | 08 August 2014 | Comments Off

En el monasterio de El Escorial

Voy, vamos, a El Escorial impulsados por nuestra anterior visita a Yuste (Cáceres), el monasterio en el que se retiró Carlos V, aquel paraje paradisíaco que hizo un poco más amables sus últimos años, tan diezmado por la gota.

Voy con mi amigo Iñaki Sánchez Simón, arquitecto y amigo de la infancia, que firma las fotos. Como es arquitecto me cuenta muchas cosas sobre el monasterio. Ya estuve aquí hace años –he ido muchas veces a El Escorial, y cada vez me dice algo diferente–. Mi tema, mi interés principal es Carlos V, pero después de visitar Yuste encontré que El Escorial se me iluminaba, otra luz, otra profundidad.

En el monasterio de El Escorial

Felipe II admiraba de veras a su padre. Su personalidad, su poder, sus territorios, venían de él, siendo tan distintos. El Escorial nació con la idea de ser panteón real, para albergar a su padre el Emperador y a su madre, Isabel de Portugal, la Emperatriz. Al principio Carlos V quiso ser enterrado en Yuste e incluso empezó las obras de una cripta para guardar su cuerpo, pero finalmente le dejó a su hijo la decisión de qué hacer con su cuerpo y el de su mujer. Así nació El Escorial. Luego fue panteón de toda la dinastía, ampliando la primera idea.

En Yuste están las originales huellas, el ADN, el embrión de El Escorial. Pero en pequeño, en humilde, en más improvisado. Si bien Felipe II reservó para él en el monasterio unas dependencias bastante austeras –Agustín Sánchez Vidal, autor de la novela La llave maestra, en la que tan importante papel juega Felipe II, me decía que cada vez que visitaba el monasterio le admiraban las dimensiones del «despachito» del Rey, y cómo desde él gobernaba su imperio–.

En el monasterio de El Escorial

La personalidad de Felipe II es realmente compleja y misteriosa, y El Escorial lo representa bien. Para empezar, como digo, viene a ser la magnificación y perfeccionamiento de la idea de Carlos V de retirarse a Yuste, y el alojamiento que encuentra y a medias construye –adosa un pequeño palacio a la iglesia del monasterio–. Felipe II también necesita un retiro y selecciona cuidadosamente el lugar en el que será levantado el edificio. Ya antes de hacerlo manda por toda Europa gente de su confianza para conocer el tamaño de otros edificios similares, pues quiere que su monasterio sea el más grande de todos ellos. Estas ideas las conozco, como otras de este artículo, por la biografía Felipe II y su tiempo, maravillosa, de Manuel Fernández Alvárez.

El monasterio tiene, por si fuera poco, una biblioteca colosal, una de las más importantes de su tiempo, acaso la primera o segunda de Europa después de la del Vaticano. Parece ser que el mejor regalo que se podía hacer a Felipe II era un libro para su biblioteca, en lo que muestra diferencia con su padre, gran lector de novelas de caballerías –del Amadís de Gaula, por ejemplo–, y lector al fin y al cabo, pero nada comparable con el Felipe II protector de intelectuales y artistas y creador, entre otras cosas, de esta magnífica biblioteca. Carlos V se va a su retiro de Yuste con unos cuantos libros, mientras que Felipe II levanta la primera o segunda biblioteca de la cristiandad.

En el monasterio de El Escorial

Pero por supuesto no todo era positivo en Felipe II, una figura que suscitó una leyenda negra, más o menos injusta –es complicado saberlo–. Fernández Alvárez nos dice que, a su juicio, no era bueno, buena persona, y que la devoción no tiene por qué implicar bondad. Felipe II era devoto verdaderamente. Reunió una colección de más de siete mil reliquias, y aunque se hizo con todas las protecciones posibles para tener una muerte tranquila, lo cierto es que no la tuvo, temeroso del juicio final. Sin contar con una agonía muy larga y muy dolorosa, que nos hace compadecer a este rey difícil de comprender dada su complejidad.

El monasterio de El Escorial nos hace recordar para siempre su figura y su personalidad, su época y su reinado. Los expresa. Uno siente entre sus muros que es un edificio que nos habla a través de los siglos, lleno de misterios, sobriedad y belleza.

Eduardo Martínez Rico
Fotografías: Iñaki Sánchez Simón

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